viernes, 26 de septiembre de 2008

CRÓNICAS QATARÁTICAS (noviembre de 2005)

Heme, pues, por vez primera por estos insólitos lares.

Sábado 12

El viaje merece párrafo aparte. Nos trajeron en business de Qatar Airways. ¡Faraónico! Al llegar, nos esperaban -luego resultó que solo a los ricos- seis BMW 740 recién saliditos del horno en los que, de a dos, nos llevaron los cien metros que nos separaban de la terminal. A estos cosos se ve que les sobra la guita. En la terminal, interminable cola de pakistaníes, indios, ceylaneses, filipinos e indonesios regresados de visitar a sus familias y dejarles lo que para ellas es un fortuna incalculable, ganada a fuer de aguantarse el racismo y el abuso de estos beduinos venidos a más. Los funcionarios de inmigración y los policías los tratan con rudeza. Yo, por suerte, soy blanco. A los 40 minutos de amansadora viene una filipina muy mona con un cartelito que dice "Mr. Viaggio, Vienna" a ver si soy yo, Soy, claro. Me saca de fila y me lleva a un minisaloncito VIP donde a los de la conferencia nos toman los pasaportes y recibos de equipaje. Como a la media hora nos van sacando de a uno, haciendo pasar los controles (no se te ocurra traer una gota de alcohol, me han precavido, que te lo confiscan) y depositando en otra flota de BMW.

Mi chofer es pakistaní y chapucea un inglés más que precario (¿qué carajo hicieron los ingleses esos doscientos años?). A poco de salir del aeropuerto entramos en la Corniche, o bulevar marítimo. Ya es noche y Doha es un bosque de edificios ultramodernos clavados individualmente sin asomo de medianeras. Es una especie de Monterrery de lujo. La arquitectura es francamente espléndida, con rascacielos que incorporan toda una serie de motivos típicamente árabes. Las luces son perfectas, las palmeras de una simetría casi geométrica, el tránsito denso y fulgurante: Mercedes, BMWs, Audis, Jaguars. No se ve -parece que prácticamente no hay- transporte público. Me depositan en un hotel emplazado al final de la laguna, el Imperial Paradise Heavenly Palace o algo igualmente discreto. Mientras me buscan en como diez computadoras, me hago amigo de las tres rusitas de Bielorrusia que, entre un fox-trot y una rumba, acaban de tocar un trío de Mozart. La chelista es mona, la violinista bellísima y la pianista espectacular. Les ofrezco una copa de vino a razón de 10 dólares cada una (es que por acá los precios son así, menos mal que las dietas son generosas y la paga munificente). Viven en el hotel y hace un año que han permutado -agente italiano gratias- el sueño del Carnegie Hall por el bar de la planta baja. Se ven bien. Pero hay algo que las vende, yo no sé si es la mirada, la manera de sentarse, de vestir o estar paradas o su cuerpo acostumbrado a las pilchas del koljós. Se aferran a mi ruso como a una diadema de la memoria. Al rato me vienen a echar más o menos que a patadas en el orto y me mandan, en otro BMW, a mi vero hotel, el Cuchuflito Regency, que se ha inaugurado ese mismo día, está medio en obras y no tiene bar. El chofer, otro pakistaní, pero de inglés más inteligible, me cuenta que es nacido en Qatar, pero que no tiene derecho a la ciudadanía. Me cuenta que los vernáculos son unos racistas medio como que de mierda, pero que los indios son peores.

Allí están mis otros 30 colegas (nuestro contrato dice, nuarsurblán, como diría la SuFís, que nos alojan en el Sheraton, donde se celebra la conferencia, pero parece que se les acabó). En el restorán -donde tenemos incluidas las tres manducaciones- se morfa sublimemente, pero no hay más que agua para tomar. No es que esté absolutamente prohibido, sino que el hotel no tiene todavía licencia. Aun así, no es un país para el Moderéitor o el Charro. Me voy a dormir exhausto, pero el aire acondicionado es tan inclemente que, aun apagado, me cala hasta los huesos. Yo no he traído ni piyama ni ropa de media estación ni nada, así que me pongo el edredón doblado y trato como puedo de conciliar el sueño entre chuchos. No acabo de lograrlo que entran a los martillazos (son las 6:30).

Domingo 13


Comparando experiencias con los colegas descubrimos que nos hemos cagado olímpicamente de tornillo los treinta, y que a unos veintiséis nos ha despertado la diana de la percusión. Mal comienza, digo, la cosa. Hacia las diez empiezan a llegar los BMW con el logo de la conferencia para arrearnos de a cuatro al Sheraton, donde nos toca registrarnos y recibir los documentos. Por el largo trayecto puedo ver que estamos, nefeto, en el culo del mundo y que lo que había tomado por posible playa no es más que un parche de desierto aún sin eliminar. Vamos viendo pasar rascacielos, palmeras, centros comerciales… Ni un ómnibus, ni un camión. No hay viandantes por las aceras. La Corniche acaricia un mar delirantemente azul al que nadie parece darle mayor bola. Da la impresión de estar en una ciudad de utilería. Todo es nuevo, todo está impoluto, todo parece hecho con regla, escuadra y compás, todo está pintadito que es una monada, pero todo parece artificial, sin historia y sin vida. La mitad o más de la gente es indostana o del lejano oriente, la otra va vestida de fantasma, ellos entubados por chilabas blancas como sudarios, y ellas debatiéndose dentro de mortajas de paño negro sin concesiones por las que, en el caso de las más liberadas, llega a verse el óvalo del rostro. Tampoco hay casi niños. Todo semeja un enorme campamento beduino de cristal y cemento con camellos de cuatro litros de cilindrada. Me lo han vaticinado: Doha se visita en media hora y Qatar en dos, pero son dos horas y media perdidas.

El Sheraton es un hotel palaciego, en forma de pirámide trunca y hueco en el interior, coronado por un como birrete de graduación (¿cómo cazzo se le dice en castilla?), hermoso y, como toda Doha, antiséptico, inodoro e insípido.

Regresamos de a cuatro, tratando vanamente de enhebrar nuestro inglés con el del chofer. Almorzamos como los dioses abstemios, servidos por dos rusitas y tres filipinas, y vamos al Lulu Centre, una especie de Alto Palermo donde no hay un café (no hablemos de bar). Todo el personal es indostano o filipino. La ropa es de buena calidad (Hermegildo Zegna, Pierre Cardin, etc., pero de un mal gusto furibundo). Por suerte consigo dos camisas pasables a menos de 15 euros (las verdaderamente espantosas no bajan de 70) y le compro a Valerita un juguete didáctico: un muñeco (varoncito él) que viene con mamadera y que hace pis por una notable reproducción del pirulín que no sé cómo mierda Su Alteza Mojigatísima no ha mandado quemar el sitio. Luego nos vamos al viejo suk, que están reconstruyendo pacientemente tras haberlo mandado arrasar. El trabajo es notable, pero el suk está prácticamente vacío, inusitadamente limpio y asombrosamente silencioso. Me digo en Viena. Nadie habla, nadie bromea. Los chiquilines no vienen en enjambre a reclamar limosna y los vendedores ni se toman el trabajo de una mirada que nos invite a pasar. Hay poquísimos quioscos de especias… Es un suk sin vida. De pronto caigo: Esto no es el Mediterráneo.

No hay un solo beduino aferrado a una escoba, viéndoselas con una caja registradora, negociando el tránsito al volante de un taxi, sirviendo café, cargando maletas, vendiendo electrodomésticos o vigilando entradas o salidas. Todo aquel que tiene un empleo visible es indostánico o chino de mentira. Ciudadanos de segunda en un país que seguramente detestan, trabajando para patrones que sin duda aborrecen, para poder alimentar decenas de parientes macilentos y zarrapastrosos inundados por el Ganges o empapados por los monsones. ¡Ah, la globalización!

En todo el suk, por cierto, no hay donde tomar un café -no hablemos de una cerveza- ni tampoco en el adyacente mercado nuevo, remedo analcohólico de Panamá o Laredo. Entramos esperanzadamente en un shopping ultramoderno pero nada, ni un vaso de agua.

Esta gente se ha enriquecido porque hasta los pozos ciegos desbordan de petróleo y de cada huella de dromedario sale gas. Los venden y compran las cosas que luego atestan las tiendas. Pero no producen ni monturas para camellos. ¡Qué país más soso, aburrido y rico! No me da pena haberme vuelto al hotel a dar los últimos toques al broli y escribir estas líneas.

Al bajar del ascensor me cruzo con una de las mucamas filipinas que marcha descalza sobre la alfombra rojo sangre. En el lobby, un rutilante piano Yamaha de media cola toca, sin pianista visible, música de ascensor. Cada vez que entramos o salimos, corre a abrirnos la puerta un nutrido equipo de conserjes, porteros y guardias. En lo que debiera ser el bar, apoltronados en sillones de cuero, diez o doce hombres mortecinos, sentados hieráticamente de a dos o tres, dando de beber agua al interior de sus chilabas, parecen mentirse en voz queda. No he visto un cine y no debe de haber teatro. En los baños hay mangueritas con grifo a presión para lavarse el upite. El domingo es día hábil (aunque no esté del todo clara su habilidad). No hay atisbos de pobreza y nadie sonríe. El mar es infinitamente azul e infinitamente azul el cielo. Las palmeras parecen de juguete. El embajador de Turquía tiene el único Maybach que he visto fuera del expuesto en el Salón del Automóvil de Ginebra. Cuesta camino de los 600.000 euros y su pueblo se muere de hambre. Nada. Apuntes para la memoria.

CRÓNICAS VARSOVIEJAS I (septiembre de 2005)

Lunes 19

Desde ayer que estoy nuevamente en Varsovia, al cabo de casi cuarenta años de historia mía, de Varsovia y del mundo. Casi no la reconocí: es que la vez anterior era un gélido enero de 1968, y el gris implacable del invierno potenciaba el gris inclemente de aquel socialismo "real" en el que, como tantos, creí.

Me recibió con un sol peronista que acariciaba sin maldad, como suele ser por estas latitudes, una ciudad de inmensos espacios baldíos, casi sin medianeras, vastamente extendida no se sabe del todo bien para qué. Para nada, claro, sino porque... Porque los nazis, que ya la habían bombardeado con la saña de Guernica en 1939, la dinamitaron en represalia del levantamiento de agosto de 1944. No queda, pues casi nada de Varsovia. La ciudad vieja no es tal: fue reconstruida piedra a piedra sobre la base de los cuadros del Canaleto (que Segismundo II tuvo la visión de encargarle que le pintara la ciudad, por las dudas... visionario el monarca, vio?). Dicho lo cual, fuerza es constatar que la reconstrucción es una maravilla: sin concesiones, no como el centro de Viena, que aun exhibe sus dientes postizos. Todo se ha puesto de colores, de colores sin exagerar, como lo son los del capitalismo septentrional, que oculta púdicamente sus McDonalds. Bares y cafés y restoranes y quiosquitos de comidas por todas partes, gente aprovechando las ultimas monedas del verano, chiquilines rubios y rechonchos, muchachas esbeltas o apenas exageradas de carnes, viejos trabados de bastones y muletas en el fondo de cuyos ojos los oftalmólogos detectarán, sin duda, el brillo inolvidable de las llamas y las ruinas. En una esquina, dos purretes de no mas de diez años, y uno seguro que de menos, se concentran en los atriles y sacan tríos sonatas barrocos de su violín, su clarinete (anacrónico, es cierto) y su violonchelo. Tocan bastante bien. Serios de toda seriedad. La gente casi ni los nota. Mi billete (diez zlotys, casi tres euros) es el segundo que les han dado. Desparramadas por el resto del estuche del violín, unas pocas monedas. Inexplicable. Casi en frente, un hombre de unos cuarenta años alza inútilmente al cielo sus ínfimos muñones. Recuerdo aquel verano del 66: Quizás en el mismo sitio habían dejado plantado, literalmente, en un cochecito de bebe a un ancestro, todo tronco y nada mas debajo de la cabeza que se paseaba lo que podía soplando como una foca de circo la armónica clavada frente a él. Pareciera que hasta los mendigos eran mas esperpénticos entonces!
Y si el día es tan espléndido y en casa Alguienita se ha quedado para poner por fin un poco de orden y regañar cada tanto a Valeria porque insiste en actuar como si todavía tuviera seis años y me van a pagar un choclo de guita y la cerveza esta perfecta, por que yo regreso a la melancolía? Por el sueño perdido, casi muerto y enterrado.

Mañana (por hoy) me prometo, voy a visitar el Museo del Levantamiento. No lo se aun, pero me lo imagino: ha de ser, seguramente, el museo más difícil del mundo.

Ahora, que ya he vuelto y lo he corroborado, no tengo tiempo. Dentro de unos minutos me toca mi primera reunión dendeveras, internacional, larga y lejos. Está por comenzar, por fin, mi nueva vida y todo yo soy una paradojal ensalada de expectación y nostalgia, leticia y congoja.

Martes 19

Los chiringuitos subdesarrollados

Una de las cosas que mas profundamente me sorprendió es la proliferación de quiosquitos mas o menos improvisados, muy parecidos a los de pueblo nuestro (o de México, o de Colombia, o de Tailandia), construidos un poco a la buena de Dios y a la buena de Dios amontonados aprovechando los vastos intersticios entre edificios de concreto y acero. Son todos de comida dendeveras, del Tercer Mundo, sobre todo -oh sorpresa entre las sorpresas, pero al cabo no tanta- vietnamitas. Claro, deben ser de los que quedaron atrapados en la pleamar del socialismo real, cuando pululaban por estos y otros vecinos pagos los estudiantes indochinos llamados a retornar para reconstruir su país después del napalm y los bombardeos "sabana".
Pero también los hay magrebíes. Cuatro paredes de estuco (inmaculado, eso si), una ventana para pasar la comida y cobrar los dos o tres centavos que cuesta y, en los casos mas de pro, algunas mesas y sillas de plástico (a veces hasta cubiertas por un tinglado). Los hay por todas partes, como perenne recordatorio de que Varsovia es toda suburbio.

He comido en dos. Un kebab relativamente digno, y unos camaroncitos picantes ni lo uno ni lo otro. Me causa gracia ver esas caras de beduino o de tintorero negociando a duras penas el torrente de sibilantes necesario para decir cualquier cosa. Extraña ciudad esta, que es sin existir o existe sin ser del todo, colgada sobre el vacío de su presente entre un pasado que no volverá y un futuro que aun no llega.

Miércoles 20

Ferdy's.Ayer unos colegas (argentino él y suiza ella) me invitaron a cenar al tal Ferdy's en el hotel Radisson. Ferdy por Ferdydurke, la novela que hizo famoso a Grombrowicz... en la Argentina, cuando apadrinaron al maestro Antonio dal Masetto, Miguel Grinberg y los demás personeros del grupo que luego fundo Eco Contemporáneo. La tradujeron más o menos entre todos con la vigilancia del autor. La mujer de Grombrowicz (que quedó anclado en nuestro país cuando la invasión de Polonia lo sorprendió haciendo una escala el 1o de septiembre de 1939 y aguantó 24 años, o sea, cinco más que este cafiolo) era francesa. Y el dueño del restorán lo ha transformado en un homenaje gastronómico a los dos países. O sea, que sirve carne argentina, que joder, y muy pero que muy buena y bien hecha. En rigor, el homenaje termina ahí, en el "Filet steak" (es decir, el baby beef de lomo) y el onomasiológicamente misterioso "asado sirloin steak", que es ni más ni menos que el bife de chorizo con grasa. Luego hay cosas tipo "gaucho vegetable soup" (en honor a la reprimida minoría que son los gauchos vegetarianos, supongo), las "beef and almond empanadas”, el "chorizo" (vide infra mas abajo a continuación), las "gaucho fries" (papas fritas con cáscara), supuestamente "flan" supuestamente "con" supuestamente "dulce" supuestamente "de leche", amén de platos de franco corte extranjero, tipo "seafood ceviche", "crab cakes". "beef quesadilla" y, mas desembozadamente, "Chilean tomato and onion ensalada". La carne la rociamos con un excelente y, pese a la hibridez del nombre, patrio Trivento Golden Reserva - Malbec.

Quisimos empezar, claro, con un choricito, pero la camarera, una polaquita redonda y sonriente, nos previno que "mire que cada vez que me lo pide un argentino me lo tengo que llevar". Lo pedimos igual y resulto ser una fricassée, como diría la SuFis, de chorizo español picante. La carne (tanto el lomo llamado filet como el bife de chorizo llamado lomo), repito, de primera, bien cortada (dos centimetritos de espesor) y al punto perfecto. Venia acompañada, es cierto, idiosincrásicamente (sí, carissimi, idiosincráSSSSicamente, corran al diccionario si no me creen) por una rodaja de berenjena algo de zanahoria y media cabeza de ajo cortada horizontalmente, de modo que parecía media naranja con la mitad de todos los gajos, al horno. DELICIOSO. No veo la hora de probarlo.

El no flan estaba rico, pero claro, era no flan. Que sensación extraña, esta de comer carne argentina en un restorán polaco que nos homenajea por haber homenajeado a un escritor polaco que murió en Francia. Esta ciudad me gusta cada vez más.

Viernes 23

Ayer me toco la tarde (peronista todavía y parece que todo el resto de la semana) libre y decidí ir al que es ahora Ministerio de Educación y que fue en tiempos peores cuartel general de la Gestapo, a ver el museo que ha quedado en un ala del edificio donde se mantienen las salas de interrogatorio (un poco como la ESMA, vio?). El museo queda al sur directo de la ciudad vieja que queda al norte directo del Sofitel Victoria donde se celebra mi reunión. Fue cosa de llegar a la esquina, girar a la derecha y bajar tres o cuatro kilómetros buscando y esquivando alternativamente el sol a veces malevo del mediodía. Di con otra Varsovia, la Varsovia como Varsovia, que desmentía el espacioso bodrio que les contaba, en cuyo medio señorea la verruga descomunal del Palacio de Cultura, regalo de Stalin, acaso para compensar el haberse quedado de brazos cruzados mientras los nazis pulverizaban el alzamiento del otro lado del Vístula (dicen los locales que la mejor manera de ver Varsovia es desde la terraza del Palacio de Cultura, de donde se ve toda la ciudad... menos el Palacio de Cultura), pero ya me fui por las ramas y tengo mucho que caminar.

Bajo por una avenida, Novy Swiat, como lo son las de las ciudades europeas que no han sido dinamitadas, parecida, dijéramos, a una mezcla de Santa Fe y Callao, bordeada de edificios "belle epoque" bien conservados, generosos en tiendas lujientas, restoranes tirando a caros y cafés como literarios, llena de flores y hormigueada de viandantes festivos. Al cabo de un kilómetro y medio o dos, a esta avenida le pasa lo que les pasa normalmente a estas avenidas: perdió viandantes, tiendas y restoranes, fue haciéndose más residencial, parecida ya, digamos, a Uriburu entre Santa Fe y Las Heras, pero siempre mona y paquetosa. Vino un inmenso rond-point (salve, la SuFis!) y tuve que elegir entre adentrarme por lo que parecía (y luego resultó) una pariente estrecha de Figueroa Alcorta o una calle ya mas de barrio. Opté por esta. En otro rond-point me detuve a manducar, en un café literaríisimo, una baguette de hongos con espinacas que estaba deputamadre. En mi redor, estudiantes en diversos grados de florecimiento. Un café parecido a los que había en mi época merodeaban la facultad de Filosofía y Letras.

Camino quinientos metros más, giro a la izquierda y dos cuadras después desemboco en la calle que busco. Estoy en Palermo chico. El museo está cerrado y regreso por la pariente angosta de Figueroa Alcorta. A mi izquierda, embajadas y embajadas en lo que, se conoce, han sido palacetes de familias de pro. A mi derecha la versión de bolsillo del Bosque de Palermo. Es, misteriosamente, una franja de unos cuatro mil metros de largo y, si acaso, trescientos o cuatrocientos de ancho que se ha salvado del desastre (no creo que la hayan reconstruido; no toda, al menos). Como se salvó? Tengo que averiguarlo, porque es obvio que a los alemanes dinamita les quedaba. A partir del rond-point donde recomenzaba Novy Swiat empecé a abrirme en diagonal en busca del hotel. No tardaron en aparecer las imitaciones de Banfield o de Villa Adelina y todo volvió a ser como en la primera crónica, solo que yo mucho más reconciliado con mi vida y la ciudad en que me tocaba pasarla estos días.

martes 23

El museo más difícil del mundo

El lunes fui al Museo del Levantamiento. Queda en la que fue la cárcel política de la Gestapo, por la cual, entre septiembre de 1939 y enero de 1945 pasaron 100.000 personas. Bueno, pasaron 63.000, porque los otros 37.000 fueron asesinados ahí mismo. Llegué apenas abrieron y lo tuve más o menos a mis anchas una media hora. Entré en algo que tenía mucho, demasiado, de mazmorra, como que lo había sido. Paredes grises de un gris de muerte, interrumpidas por las fotos y las pantallas de vídeo por las que pasaban imágenes de época o testimonios contemporáneos de los supervivientes. El 1o de septiembre de 1939, la Alemania nazi, que acaba de firmar el infame pacto de no agresión con la URSS, invade Polonia. Varsovia es bombardeada despiadadamente por los Stukas que Otto Skorzeny (pasado por la Argentina, él, donde fue instructor de la Policía Federal, pero esa es otra historia, o, tal vez, otro capítulo de la mismísima) había estrenado en Guernica. El gobierno polaco, que no cree que la URSS esté también dispuesta a invadir por el este, se trae todas las divisiones al frente occidental. La resistencia es tan heroica como disparatada: antes de hacer mutis para siempre de la historia militar, os polacos mandan su caballería a cargar contra los panzer, que, como es lógico, la diezman. Ante la imposibilidad de resistir, el gobierno emigra a Londres (como el holandés más tarde): en Polonia no hay Quisling, y ordena la capitulación. Muchos militares se evaden al este. Otros vuelan a Londres, donde organizarán los cuerpos regulares que luego se cubrirán de gloria en Montecassino o en las Ardenas. Los que se quedan -y son legión- pasan a la clandestinidad. Ni uno solo se pasa al enemigo; el ejército alemán jamás contará ni con un escuadrón regular polaco: en Polonia no hay Petain.

Entretanto, el 15 (creo) de septiembre, la URSS invade desde atrás. El frente oriental está desguarnecido y cae casi sin resistir. Los oficiales que no son asesinados (como sucedería ignominiosamente en Katyn) se unen a las fuerzas del general Sikorski y se evaden hacia Rumania. Muchos volverán clandestinamente o hallarán la forma de volar a Londres o se sumarán a los movimientos locales de resistencia dondequiera los sorprenda el avance alemán. Polonia es el único país ocupado con un verdadero "Ejército del Interior", comandado sobre el terreno por oficiales de carrera y regido políticamente por el gobierno civil exiliado.
No bien ocupan Varsovia, los nazis establecen el siniestro ghetto en el que llegarán a amontonarse, famélicos y comidos por los piojos, diezmados por las enfermedades y el hambre, hasta 300.000 judíos, que se sublevarán en 1943, un año antes del levantamiento que se honra en este museo, que estalla el 1o de agosto de 1944.

La resistencia data del primer día, y se distingue de las otras por dos factores: Está encabezada por militares profesionales ferozmente anticomunistas (como los relativamente pocos que participaron en la resistencia francesa) y no cuenta con contingentes comunistas de monta (claro, Stalin había entregado íntegro a Hitler el Comité Central del Partido Comunista Polaco, Pacto de No Agresión oblige!). Por otra parte, el Partido Comunista polaco es débil: años de ocupación rusa han enraizado en la población un antirrusismo a ultranza que se transforma fácil -y justamente, qué le vamos a hacer- en antisovietismo, que, hasta 1956 será sinónimo de anticomunismo (a partir de Hungría, muchos comunistas, sin dejar de serlo, se hace antisoviéticos). (No por nada Polonia será el primer país eurooriental en sustraerse a la órbita soviética y, de paso, reintegrar sus riquezas a los ricos, encabezado no por un Rey retornado, como en Bulgaria, sino por un electricista de derecha, oh sentido de humor de la historia!).

Pero la resistencia no es únicamente militar: participa (pasivamente, es cierto) prácticamente toda la población. La consigna es clara: no mover un dedo para facilitarle las cosas al ocupante. A diferencia de Francia, la colaboración es un fenómeno aislado Sí, hay pandillas fascistas vernáculas al estilo de la "milicia" francesa, pero nada de periódicos como "Je suis partout" (dirigido por un argentino –vamos todavía!-, Lesca, cuya historia apasionante la ha escrito Jorge Asís) ni la complicidad de figuras del prestigio de Céline, Maurras, Drieu La Rochelle, Vlaminck (si no yerro, y si no, otro de los grandes de la pintura del s. XX), Cluytens o Scmitt, ni la complicidad reticente de una Girodoux. Hay que recordar que para Hitler, y a diferencia de los escandinavos, los holandeses y demás paragermanos, los eslavos eran subhumanos que solo justificaban su supervivencia como fuerza de trabajo. La crueldad masiva de la ocupación es mucho más vesánica que la de Europa occidental. El levantamiento no va a ser un estallido espontáneo, sino un movimiento militar detenida -si pobremente- planificado, en el que participará nutridamente la población civil.

En 1943, como decía, se alza el ghetto. Es cierto que las armas las ha pasado de contrabando el Ejército del Interior, y es cierto que éste realizó varias maniobras de diversión, pero el ghetto se levanta solito, y solito cae y es reducido a cenizas: todos los que quedan son enviados a los campos de la muerte, especialmente Treblinka (no Auschwitz, como creía). Los que se salvan son los que han logrado evadirse y refugiarse en los bosques. Muchos se incorporan a los movimientos de resistencia del este. Cuando se produce el alzamiento de agosto del 44, los que están cerca de Varsovia se suman a él. Uno de los pocos (creo que el único!, porque, les cuento, es un mueso difícil) combatientes judíos cuyo testimonio se recoge es el del que toma el mando cuando cae Mordejai Anilévich, el pibe sionista de izquierda que encabezó la rebelión del ghetto. A la hora de incorporarse a los insurrectos, la consigna que imparte a los suyos es clara: Nada de intentar regresar a los barrios de otrora. Ir "adonde nos acepten" (es, repito, un museo difícil), y la mayoría termina peleando codo a codo con los pocos destacamentos comunistas. Cuando le toca rendirse, un oficial que ha peleado junto a él le dice: no digas que sos judío y vas a ser internado como nosotros en un campo de prisioneros de guerra. Y cómo sé que nadie me va a delatar?, pregunta el combatiente judío (porque es, como van viendo, un museo difícil).
Del alzamiento del ghetto, por cierto, en este museo -difícil- casi no se dice una palabra. Fuera del testimonio de este hombre, hay por ahí una biografía (media página) y una foto de Anilévich y algunas fotos, textos y artefactos que recuerdan las espantosas condiciones de vida.
Pero sigamos. A fines de julio, las fuerzas soviéticas, que han triturado al ejército de von Paulus en Stalingrado y avanzan imparablemente hacia Berlín, han acampado a orillas del Vístula, como quien dice en Avellaneda. Del otro lado de los puentes pueden verse los tanques con la estrella roja. Los jefes insurrectos cuentan con el apoyo aéreo de los ingleses (minga!) y con que los soviéticos vengan en su socorro (recontraminga!). Lo más probable es que los soviéticos, sabedores de que la dirección política del movimiento estaba en manos de la derecha (fascistoide ella, las cosas como son) local, hayan preferido dejar que los alemanes les desbrozaran el campo. Pero entonces, por qué los dejan morir los aliados occidentales? Lo más probable es que sea parte del acuerdo de Teherán, prólogo que fue de los de Yalta y Póstdam. Algún día se sabrá. Es cierto, que aviones ingleses y canadienses lanzaron algunos pertrechos, y también lo hicieron los soviéticos… solo que sin paracaídas, con lo que mucho de lo poco se hacía papilla, pero nada realmente importante. Los polacos no tienen para combatir mas armas que las ligeras que han logrado arrebatar al enemigo. En los primeros días caen en manos de los resistentes la ciudad vieja, varios barrios más, el correo y la oficina de teléfonos. Los que han liberado la ciudad vieja creen haber capturado un panzer alemán y lo llevan jubilosos a la plaza central. Está cargado de explosivos y la deflagración mata a unas quinientas personas y hiere a muchísimas más (es que Bin Laden no ha inventado nada, vio?). Uno de los primeros edictos de los sublevados es: "Tenemos el catastro de todos los médicos de la ciudad. Los que no colaboren atendiendo a los heridos no podrán ejercer la profesión después de la guerra". Porque se creía -se sabía- que la guerra estaba agonizando y los cobardes tenían que colaborar por la fuerza. Bien hecho, carajo!, digo yo, pero qué pensarían muchos si lo hubieran resuelto los comunistas?

Los alemanes, armados hasta los dientes, no tardan en reaccionar y van aplastando cuadra a cuadra, casa a casa, la rebelión. La ciudad vieja está en llamas (gracias, Segismundo, por Canaletto!). Los combatientes que quedan se ven obligados a huir por las cloacas. Los alemanes arrojan bombas tóxicas y muchos mueren, literalmente, como hormigas en el hormiguero. La odisea está magnífica y ferozmente descrita en el "Kanal" ("La patrulla de la muerte", como por esas cosas de la mediación interlingüe se llamó en la Argentina) de Andrej Wajda (alguno que la haya visto recordará que hay entre los alzados un músico que de pronto se pone a tocar el piano, y que sus camaradas le piden "La cumparsita").

A fines de septiembre (dos meses de pelear con el monstruo en sus propias entrañas!) no queda nada que hacer y los sublevados capitulan. Hitler ordena dinamitar la ciudad: "De Varsovia no debe quedar más que un punto en el mapa; la capital de Polonia debe ser simplemente una noción geográfica" (sic…sick!!!). En uno de esos raros momentos de bonhomía que desmienten su fama de verdugo, Stalin dirá que "Lamento la sangre derramada por estos valientes que se alzaron prematuramente". A los héroes de la Brigada Lincoln que habían peleado como leones en Belchite, Jarama y el Ebro, las autoridades gringas también los tildarían de "antifascistas prematuros" (es que la historia, como descubrió Hegel, tiene un notable sentido del humor). Pero y la franja palermitana que logré visitar intacta? He logrado dilucidar el misterio: era la zona (la mejor, claro) donde vivían los alemanes y funcionaba su administración. Como cuando en enero (apenas tres meses después!) los soviéticos cruzaron por fin el río, los tomaron por sorpresa y el avance fue, además, tan fulminante que no les dio tiempo a destruirla.

Wajda tiene otra joya. "Cenizas y diamantes", que narra la historia de un joven insurrecto a quien, en 1946, los dirigentes de la derecha vernácula (y veteranos del levantamiento) encargan asesinar a un comunista (resistente también) que ahora forma parte del nuevo poder. Esta gente, que ha combatido gallardamente contra el ocupante, no es mejor que Massu o Salan o Aussarés (que, por cierto, acaba de publicar un libro defendiendo la tortura), supliciadores del pueblo argelino, o de Lattre de Chassigny, verdugo del vietnamita, héroes los cuatro de la resistencia (como lo han sido muchos seguidores de Le Pen). Es que, les digo, este es un museo muy difícil. Algunos se codearán luego con los nazis confesos lituanos, letones, estonianos, rumanos, cróatas y demás que fundaron la "Sociedad de naciones Cautivas" (los que caen en manos de los soviéticos, claro, no contarán el cuento, al igual, para variar, que muchos de sus circunstanciales compañeros de armas comunistas). Desde luego que muchos otros han sido gente digna, pero la conducción militar y política no era exactamente un dechado de democracia representativa, que antes de la Guerra, el gobierno polaco no era exactamente como el de Massaryk o Benes en la vecina Checoslovaquia.

Un museo, decía, difícil. Porque la historia está hecha de grises, y los que por comprensible afán ético queremos decantarlos hacia el blanco o hacia el negro la tenemos cuesta arriba.

Tres rosas rojas para los muertos sagrados

Ayer aproveché las dos horas de almuerzo y que el sol jugaba a los 23 grados para rehacer un peregrinaje que ya había intentado el lunes y que, veremos por qué, no me salió. Quise ir a la famosamente infame Umschlagplatz, de donde partieron los famosamente infames convoyes camino de Treblinka. Por el camino di con un monumento que en un inicio creí el que buscaba: unos durmientes de piedra con inscripciones que se alejaban al encuentro de un viejo vagón de ferrocarril cargado de cruces maltrechas. No, me dije, cruces no. Le di vueltas y vueltas en busca de una placa que me aclarara las cosas, pero está como escondida. De modo que entré a preguntar a los vecinos. Un joven me dijo que creía que de ahí se habían llevado a los judíos, pero no estaba seguro. Otro me confesó que no tenía idea, pero que seguro que tenía que ver con la Guerra. Me metí en el hotel de justo en frente y el muchacho que atendía el bar me dijo que seguro que era algo de la Guerra, pero no sabía exactamente qué. Ay de estos jóvenes que tienen tanta historia que recordar y que se olvidan de tanta historia, porque, como previno Hegel, los que se olvidan de la historia están condenados a repetirla. Volví a buscar la placa y por fin la encontré: Si descifré bien las eses y las ces y las zetas era un monumento a los oficiales polacos deportados a la Unión Soviética en septiembre del 39. Quise depositar una flor, pero, cosas de la memoria que se olvida, no había a la redonda ni una florería, ni un quiosco, ni una viejita vendiendo flores. Después me pasé y me perdí. Tardé como media hora o más en reencontrar el camino y di, por fin, con la Umschlagplatz: cuatro paredes de mármol que hay que mirar dos veces para verlas, perdidas en medio de los edificios sin ángel de la posguerra. Junto a ellas, dos -los conté varias veces, para estar seguro-, dos ramos de flores dejadas quién sabe cuánto tiempo atrás. Y a la redonda, otra vez nada. De modo que bajé por Karmelicka hasta Djeina y quise visitar Pawiak, la cárcel política estrenada ya en tiempo de los zares, por donde pasaron 63.000 de los 100.000 que entraron entre 1939 y 1945. (Es que en mi crónica anterior me equivoqué: el edifico del Museo más difícil del mundo no era esta cárcel sino el cuartel general de la Gestapo). Quise entrar, pero estaba cerrado lunes y martes. Y entonces regresé a la conferencia. Caminé literalmente sin parar dos horas y media, cuatro pipas. Me calculo el paso a razón de diez o doce minutos por kilómetro, es decir que unos doce o quince, digo yo, aunque tal vez fueron menos. Pero me quedó esa deuda con la memoria y ayer, por fin, pude cumplirla.

Una rosa roja para las víctimas del ghetto

Antes de salir tomé la precaución de comprar tres rosas rojas. La primera estaba originalmente destinada a los oficiales deportados a Siberia, pero la debo. Es que en el mapa que me habían dado en el hotel, no se indica el ghetto ni se menciona el espléndido y terrible monumento que lo conmemora. Lo descubrí de casualidad. Queda relativamente cerca del centro (veinte minutos de marcha -media pipa- desde el centro de la ciudad vieja, en una plaza en medio de un parque que otrora fue ciudad intensa y apretada, arañada por los tranvías y pródiga en negocios y viandantes. No queda nada. Al pie del monumento, dos paneles con fotos y leyendas. Ahí pude ver lo que había sido antes de lo que fue y lo que fue después: La iglesia de San Agustín, ahora resguardada por algunos edificios modernos que la empujan hacia la ciudad vieja, desnuda y solitaria entre las montañas de escombros y cascotes renegridos por el humo, las llamas y la mugre lisa y llana. Manzanas y manzanas de nada, y, al fondo, la iglesia que los nazis perdonaron por esas cosas de Dios, con su torre erguida yo quisiera que como un puño, pero ¡ay! no. La calle sur se llama, por suerte y con justicia, Anilévich. Todo lo que se ve -o, en rigor, se imagina- a la redonda es lo que fue el ghetto. Imagínense, cumpas, un solar ahora verde y edificios sin mayor gracia en lo que fue, digamos, Callao y Rodríguez Peña y Uriburu y Ayacucho… hasta, digamos, Pueyrredón y, digamos, Córdoba, Paraguay, Charcas, Santa Fe… hasta, digamos, Vicente López, solo que con un trazado caprichoso, porque las calles no eran como son sino como eran, meandrosas e indecisas, producto de años y de años de historia caprichosa, como capas geológicas verticales sobre la planicie.

En el monumento no había más que un grupo organizado de estudiantes alemanes guiados por dos profesores. ¿Cómo será ser alemán en Varsovia frente al ghetto? Estos chicos, claro, no tienen por qué heredar la culpa de sus mayores. Pero no sé. Yo me siento responsable del pasado. No que haya sido culpa mía, pero lo es de mis congéneres y siento que me toca hacer algo para que el presente sea menos atroz.

Una rosa roja para los Flazstersztjen

No quise adelantarme a los hechos, pero desde que leí la respuesta de Esther a mi crónica en el otro foro (150 miembros de la familia de su abuela gasificados en Treblinka) me prometí que vendría a dejar una rosa roja en memoria de los suyos asesinados y de todas las víctimas inocentes. He cumplido. Durante unas horas más habrá una rosa fresca entre los dos ramos en descomposición. No quise quedarme. ¿Qué hacía yo ahí, tan vergonzantemente vivo, tan injustamente sano? Y bajé entonces otra vez por Karmelicka.

Una rosa roja para los que no se resignaron

Los alemanes dinamitaron Plawiak, pero después de la guerra se recuperaron los sótanos y ahora está este museo. A la entrada, un árbol desnudo y maltrecho en el que los memoriosos han ido prendiendo plaquitas y fotos. Allí dejé mi rosa roja para los muertos heroicos: los que eligieron pelear cuando hacía falta una fe casi mística para creer en algo mínimamente parecido a la victoria. La historia de Plawiak, como decía, empieza con la revolución de 1863-65, encabezada por los socialistas, muchos de los cuales murieron solos o con ayuda entre estos muros. Luego los revolucionarios de 1910. Después los de la entreguerra. Y finalmente los antifascistas o los simplemente antialemanes (no olvidar que Bítek, el Premier local de aquellos tiempos, propuso a Hitler una alianza antisoviética a cambio de Ucrania, solo que Hitler lo sacó carpiendo). Como sea, no es justo andar discriminando entre los caídos en la lucha contra el gran enemigo. Honor a todos los que allí supieron morir con dignidadmientras alrededor cundía la infamia. Está el pastor protestante, y el párroco católico, y el profesor de geología, y la enfermera, y la celadora que era miembro clandestino del Ejército del Interior y servía de enlace entre los de dentro y los de fuera… hasta que la descubrieron, y la joven comunista que logró escapar y que fue atrapada luego cerca de donde estaba refugiada porque la descubrieron arrancando de la pared un afiche de propaganda nazi. Están las celdas ínfimas, y las de los condenados a muerte, y los dibujos en papel de estraza, y el ajedrez de migas de pan, y la colección de grilletes, y fotos y nombres y fechas. Y está el libro de los visitantes: hay unos crayones para que cada uno pinte junto a sus comentarios la bandera de su país. Entre las veinte o treinta páginas, conté tres (ahora son cuatro) argentinas, una uruguaya y cuatro brasileñas. La última firma argentina es de Gastón, Quiero creer que es mi sobrino. Ojalá. Tengo que preguntarle. Yo tomé el crayón celeste y rellené las dos franjas. Fue una sensación curiosa: ¡creo que no dibujaba la bandera desde mis deberes de primaria! Entonces me puse a pensar, ¿Y ahora qué escribo? Y, parece mentira, yo, que soy tan generoso con las palabras, no encontré más que dos: ¡NUNCA MÁS!
El museo, por cierto, estaba casi vacío. Me puse a charlar con una señora francesa como de mi edad, judía, historiadora, nieta, resultó, de veteranos de la Guerra Civil Española. Me presentó a Michal, de unos cincuenta años, historiador también, y el único comunista que queda en la dirección del museo (y de los poquísimos que subsisten en Polonia). Nos pusimos a charlar siete u ocho cuadras y quedamos en vernos si podemos. Quisiera presentárselo a mi concabina Mercedes Álvarez, a quien a los dos años su madre, republicana española y comunista, dejó con sus hermanos en Moscú mientras ella volvía a su país desangrado. La de Mercedes es otra historia de las que algún día quisiera contarles. Pero ya está bueno para estas crónicas.
Y regresé a la conferencia como si hubiese dejado una carga pesadísima. Ahora, p'alante.

CRÓNICAS VALEVARSOVIEJODICTORIAS

Viernes 30

Nefeto, queridos virtuales, como dice mi amigo Luis Suardíaz (poeta cubano él) que dice otro poeta cubano, todo lo que tiene fin es breve. Ayer a Varsovia le entro, por fin, el malhumor del equinoccio y se puso irremediablemente otoñal. No eran mentira las hojas amarillas que asomaban, marcescentes, entre las tozudamente verdes, y el sol se mando mudar a otros hemisferios a saldar cuentas con sus ateridos del primer semestre. Varsovia se ha puesto gris, y no hay capitalismo que la consuele. Ayer hasta entro a diluviar con saña, pero fue un berretín nomás. Yo, que ahora que soy mercenario hago de todo por dinero, me quede la mañana terminando una traducción y la noche terminando de terminarla. Esta mañana me despedí de los colegas y los polacos que nos han aguantado los caprichos, monte en un taxi y aquí estoy en el aeropuerto, tecleando las últimas impresiones. Me quedo con ganas de volver. Me gusta este pueblo tan sufrido y hospitalario. Me gusta pese al antirrusismo entronizado, al anticomunismo furibundo y al antisemitismo últimamente inexplicable. Me gustaría si ciento cincuenta -o trescientos mil, o seis millones, todo depende del ábaco existencial- de los hubieran perecido asesinados de la forma mas siniestra? No lo se. Es fácil ser ecuánime y comprensivo cuando la maldad de los demás se ha limitado a supliciar a los demás. En todo caso, poco importa (aunque importe tanto). Es el pueblo que es y es hijo del que hizo lo que hizo. Y también es cierto que ha sufrido muchísimo en su historia de manoseos y oprobios. Quien es uno para juzgar a un pueblo! A los fascistas, en cambio, si que los puedo juzgar y no escatimo furia. Los polacos son polacos como los chinos chinos o los judíos judíos. Los fascistas son fascistas de puro hijos de puta. El enemigo, trato perennemente de recordarme, no es un pueblo, ni una raza, ni una cultura. El enemigo es una ideología y los crímenes a que inevitablemente lleva.

En el Herald Tribune del jueves citaban a Hitler enjuiciado en 1930: La Revolución Francesa se baño en la sangre de los capitalistas. El Tercer Reich hará lo mismo: los mataremos a todos, y también a los socialistas y pacifistas (claro, entre tantas víctimas, los capitalistas se le olvidaron, pero le puede pasar a cualquiera). Nadie tiene derecho a decir que no sabia, como no lo tienen en mi país los que leyeron mi General Ibérico Saint Jean, Gobernador de la Provincia de Buenos Aires, anunciar tan orondo (salió en los diarios) que "primero mataremos a los subversivos, luego mataremos a quienes apoyan a los subversivos, y por fin mataremos a los indiferentes". Ay de los que no se enteran de la historia, porque están condenados a repetirla!

CRÓNICAS BANGKOKÍMICAS (abril de 2005)

¡Oh la sufrida existencia de los intérpretes onusianos! El sábado regresé de Nairobi; laburé en Viena domingo, lunes, martes, miércoles y jueves; ese mismo jueves entre las 18:30 y las 21:00 enjuagué los calzoncillos, volví a meterlos en la valija y salí para Schwechat, que a las 23:20 me tocaba embarcarme para Bangkok. En ese vuelo éramos como veinte, entre funcionarios, delegados y familiares (sí: uno viajaba con mujer, criaturitas y baby sitter… ¡la guita que le habrá costado!).

En el aeropuerto (inmenso) nos estaban esperando con la proverbial hospitalidad de los orientales. Todo eficiencia, esmero, solicitud y cura. Que faltan carritos para el equipaje y cinco o seis muchachos de impecable pantalón azul y camisa celeste corren a traerlos de Hanoi. Que uno de los críos tiene sed y aparecen cuatro manos con sendas botellas de coca cola o agua o naranjada o seven up. Luego el largo safari hasta los autobuses y, al salir del edifcio, el encuentro con los colores. No los estridentes de Nairobi, tampoco los macilentos de Marruecos, ni los sobrios matices de mi Europa de ahora, ni el colorinche sin ángel de mi Nueva York de antes, ni los tintes exactos de mi Buenos Aires de siempre, ni la pegajosa ensalada tropical de Río, ni la fiesta omnícroma de Janitzio. Acá los colores son como las mujeres: innúmeros, discretos, pequeños y perfectos (salvo, las cosas como son, las ocasionales sobredosis de dorado). El interior de nuestro autobús parece un cuarto de niña: cortinitas rosadas de pliegues primorosos y atadas con un moño de regalo de bodas (en el cuarto del hotel me aguardará un plato de frutas que ni Cezanne si hubiese visitado a Gauguin en Tahití y un como cenicero octogonal de vidrio lleno de agua con una flor violácea flotando con absoluta placidez; sobre la almohada, una tarjeta de bienvenida y, apenas atrapada, otra flor).

Saliendo del aeropuerto, me azora lo manso del tránsito (porque Nairobi, al lado de Bangkok, es Bucarest un lunes de madrugada), y el generoso intercambio de baldazos de agua entre las nutridas tripulaciones de las pick-ups, y las legiones de adultos y niños armados de toda suerte de recipientes y adminículos para mojar.

Es que es el último de los tres días del Año Nuevo thai, y es de ley que todo el mundo empape a todo el mundo. A muchos les han arrojado una especie de jabón blanquecino que los hace parecerse peligrosamente a aquellos tenebrosos fantasmas que Martin Sheen descubre donde termina el Mekong en “Apocalipsis ahora”. Pero la similitud termina apenas comenzada. Porque el intercambio de baldazos se da entre sonrisas y carcajadas, sin un gramo de malicia ni mucho menos de maldad. El guía nos previene: si salen a la calle antes de las 18:00, prepárense para los chaparrones.

Por la autopista elevada se columbra hacia delante el perfil de acero y cemento de una Bangkok que no por nada anda cerca de Singapur. Y cada tanto, al costado, apenas visibles, casas de lata como las de La Boca, pero todas del tinte primigenio del metal, o de madera. Resabios, digo, de cuando el Asia era toda pobre y toda colonial.

Son las 16:00, y pese a las cinco horas que me ha robado el nuevo meridiano, decido darme una ducha, ponerme shorts de baño, sandalias de goma y la peor remera, y salir a compadrear. En efecto, hasta los guardias de seguridad de los bancos aledaños están calados hasta los huesos. Alguna muchacha se ha peinado imprudentemente y ruega clemencia, pero ni eso la salva de un bondadoso pero ineluctable chorrito simbólico donde moleste menos. Se conoce que no están acostumbrados a blancos de buen humor, porque nadie se anima conmigo. A pocos metros del hotel, tres pibitos me miran como cachorros hambrientos. Los padres los retienen. Me detengo justo donde están, los brazos cruzados sobre el rostro con gesto de espanto. El más intrépido moja apenas los deditos en su tazón y me asperja como para bendecirme. Entonces le hago gesto de que me muero de calor y me echa un chorrito más. Ahí es cuando otro se atreve a zamparme el equivalente de un vaso. Cuando ven que no hay peligro… ¡para qué! Me bañan de arriba abajo. Los padres se me acercan a estrecharme la mano y, supongo, agradecerme. Ya me alejo cuando siento detrás de mí el leve repiqueteo de unos piecitos en punta: atino a girar justo para recibir el baldazo valedictorio en plena jeta. ¡Ni les cuento el jolgorio de los pibes! Cinco metros más adelante, son varias muchachas, básicamente hermosas y dijérase adolescentes, las que entran a ducharme con toda fruición. De pronto, siento que me han pellizcado el culito. Me vuelvo, y veo a una que me guiña sugestivamente el ojo (lo sé porque el otro se sigue asomando entre los párpados perpetuamente semicerrados). Caigo en la cálida cuenta de que me estoy duchando en la vereda de un quilombo (en efecto, la vitrina del negocio del que han salido dice "Thai Massage. Your pleasure is our pleasure", que, traducido según la teoría que propugno, quedaría como "Pasá nomás que vas a ver cómo te cogemos").

Cada dos metros hay un restorán o un chiringuito o un quiosco o un carrito o un vendedor ambulante de cosas de comer: Pollo asado, carne en brochetas, buñuelos, guisos; arroces de diversa factura; pescados, mariscos y hasta insectos fritos; dulces de colores que casi los de Morelia, frutas de otros planetas… Todo el mundo se la pasa comiendo de todo a todas horas. Cómo harán para mantenerse tan delgados? Es algo, ahora que lo pienso, del subdesarrollo. Del subdesarrollo tropical, que es el de veras (el cono sur es una aberración): en México y en Lima, y en Jamaica y en Kenia y en Marruecos y en el Líbano, por todas partes, vendedores de lo que sea para llevarse a la boca. Pero nada tan variado y sabroso como aquí. Y tan limpio. Es lo que tiene el subdesarrollo asiático sudoriental: esta limpieza. Limpieza, es cierto, en ciertos casos relativa. Pero al lado de Yaoundé, de Rabat o de Guayaquil, Bangkok se parece a Berna.

Doy una dilatada vuelta y compro dos o tres kilos de fruta cuyo nombre no llego a averiguar. Va a ser mi cena, ahora que me he puesto rellenito. Llego al hotel y ya han sacado la cobija, entreabierto las sábanas y dejado una flor sobre la almohada. Mantengo heroicamente mis párpados separados hasta las 20:00 (o sea, la una de la madrugada vienesa). A la una y media me despierta Alguienita para ver si he dormido bien (la pobre no ha calculado que la diferencia con Monterrey son justito doce horas!). Le replico que, llamada más, llamada menos, sí. Retorno a las sábanas y me despierto sobresaltado. Son ya las diez (o sea las cinco allá en casa) y he perdido la "navette" de las nueve al Centro de Conferencias. El taxi me ve pinta de pajuerano y me estafa: 60 bhat… dólar y centavos. El centro todo bulle ante el inminente X Congreso de las NNUU para la Lucha contra la Delincuencia. Cardúmenes de tailandesas que no pueden reír y mirar al mismo tiempo, porque si estiran apenas las comisuras los ojos se les cierran con hermetismo de almejas, hasta no dejar más rastro que un apretado cantero de pestañas. Enjambres de tailandeses serviciales a los que el inglés se les atora entre la glotis y los dientes. El Centro es enorme y magníficamente decorado. He hecho mi administrativa aparición en remera roja, shorts y sandalias. Las chinitas del mostrador de inscripción me miran incrédulas. ¿Cuál es la ventanilla para los funcionarios elegantes?, pregunto, y dos o tres segundos después se ríe la primera y, a la voz de ahura, todas los demás. Me presentan el batallón de oficiales de sala (unas veinte), que parecen de quince años. Me preguntan mi nombre. ¿Cómo se dice "darling" en tai?, indago. “Tirat”. Bueno, así me tiene que llamar: “tirat”. Y ese será mi apodo. Sospecho que la voy a pasar bien. Bueno será, porque es mi última misión de mandamás y me quiero despedir comme il faut.

Pero hay nubarrones: el viernes de la semana pasada, las autoridades rigorizaron el régimen de visados y muchos de mis 72 intérpretes no se han enterado. El primer mensaje con que me topo al abrir al compu es de un argentino a quien casi no dejan embarcarse en Milán (lo ha logrado, tras dos horas inútiles de regateo) yéndose de contrabando al mostrador de Primera, pero teme que en Londres lo reboten o, peor, que no lo dejen entrar en Tailandia. Urgente fax a British Airways en Heathrow. ¡A ver cuántos de los 72 aparecen finalmente el lunes!

Saliendo del Centro Reina Sikrit, me entero de que sus compañeros le han preparado a Johnny, un libanés del Servicio de Conferencias, una sorpresa de cumpleaños. Me invitan a colarme y acepto enardecido: vamos a un cabaret de travestis. ¡Qué mujeres espléndidas! ¡Qué ojos, qué boquitas, que ñatas, qué piernas, qué cintura y qué tetas perfectas! Si uno no maliciara atento al ancho relativo de los hombros respecto de las caderas sería imposible percatarse del timo. Hay una gorda, que ni encaramada sobre unas plataformas de quince centímetros puede imitar una estatura plausible, totalmente deforme, de cabeza gigantesca, cuello inexistente, abdomen que le da literalmente la vuelta, piernas de rinoceronte retacón, brazos más gruesos que largos y manazas de troglodita, que se mueve con una gracia desopilante. Las demás tienen cara de guachitas, pero esta lleva una expresión extrañamente bondadosa. Acaso compensa con la proverbial belleza de dentro. (¿Cómo será saberse un esperpento y decidir, sin embargo, exhibir la monstruosidad como espectáculo? Este hombre era un Quasimodo transexual, doble esperpento). Baila vestida de geisha con otras dos, estas sí, más ostensiblemente masculinas. Los trajes de una opulencia que ni en el Moulin Rouge. Las parejas ocasionales son unos tipos de frac blanco y enorme flor carmín en el ojal, mariconísimos, y todos mas bajitos que ellas. Hay uno, en especial, que tiene una formidable cara de aburrido. Se mueve bien, pero está obviamente en otra galaxia. Cada tanto, la solista de turno desciende del proscenio hasta la segunda fila de butacas, donde estamos nosotros, para dar un beso a Johnny (es parte de la sorpresa). Finalmente lo llevan al escenario y se pone a bailar con las locas. Aplausos frenéticos de la nutrida concurrencia. A la salida nos están esperando con sus enigmáticas sonrisas orientales. Solo la voz de estibadores con que descargan el mangazo quiebra la magia del instante.

El tránsito de Bangkok, como el de Nairobi, es de un silencio casi sepulcral. Claro, el parque rodante es más vecino al siglo, aunque también es cierto que abundan esos simpáticos mutantes entre la motoneta y el taxi, salvo que no pedorrean ni zumban ensordecedoramente como los de nuestros ancestros italianos. Hay, además, el Sky Train (¡y algún trasnochado habrá al que se le ocurriría traducirlo como Tren Celestial!) y también el subte propiamente dicho. El tren celestial es, como su nombre lo sugiere, elevado y si es, sin duda, moderno, limpio y veloz, el subte, en cambio, es modernísimo, impoluto y vertiginoso. Las estaciones abundan en personal solícito que literalmente lleva de la mano al extranjero a las expendedoras de pasajes y, a veces, se encarga de apretar la secuencia de botoncitos. En las del celestial hay guardias cuya única función es cuidar que nadie se acerque a más de medio metro de la vía. Me enteré cuando con toda amabilidad me hicieron retroceder. En las del metro, no hace falta: el andén está herméticamente separado de las vías por una pared transparente, interrumpida a los intervalos exactos por las que serán también las puertas de los vagones. El único accidente posible es romperse el cráneo tratando de curiosear si viene el tren. Y es, en efecto, posible, tan perfectamente traslúcidos y límpidos son los paneles. Hasta aquí, todo bien. Pero una pregunta se abre paso, para variar, entre mis neuronas de marxista irredento: ¿Cómo es que, en una ciudad de entre catorce y dieciséis millones de habitantes, los trenes de las tres líneas de transporte rápido urbano tengan apenas tres vagones? ¡Sencillo! Primero, el pasaje es, para los locales, exorbitante; solo puede permitirse el lujo una minoría relativamente selecta. Segundo, no queda a tiro de la red ni un solo barrio popular; solo sirve para los empleados, estudiantes y demás especímenes de la clase media.

La gente es de una cortesía excepcional. A mí hasta me conmueve el gesto como de plegaria contrita y retraída que sustituye nuestro apretón de manos (esta gente casi no se toca; sospecho que es un truco que le ha enseñado la evolución para no contagiarse las pandemias). Las mujeres son casi tan bellas como los travestis, y, casi como los travestis, de una feminidad supliciante: el cabello renegrido y lacio, la piel apenas olivácea y como de seda, las cejas a gatas insinuadas para no hacer competencia desleal a los ojos prodigiosamente avellanados, las naricitas nimias, las bocas perfectas. Las orejas, a veces un tanto saltonas tras el cabello a menudo recogido hacia atrás, hacen pensar en azucareras de finísima porcelana que llevaran pintadas rostros radiantes. Son lolitas menudas, de sonrisa perpetua y constantemente al borde de la risa. Los hombres no.

La comida (y he comido en los sitios más dispares) es exquisita, y para los paladares de novios de mexicanas, adictiva. Conserva respecto de la china una distancia sorprendente que los palitos no logran hacer olvidar. Yo la encuentro más sutil, pero, claro, no soy experto en ninguna de las dos. La variedad es acojonante. Por lo pronto, nunca había visto yo crustáceos más literalmente variopintos: entre la langosta y el camarón hay un teclado de diez o doce tamaños y cinco o seis colores. Hay como langostinos azulados y gigantescos de patas lánguidas que se disuelven en unas pincitas sin gloria. Hay longitudinales cigalas verdosas. Hay gambas apenas si rosáceas. Hay camarones color sandía. Hay, además, los frutos de otro planeta. Los erizos que mencionaba, y guanábanas descomunales, y nísperos gigantescos, y guayabas de todos los colores, y piñas que dañan los ojos de tan pero tan amarillas, y cosas que ni sé cómo podrán llamarse, de todas las formas, de todos los tintes y de todos los sabores. Hay legumbres y hortalizas tampoco de este mundo. Hay de todo en todas partes, y todo el mundo comiéndolo a todas horas, y no hay, quién lo dijera, el olor concomitante. La comida es como el tránsito: omnipresente, densa y variada, solo que inaudible el uno y respetuosa de la nariz la otra. Cosas de orientales esta discreción abrumadoramente discreta. ¿Cómo hacen para ser tantos y tan pobres y tan limpios y tan gayos y tan omnívoros sin hacer casi ruido y sin efluvios delatores? ¡Ah si el secreto se hubiera abierto camino hasta las alforjas de Marco Polo! ¡Cuánto más gratas Roma y su sobrina, Buenos Aires!

Es precisa, seguramente, esta disciplinada disciplina de la convivencia multitudinaria para haber inventado y no soltar el alfabeto que desparraman sobre los carteles. No hay dos letras iguales, aunque tampoco las hay que parezcan obedecer a una voluntad consciente de hacer que se distingan. Van, además, salpicadas de una precipitación demencial de acentos y diacríticos a veces más complicados que las letras que complementan. Las palabras –si lo son- lucen interminables. He llegado a contar sesenta caracteres sin respiro. Sorprendentemente, eso que se ve tan raro suena fácil, dulce y suave. No parecen tener más fonemas que nosotros, y si bien de vez en cuando se pegan un saltito en mitad de cláusula (como los vietnamitas, solo que ellos no descansan jamás en una sola vocal), todo suena liso, dulce y suave. ¿Para qué carajo necesitarán tantos dibujitos tan intricados? ¡Oh los inescrutables misterios del Oriente!

Ya lo vaticinaba Kipling cuando Inglaterra ganaba guerras con países más grandes: East is East and West is West and ne'er the twain shall meet.

Anoche, los colegas de la cabina española y aledaños me organizaron una cena de despedida (esta es, al cabo, mi última misión última de gran jefe gran). Vale la pena detenerse en la lista de comensales. La cosa la organizó Jean-Pierre Allain, paraguayo, hijo de franchute e inglesa, radicado desde hace 20 pirulos en Malasia, en yunta con Luigi Lucarelli, gringo, residente en Bangkok desde hace algunos pirulos. Vinieron Jesús Baigorri, ex taquígrafo devenido ex intérprete onusiano, ahora director de la rama de interpretación de la Escuela de T e I de la U. de Salamanca, historiador de profesión original y autor de una estupenda “Historia de la interpretación simultánea”; Socorro Botero, colombiana, que supo vivir por estos pagos y ahora anda radicada en Francia; César Quintana, rosarino, ex intérprete de la OACI en Montreal y jubilado de la ONU en Ginebra; su mujer, Vera, francesa, freelance; Isabel Rivas, colombiana radicada en París; Daniel Weissbein, argentino, casado con francesa, radicado en Italia; Michel de Las Heras, íberofranchute, de la oficina de la ONU en Nairobi; Susana García Matos, española, que vino de estudiante a hacer la cabina muda a Viena y ahora es permanente en Nairobi; su marido, Maurice, irlandés y funcionario normal de la ONU en Nairobi; Fernando Núñez, el otro paraguayo de la profesión, ONU-Nairobi; Jesús Menjón, gallego, ex intérprete del FMI y de la ONU-NY y ahora jubilado de la ONU-Ginebra, casado con argentina de idéntico pasado profesional; Catalina Deuss, argentina, radicada en Venecia (!); este protojubilado de la ONU-Viena; y Virginia y Carla, estudiantes de Salamanca que han venido de voluntarias a interpretar para las ONG. Faltaron Mónica Varela y Jesús Concha, gallegos pero de Galicia, tanto que están casados entre sí (aunque él de cabina francesa), mis súbditos vieneses, que andaban de paseo por esos templos de Dios.

La cosa fue en un sitio de lo más simpático, al aire casi libre (teníamos toldo encima), entre árboles y flores. Con Jean- Pierre y Luigi vinimos directamente de la conferencia y llegamos tres cervezas antes que los demás. Ahí fue donde averigüé lo que sigue: Luigi siempre se interesó por las culturas y las filosofías orientales. Se pasó un año en China de editor de una revista de propaganda y, de regreso a la USA, resolvió que quería más Asia y vino a dar con sus huesos a Bangkok. JP vino de casualidad para estos pagos de voluntario para una ONG de protección a los consumidores y decidió que se quedaba. Su casa se salvó milagrosamente del tsunami porque, aunque sobre la playa, está a tres metros y medio sobre el mar. La mayor de las tres olas fue de tres metros y arrasó con el pueblo, dejando tras sí unos 60.000 cadáveres por la zona. La cosa fue así: Primero el mar se fue como de paseo, dejando infinidad de peces camino de ser pescado, coleteando en la arena. Allí fue cuando bajaron a curiosear millares de lugareños, especialmente niños, y entonces los arrasó la primera ola. Cuando se retiró, bajaron a socorrer los vecinos que quedaban, y fue cuando vino la segunda ola y se llevó otra camada más. A la hora y media llegó la tercera y más fuerte, pero no encontró nada que romper ni a quien llevarse sino más tierra adentro, adonde no habían llegado sus precursoras.

Era de risa comprender de pronto que estaban reunidos (y sin siquiera saber de la existencia del otro) los DOS paraguayos del oficio, uno asiático y otro africano, uno residente en Penang y el otro en Nairobi, convocados en Bangkok por el argentino que maneja la cosa en Viena. Las estudiantes españolas, asomadas apenas a la profesión, no salían de su asombro.

Se conversó de todo, claro, y se comió ídem y, las cosas como son, deputamadre por lo sabroso y deputaparió por lo picantito. Del menú se fueron encargando los dos orientales postizos: dos o tres sopas, dos o tres pescados, calamares, camarones, pollo, cerdo, cantidades industriales de arroz y hectolitros y hectolitros de cerveza (hay, y es de no creer, vinos tailandeses de discreta pero honesta bebilidad; ¡ya no se puede confiar en nadie!).

Les explicábamos a las salamanquesas que las cosas de los mediadores interlingües orales que andamos por el circuito de las organizaciones internacionales son así: Con Susana, Fernando y Michel, por ejemplo, nos habíamos conocido apenas diez días antes… en Nairobi; César y Jean-Pierre, por su parte, no se veían desde hacía dos meses, cuando se encontraron en Manila. Las misiones son las ocasiones privilegiadas para encontrarse. A diestra y siniestra y enfrente de uno restalla el ping pong sociogeográfico: No te veo desde Bali, No, yo en Bali no estuve, nos vimos el mes antes en Oslo, No, porque a Oslo no pude ir, o sea, que debe haber sido en Sydney… ¿o fue en Río?, ¡Ah, no, ya me acuerdo, fue en Nueva York!, ¡Claro, cuando venías de Lima y yo me iba para Pekín!, Por cierto, ¿vas a Yakarta la semana que viene?, No tengo Varsovia.

Y así libamos, manducamos, rememoramos y acoquinamos a las estudiantes Susana que acaba de empezar, Jesús que enseña, Jesús que se ha jubilado, Fernando que anda por la mitad de su carrera, Luigi de Bangkok, Susana de Nairobi y Catalina de Venecia… Y en medio de todos y de todo este teórico, paladeando el trago agridulce de la vida que termina para que la otra empiece y ensayando la nostalgia por este puesto maravilloso que le toca abandonar para siempre.

La insondable y milenaria sabiduría oriental

El Bangkok Post de hoy anuncia con cierto tremendismo que "World Buddhism event falls apart" (o sea, “Cónclave budista mundial se descalabra”, sí, ya sé, no dice "conclave", sino "event", pero yo soy así). ¿Cómo es posible?, ¿por qué?, me pregunto presa de la alarma y me apresuro a leer. Sucede que parece que la World Visakha Bucha celebration (es decir, la celebración Visakha Bucha Mundial, no sé si me explico) no se va a materializar después de todo dadas las inconciliables diferencias entre el Consejo Sangha (¡ese mismo!) y elementos que caracteriza de parias budistas que han llevado a que la cosa se haga en dos sitios diferentes, lo cual ha asestado al gobierno un golpe humillante (no es para menos, digo yo).

La cosa de jodió cuando a mi Teniente General Chamlong Srimuang (Cham, para los amigos), nombrado organizador de las festividades le contaron que el Consejo Sangha (¡sí, el mismo!) había resuelto conferir a la Oficina Nacional Budista autoridad exclusiva para organizar el evento. Mi Teniente General se pegó el gran julepe porque nada menos que el Primer Ministro, don Thaksin Shinawatra (Th, para los íntimos) le había conferido, en su calidad de capo del centro para la promoción de la moral, la misión de celebrar la cosa uniendo a todos los estratos del budismo, incluida -fíjense lo que son las cosas- la secta Santi Asoke, proscrita en 1989 por el Consejo (Sangha) debido a su adherencia a una doctrina heterodoxa que "imitaba" el budismo. El organismo supremo del budismo prohibió todo contacto con la secta porque -¡quién lo hubiera pensado!- predicaba enseñanzas aberrantes, como prohibir gestos de respeto a las imágenes de Buda. ¡Pero eso no es nada! Los monjes Santi Asoke visten, para colmo, túnicas de otro color y, como si eso no bastara, no se depilan las cejas. ¡Yo no sé adónde vamos a parar!

La cosa es que a mi Teniente General lo sacaron a la mierda (¡también, con la cagada que se mandó!) , pese a que, como parte de la campaña "Una persona, una lealtad, una verdad" (¡otra que la Campaña del Desierto!) , había instado a que los participantes efectuaran un juramento de virtud e integridad morales. Lo sustituyo nada menos que el Viceprimer Ministro en persona.

Menos mal que la tradicional sensatez del nirvana nunca deja de columbrarse, toda vez que Phra Kittisak Kittisopano (Phr, para la barra) señaló que el Consejo Sangha (que no otro) y el gobierno tenían que hablar.

Bueno, que ahora puedo volver tranquilo a mi nirvana. ¡Uuuuuuf!

Son nada menos que las 4:30 de la mattina y aquí estoy, en mi oficina del Queen Sikrit Centre, mientas mis súbditos la yugan en cabina. La cosa se ha atascado y tienen que aprobar la próximamente histórica Declaración de Bangkok, como diría Alguienita, a como dé lugar. Han tenido equipo de 10 a 13, y de 15 a 18:00, y de 19:30 a 22:30, y de 23:30 a 1:30, y ahora de 2:30 a 5:30, y tengo otro pronto para recoger la antorcha hasta las 8:30. Son, en total, 72 colegas, y si me hacen hacer venir el próximo equipo, con los dos que necesitan mañana propiamente dicho para terminar la Conferencia, habrán utilizado hasta la última gota disponible. No sé cómo cazzo van a hacer para celebrar la plenaria prevista para las 10:00 (que debe terminar a las 13:00 para reanudar a las 15:00 para clausurar a las 18:00, ni un minuto más tarde porque la mayoría tiene vuelo esa noche a partir de las 23:30). La verdad, que como despedida, bastante movidita.

Es, como decía, mi última misión y he escogido a mi tripulación con lupa. Tenemos cinco intérpretes permanentes de la Comisión de la ONU para Asia y el Pacífico (sita en estos mismos pagos), seis o siete de la ONU Ginebra, ocho de la ONU Nairobi, diecisiete de la ONU Viena y los demás freelance, incluidos tres jubilados y varios desertores. Me la he pasado en esta oficina desde entre las 8:00 y las 9:00 hasta entre las 19:00 y las 21:00 desde el sábado 16, no he tenido tiempo de nada, salvo mi show de travestis antes de que comenzara la conferencia (18-25 de abril) y, ayer, una recepción, como dirían la susodicha de supra, a todo dar en un palacio de lo más mono, en un sitio de los más privilegiado, con una vista de lo más acojonante (Bangkok a toda luz allende el río).

Nos llevaron en ómnibus con sonora escolta, que iba apartando tránsito como Moisés las aguas, durante como media hora. Al llegar, fuimos desfilando entre una doble hilera de señoritas que nos saludaban con su gesto de "por favor". Luego un puente chino iluminado. Después los jardines del palacio con quiosquitos de comida y bebidas típicas, y grupos de bailarines ídem. Más adelante, las escalinatas flanqueadas nuevamente por señoritas que "por favor". Arriba, última doble fila de suplicantes y tras ellas el enorme salón donde tocaba un conjunto de música de todo. A lo largo de los muros y en medio, más quioscos o mesas de comida típica: sopas de pescado, camarones, calamares y pollo, mejillones gratinados, carnes de diferente tipo, toda suerte de fideos de arroz, diversos currys… todo servido con primor por señoritas suculentas. Y todo más frío que la puta que lo parió (salvo la cerveza, que estaba tibia). ¡Qué espanto! Para peor, apareció el Primer Ministro (uno con cara de chino) que entró a pronunciar un sentido discurso como de veinte minutos acerca de la significación planetaria del Congreso. ¡Qué papelón! Nadie, pero absolutamente nadie le dio ni cinco de bola: todo el mundo andaba dando vueltas en busca de algo caliente que comer o frío que tomar. Cuando terminó, lo aplaudieron los de una claque y entonces le tocó el turno a mi Director General, que, para no ser menos, habló otros veinte minutos ("I've found your speech very inspiring", comenzó mintiéndole con todo descaro al chino). Yo perdí el último miligramo de paciencia y me mandé mudar. Cuando salí a la fresca intemperie (ni 35 grados) caí en que era el éxodo jujeño. Nos íbamos de a decenas. ¡Qué bodrio!

Fuera de eso, he comido deputamadre. En el Centro de Conferencias tienen un restorán típico buenísimo, y en el barcito que me queda cerca de la oficina venden cocos que decapitan ad hoc para que uno se tome el agüita congelada. ¡Una delicia! (Aunque los pinches aztecas le ponen limoncito y tequilita y queda como que mejorcito).

Perdón por lo poco enjundiosa de esta entrega, pero me estoy muriendo de sueño y aburrimiento y escribo más para mantenerme despierto que para narrar.

Ah, meseolvidaba lo más importante: ¡¡¡¡¡he firmado mi primer contrato de mercenario!!!!! Cinco días en Doha, Qatar, un seminario de seguimiento de este Congreso organizado por los turcos del Golfo (la ONU no puede contratarme en tanto no hayan transcurrido seis meses de mi deceso administrativo). ¡¡¡Albricias!!!

CRÓNICAS NAIROBIÓTICAS (Abril de 2005)

Esta fue mi penúltima misión antes de jubilarme de la ONU

Para el que no conoce el África subsahariana, Nairobi es una ciudad infernal de fea, caótica y peligrosa. Pero hay algo que, sorprendentemente no es: ensordecedora. Por todas partes y a todas horas del día, el escape malevo de autos en descomposición, camiones desportillados, autobuses toda herrumbre, “matatus” a punto de reventar por las costuras y, delante de cada camión que parece vedar el paso a posta, una figura prieta y sudorosa empujando o arrastrando algún carro inmenso que sirve de base a una montaña irregular de bultos, cañas, troncos, o bidones. Los más pudientes calzan sandalias hechas de sobras de neumático. Los matatus son a los colectivos lo que el cromagnon al ser humano: una rama de la evolución que en algún momento se apartó del árbol, combis infladas como globos a fuerza de aceptar más y más y más pasajeros y más y más y más bultos, de gomas que se han dejado todas las estrías por el camino, desdentadas de vidrios, traqueteantes y de impredecible conducta vial. Pero el tránsito regala su demencia en inusitado silencio: no resuena un bocinazo, no chirría una frenada, no estalla una imprecación. Las arremetidas de toro enceguecido y los pases de torero borracho son con sonrisa reluciente entre ébano bruñido. Los pocos -literalmente dos o tres- semáforos que andan malcolgando por ahí prodigan al vacío su intermitente futilidad. En las intersecciones más imbricadas, algún regulador espontáneo gesticula en cuatro direcciones a la vez con la esperanza de que uno que otro atascado le consienta una moneda. A determinadas horas y en determinadas confluencias estratégicas puede haber policías propiamente dichos. Suelen ser mujeres voluminosas que, plantadas en medio de la calzada, merman considerablemente el espacio para esquivarlas.

Los edificios son de todas las tallas y estilos. Comparada con Nairobi, la Avenida Nueve de Julio es de una fatigosa homogeneidad. En los espacios que dejan las torres de concreto y de acero y de cristal, crecen, como la hierba entre las lajas, tugurios para todos los gustos y por todos lados. Ranchos de latas mal colocadas en perpetuas ciernes de desmoronamiento, torpemente encaramados sobre montículos o terraplenes o colinas de tierra bermeja. De no ser por el color de los pobres, podría ser Misiones. Y por todas partes y a todas horas la perpetua y presurosa marabunta de gentes que van y vienen saltando vallas, esquivando rodados o saliéndoles intrépidamente al paso. Ya se les va a clavar el adorno del capó en la nalga cuando, a último momento y creyérase que de forma totalmente inútil, se abre del cuerpo como al descuido una mano abierta que parece detener como por magia el vehículo inminente. Y la vida sigue, aunque uno no termina de comprender bien para qué. Dé dónde vienen y adónde van esas figuras harapientas que parecen moverse con la misma ajetreada e incomprensible futilidad de las hormigas?

Las figuras son de dos complexiones básicas: perfiles de garza entreverados con rimeros de plastas de chocolate; garbos de gacela soslayando vastos bamboleos de paquidermo. Hay mujeres esculpidas como en una vara, y las hay como abultados esperpentos de morcilla. Las sonrisas de dentadura casi jamás completa tienden a parecer teclados, con su nítida recua de notas naturales, sostenidos y bemoles. La gente es tan amable como torpísima de entendederas. Todo se hace, si se hace, tarde y mal. Los europeos han impuesto sobre el variopinto mosaico tribal la plantilla artificialmente uniforme de la eficiencia, que no termina de calzar y molesta como zapato ajeno. Las Naciones Unidas son un ejemplo palmario: todo lo que en Viena funciona al dedillo, en Ginebra bien y en NY más o menos, en Nairobi es un desastre: Los discursos vienen después de pronunciados, la lista de oradores hay que ir a mendigarla, las reuniones empiezan 45 minutos tarde, la combi que lleva o trae a los alojados en el Hilton se ha ido más temprano porque sí o porque sí va a llegar tarde o porque no no viene y porque no no avisa. La secretaria provisional de la Sección de Interpretación, graduada reciente en administración de empresas, no tiene el menor empacho en dejar bajo mis narices los documentos en árabe y en chino. “Creía que era la cabina árabe”, explica. “Hasta ahí puedo llegar a comprender -respondo-, pero entonces ¿por qué me dejás los documentos en chino?”. La respuesta, claro, se hace esperar. Apenas me entere, les cuento.

Eppur...! Eppur, me dicen, uno termina acostumbrándose al moroso discurrir del tiempo y de las cosas, a decir todo tres veces y comprender que debió haberlo dicho al menos una cuarta. Uno se acostumbra a vivir literalmente entre rejas, a no detenerse en los dos o tres semáforos, a trabar todo con llave (mis colegas cierran a cal y canto las puertas de su oficina hasta para ir al baño: si no, va a faltar lo que haya habido, dinero, gomas de borrar, lapiceras, resmas de papel, el marco de la foto de la familia...). Y una vez que uno se ha acostumbrado, me dicen, cuesta habituarse entonces a la fruta insípida, los cangrejos nimios, las gambas enanas y las ínfimas langostas del Primer Mundo.

He llegado el domingo por la noche, trabajado de lunes a viernes y vuelto a decolar el sábado por la mañana. No he podido salir casi del trayecto entre el hotel y la ONU. Lo que veo me sirve más para evocar que para enterarme. Los que parpadean son los ojos de la memoria.

Amarcord hace veinticinco años mi primer encontronazo con Nairobi y con el África. Amarcord el azoro interminable ante la miseria y la belleza de esta gente. Amarcord los sonoros mercados, tanto más alegres y menos hediondos que los suks septentrionales. Amarcord los ojos como ónix centelleante montados en máscaras de ébano. Amarcord los vecinos vestigios de árabes y portugueses en Mombasa. Amarcord el tren nocturno en el que me colé para ver el alba sobre el lago Victoria. Amarcord los pescadores en sus lineales piraguas y la indolencia mentirosa de los hipopótamos. Amarcord la vuelta a dedo, los flamencos rosados y los monos de testículos azules en el lago Nakuru y el hotel colonial salido de un cuento de Somerset Maugham. Amarcord aquel refugiado ugandés -eso mentía- que prohijé. Amarcord que quería que lo fotografiase leyendo. Amarcord la paupérrima familia que lo cobijaba. Amarcord Jessica, la espléndida contadora del Hotel Jacaranda, y su piel como de seda oscura. Amarcord la gracia un tanto estulta de atravesar la General Kago street. Amarcord mi primera inmersión entre miles y miles de jirafas, hienas, cebras, gnus, wildebeests, gacelas y elefantes. Amarcord los dos Masái que regresaban majestuosamente a su aldea caminando impasibles lanza en mano a diez o doce metros de los leones. Amarcord la leticia del oído acariciado por la tenue música del swahili. Amarcord el inmenso mangrove crab, de caparazón como bombín inglés y pinzas gruesas cual patas de pavo y mil veces más deliciosas. Amarcord las mujeres lavando ropa y críos en las aguas del arroyo. Amarcord las vendedoras de braseros de carbón disfrazados de latas de aceite. Amarcord la incredulidad de todo el ómnibus al ver subir a un blanco. Amarcord que desde ambos extremos me saludaban “Jambo, Bwana! Jambo!”. Amarcord el asombro cuando le di el asiento a una señora. Amarcord la expresión demudada de mis colegas cuando conté que había tomado el tren y subido a un ómnibus y viajado trescientos kilómetros a dedo y visitado la choza de una familia de ferroviario. Amarcord toda una vida vista hacia atrás desde su coda. Amarcord treinta años largos de devorar distancias y acumular recuerdos. El 31 de agosto empieza el futuro.

CRÓNICAS BALNEARIOLÓNDRICAS (febrero de 2005)

Os explícoles mi prolongado y ensordecedor silencio: Me tocaba dar clases en Bath el jueves y el viernes, pero el lunes, el servicio médico me mandaba a casita con 38.5 de fiebre y tosiendo que ni Mozart, Chopin y Modigliani juntos en sus peores momentos. Alguienita, claro, volvió a encarnar a Florencia Nightingale y me cubrió de mimos y frazadas y me llenó de besos y tisanas, ¡pero tunouavéil! De modo que estuve a un tris de cancelar el viaje, solo que el billete era nonrifándabel y andá a cantarle a Gardel. De modo que el miércoles hice de tripas corazón y me fui con mi enfermerita a la rastra camino de Londres, adonde llegamos a las 18:30, yo como que con el último aliento, haciendo más bochinche que una locomotora enchinchada, pálido, lívido y cerúleo. Depositados que fuimos en la Terminal 2 de Heathrow hubimos de caminar unos diez kilómetros a tomar el expreso a Paddington (¡11 libras ida sola en segunda cada uno, señoras y señores!) para toparnos con la novedad de que el tren de las 21:00 a Bristol andaba -es, claro, un decir- con atraso. Bueno, que nos comimos unos sánguches mientras aguardábamos noticias. Finalmente anunciaron horario y plataforma y hacia allí enfilamos a codazo limpio. Subimos a un vagón atestado, de modo que dejamos la valijita (Samsonite, negra, con una etiquetita roja) en la rejilla especial y emprendimos un dificultoso safari al vagón siguiente donde, ahí sí, conseguimos asiento (solo que separados). El tren se puso en marcha a las 21:20 y Alguienita, en uno de sus acostumbrados desplantes de prudencia, visión y sensatez, me preguntó, “No quieres que vaya a traer la maleta” (así, conjugando raro y esquivando “valija”, como le da por hacer que me causa tanta gracia). Fijáose que no me dijo, “Ve a traer la maleta”, como estoy acostumbrado, sino que, habida cuenta de mi avanzado estado de catatonia convulsa (porque seguía tosiendo como un regimiento de tísicos, solo que con la mirada perdida al extremo de mis ojos totalmente exórbites), se ofreció a ir ella, que tampoco estaba tan sanita (vide infra). Le repliqué que no, que estamos en Inglaterra y aquí no roban. Dos horas después el tren se arrimaba por fin al andén de Bath. Desanduvimos lo anduvido, me agaché a recoger -con perdón- la maleta –ídem- y... ¡notabamá! Ni la maleta (Samsonite, negra, con etiquetita roja) ni la ropa de ambos dos para cuatro días, ni los sendos cepillos de dientes, ni los respectivos piyamas, ni, si a eso vamos, la pareja de pasajes de regreso, ni, puestos a contar, las llaves del auto que aguardaba, sin saber, en el estacionamiento del aeropuerto, ni, también es cierto, las de la casa, que aguardaba donde siempre, que estaban, todos y todas, dentro de la maleta. A mí casi me da el soponcio. ¿Qué hizo entonces Alguienita? ¿Me regañó, como dice ella? ¡No! ¿Me cagó a pedos, como digo yo? ¡Tampoco! Se sentó, ínfima, en un transpontín, me miró con una carita de infinita tristeza... y no me dijo nada. Yo advertí que los ojos se le llenaban literalmente de lágrimas (¡peligrosísimo en una mujer que no llora ni pelando un campo de cebollas!) y le pregunté (¡hay que ser boludo!, dirán ustedes, pero ya van a ver que, en efecto, hay que ser boludo, pero esta vez se equivocan), “¿Estás enojada?”. Ella me miró con sus enormes ojos que parecían de vidrio mojado y me dijo, “No, estoy muy triste, porque una vez me pasó lo mismo, y perdí toda la ropa que tenía porque mi (¡EX!) marido se olvidó la maleta en un taxi. No me quería acordar de eso”. Yo hubiera dado mi colección de Di Sarli y la mitad derecha de mi modelo de la comunicación mediada por evitarle ese mal trance que se merecía menos que nadie, y ahí me quedé, tosiendo como una caldera de cuarta, sin saber qué hacer ni qué decir. El tren, entretanto, seguía impertérrito a Bristol (parada siguiente y, por suerte, final). Descendimos contritos, ateridos y exhaustos, sin saber cuándo sería (¡si quedaba!) el próximo tren a Londres para bajarnos por fin en Bath e irnos a dormir con la ropa hedionda sin perspectivas de vestir otra al día siguiente.
Solo que...

THERE WILL ALWAYS BE AN ENGLAND!

Perdido por perdido, le pregunté a un negro inmenso que se paseaba con un chaleco fosforescente examinando los bogies del tren que dónde hacía la denuncia y me dijo, “¿Ya se lo comunicó al jefe del tren? Mire ahí viene”. “¿Una valija Samsonite, gris, con una etiquetita roja? Sí. Un pasajero se la llevó equivocada en Reading y dejó la suya a bordo: espere un cachito”, y se puso a hacer llamadas con su celular. “Mire, se la traen en el tren de las 23:00. Vaya a tomarse un café”. “¡No -le imploro-; que me la lleven a Bath!”. “No problem”. Tomamos el café aguachento más sabroso de nuestras vidas y tomamos el tren de las 22:30 a Londres. A las 22:50 estábamos ateridos en Bath, aguardando impacientes el expreso de las 23:30 a Exeter St. David’s. A las 22:28 columbramos la luz que se avecinaba. A las 22:29 entraba la diesel delantera arrastrando los doce vagones y su colega trasera. A las 22:30 se abrieron algunas portezuelas y bajaron algunos pasajeros soñolientos. Alguienita miraba hacia la derecha, yo hacia la izquierda. Alguien, nos decíamos, descendería arrastrando nuestra Samsonite negra con su etiquetita roja como si fuera un caniche de Picasso, nos la daría contra presentación de algún documento de identidad, nos haría firmar un recibo, aceptaría un par de libras de propina, y esta historia terminaría en dos o tres renglones más. Pero no. Sonó el silbato. Las portezuelas se cerraron. Y el tren se fue deslizando metálico, con un bisbiseo cada vez más raudo que terminó llevándoselo del todo... Y ahí, sobre el andén, inmóvil, negra y con su etiquetita roja, estaba la Samsonite, paradita como un caniche de Picasso sobre sus patas traseras. Alguien la había puesto simplemente sobre el andén. Ya vendría el dueño a buscarla, ¿quién, si no?

Y así bajé, tosiendo para festejar cada peldaño, la escalera al pasaje subterráneo, con Alguienita de una mano y mi caniche de Picasso de la otra, y así subimos al último taxi de la noche, y así tosí en diecisiete dieciocho sílabas “The Queensbury Hotel”, y así llegamos, y así nos quisimos registrar, y así hubimos de presentar los pasaportes, y así Alguienita se dio cuenta de que se había dejado el bolso en el taxi. Llamadas a las dos o tres compañías locales. “Mientras tanto, suban a su cuarto que cualquier cosa les aviso”, nos aconsejó, solidario, el conserje brasileño. Menos mal que...

THERE WILL ALWAYS BE AN ENGLAND!

Porque no bien me saqué los lompas, el conserje me llamó para decirme que el taxista acabada de darse cuenta y venía para el hotel. Volví a calzarme los leones con toda la presteza que me consintieron mis pulmones en rebeldía y ya estaba por entrar en el ascensor cuando salió el conserje con el bolso de Alguienita en la mano. ¿Y el taxista? No había querido esperar.
Pasamos una noche tosiendo los dos por turno o en combo (porque Alguienita empezó a imitarme peligrosamente), apretaditos hasta que las convulsiones nos despedían en direcciones opuestas, al suelo a mí y al techo a ella. Al día siguiente, di clase como pude. Esa noche nos invitaron a cenar a un restorán indio de pro, donde Alguienita explicó que los chiles habaneros son mejores pero que, en realidad, la comida no estaba mal, tan solo algo sosita. Pero durante la noche sufrió la venganza de Sidharta. Me despertó un tembladeral de colchones, cobijas y almohadas. Hecha un bultito en cuatro patas, cubierta con todos los trapos que había encontrado, con una expresión inerme de tortuguita presa del mal de San Vito, Alguienita temblaba como una hoja. “¡m-m-m-e d-d-d-ue-l-l-l-en tod-d-d-os l-l-los hues-s-s-sos!” gemía de a una reiterada consonante por vez, ensopada y pálida. La arropé lo mejor que pude, me la llevé a la ducha, esperé a que el agua saliera hirviendo y me metí con ella. A los pocos minutos se le pasó, pero yo ya sabía que la cosa era de médico. Al día siguiente pregunté si se podía llamar a uno, pero los del hotel me dijeron que era muy difícil, aunque a la vuelta había un consultorio y se ofrecieron a llevarla ellos mismos. Llamé a una profesora de la U., que se vino inmediatamente así yo podía dar -siempre entre espasmo y espasmo- mis clases de la mañana, que la U. se había gastado un platal para traerme y cada clase perdida le costaba una fortuna. Me fui más tranquilo. Como a la hora, mi colega me llamó para decirme que el médico había dicho que no era nada, que eran nomás chuchos por la gripe, y que con un par de días de reposo la cosa se arreglaría.
Regresé esa tarde y le pregunté a Alguienita que cuánto había costado la visita. Me contestó que mi colega había arreglado todo. La llamé entonces para preguntarle. Es que...

THERE WILL ALWAYS BE AN ENGLAND!

El Servicio Nacional de Salud (instituido por los laboristas de Atlee después de la Guerra) es totalmente gratuito: hasta para los extranjeros de paso.
Ese viernes decidimos, entonces, quedarnos en Bath descansando. El sábado por fin tomamos el ansiado tren a Londres, donde la U. nos había reservado habitación en el Royal Norfolk Hotel. Desde el tren, Alguienita no dejaba de revigorizar su ojos con el verde inverosímil de la campiña inglesa. Y hasta en ese viaje ya tan plácido...

THERE WILL ALWAYS BE AN ENGLAND!

Porque una voz femenina anunció por los altavoces: “If one of you ladies has lost a broach, a passenger has found it and I have it here at the bar carriage. Just come and pick it up. But be careful: do not loose it again!”.

Y así llegamos a Londres. Paddington es esa estación que no tiene puerta. Quiero decir que los trenes llegan, como a Retiro, y uno sale a un vestibulazo lleno de negocios y cafés, y sigue en busca de la salida, pero no hay, porque está al costadito. Bueno, por ahí salimos y, como total paga la U., montamos en un viejo Austin Metro, de los que van quedando cada vez -¡ay!- menos, tripulado por un viejito Cockney de lo más rubicundo de los que van también quedando cada vez -¡ay!- menos. Alguienita se parapetó tras la filmadora y se aplicó a obtener imágenes minuciosas del Austin y de su emperador. Finalmente decidió subir, y tras ella yo con la Samsonite negra con la etiquetita roja. Entonces digo, “To the Royal Norfolk Hotel, please!”, y el viejito Cockney me dice “Ah, pero eso no está ni a cien metros de aquí. No vale la pena que gaste lo que le va a costar el taxi. Mire siga derecho hasta la esquina y ahí lo va a ver”. “Pero le hice perder todo este tiempo”. “No se preocupe. Ya va a venir otro pasajero”. Y así nos fuimos, Alguienita, nuestro caniche de Picasso y yo, caminando de la mano, mientras a nuestra vera desfilaban las interminables recuas de double-deckers furiosamente rojos y taxis obcecadamente renegridos y Londres iba mutando hacia los palacetes de Sussex camino de Hyde Park del blanco al ladrillo al pizarra, a hacia el este a los mil pasteles que luego serán Notting Hill, desgranada en cientos de turbantes y chadores y melenas rastafarias y crestas punk, mientras yo pensaba en la bronca de Kipling en su tumba y en las guerras maoríes y en el oprobio del Apartheid y -¡cómo no!- en los chicos de las Malvinas, y, por encima, por detrás y por delante de esa leyenda negra que -¡ay!- tan poco de leyenda tiene, que, en el fondo, qué bueno que...

THERE WILL ALWAYS BE AN ENGLAND!

Londinum; semper Londinum... sed

Londres va mutando. Lo primero que se nota es que le van cambiando los colores: Hasta no hace tanto (bueno, treinta años, pero a mí me parece ayer), era la patria de los coches negros, de los clones de John Steed de paragua negro, bombín negro, saco negro y pantalones grises con raya negra. Ya uno de cada dos taxis es de color o de colores. Los double-deckers siguen siendo casi todos rojos, claro, pero de pronto pasa uno gris u otro verde, y algunos están tan cubiertos de publicidad que el rojo no se trasluce más que como un sustrato discontinuo. ¡Los double-deckers! En algún sitio leí que habían sacado de circulación los venerables Road Masters -los del balconcito siempre generoso para el que se olvidaba de bajar a tiempo o casi los perdía-, que sobrevivieron a dos generaciones de unidades destinadas a sustituirlos. Por suerte quedan unos cuantos -¡ay, demasiado pocos!-. Pero lo más ominoso es la aparición de orugas articuladas, rastreras, interminables. También he leído que están destinadas a sustituir, pronto tal vez, a sus entrañables abuelos verticales. ¡Ya no volverá a ser Londres! Otra cosa que ha desaparecido casi por completo son los autos de antes. En dos días de caminar y caminar sin rumbo, pero por Park Lane y Sussex y Knightsbridge y tantos reductos del boato, no vi mas que tres Rolls Royces y dos Bentleys, todos nuevos. Ni un viejo Rolls, ni un Jaguar de aquellos, ni un Rover 3 litros, ni un Humber, ni un Daimler... Pero si hasta no hace tanto parecían ubicuos... ¿Dónde estarán? ¿Serán por fin chatarra?

PEQUEÑA CRÓNICA GINEBRERA (Julio de 2204)

Estoy anclau en Ginebra hasta fin de mes, viviendo en un hotelito apenas empezada Francia, en Ferney-Voltaire, la ciudad natal del quidam epónimo que está, como Borges y Ginastera, enterrado en Ginebra. Anoche me invitaron a cenar los Teleki. Ella supo ser jefa de la cabina española en NY primero, donde nos conocimos, y después en Ginebra. Ahora lleva cinco pirulos de retirada. De regreso, a eso de las diez, daba vuelta al rond point para irme al catre cuando vi que un pibe de unos 25 años estaba haciendo dedo por la ruta de Bellegarde. Como no pasaba nadie, me imaginé que, si no lo levantaba Yo, iría a pasar la noche a la intemperie. Para peor amenazaba con entrar a llover fiero. Así que di la vuelta completa y lo llevé. Iba, efectivamente, hasta Bellegarde, como a 30 kms de Ferney. El tipo, claro, no lo podía creer. Pero lo expliqué que, de muchacho, yo había tenido que confiar mucho en las gauchadas de la gente, sobre todo la indulgencia de los automovilistas, y le conté estas historias:

En julio de 1969 salí a recorrer los Balcanes con dos amigas argentinas que estudiaban conmigo en Moscú: Susi, oriunda de Carlos Casares, Provincia de Buenos Aires, y Cristina, salteña. Yo estaba al cumplir 24 años el ídem de agosto, que me tocaron en Plodviv, Bulgaria, ellas diecisiete cada una. Yo estaba enamorado hasta el caracú de Susi, pero, para variar, no me deba ni cinco de bola. Bueno, pero sigo. Bajando de Skopje (Montenegro) nos hicimos dejar en la estación de trenes de Tesalónica. Estábamos parados en la entrada con cara de pelotudos, como a las diez de la noche, sin saber qué hacer (con un presupuesto de 50 centavos de dólar diarios por persona!) cuando se detiene un tipo más o menos joven, en un BMW, que nos habla en griego. No nos entendemos, pero el tipo nos hace señas de que nos subamos igual. Nos lleva al consulado americano para que el sereno nos traduzca. Así se entera de quiénes somos y de qué andamos buscando sitio para dormir. El sereno le dice que nos lleve a la Universidad Americana. Allí nos deja. Un estudiante gringo que pasaba nos invita a quedarnos en su cuarto y él se pasa al del vecino. Se hacen cargo de nosotros durante cuatro días.

Así recorrimos Grecia. De regreso, estábamos en pleno centro de Atenas, en la playa Omonoia (Independencia, ¿no, Dimitri?)... haciendo dedo con las mochilas a cuestas. Claro, no era el mejor lugar. Pero hete aquí que se detiene una Volkswagen Kombi anaranjada, con chapa griega, y, a bordo, un tipo como de treinta años, barbudo pero prolijo, como yo, y dos purretitos. El tipo me pregunta que adonde vamos. A Tesalónica (camino de Estambul). Nos explica que ahí no nos va a levantar nadie, pero que el nos puede dejar donde nace la autopista. Hasta allí nos lleva, nos ayuda a bajar las mochilas y al estrecharme la mano me pone un billete de cien dracmas (tres dólares de entonces, mi presupuesto de una semana) diciendo, Esta noche cenen caliente y brinden por un amigo griego. Se llamaba Hill Golfinopoulos, vivía en el Canadá y había venido a visitar a su familia.

De Tesalónica seguimos para Estambul. En vista de la aventura precedente, decidimos ir a probar suerte a la Universidad. Para hacerla corta, un estudiante turco nos llevo a los tres a su casa, también durante cuatro días, y entre él y sus amigos se ocuparon de nosotros como de reyes. El estudiante, Mete Arsoy, vivía en un dpto de TRES ambientes. El dormía en un dormitorio, la tía en el living, y su hermana y su madre en el otro. Pasaron la tía al dormitorio de la madre y la hermana, se paso él al living, y nosotros dormimos en su cuarto, CUATRO DIAS. Cuando al final partimos, madre, tía, hermana, Mete y amigos nos llevaron a la terminal de camiones. Allí nos dieron una bolsa cargada de comida, otra llena de fantasías, y empaparon de lagrimas el lugar.

Así llegamos a Edirna (creo), en la frontera búlgara, solo que eran como las 21 y la frontera acababa de cerrar. El pibe del quiosco de la dirección de turismo nos dijo que podíamos dejar las mochilas en su oficina, que también estaba por cerrar. Sin tener adonde ir ni plata para ir adonde fuera, nos sentamos en el cordón de la vereda a esperar el DIA. Al rato, aparecieron cinco o seis purretitos. Nos miraron con larga curiosidad. Cuando les hice una monería, desaparecieron, Creí que se habían asustado, pero volvieron con como veinte más, entre ellos una chiquilina como de siete años que hablaba inglés. Les regalamos todas las fantasías que nos habían regalado la madre y la hermana de Mete. Entonces volvieron a desbandarse y al rato regresaron con comida y té. En eso aparece un hombre en una moto. Es un turco con cara de malo bueno, de bigotes renegridos y tez cetrina. Nos explica, en alemán premonitorio, que es pintor, que la familia esta en Alemania y que podemos dormir en su casa. Monta a Cristina en la moto y nos dice a Susi a mi que sigamos la avenida, que él vuelve por nosotros. Y Cristina se monto, no mas, y desapareció en Turquía. Así, sin pensarlo ni ella ni nosotros. Como al kilómetro reapareció nuestro amigo, cuyo nombre nunca logramos descifrar, y nos llevo a la casa. ahí nos ofreció el melón mas delicioso que he probado en mi vida, que rociamos con anís, toco el violín, canto en turco, nos pidió que cantáramos en castellano, nos dio las buenas noches y se fue a dormir. Al DIA siguiente nos llevo a la frontera. Recuperamos las mochilas y cruzamos A BULGARIA!!! a pie.
Los guardafronteras no se lo podían creer.

Esa noche, en Bofia, mi uña encarnada se puso fea. Pese a que eran pasadas las 21, tocamos timbre en una casa. Nos atendió un señor en piyama. La señora se levanto de la cama y me curo, luego nos dieron de comer y nos dejaron dormir en el living, o sea en el OTRO ambiente, que ellos y los dos chiquitos se pasaron al único dormitorio. Al DIA siguiente, cargados de comida, seguimos camino de Bucarest.

Y este pibe se sorprendió porque lo llevé unos kilómetros a su casa. Me ofreció incluso dinero. Le conté, como digo, estas historias y le dije, Yo a esa gente no le voy a poder agradecer nunca. Lo único que puedo hacer es perpetuar la cadena. Vos a mi tampoco me podés agradecer. Lo único que podés hacer es perpetuar la cadena. En todo caso, a quienes tendrías que agradecer es a esa gente.

Ah, me olvidaba, con Susi logré finalmente ponerme de novísimo y recorrer Europa con la guita que ganamos laburando en una embotelladora en Estocolmo durante el verano de 1971. Por cierto, salimos de Leningrado camino de Helsinki, y esa fue mi visita anterior a Pietroburgo, en junio de 1971. En el ferry venía un compañero nuestro, paraguayo, que iba a tratar de renovar el pasaporte a Finlandia (no solo que el Paraguay de Strossner no tenia relaciones diplomáticas con la URSS, sino que él estaba clandestino. No tenia, literalmente, ni un solo dólar. Así que con Susi le dimos cinco de los veinticinco que llevábamos entre los dos. Porque éramos así todos con todos. El habría hecho lo mismo por nosotros. Con Susi regresé en diciembre a la Argentina. En febrero, nos fuimos a buscar laburo al Chile de Allende. Yo conseguí una cátedra en el Instituto Pedagógico, pero solo para septiembre, de modo que nos regresamos. Al llegar, Graciela Sirota (los gerontes recordaran a aquella estudiante de medicina que los nazis secuestraron en 1964 o 65, torturaron con colillas de cigarrillo y tajearon a navajazos sendas esvásticas en los senos) nos consiguió laburo en ILVEM (recordates, gerontes, el Instituto de Lectura Veloz, Estudio y Memoria?) Después la cosa no anduvo. Yo me puse de novio con la que iba a ser mi primera mujer y ya no volví a Chile. Eso me salvo la vida, porque a mis compañeros del Pedagógico se los llevaron el DIA mismo del golpe al Estadio Nacional y no salio ninguno. Susi ahora vive en el Brasil y tiene dos hijas que militan en el movimiento antiglobalizacion. Hace poco retomamos el contacto. Cristina es una de los 30.000 desaparecidos.