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jueves, 2 de octubre de 2008
CRONICAS VIENEREOMORALÍSTICAS (mayo de 2006)
jueves 10
INTERPRETANDO PA' MANDAMASES
Han sido dos días movidillos. Ayer me tocó interpretar bisexualmente (inglés castellano y vuelta) en la hermosa Zeremoniensaal de la Hofburg para una reunión entre los países de América Central y la Unión Europea. No teníamos un solo documento, y cuando el presidente del grupo centroamericano se largó a leer su enrevesado discurso económico a toda velocidad, mi colega y yo nos vimos en serias dificultades. Uno puede disimular solo hasta cierto punto. Y ciertamente no hasta el necesario en las circunstancias, porque se nos apareció una turiferaria de la cancillería austriaca a preguntar si de veras era tan difícil. Le contamos que no teníamos los discursos y dijo, Pero si los tenemos desde ayer!, Pues no nosotros. Los trajeron inmediatamente y ya la cosa se encaminó un poco. Me doy cuenta de que mi límite hacia el inglés está mucho más vecino al suelo que el que tengo hacia el castellano. La próxima vez que acepte interpretar contra natura, he de cerciorarme de que esté a mi alcance. Nos dieron de almorzar muy pero muy bien, y por la tarde empezó el debate. Casi todos los europeos que intervinieron (Alemania, Dinamarca, etc.) lo hicieron en un español envidiable, mucho más rico y correcto que el estropicio que salía por los labios de los latinoamericanos. Qué vergüenza! Yo, para escarnio de alguno, hice lo que sostengo que corresponde hacer, y lo mismo mi colega, que quiso hacer su tesis sobre mi broli, pero no la dejaron porque "No es un paradigma aceptado". De modo que nos ceñimos a decir lo que a nuestro juicio profesional había que decir para que nuestros interlocutores entendieran lo que tenían que entender, lo cual significó fundamentalmente una implacable poda de la hojarasca retórica, ya que ambos éramos hispanoparlantes nativos y los dos necesitábamos mayor distancia y detenimiento para hablar un inglés suficientemente digerible. Logramos establecer un excelente rapport con los dos grupos de usuarios. Cuando alguno se disparaba, hacíamos señas desde la cabina y quienes lo advertían pedían al orador que tuviera piedad. En determinado momento se planteó el problema de decir "cooperantes" en inglés. Yo opté por "donors", que es lo que, en efecto son. Expliqué que la alternativa, "cooperating parties" me parecía poco clara y los anglooyentes estuvieron totalmente de acuerdo. Como la traducción de la declaración (que terminó rebajada a "iniciativa") al inglés (hecha, obviamente, por nibelungos de las delegaciones latinoamericanas) era un desastre, la fuimos corrigiendo en lo que podíamos. Al final, la reunión se pasó más de una hora de la prevista y como mi colega tenía que irse a atender a su presidente Fox y a mí me habían llamado de la Embajada de Venezuela, dijimos que nos teníamos que marchar. Por suerte, tuvimos tiempo de terminar con la aprobación de la iniciativa.
Mi desplazamiento a la Embajada de Venezuela fue inútil, porque quería intérprete al alemán. La Embajada del Uruguay también me llamó, pero cuando les dije cuánto cobraba se asustaron y terminaron contratando a otro (a mí quisieron venderme el buzón de que iba a interpretar un diplomático de la delegación muy ducho en los temas de debate, pero claro que no me lo creí). De modo que pude comprometer mis servicios a la Embajada de Bolivia, que me quiso para la conferencia de prensa de Evo Morales antes del inicio de la Cumbre.
Evo forever!
En la oficinita que han asignado a Bolivia (cada país tiene la suya) me encontré con una ex estudiante mía de Vic, a quienes ofrecieron fungir de intérprete de enlace estos días y que, con tino, rehusó interpretar para la conferencia de prensa. Trabaja prácticamente gratis (no va a sacar ni lo que le costó el pasaje), pero está entusiasmada con este primer contrato de su vida. Le aconsejé que, por mucho que hiciera concesiones económicas, no transigiera en las condiciones de trabajo. Por mi parte, decidí no cobrarles nada, porque andan sin un mango: salvo Evo, los demás están en hoteles de cuarta con viáticos miserables. Estaba previsto que primero nos reuniéramos el Presidente, su jefe de prensa y yo para sincronizar relojes, cosa que yo iba a aprovechar para explicarle cómo funciona la interpretación en estos lances. Pero Evo llegó tarde y hubo que lanzarse al agua sin mirar. La sala estaba repleta. Llegaron el jefe de prensa y dos o tres más de la delegación, todos sin corbata, sencillos, entusiasmados. Les dije que yo me sentaba al lado de Evo. Me dijeron que no podía ser, porque iba a haber muchas fotos, y que ellos lo querían flanqueado por el embajador y el ministro de RREE. Repliqué que los sentía mucho, pero de ningún modo, Si quieren, para las fotos cambiamos la coreografía, pero para la conferencia tengo que estar al lado del Presidente y poder comunicarme con él directamente. No tuvieron más remedio que aceptarlo. La conferencia fue apasionante. Evo es un tipo de increíble carisma y claridad. Pero se conoce que no está acostumbrado a ser interpretado y se lo veía nervioso. En varias oportunidades me musitó al oído cosas como, No mencionó al Japón, o, No habló de la dignidad. Yo procuraba tranquilizarlo, Sí, presidente, lo dije, no se preocupe. Aun así, en determinado momento dijo, Creo que el compañero está traduciendo mal. Yo, por supuesto, lo interpreté, pero también le dije que estaba diciendo exactamente lo que decía él. El edecán militar, que estaba parado detrás como un portero con sus colgajos y arreos se inclinó medio lívido y me dijo, Es un chiste! Mientras uno de la delegación se le acercó a Evo por el otro lado le dijo que la interpretación había sido perfectamente fiel. Entonces fue Evo el que me palmeó el hombro y me dijo, No, lo digo en broma. Todo esto en medio segundo. Y yo aproveché, entonces, para interpretar, No, it's just a joke, poniendo una expresión de total alivio y haciendo como que me secaba el sudor. Todo el mundo se rio y la cosa siguió entre sonrisas. Fue, admito, un momento tenso: me estaban haciendo quedar como el culo ante las cámaras de TV y haberla dejado pasar así nomás habría sido, estoy seguro, un golpe a la profesión entera, porque estoy convencido de que cuando interpreta públicamente, el profesional encarna a la profesión misma. Por suerte, me parece que salí bien del trance. Como estaba totalmente de acuerdo en todo lo que el orador decía, lo hice con tremendo gusto y empatía, interpretando lo más rápido que me salía para que hubiera tiempo para más preguntas. Evo las tomaba en tandas como de a diez, tomaba unas pocas notas, y luego las contestaba punto por punto. IMPRESIONANTE!
Momentos memorables
Periodista español: Ha mencionado a varios países que ayudan incondicionalmente a Bolivia, pero entre ellos no a España; ha sido una omisión voluntaria? Evo: Cuando estaba en campaña Zapatero me dijo, Si ganas te doblamos la ayuda y te condonamos la deuda. Pues bien, todavía ni lo uno ni lo otro… Y gané!
Periodista gusano: No cree que su amistad con Cuba puede ser peligrosa? Evo: Cuba nos manda ejércitos de médicos para salvar vidas. Peligrosas son las amistades que envían ejércitos de los otros para destruirlas. Los oftalmólogos cubanos ya han operado a 7.000 campesinos pobres de cataratas y otros males. En las clínicas privadas esas operaciones cuestan hasta 700 dólares. Ellos operan gratis. Cuba es un país que padece un tremendo bloqueo económico, pero que no se detiene a la hora de ayudar a levantar el bloqueo social.
Periodista austriaca: Hace unos días se descubrió que un famoso músico austriaco era cocainómano desde hace diez años. Qué va a hacer para erradicar el cultivo de coca? Evo: Nuestros campesinos cultivan coca desde hace siglos. La hoja de coca no es lo mismo que la cocaína. La cocaína la produjeron los europeos y los norteamericanos, que mientras se trataba de que la mascaran los mineros bolivianos para sacar más estaño para la industria norteamericana, fomentaban su cultivo. Si ese músico no comprara cocaína, no habría necesidad de erradicar los cultivos. De todos modos, nosotros estamos contra e narcotráfico, que es otra cosa. Y somos partidarios de la erradicación voluntaria, sin muertos, sin represión al pueblo.
Periodista español: Usted habla constantemente de los quinientos años. Evo: Y lo seguiré haciendo. Hace dos años llegué invitado por un ayuntamiento a participar en un seminario. En Barajas me pararon y me pidieron que mostrara 500 dólares. Yo venía invitado, con todos los gastos pagos, de modo que no los tenía, Pues entonces te vuelves, me dijeron, y yo, Tras 500 años de saqueo, no nos han dejado ni 500 dólares, de dónde quieren que los saque; uno de los policía se enojó y me quiso expulsar, pero el otro dijo, Está bien, negro, pasa. (Y aquí, por cierto, para consternación de alguno, no dije "black" ni mucho menos "negro" o "nigger", porque no se iba a entender como tenía que entenderse y lo que menos quería Evo era un incidente debido a un problema de traducción).
Periodistas brasileños más o menos a coro y a cada rato: Por qué no ha hablado con el Presidente Lula para negociar el problema de Petrobrás? Evo: Apenas resulté electo quise ponerme en contacto con Lula, pero fue imposible. Sospecho que algunos de sus colaboradores me estaban bloqueando. Por eso me sorprendió que apenas anuncié la nacionalización de los hidrocarburos Lula se mostrara tan ansioso por hablar conmigo. Los hidrocarburos de Bolivia son bolivianos, pertenecen a nuestro pueblo, y un país soberano no tiene por qué negociar a la hora de disponer de ellos. Periodistas brasileños: Pero había contratos. Evo: Eran contratos ilegales, porque no fueron aprobados jamás por el parlamento. Cuando ha habido contratos legítimos, nosotros los hemos respetado y lo seguiremos haciendo.
Periodista inglés: Qué medidas piensa tomar en defensa de las mujeres indígenas? Evo: Por primera vez en la historia hay cuatro mujeres ministros, todas ellas indígenas. Y la de Justicia fue la fundadora del sindicato de trabajadoras domésticas, sirvientas que se les dice. Podría seguir con la lata, pero se dan una idea. En fin, que uno de los días más apasionantes de mi carrera.
viernes 12
INTERPRETANDO PARA MANDAMENOS
Ayer, tras la aventura con Evo, caí en la cuenta que había una cumbre paralela en la que seguramente necesitarían intérpretes voluntarios, de modo que esta mañana me fui para el Stadthalle. Qué diferencia! Jóvenes de todo el mundo (especialmente latinoamericanos, la mayoría residentes en Europa), teutonas rubicundas, latinas de bronce o de caoba, vestuarios inverosímiles, peinados extraterrestres, barbas hirsutas o casi invisibles e impalpables, anteojos de todas las formas y aumentos, bebés incongruos, viejas de cabello como de adolescentes, gerontes de boina y colita, mochilas de todos los tamaños y en todos los estados posibles de descomposición, quioscos atestados de panfletos, folletos y volantes, corrillos multicolores, carteles pintados a mano, y, al fondo, la oficina de intérpretes, o sea, un cuarto con una mesa cubierta de viandas en diferente estado de consumo o deterioro, bolsas de pretéritas papafritas, envoltorios de sándwiches ya idos, una jovencita durmiendo a pata suelta sobre una especie de colchón, dos tomando café frío, y, factótum y hada madrina del pintoresco aquelarre, Gemma, una catalana capaz de amamantar ella sola a sendos regimientos, guapa de facciones y de pelo teñido en diferentes épocas de dos o tres colores peleados entre sí. Yo estoy de saco azul cruzado, pantalón gris, corbata con unos dibujitos maricones, camisa blanca y mocasines fulgurantes (es que me he dicho que si me sacan carpiendo, me voy al foro de los encorbatados). Parezco un disfrazau sin carnaval o, mejor dicho, el único sin disfrazar en medio del corso.
Gemma me pregunta si tengo alguna experiencia, me toma la tarjeta de Gaspar y Octorino, viste?, y me dice que por el momento son todos los que están, pero que nunca se sabe y hasta mañana si Dios quiere y la Virgen lo permite. Me voy con el rabo entre las piernas del pantalón gris, llego a la estación Burggasse del U6 y ya estoy por subirme al vagón cuando suena mi telefonino. Es Gemma, que si no puedo ir a dar una mano. Regreso y me meten en cabina inglesa con Germán, un español que es el que ha organizado el equipo. Por supuesto que, salvo una francesa, todos los ponentes y moderadores hablan castellano, incluso los europeos transpirenaicos. Los colegas son todos estudiantes o recién recibidos, aunque me encuentro con Emilio Soto, un veterano de treintayunoscuantos, que acaba de pasar el examen de la ONU y anda en tratativas con miras a un contrato. Una de las muchachitas me saluda efusivamente: ha sido estudiante mía en la Universidad Autónoma de Barcelona hace tres o cuatro años.
Las condiciones son siniestras: el sonido indecente, los equipos destartalados, las cabinas estrechas, endebles, mal aisladas y sin puerta, hay de fondo un batifondo, no hay documentos, algunos hablan con acentos que ni el Inspector Cluzeau metido a luchar contra la globalización, las horas son inhumanas (me tocará de 13 a 20 con una hora de descanso), no pagan un centavo… y nunca he interpretado con más gusto, entusiasmo y orgullo.
Me toca un panel sobre Guatemala: dirige un brasileño y participan un dirigente campesino, una femenina, una de una ONG belga y el Obispo de San Marcos, Monseñor Ferrín, que explica en un castellano tan exquisito como transparente la Doctrina Social de la Iglesia (los bienes materiales tienen un destino universal, que es satisfacer las necesidades humanas). En el panel anterior, dirigido por un francés con la participación de un economista cubano, una uruguaya y la francesa que no hablaba español, se ha hablado de la Asociación Bolivariana que integran Venezuela, Cuba y Bolivia. Y en el siguiente, dirigido por un alemán, un holandés y un escocés hablan de la política securitaria y militar de la Unión Europea. En una sala vecina, una campesina boliviana o peruana o ecuatoriana, con chambergo coya y poncho de colores trata de explicar el problema de los productores de coca a través del tamiz implacable de un español desacostumbrado.
Sacerdotes, economistas, campesinos, estudiantes; europeos y latinoamericanos; algunos viejos, y jóvenes… cientos de jóvenes, todos buscando la manera de cambiar este mundo de mierda. Y yo entre ellos, poniendo mi granito de arena. Qué plenitud!
Salvo el panel sobre seguridad, todo el trabajo es al inglés (y, por primera vez, me toca interpretar también al inglés del francés). Siento que me sale magníficamente. Estoy que toco el cielo con las manos. Sé que mi ex estudiante ha hecho correr la voz y que los jovencitos andan con la oreja pegada a ver cómo me sale, y que apenas se haga una pausa se me van a venir al humo a que les dé una clase improvisada. Tal cual. Les explico que no nos pagan ni para entender ni para decir, sino para que nos entiendan. Miguel, un español que estudia en Leipzig comenta que allá, la regla número uno que les inculcan es no dejar de hablar jamás, y la segunda, no decir tonterías… EN ESE ORDEN!!!!! Le digo que eso es lo que en el Río de la Plata llamamos pelotudez, que solo se puede comprender en los intersticios de la propia habla y que cuanto más se habla, menos se entiende, y que entonces qué carajo se puede decir que no sea una tontería. Alba es graduada de La Laguna (después de la ESIT parisina, la escuela de mayor prestigio) y me confiesa que ha aprendido más en esta media hora que en un semestre de universidad. No es la primera vez que me lo dicen. Es que nadie les había dicho que lo esencial es que el interlocutor entienda lo que tiene que entender de la forma como tiene que entenderlo, que la alternativa a una buena interpretación no es nunca una interpretación mala, sino el silencio, que no se puede comprender si no se comprende críticamente, que para ello hay que comprender con el mismo interés con el que está comprendiendo nuestro interlocutor, que no se puede hablar bien si no se habla como si interesara realmente que el que escucha entienda, que el que escucha suele no querer ni necesitar que le digan absolutamente todo, sino que se lo digan claro, y todas las cosas que no me canso de decir aquí y que los jóvenes, ávidos de aprender y mejorar, suelen aceptar sin el recelo que a veces consterna o amilana a los mayores. Para estos pibes que no tienen ninguna experiencia, o que apenas si se están abriendo camino a codazos, la oportunidad de laburar con un anciano de mi experiencia es realmente singular y yo voy a hacer lo posible por dejarles todo lo que pueda. Pocas veces me he sentido tan útil y tan feliz. Ha sido uno de los mejores días de mi vida.
Mañana me toca empezar a las 9:00 hasta las 13:00 y por la tarde hasta la hora que sea, que vienen Evo y Chávez y no he vacilado en meterme en cabina inglesa, que es donde más falta hago.
Por cierto, en medio del tole tole me llamó mi sucesor para ofrecerme la entrevista entre Evo y Kofi Annan. Lástima que no pude hacerla también (y por un montón de euros!), pero no me arrepiento. La verdadera interpretación está aquí. Ya estoy harto de ser un intérprete de burbuja.
sábado 13
INTERPRETANDO PARA TUTTI QUANTI
Hoy fue el gran día gran. Viena amaneció decididamente primaveral. Cuando llegué al Stadthalle vi que habían sacado los paneles que demarcaban las salas más pequeñas para formar un gigantesco espacio rectangular, con un gran estrado en uno de los lados mayores, varias centenas de butacas en el centro y las cabinas en el ángulo trasero izquierdo. La plenaria final, prevista para las 9:00 terminó empezando a las 10:20. Hay un europarlamentario italiano de izquierda unida, l’onorevole Agnolloni, que pregunta si puede hablar italiano y, claro, lo dejamos. Entre los demás hay un diputado verde francés, una socióloga gringa y cuatro o cinco ponentes más. A mí me han puesto en cabina inglesa, pero advierto que al tano lo interpreto al español. La experiencia me reconforta tras los traspiés del miércoles. Me sale una buena cabina inglesa B y quedo encantado de la vida. Soy el único vejestorio entre los intérpretes, que me llaman Jefe. Me gusta mucho. Siento que agradecen y valoran los consejos que les doy. Los dos que están en cabina española estudian en la escuela de Leipzig (la que prescribe, primero, hablar todo el tiempo y, segundo, no decir tonterías… en ese orden). Sudan la gota gorda, afanados por no perder una sílaba. No les sale mal, pero se atarantan, retroceden, calzan pasivas contra natura e incurren en toda la típica suerte de torpezas típicas del que no acaba de tener claro en la cabeza lo que va a decir… antes de abrir la boca. Me piden que les muestre cómo digo yo que hay que hacerlo. Hablo con toda parsimonia, dejando los que para ellos hubieran sido silencios espeluznantes mientras el orador se repite, vacila, escupe muletillas, da algún rodeo y finalmente arranca con lo que verdaderamente quiere decir. Espero a tener clara en la testa la cláusula que conviene para expresar el retazo de idea y, como hablo mucho menos y, por ende, más despacio que el orador, tengo tiempo de sobra para articular con claridad y escupir un castellano decente. Los chicos ven palmariamente cómo el silencio tan temido es, en realidad, el mejor aliado de la claridad y todo lo que se pueda de elegancia. Me cuentan que es una revelación. De ahí en adelante tratan de aplicar la metodología. No les sale, por supuesto, porque requiere práctica, pero ya están bien encaminados. Me siento casi como el padre del equipo o, menos patéticamente, el tío canchero.
La cosa se prolonga hasta las 13:00, cuando los de seguridad nos sacan carpiendo para preparar la festiva sesión de clausura programada para las 15:00.
Almuerzo unos olvidables penne all’arrabbiata en un fondín cercano mientras crece la turbamulta que espera que vuelvan a abrir las puertas. Cuando me acerco, me encuentro con Kate (inglesa) y Sofía (española), que forman parte del equipo. Les digo que me den la mano y formemos un trencito, enarbolo la credencial de trujamán, vocifero que nos dejen pasar, que somos intérpretes y que tenemos que estar en las cabinas antes de que empiece el baile porque si no el baile no empieza, y, un codazo aquí, otro más allá, nos abrimos camino hasta la primera barrera, luego hasta la segunda, y por fin nos metemos por la puerta apenas entreabierta en nuestro honor. A las 15:00 y poquito principia la bailanta: cinco bolivianitas ínfimas, arropadas en mil trapos de colores y apenas visibles bajo sus chambergos de paja bailan un carnavalito y un huayno. Luego salen unos cubanos a tocar salsa. El salón entero se pone a bailar. Mulatas como de goma, austriacos de madera, periodistas tintineantes de cámaras, estudiantes agobiados de mochilas, técnicos todavía aferrados a sus cables, decenas de purretes de todas las edades, una madre con un chiquilín colgado de la espalda y otro en brazos, viejos de coyunturas oxidadas, una gorda descomunalmente esférica, un estudiante autóctono casi transparente, delgado como una soga y coronado de un arbusto de rulos prácticamente blancos, una monjita de anteojos blindados que no encuentra muy bien qué hacer con las piernas… Después salen otros conjuntos, y, finalmente, un septeto vocal cubano que canta salsa a capella. Insólito, dijérase que imposible… y maravilloso.
La fiesta dura hasta las 17:00. A esa hora se hace una breve pausa y, rodeados de camarógrafos, admiradores, turiferarios y adustos gorilas de la seguridad, entran Carlos Lage Dávila, Vicepresidente de Cuba, Evo Morales y Hugo Chávez. Se sientan a la mesa del estrado flanqueados de, entre otros, el dirigente brasileño de “Campesinos sin Tierra”, una dirigente campesina india ecuatoriana y el bigotudísimo José Bové, el jefe de la “Vía Campesina”. Kate y Luke, los ingleses asignados a la cabina ídem, nos piden a Germán y a mí que hagamos por favor a Evo, porque se mueren de pánico de su acento. Como salvo un discurso en inglés y el de Bové todo va a ser en castellano, con Germán decidimos entonces reforzar la cabina rival, mientras Sofía y Emilio (que ha llegado por si) se encargan de que no quede vacía la nuestra.
Hablan todos por orden ascendiente de ídem. Bové hace una defensa apasionada y sensata del cultivo de hoja de coca (leit motif de Evo) con fines medicinales y termina ofreciendo hojas a sus compañeros de estrado. Tras lo cual le toca a Evo. Es un discurso denso, al grano, altamente político. Da genuino gusto interpretarlo. Pero la piesderesistáns es la alocución de Chávez. Empieza bien, saludando a los jóvenes, rememorando la conferencia de ayer a la luz de la luna llena, Una luna para enamorarse, solo que tú, Evo, y yo no tenemos tiempo para esas cosas. Y dirigiéndose a los jóvenes, Nosotros los envidiamos a ustedes! Es un tipo entrador, campechano sin ser vulgar, que maneja un buen español y se expresa con claridad y precisión… pero que habla y habla y habla… Habla de todo, hasta de las huellas de la presencia de agua que se han detectado en Marte. Menciona a Mao Tse Tung, Walt Whitman, García Márquez, Chomski, Fukuyama, Nostradamus, Victor Hugo, Marx, Neruda, Túpac Amaru, Túpac Catari, Lincoln, Martin Luther King, Muhammad Alí, Bolívar, San Martín, Artigas, O’Higgins y unos cuantos más. Habla y habla y habla. Habla una hora y cuarto hasta que por fin enuncia, Y para terminar, quiero hacer una propuesta concreta… Pero sigue hablando una hora más, sin llegar a decir la propuesta. Habla dos horas y cuarto, pero se dispersa en anécdotas que, las más de las veces, no vienen al caso, emigra por las ramas, salta, retrocede, se repite. Sí, menciona conquistas concretas de la Revolución Bolivariana (una campaña de alfabetización sin concesiones que en dos años hace que la UNESCO pueda declarar a Venezuela país libre del analfabetismo… pavada de resultado que los argentinos bien podríamos tratar de conseguir también), y cita datos estadísticos de toda laya que demuestran que está minuciosamente al tanto de más o menos todo, pero el discurso no es tal, sino una rapsodia sin rumbo fijo. Evo, Lage y los demás no pueden moverse de sus asientos, y se les ve el esfuerzo que hacen para no evidenciar su irritación y aburrimiento. No me lo puedo creer. Pero no tengo más remedio que creérmelo.
La concurrencia ha comenzado a ausentarse, pero los muchos que quedan no amainan. Cuando por fin se calla (la propuesta, por cierto, era seguir luchando), la ovación es cerrada. Un conjunto de origen impreciso (hay un austriaco, y una mulata angloparlante) pide licencia para cantar una música que ha compuesto sobre versos de Neruda. La mulata tiene una voz aterciopelada y cavernosa. Entretanto los periodistas han tomado por asalto la tarima por la que los presidentes van deslizándose a duras penas.
Doy por concluida la velada y me vengo a escribir estas líneas feliz de haber aportado mi granito de arena a la nobilísima causa de la unión de nuestros pueblos contra la explotación y la miseria, por la igualdad, la salud, la educación y el trabajo. Mañana será otro día y en la Jesuitenkirche dan la Misa de Dvorak. Ojalá que no me quede dormido.
CRÓNICAS ASTANÉMICAS (junio de 2008)
Domingo 29
La Terminal 1 de Francfort está a medio construir. Uno se las ingenia para averiguar cómo ir adónde y llega. El edificio es inmenso y magníficamente luminoso. A juzgar por ayer, poco usado, casi exclusivamente por las empresas de los países del ex bloque socialista. De ahí partió nuestro vuelo en Astana Airways. Yo me temía una Aeroflot de tercera, o sea una Iberia de décima, pero no. Un Boeing recién estrenado, un servicio eficiente, y hasta una bolsita con antifaces para cuando el Llanero Solitario se quedó ciego y otros chiches que en otras empresas -Lufthansa, por ejemplo- están reservados a los viajeros de la clase ejecutiva. Una de las dos azafatas que nos tocan de nuestro lado es alta y bellísima, pero no consiente ni un amague de sonrisa: como no dejaré de corroborarlo, la sombra de la Unión Soviética sigue cubriéndolo todo con su manto de ineficiencia, adustez, mal gusto y desconfianza. El pasaje también me retrotrae a entonces. La mayoría son rusos, pero rusos ni siquiera de provincia, sino coloniales. Los bebés no dejan de berrear, una chica de unos veinte años, envuelta en rollos de grasa nívea, rubia de toda rubiedad, hace globitos y globotes con su chicle, con lo que mientras mastica parece un enorme ocho, y cuando sopla otro, chiquito y horizontal. Su novio es un urso de nuca rapada y musculosa blanca que le permite ostentar sus vistosos tatuajes. El olor a sobaco es poco menos que épico.
Venimos a la Asamblea Parlamentaria de la OSCE (Oficina para la Cooperación y la Seguridad en Europa), cuya presidencia codicia desde siempre el ex camarada Nusultán Nazarbáiev, que supo se Secretario General del Partido Comunista local pero se ha redimido, de modo que nos miman con esmero. Pero me estoy adelantando.
Casi seis horas después de haber despegado de Francfort el comandante anuncia que abandonamos la altura de crucero. Poco a poco se abren paso entre las nubes las luces de una ciudad moderna y extendida. Se me hace una inmensa refinería de petróleo. Ya me enteraré de que no estaba tan equivocado. El aeropuerto es moderno (toda Astaná acaba de cumplir diez años, como lo van a recordar incontables afiches, nietos más coloridos de sus abuelos soviéticos) y, parece, eficiente. Al alejarnos podemos apreciar su acojonante arquitectura. Astaná empieza (o acaba, según) casi enseguida, y es un espectáculo que hay que ver para creer, y ver mirando bien. Aquí sobran dos cosas: espacio y dinero. Y falta una: buen gusto. Los edificios ultramodernos, cada uno en su estilo, la mayoría entre anodinos y espantosos, están desparramados entre parques, a las veras de ríos o lagos o avenidas de ocho carriles. Dos de cada tres están todavía sin terminar. Hay uno, “el encendedor” que le dicen, que es una joya de la arquitectura moderna (debe de ser el tan famoso de Norman Foster), hay dos o tres más. Astaná, que ya apunta al primer millón de habitantes, empezó en 1998 de campamento para estudiantes de toda la URSS que venían a “poner en valor”, como andan diciendo por ahí los que creen que saben francés, las tierras vírgenes, la Zelená, que le decíamos bacdén (yo opté, en cambio, por ir a arreglar la fía férrea que bordeaba el río Angará, en la Siberia profunda, pero esa es otra historia). Los ocho intérpretes que habitamos el ómnibus tenemos a una la misma impresión: Astaná es igual a Dubái y a Qatar y a las demás ciudades instantáneas del Golfo. Y está pagada con lo mismo: petróleo. Pero aquí hay una obvia pretensión megalomaníaca que trasciende la mera ostentación de una riqueza fácil y frívola. Este es estalinismo con plata. Hay, incluso, un edificio –flamante él- que remeda (para qué, Dios mío, para qué!!!!) los esperpentos tipo Hotel Ukraína o Universidad de Moscú, que los soviéticos regalaron, como quien revuelve el puñal en la herida, a la Varsovia en ruinas como Palacio de Cultura.
Con las cuatro horas de diferencia en contra, llegamos al hotel Esil (cuatro estrellas, pero no se sabe bien de qué constelación) pasadas las cinco de la mattina. La muchacha que nos ha asignado la OSCE de chaperona es una preciosura. Y también la que nos inscribe en el hotel. Los hombres, en cambio, son feos con ganas. Es un fenómeno muy difundido al este de los Urales: las chinas, las japonesas, las filipinas, las tailandesas, y ahora veo que también las kazajas, son o pueden ser bestialmente bellas, pero a los tipos entonces no les queda nada.
Antes de acostarme, llamo a Alguienita, que está en el cuarto con su madre y mis hijas de nosotros. Hablo con Valeria y oigo que Xóchitl llega como un malón unipersonal gritando, Papi!!!! Alguienita le pone el auricular en la oreja, Xóchitl me dice, Babbbu!, se ríe y se manda mudar a la mierda, Alguienita sentencia y diagnostica, Se dio cuenta de que eras tú, se vino corriendo, te dijo lo que tenía para decirte, se aburrió y se fue… Es igualita a ti! Pese a que la noche del viernes no dormí y que apenas si pude cabecear tantito, unos minutos en el vuelo a Francfort y tal vez una hora en el otro, no puedo conciliar el puto sueño, de modo que bajo a desayunar. Nunca me había topado con semejante bufet: Las medialunas y demás bollos son una delicia, hay dos tipos de omelet, quesos, fiambres y –que estamos en zona de influencia turca, es decir, camino del Oriente medio- potecitos con diferentes especias. Hay el samovar (ruso) de te (turco). Y hay un exprimidor como que ultrasónico con el cual uno puede exprimirse decenas de pomelos de tres clases, los más grandes casi sandías, y naranjas de dos.
A eso de las ocho y media resuelvo salir a dar una vuelta. Pido plano de la ciudad y salgo. Es domingo, es temprano, y Astaná está casi desierta. En el shopping con el que doy a los tres pasos, soy el único cliente y pido, sospecho, el primer café. Las tres chicas y el muchacho, kazajos hasta la verija, hablan entre sí en ruso. Me cuentan que les es más fácil (y, a juzgar por las leyendas bilingües, les creo). Los kazajos, descendientes directos de Gengis Kan, se van pareciendo a los coreanos y a ciertos chinos, como Mao, tienen la cara lunar, redonda y chata, como si vivieran llevándose por delante una eterna e invisible pared de vidrio de seis metros de espesor. La nariz de las chicas es meramente funcional: dos agujeritos en medio de los pómulos como platos, pero las encuentro, como decía, más que atractivas, con su invariable trenza o cola de caballo a la espalda.
En todas las obras se está trabajando, domingo que es y tan temprano. Topadoras, grúas, tolvas, camiones relucientes, trabajo prolijo… y aquí caigo en la gran diferencia con el Golfo: Son todos kazajos o, en todo caso, rusos vernáculos. Ya entrarán a llegar los pakistaníes, indios, filipinos, cameruneses o egipcios a ocuparse de los menesteres menos de desear. Es solo cuestión de tiempo. Y entonces estos kazajos que, junto con las demás etnias más achinadas y/o oscuritas de la URSS meridional (no los albos del Báltico, ojo!), eran mirados con sorna, condescendencia o irritación teñidos de solapado racismo, se tornarán racistas ellos, y prohibirán a sus hijas salir con negros, semitas o amarillos menos pudientes. Pero mientras tanto, laburan… como chinos.
Los autobuses son modernos, las avenidas se cruzan por debajo, todo está limpio a lo bestia, y en una hora habré contado no menos de seis camiones cisterna rociando todo de agua con desinfectante. Subsisten si acaso tres o cuatro edificios de entonces y poquísmos Ladas ancestrales (las versiones indígenas del Fiat 124 y del Fiat 126, producidos por la planta que Brézhnev le compró a Agnelli bajo mis propias narices para gran entusiasmo o escarnio de los comunistas de entonces, apasionados unos por el indudable progreso material, indignados otros por los bolsillos que la operación había abultado; por cierto, la planta se llamó Palmiro Togliatti… existirá aún? Con qué nombre?). Nada que ver con la Rusia que atisbé en San Leninoburgo las dos veces que estuve estos últimos años, donde campeaban todavía los mismos tranvías y ómnibus de latón y los Ladas y Volgas y Moskviches remendados de aquellos tiempos. No sé si todo Kazajstán, pero sí toda Astaná, es mucho más rico que cualquier parte de Rusia.
Estoy buscando el Radisson, que es donde empieza hoy la Asamblea (solo que nuestro equipo no comienza hasta mañana) y unos policías que bajo sus gorras tipos sombrero de charro parecen tachuelas azules me mandan para el lado de los tomates. No hay mal que por bien no venga, porque atravieso inútilmente un puente que une las dos riberas del Ishim, que es el Támesis/Sena/Tíber local, sobre cuyas arenas aguardan la turbamulta que, supongo, no tardará, los botes de pedal, las reposeras y los parasoles. La vista circundante es espectacular. Por el parque varios matrimonios con hijos pequeños o, cosa extraña, padres solos con sus hijos. A medida que avanza la mañana los viandantes se tornan más numerosos, pero son todavía pocos. Unos adolescentes rusos que van a jugar al tennis en un club que se ve lujosísimo me mandan para atrás. Llego, nomás, al Radisson, con sus cúpulas a lo duomo de Santa Maria dei Fiori, obtengo mi gafete y un portafolio de lo más mono (o sea, que tengo dos, porque me he traído el diccionario ruso español en el que me regalaron en Innsbruck… Oh la sufrida existencia del intérprete internacional!), percibo que me ha entrado modorra y rumbeo para el Esil.
Duermo una media hora, me plancho el pantalón de vestir y las camisas que se me han apelmazado en la valija y, ya ven, me pongo a escribir mi primera serie de pamplinas.
Lunes 29
Dormí un par de horas y me puse a ver el vídeo que venía de ñapa, junto con un paraguas lo más mono, en el portafolio que nos regalaron. Boccone di cardenale! Por lo que muestran, el país es una maravilla natural (enorme, por cierto: 1.600 km de arriba abajo y casi 3.000 de derecha a izquierda, poco menor que la Argentina, pero con menos de 20 millones de habitantes). Luego de la introducción bucólica, claro, empezó el spiel político. Me entero así de que los niños kazajos quieren ser todos como el presidente Nazarbáiev (o sea, petizos, feos, hoscos y cretinos). Y yo que pensaba que la URSS había dejado de existir! Es cierto, eso sí, que este país, hecho de la nada y con un pueblo hasta hace un siglo nómade (y hecho de la nada, las cosas como son, gracias al socialismo, por mal llamado, criminal, inepto y grisáceo que haya sido) se va transformando en potencia. Produce maquinaria agrícola, acero… es uno de los mayores productores de petróleo y gas natural, tiene sus ferrocarriles electrificados y, pese a quedar a miles de kilómetros de la playa más próxima, se ha dotado de un puerto de mar y de una impresionante flota mercante. También es cierto que hicieron trizas el polígono de ensayos nucleares de Semipalatinsk (pobres rusos, que nunca pensaron que se les iba a disolver el imperio, y pusieron aquí no solo esa base estratégica, sino el cosmódromo de Biakonur, que también les birlaron, con lo que Kazajstán es, de puro pedo, también una potencia espacial) y mandaron piantarse todos los misiles de vuelta a la metrópoli. Vale la pena meterse en gúguel y leer un poco acerca de este fenómeno. Entre los menos de veinte millones de nacidos por aquí, más de un tercio son rusos o ucranianos, pero hay también muchos judíos y –surprise!- alemanes, traídos por Pedro el Grande, y unas cien minorías étnicas más, como coreanos, tártaros, kurdos y chinos.
Anoche tuvimos concierto y recepción en un teatro piramidal (güí, piramidal!). Estalinismo con plata, nomás: El concierto fue un potpurrí de números tan dispares y arbitrarios como estupendos. Una orquesta típica, ellos, a foro izquierda, cono unos guitarrones balalaikoides; ellas, a foro derecha, con violines tocados sobre la rodilla; al fondo los contrabajos. La música alegre y la orquesta de primera. Luego se sumó una soprano tan bonita de voz como de aspecto. Después vino un balet. Seis bailarinas esbeltas en los típicos trajes con sombrero coronado de un cono coronado de un penacho, moviendo los brazos y las manos como a la tailandesa, pero sin juego de dedos. Las manos, abiertas o cerradas, pronadas o supinadas, semejaban lentos peces. Una maravilla. Después vino un “cantante de ópera”, que resultó tenor. Un hombre cincuentón pasado, que cantó una canción típica en kazajo y, de broche de oro, Siboney (pobre Lecuona!) en ruso y como si fuera un aria de Puccini. Una soprano de primera se mandó el vals de Julieta del Romeo y la misma de Gounod. Un dúo de barítono y soprano se mandaron una canzonetta napolitana. Luego entró una orquesta de cuerdas (“banda” que le dijo la opípara maestra de ceremonias responsable de la versión inglesa de las presentaciones que tanto me recordaron tiempos pasados) con una violinista de escote casi pornográfico que tocó el primer movimiento (la “tempesta”) del invierno de las Cuatro Estaciones vivaldianas (que más quisiéramos tener una orquesta de cámara así en la Argentina, camerana Bariloche excluida). Luego más ballet, seguido de un flautista que tocaba una especie de quena interminable a la que arrancaba a la vez la dominante y la melodía, de modo que sonaba parecido a una gaita. Después una cantante popular, petisita y como aplastada por el bonete típico, lo que le daba un aire de gnomo lírico. Finalmente otra cantante se diría que famosa por estos lares porque los vernáculos se deshicieron en aplausos. Cantó muy bien. Después saludaron todos. El público se puso de pie y aplaudió como en la ex URSS: clap – clap – clap al unísono. Los emcís anunciaron entonces que venían las flores enviadas por el presidente del senado, y por el presidente de la cámara de diputados y por el presidente de la Asamblea. Y entonces comenzó a cerrarse el telón mientras los artistas aplaudían a su vez al público… Como diría Gardelóvich, veinte años no es nada: la URSS persiste intacta en todo lo que no tenga que ver con guita.
La recepción fue en la cima de la pirámide. Una orquesta folclórica disfrazada de tal y otra de cuerdas, también disfrazada de tal, amenizaban antifonalmente el piscolabis. En una de esas, pasado el adagio de Albinoni, creí reconocer algo extrañamente familiar… y sipi nomás: era Alfonsina y el mar, en arreglo diríase de Boccherini. La comida abundante, variada, colora e insípida, pero a equino gratuito… En determinado momento anunciaron la presencia del camarada Nazarbáiev. Los aplausos fueron cerrados coté vernáculos obsecuentes y relamidos y los suficientemente amables coté los demás. Yo me limité a hacer los cuernos, que era todo lo que podía protestar contra tanta hipocresía dadas las circunstancias.
Como a las diez montamos en el ómnibus que nos retrotrajo al hotel. Me prometí despertarme a las 0:45 para ver a final entre España y Alemania, pero, como tantas reces en mi vida, no cumplí.
La reunión fue bastante interesante: se discutían las enmiendas a un proyecto de resolución sobre energía y medio ambiente, bajo la presidencia de un griego pelafustán que no paraba de hablar para explicar que había poco tiempo.
Dios, por cierto, me ha castigado mi falta a los principios con una magna diarrea, entre cuyas acucias, y en siendo las 12:30, me siento a escribir estas pamplinas.
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Como segundo número atrasión me tocó el grupo que trataba las cuestiones de derechos humanos, entre las cuales se debatía el problema de la cárcel de Guantánamo. Interesantísimo. El diputado norteamericano que intervino, criticó duramente el hecho mismo de que esa prisión existiera, como lo hicieron los parlamentarios griego, danés, francés y belga que pidieron la palabra, Un problema especial, explicó la senadora belga que había redactado el informe, era el de los 17 ciudadanos chinos de origen uygur (territorio de etnia mayormente musulmana en el que actúa un movimiento de liberación medio fundamentalista que resiste la ocupación por parte de China). Los gringos están dispuestos a largarlos, pero no los pueden devolver a China porque los pobrecitos uygures la van a pasar mucho peor que en Guantánamo. Pero tampoco los quieren dejar quedarse en los EE.UU.: ni, parece, lo desean los propios tipos. Los países de Europa estarían dispuestos a acogerlos, solo que el gobierno chino ya les ha exigido más o menos perentoriamente que se los manden no bien aterricen. Otro problemita es que unos cuantos de los reclusos son, en efecto, terroristas, como que dos de los liberados luego se hicieron volar alegremente en pedazos en Irak. En fin, que los gringos jamás se arrepentirán lo suficiente de haber financiado y armado a Bin Laden hasta los dientes.
Tras la reunión nos llevaron en ómnibus a la vuelta de la esquina, al almuerzo ofrecido por el alcalde de la ciudad que, como sabía qué nos iban a dar de comer, ni fue. Esta vez hasta el vino resultó imbebible y la comida caliente estaba helada. Se dio por enterada incluso la orquesta típica, que rascaba sus instrumentos lánguida de toda languidez, con una cara de embole que sus inescrutables rasgos orientales no podían disimular. Por cierto, aproveché para echar una ojeada más de cerca de los violines. Lo son, pero no tradicionales, como que tienen la caja al revés, con la mitad más angosta para abajo o, si se prefiere, con el palo del otro lado.
Por la tarde nos tocaba una excursión a la vuelta de la esquina del hotel donde almorzamos (con lo que se iría completando la vuelta manzana), con música tradicional, una “maqueta de Kazajstán” y otra de Astaná cuando todavía no era y platos típicos. Pero entre la diarrea, el yetlag y la perspectiva de seguir comiendo caca o, peor, delicias que agudicen mi inquietud estomacal, para después ir a otra recepción me descorazonó un tanto, y con un parlamentario holandés que andaba en las mismas nos conseguimos un Mercedes lujiento que nos trajera al hotel. El tránsito se había vuelto cerrado, y tardamos como media hora para los dos o tres kilómetros. Un tránsito inexplicable, de autos y autobuses que no pareciera que tuviesen dónde realmente ir. Y ahí caí en otra característica de esta ciudad instantánea: no hay negocios, no hay cafés, no hay nada que no esté amontonado en shoppings esparcidos a la buena –es, como siempre, un decir- de Dios. Es una ciudad sin vida, de edificios inmensos como planetas rectangulares separados por un espacio intergaláctico lleno de nada.
Otra cosa que supe, de labios de mi compañero de Mercedes, es que sí hay trabajadores de pajuera, ya que la mayoría de los obreros de la construcción (que debe de ser el grupo laboral más nutrido) son uzbecos (claro, quién habría podido darse cuenta!), mientras que todos los ejecutivos son turcos. En efecto, Turquía ha tomado la decisión estratégica de re-ocupar su viejo imperio ahora que los rusos se han ido. Bien dice Roberts en su magnífica “A History of the World” que todos los problemas geopolíticos del siglo XX y lo que va del XXI se reducen, en última instancia, a la sucesión del Imperio Otomano.
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Tras una merecida siesta, decido partir hacia la estación de ferrocarril. Me subo a un ómnibus moderno y silencioso, todo Primermundo él, pero –surprise- con guarda: una mujer protocincuentona, ajada y hosca, que me vende el boleto a 20 loquesea, es decir, unos 22 céntimos de euro, oséase, un peso de los nuestros. Damos un par de vueltas y encaramos una avenida que me atiborra el cuore de nostalgia y la testa de memorias: Esto sí que es terruño entrañable! Hileras monótonas de típicos edificios de cinco pisos de alicaída factura soviética a cuyos frentes han adosado, más pésimamente que mal y, claro, que bien, unos –ahora sí!- negocios de índole variopinta con letreros de neón que le dan al conjunto un incongruo aire de tractor con baguetas de cromo. El tránsito empieza a desmerecer: aparecen, como cucarachas en la oscuridad, los viejos Ladas, los antiguos Moskviches, los pretéritos Volgas… aparecen hasta los trolebuses de latón de troles oxidados y torcidos. Cerca ya de la estación hay dos o tres edificios de madera. Es un viaje en el tiempo.
Pero la estación es, nuevamente, un prodigio de modernidad. Enorme, reluciente, con trenes impolutos (muchos de ellos TALGO españoles de última generación. En una palabra, que –sin llegar- mucho más cerca de Innsbruck que de Constitución. Qué pena y qué vergüenza!
Voy a sacar mi primera foto y, zas!, meseagota la batería. Decido volver en taxi. Pregunto a un tachueloso por la parada, quien, al contestar, ostenta dos dientes de oro dos que le dan a su dentadura el aspecto de un negocio tapiado. The Soviet Union lives on! El taxi es, sí, un Audi (algo es algo), pero en franco estado de descomposición: el parabrisas surcado de tajos, la luneta trasera cubierta por un trozo de plástico, los asientos desportillados, el tablero no sé muy bien si mugriento o inmundo, y –the Soviet Union lives on!!- sin reloj. El chofer, un pibe de aspecto casi fantasmal, no sabe dónde queda el hotel (que queda exactamente en frente del Parlamento!), de modo que le tengo que explicar. Que sepa, y que pueda hacerlo en ruso, son ya un seguro contra el paseo y el otramente inevitable sobreprecio. Salimos y mi Virgilio se manda no sé qué cagada que se le viene al humo un patrullero, este sí Audi en serio. El joven se baja y veo que se sienta junto al cana. The Soviet Union lives on!!!: le va a cobrar una coima. Me bajo y me acerco como quien no quiere la cosa. Otro patrullero fulgurante se ha sumado a los efectivos y ahora son dos para coimear. En la esquina, dos mujeres cincuentonas, vestidas de koljozianas, con botas de goma hasta la rodilla y el cabello envuelto en trapos, renuevan la capa de cal de los árboles. The Soviet Union lives on!!!! Cinco o seis minutos más tarde, Virgilio regresa, se ve que más liviano de bolsillos, y seguimos. Me percato de que por todas partes hay canas parando coches. Será por la Conferencia o de veras andan disciplinando automovilistas? A juzgar por su número y la calidad de las patrullas, la cosa va en serio. Cuando llegamos, Virgilio me cobra 700 nosequé. Seguro que es de más, pero al cambio son menos de cuatro euros y el pobre acaba de ser víctima del sistema, de modo que pago sin patalear. En la plaza que precede el Parlamento, por cierto, continúan los grandes preparativos grandes para la histórica coincidencia del aniversario de la capitalización de Astaná y el cumpleaños de su bienamado líder, don Nusultán Nazarbáiev, sujeto él también de una merecida capitalización.
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A las 19:00 salimos camino de la recepción ofrecida por el Presidente del Senado. El edifico es, una vez más, ultramoderno y, una vez más, de pésimo gusto. Dividida entre los tres balconcitos, ameniza la función otra excelente orquesta de cuerdas, que nos castiga con una serenata de Mozart. La comida está bien y los discursos son cortos. Con dos colegas de la cabina italiana decidimos regresar caminando (un par de kilómetros) por el mismo recorrido que describí el primer día, parque traviesa. Me explican que les han explicado que el bienamado líder Nursultán Nazarbáiev modela su modelo sobre el modelo de Mustafá Kemal Ataturk, el fundador del estado turco moderno, que está dotado de los instrumentos civiles más avanzados, lástima que se los pasan por las pelotas. Ahora me explico mejor muchas cosas, entre ellas, el mismo culto a la personalidad, heredado del estalinismo, pero dotado de un contenido político especial: se trata de transformar a Kazajstán en uno de los 50 países más desarrollados del mundo de aquí a veinte años. Parece que lo van a lograr. Y pensar que este fue, hasta hace cien años, un territorio de nómades (todavía existen), y hasta hace medio siglo, de campesinos atrasadísimos y aislados. Durante la época soviética se fundaron las universidades, se construyó la infraestructura vial y ferroviaria… y comenzaron a explotarse, de cualquier manera, los recursos, al tiempo que se creaban, bien lejos de los ojos y oídos de la CIA, el polígono nuclear de Semipalatinsk y el cosmódromo de Vaikonur. Aun hoy, la población urbana apenas supera la rural (60/0%). No es casualidad, pues, este parecido casi sobrenatural entre Astaná y las ciudades del Golfo: también esta está poblada de nómades, esta vez tártaros, que no beduinos, que manejan sus camellos 4x4.
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Al regresar, nos encontramos con que la policía ha vallado la calle del hotel porque en frente comenzó la fiesta. Nuestro chofer explica. El cana mandamás no ceja. Nuestro chofer exige. El cana mandamás impertérrito, ufanándose de su metro cuadrado y diez minutos de autoridad en que puede joder a otro… The Soviet Union lives on! Nuestro chofer amenaza. El cana mandamás hace una llamada. El cana mandamás vuelve con el ceño fruncido y ordena que abran las vallas. The Soviet Union lives on! Por la noche, unos diez de los intérpretes nos hacemos la rabona de la recepción y nos vamos a cenar a un restorán de comida típica rusa (que yo siempre he preferido evitar, pero bueno) donde comemos como el orto pero nos reímos a carcajadas. De regreso, la fiesta está en su apogeo. Trasponer la valla requiere labia y, llegado el caso, exhibición de gafete de la Conferencia o, en su defecto, pasaporte extranjero. The Soviet Union lives on! La calle está vacía, porque la fiesta es del otro lado de otra valla a la cual nos acercamos para curiosear. Somos, a nuestra vez, curioseados por los de dentro. Atestado de gente, toda joven (la edad media de la población de Astaná es de 20 años!), muchos chicos en brazos, o en chochecito, o culebreando entre las piernas de los grandes. Todas las canciones tienen una única palabra reconocible: Astaná.
Miércoles 2
Pero esta noche nos resarcimos en un restorán típico kazajo. Un sitio inmenso, cuyo jardín terminaba en un gran quincho semicircular dividido en compartimientos de unos dos metros y medio por cuatro, con mesas ratonas al centro rodeadas de almohadones, remedo todo de la “yurta”, es decir de la típica tienda tártara (cómo se parecen estos ex nómades de ojos achinados y cara de plato a los ex nómades de barba renegrida y rostros angulares!). El jardín, claro, atestado de mesas.… Podría haber sido un recreo del Delta. Ahora acabo de hacer la valija, porque de la cabina nos vamos al aeropuerto. No conté que el hotel, moderno, tiene resabios que delatan el reciente pasado. El aire acondicionado es, en rigor condicionado, vale decir, condicionado a que afuera no haga mucho calor. La señal de Internet da pocas señales de vida, y eso cuando se le canta mientras se le canta. El baño es amplio, pero iluminado desde el distante cielorraso de tal modo que cuando uno se lava el orto en el bidé queda iluminado como Madonna en el escenario, pero cuando se va a afeitar tiene que adivinarse las patillas. El ropero, por su parte, tiene dos puertas, tiene travesaño, tiene perchas… y no tiene nada más, de suerte que, como tampoco hay cómoda, las camisas, los calzoncillos y los calcetines van apiladitos con cuidado de no tocar los zapatos. Porque hasta en estos detalles dijérase triviales… The Soviet Union lives on!
Pero retrocedo unas horas. Esta tarde, aprovechando las cuatro horas libres entre las sesiones de la mañana y de la tarde, decidí enfilar para el bazar. Me puse todo a la sombra que pude en la parada de ómnibus hasta que por fin vino el 110, que era un “marshrútnoie taxí”, o sea, una taxi de recorrido fijo, es decir –sí, señor, con seguridad!- un colectivo. Son como fueron los nuestros cuando dejaron de ser taxis, pequeños, y de altura apenas suficiente para estar de pie. En el ínfimo espacio entre la única puerta y el primer asiento, una muchachita de uniforme me cobra los 50 nosequés (porque, como es más incómodo, el colectivo es más caro que el ómnibus. The Soviet Union lives on! Desbordando el primer asiento, de espaldas al conductor, un muchachón ruso parecido al tatuado del avión, hercúleo, de impenetrables anteojos oscuros, con aire de matón de un grupo neonazi o guardaespaldas de algún mafioso. Detrás, una mujer joven con dos niños pequeños enredados como mejor pueden ellos y ella para no desprenderse con las sacudidas. Detrás hay una señora mayor, kazaja como la otra, con la cabeza cubierta por un pañuelo basto, el rostro como fondo de río seco y los ojos inmóviles, como si hace rato que se hubiera cansado de mirar. Sobre el motor (acolchado) hay sentada una muchachita de unos diez años, kazaja también, que no me saca los ojos de encima. Ha de llamarle la atención mi aspecto tan de otra parte, aunque ando de blue jean y camisa de manga. Tal vez le llame la atención la pipa que asoma de mi bolsillo superior, o que alguien tan de otra parte hable ruso casi sin acento. La kombi (es más eso que otra cosa) está tan atestada que no puedo distinguir a nadie más. Estoy parado frente a esta chiquilina, en diagonal justo detrás del chofer, inclinado para ver cómo la ciudad vuelve a sovietizarse. En una parada, sube una rusa joven con un bebé colgado de un arnés entre sus dos senos cargados de leche. “A ver, a darle el asiento a la señora!”, avisa, no proclama, la diminuta guarda. Miro a mi alrededor. La vieja no podrá levantarse. Tampoco la kazaja entreverada con sus pequeños. La chiquilina, con aire resignado, empieza a contraer una pierna. Pero el muchachón se desovilla como un cóndor presto a echar vuelo, invade cuatro metros cúbicos de planeta, y casi toma en andas a la rusa para permitirle pasar por el poco espacio que ha quedado sin que se aplaste el bebé. The Soviet Union –menos mal!- lives on!
Nostalgiosa llevo el alma. Porque una de las cosas que más me llamaron la atención hace más de cuarenta pirulos, recién llegadito a Moscú, fue que cualquiera en condiciones de ponerse de pie cediera el asiento, no solo a las embarazadas, los ancianos o los entonces todavía miles de inválidos de guerra, sino también a los chicos de hasta ocho o nueve años. Es más, si subía una madre joven con un hijo de hasta esa edad, guay de que se sentara ella y dejara parado al retoño: se le echaba encima el pasaje entero! Amarcord que en las paradas las madres o las abuelas hacían subir a sus hijos o nietos y anunciaban, sin mirar a nadie en especial, Va a, pongamos, Viamonte y Montevideo. Y alguien le cedía el asiento, y durante el viaje le preguntaba adónde exactamente iba, y el mocoso explicaba que a casa de la tía, en Viamonte 1432, segundo B, y cuando llegaban a la parada, alguno que bajaba le decía, Vení conmigo, y lo llevaba hasta donde iba. O a veces había que cambiar de colectivo, en cuyo caso alguno que bajaba decía a los que estaban en la parada, Este chico tiene que tomar el 102 y bajarse en Viamonte y Montevideo, y alguno que fuera para ahí lo subía luego, y le cedían el asiento, y así hasta que llegara sano y salvo. Y ninguna madre ni ninguna abuela se quedaban con la congoja o la angustia de que el purrete fuera a perderse, no hablemos ya de que le pasara algo.
Sube una mujer de unos sesenta y cinco años, petiza y fortachona, que exclama, pero sin maldad, Miren cuánta gente hay! Por qué no ponen un ómnibus más grande! Y el chofer, que ha estado hablando por el celular mientras espera el interminable turno para doblar a la izquierda en el cruce de dos avenidas de doble mano, responde, sin ironía, Estos son todos así, el de atrás es más grande, Pero el de atrás es el 14 y no me deja en la estación, Pero entonces tiene el 28, y si no puede cambiar al 65 dentro de tres paradas, No, me quedo aquí, pero debieran poner coches más grandes. The Soviet Union lives on! El chofer, que para dialogar con la señora ha mirado hacia atrás, se me queda viendo y me dice, Me permite una curiosidad?, Pues aunque usted no sea una muchacha, déle!, respondo y quienes están a tiro carcajean, Cuánto hace que fuma en pipa?, Y como cuarenta, Y qué tabaco fuma?, Depende, este es dinamarqués, Es bueno?, A mí me gusta, Y aquí se consigue?, Ni idea, yo vivo en Viena (la que se habría armado si digo Buenos Aires: no me bajo más! Porque the Soviet Union lives on!), Yo fumo pipa, pero aquí es muy raro, no me regala un poco de su tabaco?, Tengo solamente el que llevo cargado en la chimenea, si no, con todo gusto! En ese momento el tránsito se inmoviliza a veinte o treinta metros de mi parada, Bájese aquí, que va a ganar tiempo, que le vaya bien. Y me abre la puerta. Doy las gracias y entro a caminar bajo la implacable canícula. Cuando me alcanza, ya en la esquina, me saluda con el claxon. The Soviet Union lives on!
Me han advertido que el bazar es una especie de Spinetto como cuando en Buenos Aires los mercados no eran shoppings, impoluto y poco interesante, pero yo quiero ver un poco del país, y no simplemente una ciudad construida con Lego por un niño autista y daltónico. Del lado este, a la izquierda hay un hotel inmenso al que no han terminado de desempacar. A la derecha un edificio apenas estrenado. Cruzando la avenida, sobre la acera sur, el vasto cubo del Spinetto kazajo y detrás grúas hasta donde da la vista, y sobre la norte… Pues no hay ni acera, pero sí un barrio que se extiende decrépito y torcido hacia Siberia, de casas de madera, cercadas de muros de latón, como grotescos countries de un planeta al revés. Las calles ya están sin pavimentar, y de un lado o de otro, cruzando según el capricho del declive, la fina cinta del agua servida. Algunas casas están ahí desde siempre, con sus ventanas desparejas, sus techos hendidos, sumidas todas ellas a entre medio y un metro bajo el actual nivel de la calle. Así se sumergen, me explico, las ruinas que luego los arqueólogos tendrán que excavar. Pispeo entre las chapas: ropa tendida, mujeres lavando criaturas con cubos que han conocido la preguerra, patios llenos de chatarra, alguna gallina, un perro sin ángel… Cada tanto un cartel de cartón pintado anuncia, Alquilo cuarto por día o por semana. Uno, pensado con criterio comercial más moderno, cuelga perpendicular y reza, Baño (baño para bañarse, claro). De pronto, una bomba manual con la que carga sus cubos una Lolita quinceañera. Una villa miseria. Pero muchas de las casas tienen montados en los patios, porque no cabrían sobre el techo, descomunales (y oxidadas) antenas parabólicas como de dos metros de diámetro. Y los que en la 31 o Vierreyes serían prehistóricos Di Tella o Fiat 1100 aquí son Hondas o Toyotas de los años 90. Hay, incluso, un Mercedes 190 que no puede tener más de quince pirulos. Villa pobreza, entonces, que no miseria. Saco fotos sabedor de que no molesto a nadie. Todos me sonríen. Dos muchachotes sacados de un Accatone asiático me hacen monerías. The Soviet Union lives on!
El bazar está atestado. La gigantesca cruz de los pasillos centrales homogeneizada por los vendedores de frutas y hortalizas. Sandías como zeppelines, melones como sandías, pomelos como melones, naranjas como pomelos, duraznos como naranjas, damascos como duraznos… todo corrido un talle. Los tomates parecen esculpidos de a uno, perfectos y delirantemente rojos. Las uvas de todos los tamaños y tintes. Cebollas gigantes y enanas… Un cuadrante está reservado a los carniceros. Por fin algo que no envidiar! Los otros tres están dedicados a los boliches de ramos generales: linternas y peines, juguetes y ropa interior, chucherías de todas las formas y colores. Pruebe este melón, vea qué dulce!, A mis hermosos puerros!, No se pierda esta sandía! Todo como en un Suk de los de Marrakech o el Cairo, pero limpio a lo bestia. Los gritos, además, resuenan a los decibeles justos para no molestar ni molestarse. Las mujeres regatean sin alzar la voz… En fin, que me aburro como una ostra. Me cargo de duraznos, uvas y el melón más portátil que encuentro y vuelvo a desafiar a Febo, que me aguarda como para darme una lección. Estoy demasiado cargado para viajar en lata de sardinas, y, además, se me va ajustando demasiado el tiempo. Cruzo al hotel y penetro en el lenitivo espacio del aire acondicionado. Me llaman un taxi que tardará diez minutos. Entretanto, me sugieren, tómese algo, y me pido un espresso en el bar. El muchacho tendrá veinte años. Usted es de aquí?, pregunto. No, llegué hace dos años del campo (de la aldea, como dicen en ruso). Entonces vuelvo al mostrador y pregunto a una de las muchachas de uniforme rojo, Perdón, pero en este barrio de aquí enfrente, quiénes viven?, Gente sencilla, creen que me aclaran, pero acaba de llegar el taxi.
El taxi no es o no parece tal. Un Honda relativamente nuevo y al volante, un ruso. Tendrá cuarenta años cortos. Está bien vestido, con el pelo bien cortado, anteojos de sol de los bastante buenos (cuánto querrá cobrarme!, me preparo). Me siento, a la usanza de entonces, en el asiento delantero. Usted es ruso?, Sí, pero nacido aquí, Y dígame, para usted su patria cuál es, Rusia o Kazajstán?, Era Kazajstán, pero ahora no sé; seguramente Rusia… Es que cuando yo nací, esto era casi un pueblo y éramos todos rusos. Para ver kazajos había que salir al campo. Ahora ya somos comparativamente pocos. No que me moleste, pero es otra mentalidad. Además, ahora no es como antes. Antes la gente era otra. Ahora hay demasiado dinero, demasiados ricachones improvisados, demasiada corrupción. La gente ya no es como antes, solidaria. Yo prefería aquel pueblo a esta ciudad. Pero en Rusia debe ser peor. Así que no sé. Mientras tanto me quedo aquí. Tuve, ahora sí, la sensación del paraíso perdido. Un paraíso con campos de concentración y decenas de millones de muertos, desde luego, pero donde quienes no se detenían demasiado a pensar o a decir lo que pensaban vivían en una pobreza digna y, sobre todo, uniforme, de modo que todo era genuinamente de todos: el que se quedaba sin plata la pedía al que tenía todavía un poco, la memoria del hambre y de la guerra hacia valorar como oro cualquier cosa buena. Lo primero que le preguntaban a un extranjero (si me lo habrán preguntado a mí!) era, Y su país quiere la paz? Amarcord un cuento que me contó un colombiano, Sabes en qué se parecen Adán y Eva a los rusos? En que viven semidesnudos, se alimentan de una manzana y creen que están en el Paraíso. Y yo miro a este ruso que añora un pasado en el que no podría haber tenido más de veinte o veinticinco años y caigo en lo que le falta al acertijo: Estaban en el paraíso. Como los chicos que no saben del desastre que los grandes hacen en su torno, del hambre de otros chicos, de la cárcel de los padres de otros chicos. Aquel país de Gulags y manicomios para disidentes, era, lo he vivido, lo he creído, una suerte de paraíso. No es que lamente haberme despertado, pero qué hermoso sueño mientras lo soñaba: escuelas, hospitales, asilos de ancianos, clubes, centros de pioneros, bibliotecas, todo de todos para todos… Algún día. Algún día tiene que ser posible sin tanta sangre inocente.
Por la ventana ha entrado el último día. El reloj me dice que son las seis. Yo me he quedado sin nada que contar, salvo repetir lo que mi viejo, comunista de toda la vida, me dijo cuando la estantería se le vino estrepitosamente abajo: Yo creía tener en mis manos la pala con la que se iba a enterrar la explotación del hombre por el hombre. Me equivoqué. Pero esa pala existe. Y tarde o temprano, alguien la va a empuñar. Murió de a poco, pasados los 95 años, ya retirado del mundo, ciego, sin más luz que la de adentro. La última vez que lo vi, después de una crisis, se despertó lleno de vida y habló como hacía años que no hablaba. Dónde estoy?, me preguntó, En el Hospital de Clínicas, viejo, Y vos quién sos?, Sergio, Sergio! Cuándo llegaste?, Ayer, Y cómo estás? Vení, dame un beso. Y yo bese la barba de tres o cuatro días sabiendo que era una de las últimas veces. Seguimos charlando como en los viejos tiempos. Me preguntó por Nadia y Valeria (Xóchitl ni soñaba con nacer), quiso saber qué médico lo atendía, y, cosa inusitada, ni rasgó el tema de la política. Cuando se le acabó la cuerda, antes de volverse a dormir, más que decirme se preguntó, La puta que lo parió, cómo podíamos nosotros estar tan equivocados! Fue lo último que le oí decir.
La Terminal 1 de Francfort está a medio construir. Uno se las ingenia para averiguar cómo ir adónde y llega. El edificio es inmenso y magníficamente luminoso. A juzgar por ayer, poco usado, casi exclusivamente por las empresas de los países del ex bloque socialista. De ahí partió nuestro vuelo en Astana Airways. Yo me temía una Aeroflot de tercera, o sea una Iberia de décima, pero no. Un Boeing recién estrenado, un servicio eficiente, y hasta una bolsita con antifaces para cuando el Llanero Solitario se quedó ciego y otros chiches que en otras empresas -Lufthansa, por ejemplo- están reservados a los viajeros de la clase ejecutiva. Una de las dos azafatas que nos tocan de nuestro lado es alta y bellísima, pero no consiente ni un amague de sonrisa: como no dejaré de corroborarlo, la sombra de la Unión Soviética sigue cubriéndolo todo con su manto de ineficiencia, adustez, mal gusto y desconfianza. El pasaje también me retrotrae a entonces. La mayoría son rusos, pero rusos ni siquiera de provincia, sino coloniales. Los bebés no dejan de berrear, una chica de unos veinte años, envuelta en rollos de grasa nívea, rubia de toda rubiedad, hace globitos y globotes con su chicle, con lo que mientras mastica parece un enorme ocho, y cuando sopla otro, chiquito y horizontal. Su novio es un urso de nuca rapada y musculosa blanca que le permite ostentar sus vistosos tatuajes. El olor a sobaco es poco menos que épico.
Venimos a la Asamblea Parlamentaria de la OSCE (Oficina para la Cooperación y la Seguridad en Europa), cuya presidencia codicia desde siempre el ex camarada Nusultán Nazarbáiev, que supo se Secretario General del Partido Comunista local pero se ha redimido, de modo que nos miman con esmero. Pero me estoy adelantando.
Casi seis horas después de haber despegado de Francfort el comandante anuncia que abandonamos la altura de crucero. Poco a poco se abren paso entre las nubes las luces de una ciudad moderna y extendida. Se me hace una inmensa refinería de petróleo. Ya me enteraré de que no estaba tan equivocado. El aeropuerto es moderno (toda Astaná acaba de cumplir diez años, como lo van a recordar incontables afiches, nietos más coloridos de sus abuelos soviéticos) y, parece, eficiente. Al alejarnos podemos apreciar su acojonante arquitectura. Astaná empieza (o acaba, según) casi enseguida, y es un espectáculo que hay que ver para creer, y ver mirando bien. Aquí sobran dos cosas: espacio y dinero. Y falta una: buen gusto. Los edificios ultramodernos, cada uno en su estilo, la mayoría entre anodinos y espantosos, están desparramados entre parques, a las veras de ríos o lagos o avenidas de ocho carriles. Dos de cada tres están todavía sin terminar. Hay uno, “el encendedor” que le dicen, que es una joya de la arquitectura moderna (debe de ser el tan famoso de Norman Foster), hay dos o tres más. Astaná, que ya apunta al primer millón de habitantes, empezó en 1998 de campamento para estudiantes de toda la URSS que venían a “poner en valor”, como andan diciendo por ahí los que creen que saben francés, las tierras vírgenes, la Zelená, que le decíamos bacdén (yo opté, en cambio, por ir a arreglar la fía férrea que bordeaba el río Angará, en la Siberia profunda, pero esa es otra historia). Los ocho intérpretes que habitamos el ómnibus tenemos a una la misma impresión: Astaná es igual a Dubái y a Qatar y a las demás ciudades instantáneas del Golfo. Y está pagada con lo mismo: petróleo. Pero aquí hay una obvia pretensión megalomaníaca que trasciende la mera ostentación de una riqueza fácil y frívola. Este es estalinismo con plata. Hay, incluso, un edificio –flamante él- que remeda (para qué, Dios mío, para qué!!!!) los esperpentos tipo Hotel Ukraína o Universidad de Moscú, que los soviéticos regalaron, como quien revuelve el puñal en la herida, a la Varsovia en ruinas como Palacio de Cultura.
Con las cuatro horas de diferencia en contra, llegamos al hotel Esil (cuatro estrellas, pero no se sabe bien de qué constelación) pasadas las cinco de la mattina. La muchacha que nos ha asignado la OSCE de chaperona es una preciosura. Y también la que nos inscribe en el hotel. Los hombres, en cambio, son feos con ganas. Es un fenómeno muy difundido al este de los Urales: las chinas, las japonesas, las filipinas, las tailandesas, y ahora veo que también las kazajas, son o pueden ser bestialmente bellas, pero a los tipos entonces no les queda nada.
Antes de acostarme, llamo a Alguienita, que está en el cuarto con su madre y mis hijas de nosotros. Hablo con Valeria y oigo que Xóchitl llega como un malón unipersonal gritando, Papi!!!! Alguienita le pone el auricular en la oreja, Xóchitl me dice, Babbbu!, se ríe y se manda mudar a la mierda, Alguienita sentencia y diagnostica, Se dio cuenta de que eras tú, se vino corriendo, te dijo lo que tenía para decirte, se aburrió y se fue… Es igualita a ti! Pese a que la noche del viernes no dormí y que apenas si pude cabecear tantito, unos minutos en el vuelo a Francfort y tal vez una hora en el otro, no puedo conciliar el puto sueño, de modo que bajo a desayunar. Nunca me había topado con semejante bufet: Las medialunas y demás bollos son una delicia, hay dos tipos de omelet, quesos, fiambres y –que estamos en zona de influencia turca, es decir, camino del Oriente medio- potecitos con diferentes especias. Hay el samovar (ruso) de te (turco). Y hay un exprimidor como que ultrasónico con el cual uno puede exprimirse decenas de pomelos de tres clases, los más grandes casi sandías, y naranjas de dos.
A eso de las ocho y media resuelvo salir a dar una vuelta. Pido plano de la ciudad y salgo. Es domingo, es temprano, y Astaná está casi desierta. En el shopping con el que doy a los tres pasos, soy el único cliente y pido, sospecho, el primer café. Las tres chicas y el muchacho, kazajos hasta la verija, hablan entre sí en ruso. Me cuentan que les es más fácil (y, a juzgar por las leyendas bilingües, les creo). Los kazajos, descendientes directos de Gengis Kan, se van pareciendo a los coreanos y a ciertos chinos, como Mao, tienen la cara lunar, redonda y chata, como si vivieran llevándose por delante una eterna e invisible pared de vidrio de seis metros de espesor. La nariz de las chicas es meramente funcional: dos agujeritos en medio de los pómulos como platos, pero las encuentro, como decía, más que atractivas, con su invariable trenza o cola de caballo a la espalda.
En todas las obras se está trabajando, domingo que es y tan temprano. Topadoras, grúas, tolvas, camiones relucientes, trabajo prolijo… y aquí caigo en la gran diferencia con el Golfo: Son todos kazajos o, en todo caso, rusos vernáculos. Ya entrarán a llegar los pakistaníes, indios, filipinos, cameruneses o egipcios a ocuparse de los menesteres menos de desear. Es solo cuestión de tiempo. Y entonces estos kazajos que, junto con las demás etnias más achinadas y/o oscuritas de la URSS meridional (no los albos del Báltico, ojo!), eran mirados con sorna, condescendencia o irritación teñidos de solapado racismo, se tornarán racistas ellos, y prohibirán a sus hijas salir con negros, semitas o amarillos menos pudientes. Pero mientras tanto, laburan… como chinos.
Los autobuses son modernos, las avenidas se cruzan por debajo, todo está limpio a lo bestia, y en una hora habré contado no menos de seis camiones cisterna rociando todo de agua con desinfectante. Subsisten si acaso tres o cuatro edificios de entonces y poquísmos Ladas ancestrales (las versiones indígenas del Fiat 124 y del Fiat 126, producidos por la planta que Brézhnev le compró a Agnelli bajo mis propias narices para gran entusiasmo o escarnio de los comunistas de entonces, apasionados unos por el indudable progreso material, indignados otros por los bolsillos que la operación había abultado; por cierto, la planta se llamó Palmiro Togliatti… existirá aún? Con qué nombre?). Nada que ver con la Rusia que atisbé en San Leninoburgo las dos veces que estuve estos últimos años, donde campeaban todavía los mismos tranvías y ómnibus de latón y los Ladas y Volgas y Moskviches remendados de aquellos tiempos. No sé si todo Kazajstán, pero sí toda Astaná, es mucho más rico que cualquier parte de Rusia.
Estoy buscando el Radisson, que es donde empieza hoy la Asamblea (solo que nuestro equipo no comienza hasta mañana) y unos policías que bajo sus gorras tipos sombrero de charro parecen tachuelas azules me mandan para el lado de los tomates. No hay mal que por bien no venga, porque atravieso inútilmente un puente que une las dos riberas del Ishim, que es el Támesis/Sena/Tíber local, sobre cuyas arenas aguardan la turbamulta que, supongo, no tardará, los botes de pedal, las reposeras y los parasoles. La vista circundante es espectacular. Por el parque varios matrimonios con hijos pequeños o, cosa extraña, padres solos con sus hijos. A medida que avanza la mañana los viandantes se tornan más numerosos, pero son todavía pocos. Unos adolescentes rusos que van a jugar al tennis en un club que se ve lujosísimo me mandan para atrás. Llego, nomás, al Radisson, con sus cúpulas a lo duomo de Santa Maria dei Fiori, obtengo mi gafete y un portafolio de lo más mono (o sea, que tengo dos, porque me he traído el diccionario ruso español en el que me regalaron en Innsbruck… Oh la sufrida existencia del intérprete internacional!), percibo que me ha entrado modorra y rumbeo para el Esil.
Duermo una media hora, me plancho el pantalón de vestir y las camisas que se me han apelmazado en la valija y, ya ven, me pongo a escribir mi primera serie de pamplinas.
Lunes 29
Dormí un par de horas y me puse a ver el vídeo que venía de ñapa, junto con un paraguas lo más mono, en el portafolio que nos regalaron. Boccone di cardenale! Por lo que muestran, el país es una maravilla natural (enorme, por cierto: 1.600 km de arriba abajo y casi 3.000 de derecha a izquierda, poco menor que la Argentina, pero con menos de 20 millones de habitantes). Luego de la introducción bucólica, claro, empezó el spiel político. Me entero así de que los niños kazajos quieren ser todos como el presidente Nazarbáiev (o sea, petizos, feos, hoscos y cretinos). Y yo que pensaba que la URSS había dejado de existir! Es cierto, eso sí, que este país, hecho de la nada y con un pueblo hasta hace un siglo nómade (y hecho de la nada, las cosas como son, gracias al socialismo, por mal llamado, criminal, inepto y grisáceo que haya sido) se va transformando en potencia. Produce maquinaria agrícola, acero… es uno de los mayores productores de petróleo y gas natural, tiene sus ferrocarriles electrificados y, pese a quedar a miles de kilómetros de la playa más próxima, se ha dotado de un puerto de mar y de una impresionante flota mercante. También es cierto que hicieron trizas el polígono de ensayos nucleares de Semipalatinsk (pobres rusos, que nunca pensaron que se les iba a disolver el imperio, y pusieron aquí no solo esa base estratégica, sino el cosmódromo de Biakonur, que también les birlaron, con lo que Kazajstán es, de puro pedo, también una potencia espacial) y mandaron piantarse todos los misiles de vuelta a la metrópoli. Vale la pena meterse en gúguel y leer un poco acerca de este fenómeno. Entre los menos de veinte millones de nacidos por aquí, más de un tercio son rusos o ucranianos, pero hay también muchos judíos y –surprise!- alemanes, traídos por Pedro el Grande, y unas cien minorías étnicas más, como coreanos, tártaros, kurdos y chinos.
Anoche tuvimos concierto y recepción en un teatro piramidal (güí, piramidal!). Estalinismo con plata, nomás: El concierto fue un potpurrí de números tan dispares y arbitrarios como estupendos. Una orquesta típica, ellos, a foro izquierda, cono unos guitarrones balalaikoides; ellas, a foro derecha, con violines tocados sobre la rodilla; al fondo los contrabajos. La música alegre y la orquesta de primera. Luego se sumó una soprano tan bonita de voz como de aspecto. Después vino un balet. Seis bailarinas esbeltas en los típicos trajes con sombrero coronado de un cono coronado de un penacho, moviendo los brazos y las manos como a la tailandesa, pero sin juego de dedos. Las manos, abiertas o cerradas, pronadas o supinadas, semejaban lentos peces. Una maravilla. Después vino un “cantante de ópera”, que resultó tenor. Un hombre cincuentón pasado, que cantó una canción típica en kazajo y, de broche de oro, Siboney (pobre Lecuona!) en ruso y como si fuera un aria de Puccini. Una soprano de primera se mandó el vals de Julieta del Romeo y la misma de Gounod. Un dúo de barítono y soprano se mandaron una canzonetta napolitana. Luego entró una orquesta de cuerdas (“banda” que le dijo la opípara maestra de ceremonias responsable de la versión inglesa de las presentaciones que tanto me recordaron tiempos pasados) con una violinista de escote casi pornográfico que tocó el primer movimiento (la “tempesta”) del invierno de las Cuatro Estaciones vivaldianas (que más quisiéramos tener una orquesta de cámara así en la Argentina, camerana Bariloche excluida). Luego más ballet, seguido de un flautista que tocaba una especie de quena interminable a la que arrancaba a la vez la dominante y la melodía, de modo que sonaba parecido a una gaita. Después una cantante popular, petisita y como aplastada por el bonete típico, lo que le daba un aire de gnomo lírico. Finalmente otra cantante se diría que famosa por estos lares porque los vernáculos se deshicieron en aplausos. Cantó muy bien. Después saludaron todos. El público se puso de pie y aplaudió como en la ex URSS: clap – clap – clap al unísono. Los emcís anunciaron entonces que venían las flores enviadas por el presidente del senado, y por el presidente de la cámara de diputados y por el presidente de la Asamblea. Y entonces comenzó a cerrarse el telón mientras los artistas aplaudían a su vez al público… Como diría Gardelóvich, veinte años no es nada: la URSS persiste intacta en todo lo que no tenga que ver con guita.
La recepción fue en la cima de la pirámide. Una orquesta folclórica disfrazada de tal y otra de cuerdas, también disfrazada de tal, amenizaban antifonalmente el piscolabis. En una de esas, pasado el adagio de Albinoni, creí reconocer algo extrañamente familiar… y sipi nomás: era Alfonsina y el mar, en arreglo diríase de Boccherini. La comida abundante, variada, colora e insípida, pero a equino gratuito… En determinado momento anunciaron la presencia del camarada Nazarbáiev. Los aplausos fueron cerrados coté vernáculos obsecuentes y relamidos y los suficientemente amables coté los demás. Yo me limité a hacer los cuernos, que era todo lo que podía protestar contra tanta hipocresía dadas las circunstancias.
Como a las diez montamos en el ómnibus que nos retrotrajo al hotel. Me prometí despertarme a las 0:45 para ver a final entre España y Alemania, pero, como tantas reces en mi vida, no cumplí.
La reunión fue bastante interesante: se discutían las enmiendas a un proyecto de resolución sobre energía y medio ambiente, bajo la presidencia de un griego pelafustán que no paraba de hablar para explicar que había poco tiempo.
Dios, por cierto, me ha castigado mi falta a los principios con una magna diarrea, entre cuyas acucias, y en siendo las 12:30, me siento a escribir estas pamplinas.
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Como segundo número atrasión me tocó el grupo que trataba las cuestiones de derechos humanos, entre las cuales se debatía el problema de la cárcel de Guantánamo. Interesantísimo. El diputado norteamericano que intervino, criticó duramente el hecho mismo de que esa prisión existiera, como lo hicieron los parlamentarios griego, danés, francés y belga que pidieron la palabra, Un problema especial, explicó la senadora belga que había redactado el informe, era el de los 17 ciudadanos chinos de origen uygur (territorio de etnia mayormente musulmana en el que actúa un movimiento de liberación medio fundamentalista que resiste la ocupación por parte de China). Los gringos están dispuestos a largarlos, pero no los pueden devolver a China porque los pobrecitos uygures la van a pasar mucho peor que en Guantánamo. Pero tampoco los quieren dejar quedarse en los EE.UU.: ni, parece, lo desean los propios tipos. Los países de Europa estarían dispuestos a acogerlos, solo que el gobierno chino ya les ha exigido más o menos perentoriamente que se los manden no bien aterricen. Otro problemita es que unos cuantos de los reclusos son, en efecto, terroristas, como que dos de los liberados luego se hicieron volar alegremente en pedazos en Irak. En fin, que los gringos jamás se arrepentirán lo suficiente de haber financiado y armado a Bin Laden hasta los dientes.
Tras la reunión nos llevaron en ómnibus a la vuelta de la esquina, al almuerzo ofrecido por el alcalde de la ciudad que, como sabía qué nos iban a dar de comer, ni fue. Esta vez hasta el vino resultó imbebible y la comida caliente estaba helada. Se dio por enterada incluso la orquesta típica, que rascaba sus instrumentos lánguida de toda languidez, con una cara de embole que sus inescrutables rasgos orientales no podían disimular. Por cierto, aproveché para echar una ojeada más de cerca de los violines. Lo son, pero no tradicionales, como que tienen la caja al revés, con la mitad más angosta para abajo o, si se prefiere, con el palo del otro lado.
Por la tarde nos tocaba una excursión a la vuelta de la esquina del hotel donde almorzamos (con lo que se iría completando la vuelta manzana), con música tradicional, una “maqueta de Kazajstán” y otra de Astaná cuando todavía no era y platos típicos. Pero entre la diarrea, el yetlag y la perspectiva de seguir comiendo caca o, peor, delicias que agudicen mi inquietud estomacal, para después ir a otra recepción me descorazonó un tanto, y con un parlamentario holandés que andaba en las mismas nos conseguimos un Mercedes lujiento que nos trajera al hotel. El tránsito se había vuelto cerrado, y tardamos como media hora para los dos o tres kilómetros. Un tránsito inexplicable, de autos y autobuses que no pareciera que tuviesen dónde realmente ir. Y ahí caí en otra característica de esta ciudad instantánea: no hay negocios, no hay cafés, no hay nada que no esté amontonado en shoppings esparcidos a la buena –es, como siempre, un decir- de Dios. Es una ciudad sin vida, de edificios inmensos como planetas rectangulares separados por un espacio intergaláctico lleno de nada.
Otra cosa que supe, de labios de mi compañero de Mercedes, es que sí hay trabajadores de pajuera, ya que la mayoría de los obreros de la construcción (que debe de ser el grupo laboral más nutrido) son uzbecos (claro, quién habría podido darse cuenta!), mientras que todos los ejecutivos son turcos. En efecto, Turquía ha tomado la decisión estratégica de re-ocupar su viejo imperio ahora que los rusos se han ido. Bien dice Roberts en su magnífica “A History of the World” que todos los problemas geopolíticos del siglo XX y lo que va del XXI se reducen, en última instancia, a la sucesión del Imperio Otomano.
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Tras una merecida siesta, decido partir hacia la estación de ferrocarril. Me subo a un ómnibus moderno y silencioso, todo Primermundo él, pero –surprise- con guarda: una mujer protocincuentona, ajada y hosca, que me vende el boleto a 20 loquesea, es decir, unos 22 céntimos de euro, oséase, un peso de los nuestros. Damos un par de vueltas y encaramos una avenida que me atiborra el cuore de nostalgia y la testa de memorias: Esto sí que es terruño entrañable! Hileras monótonas de típicos edificios de cinco pisos de alicaída factura soviética a cuyos frentes han adosado, más pésimamente que mal y, claro, que bien, unos –ahora sí!- negocios de índole variopinta con letreros de neón que le dan al conjunto un incongruo aire de tractor con baguetas de cromo. El tránsito empieza a desmerecer: aparecen, como cucarachas en la oscuridad, los viejos Ladas, los antiguos Moskviches, los pretéritos Volgas… aparecen hasta los trolebuses de latón de troles oxidados y torcidos. Cerca ya de la estación hay dos o tres edificios de madera. Es un viaje en el tiempo.
Pero la estación es, nuevamente, un prodigio de modernidad. Enorme, reluciente, con trenes impolutos (muchos de ellos TALGO españoles de última generación. En una palabra, que –sin llegar- mucho más cerca de Innsbruck que de Constitución. Qué pena y qué vergüenza!
Voy a sacar mi primera foto y, zas!, meseagota la batería. Decido volver en taxi. Pregunto a un tachueloso por la parada, quien, al contestar, ostenta dos dientes de oro dos que le dan a su dentadura el aspecto de un negocio tapiado. The Soviet Union lives on! El taxi es, sí, un Audi (algo es algo), pero en franco estado de descomposición: el parabrisas surcado de tajos, la luneta trasera cubierta por un trozo de plástico, los asientos desportillados, el tablero no sé muy bien si mugriento o inmundo, y –the Soviet Union lives on!!- sin reloj. El chofer, un pibe de aspecto casi fantasmal, no sabe dónde queda el hotel (que queda exactamente en frente del Parlamento!), de modo que le tengo que explicar. Que sepa, y que pueda hacerlo en ruso, son ya un seguro contra el paseo y el otramente inevitable sobreprecio. Salimos y mi Virgilio se manda no sé qué cagada que se le viene al humo un patrullero, este sí Audi en serio. El joven se baja y veo que se sienta junto al cana. The Soviet Union lives on!!!: le va a cobrar una coima. Me bajo y me acerco como quien no quiere la cosa. Otro patrullero fulgurante se ha sumado a los efectivos y ahora son dos para coimear. En la esquina, dos mujeres cincuentonas, vestidas de koljozianas, con botas de goma hasta la rodilla y el cabello envuelto en trapos, renuevan la capa de cal de los árboles. The Soviet Union lives on!!!! Cinco o seis minutos más tarde, Virgilio regresa, se ve que más liviano de bolsillos, y seguimos. Me percato de que por todas partes hay canas parando coches. Será por la Conferencia o de veras andan disciplinando automovilistas? A juzgar por su número y la calidad de las patrullas, la cosa va en serio. Cuando llegamos, Virgilio me cobra 700 nosequé. Seguro que es de más, pero al cambio son menos de cuatro euros y el pobre acaba de ser víctima del sistema, de modo que pago sin patalear. En la plaza que precede el Parlamento, por cierto, continúan los grandes preparativos grandes para la histórica coincidencia del aniversario de la capitalización de Astaná y el cumpleaños de su bienamado líder, don Nusultán Nazarbáiev, sujeto él también de una merecida capitalización.
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A las 19:00 salimos camino de la recepción ofrecida por el Presidente del Senado. El edifico es, una vez más, ultramoderno y, una vez más, de pésimo gusto. Dividida entre los tres balconcitos, ameniza la función otra excelente orquesta de cuerdas, que nos castiga con una serenata de Mozart. La comida está bien y los discursos son cortos. Con dos colegas de la cabina italiana decidimos regresar caminando (un par de kilómetros) por el mismo recorrido que describí el primer día, parque traviesa. Me explican que les han explicado que el bienamado líder Nursultán Nazarbáiev modela su modelo sobre el modelo de Mustafá Kemal Ataturk, el fundador del estado turco moderno, que está dotado de los instrumentos civiles más avanzados, lástima que se los pasan por las pelotas. Ahora me explico mejor muchas cosas, entre ellas, el mismo culto a la personalidad, heredado del estalinismo, pero dotado de un contenido político especial: se trata de transformar a Kazajstán en uno de los 50 países más desarrollados del mundo de aquí a veinte años. Parece que lo van a lograr. Y pensar que este fue, hasta hace cien años, un territorio de nómades (todavía existen), y hasta hace medio siglo, de campesinos atrasadísimos y aislados. Durante la época soviética se fundaron las universidades, se construyó la infraestructura vial y ferroviaria… y comenzaron a explotarse, de cualquier manera, los recursos, al tiempo que se creaban, bien lejos de los ojos y oídos de la CIA, el polígono nuclear de Semipalatinsk y el cosmódromo de Vaikonur. Aun hoy, la población urbana apenas supera la rural (60/0%). No es casualidad, pues, este parecido casi sobrenatural entre Astaná y las ciudades del Golfo: también esta está poblada de nómades, esta vez tártaros, que no beduinos, que manejan sus camellos 4x4.
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Al regresar, nos encontramos con que la policía ha vallado la calle del hotel porque en frente comenzó la fiesta. Nuestro chofer explica. El cana mandamás no ceja. Nuestro chofer exige. El cana mandamás impertérrito, ufanándose de su metro cuadrado y diez minutos de autoridad en que puede joder a otro… The Soviet Union lives on! Nuestro chofer amenaza. El cana mandamás hace una llamada. El cana mandamás vuelve con el ceño fruncido y ordena que abran las vallas. The Soviet Union lives on! Por la noche, unos diez de los intérpretes nos hacemos la rabona de la recepción y nos vamos a cenar a un restorán de comida típica rusa (que yo siempre he preferido evitar, pero bueno) donde comemos como el orto pero nos reímos a carcajadas. De regreso, la fiesta está en su apogeo. Trasponer la valla requiere labia y, llegado el caso, exhibición de gafete de la Conferencia o, en su defecto, pasaporte extranjero. The Soviet Union lives on! La calle está vacía, porque la fiesta es del otro lado de otra valla a la cual nos acercamos para curiosear. Somos, a nuestra vez, curioseados por los de dentro. Atestado de gente, toda joven (la edad media de la población de Astaná es de 20 años!), muchos chicos en brazos, o en chochecito, o culebreando entre las piernas de los grandes. Todas las canciones tienen una única palabra reconocible: Astaná.
Miércoles 2
Pero esta noche nos resarcimos en un restorán típico kazajo. Un sitio inmenso, cuyo jardín terminaba en un gran quincho semicircular dividido en compartimientos de unos dos metros y medio por cuatro, con mesas ratonas al centro rodeadas de almohadones, remedo todo de la “yurta”, es decir de la típica tienda tártara (cómo se parecen estos ex nómades de ojos achinados y cara de plato a los ex nómades de barba renegrida y rostros angulares!). El jardín, claro, atestado de mesas.… Podría haber sido un recreo del Delta. Ahora acabo de hacer la valija, porque de la cabina nos vamos al aeropuerto. No conté que el hotel, moderno, tiene resabios que delatan el reciente pasado. El aire acondicionado es, en rigor condicionado, vale decir, condicionado a que afuera no haga mucho calor. La señal de Internet da pocas señales de vida, y eso cuando se le canta mientras se le canta. El baño es amplio, pero iluminado desde el distante cielorraso de tal modo que cuando uno se lava el orto en el bidé queda iluminado como Madonna en el escenario, pero cuando se va a afeitar tiene que adivinarse las patillas. El ropero, por su parte, tiene dos puertas, tiene travesaño, tiene perchas… y no tiene nada más, de suerte que, como tampoco hay cómoda, las camisas, los calzoncillos y los calcetines van apiladitos con cuidado de no tocar los zapatos. Porque hasta en estos detalles dijérase triviales… The Soviet Union lives on!
Pero retrocedo unas horas. Esta tarde, aprovechando las cuatro horas libres entre las sesiones de la mañana y de la tarde, decidí enfilar para el bazar. Me puse todo a la sombra que pude en la parada de ómnibus hasta que por fin vino el 110, que era un “marshrútnoie taxí”, o sea, una taxi de recorrido fijo, es decir –sí, señor, con seguridad!- un colectivo. Son como fueron los nuestros cuando dejaron de ser taxis, pequeños, y de altura apenas suficiente para estar de pie. En el ínfimo espacio entre la única puerta y el primer asiento, una muchachita de uniforme me cobra los 50 nosequés (porque, como es más incómodo, el colectivo es más caro que el ómnibus. The Soviet Union lives on! Desbordando el primer asiento, de espaldas al conductor, un muchachón ruso parecido al tatuado del avión, hercúleo, de impenetrables anteojos oscuros, con aire de matón de un grupo neonazi o guardaespaldas de algún mafioso. Detrás, una mujer joven con dos niños pequeños enredados como mejor pueden ellos y ella para no desprenderse con las sacudidas. Detrás hay una señora mayor, kazaja como la otra, con la cabeza cubierta por un pañuelo basto, el rostro como fondo de río seco y los ojos inmóviles, como si hace rato que se hubiera cansado de mirar. Sobre el motor (acolchado) hay sentada una muchachita de unos diez años, kazaja también, que no me saca los ojos de encima. Ha de llamarle la atención mi aspecto tan de otra parte, aunque ando de blue jean y camisa de manga. Tal vez le llame la atención la pipa que asoma de mi bolsillo superior, o que alguien tan de otra parte hable ruso casi sin acento. La kombi (es más eso que otra cosa) está tan atestada que no puedo distinguir a nadie más. Estoy parado frente a esta chiquilina, en diagonal justo detrás del chofer, inclinado para ver cómo la ciudad vuelve a sovietizarse. En una parada, sube una rusa joven con un bebé colgado de un arnés entre sus dos senos cargados de leche. “A ver, a darle el asiento a la señora!”, avisa, no proclama, la diminuta guarda. Miro a mi alrededor. La vieja no podrá levantarse. Tampoco la kazaja entreverada con sus pequeños. La chiquilina, con aire resignado, empieza a contraer una pierna. Pero el muchachón se desovilla como un cóndor presto a echar vuelo, invade cuatro metros cúbicos de planeta, y casi toma en andas a la rusa para permitirle pasar por el poco espacio que ha quedado sin que se aplaste el bebé. The Soviet Union –menos mal!- lives on!
Nostalgiosa llevo el alma. Porque una de las cosas que más me llamaron la atención hace más de cuarenta pirulos, recién llegadito a Moscú, fue que cualquiera en condiciones de ponerse de pie cediera el asiento, no solo a las embarazadas, los ancianos o los entonces todavía miles de inválidos de guerra, sino también a los chicos de hasta ocho o nueve años. Es más, si subía una madre joven con un hijo de hasta esa edad, guay de que se sentara ella y dejara parado al retoño: se le echaba encima el pasaje entero! Amarcord que en las paradas las madres o las abuelas hacían subir a sus hijos o nietos y anunciaban, sin mirar a nadie en especial, Va a, pongamos, Viamonte y Montevideo. Y alguien le cedía el asiento, y durante el viaje le preguntaba adónde exactamente iba, y el mocoso explicaba que a casa de la tía, en Viamonte 1432, segundo B, y cuando llegaban a la parada, alguno que bajaba le decía, Vení conmigo, y lo llevaba hasta donde iba. O a veces había que cambiar de colectivo, en cuyo caso alguno que bajaba decía a los que estaban en la parada, Este chico tiene que tomar el 102 y bajarse en Viamonte y Montevideo, y alguno que fuera para ahí lo subía luego, y le cedían el asiento, y así hasta que llegara sano y salvo. Y ninguna madre ni ninguna abuela se quedaban con la congoja o la angustia de que el purrete fuera a perderse, no hablemos ya de que le pasara algo.
Sube una mujer de unos sesenta y cinco años, petiza y fortachona, que exclama, pero sin maldad, Miren cuánta gente hay! Por qué no ponen un ómnibus más grande! Y el chofer, que ha estado hablando por el celular mientras espera el interminable turno para doblar a la izquierda en el cruce de dos avenidas de doble mano, responde, sin ironía, Estos son todos así, el de atrás es más grande, Pero el de atrás es el 14 y no me deja en la estación, Pero entonces tiene el 28, y si no puede cambiar al 65 dentro de tres paradas, No, me quedo aquí, pero debieran poner coches más grandes. The Soviet Union lives on! El chofer, que para dialogar con la señora ha mirado hacia atrás, se me queda viendo y me dice, Me permite una curiosidad?, Pues aunque usted no sea una muchacha, déle!, respondo y quienes están a tiro carcajean, Cuánto hace que fuma en pipa?, Y como cuarenta, Y qué tabaco fuma?, Depende, este es dinamarqués, Es bueno?, A mí me gusta, Y aquí se consigue?, Ni idea, yo vivo en Viena (la que se habría armado si digo Buenos Aires: no me bajo más! Porque the Soviet Union lives on!), Yo fumo pipa, pero aquí es muy raro, no me regala un poco de su tabaco?, Tengo solamente el que llevo cargado en la chimenea, si no, con todo gusto! En ese momento el tránsito se inmoviliza a veinte o treinta metros de mi parada, Bájese aquí, que va a ganar tiempo, que le vaya bien. Y me abre la puerta. Doy las gracias y entro a caminar bajo la implacable canícula. Cuando me alcanza, ya en la esquina, me saluda con el claxon. The Soviet Union lives on!
Me han advertido que el bazar es una especie de Spinetto como cuando en Buenos Aires los mercados no eran shoppings, impoluto y poco interesante, pero yo quiero ver un poco del país, y no simplemente una ciudad construida con Lego por un niño autista y daltónico. Del lado este, a la izquierda hay un hotel inmenso al que no han terminado de desempacar. A la derecha un edificio apenas estrenado. Cruzando la avenida, sobre la acera sur, el vasto cubo del Spinetto kazajo y detrás grúas hasta donde da la vista, y sobre la norte… Pues no hay ni acera, pero sí un barrio que se extiende decrépito y torcido hacia Siberia, de casas de madera, cercadas de muros de latón, como grotescos countries de un planeta al revés. Las calles ya están sin pavimentar, y de un lado o de otro, cruzando según el capricho del declive, la fina cinta del agua servida. Algunas casas están ahí desde siempre, con sus ventanas desparejas, sus techos hendidos, sumidas todas ellas a entre medio y un metro bajo el actual nivel de la calle. Así se sumergen, me explico, las ruinas que luego los arqueólogos tendrán que excavar. Pispeo entre las chapas: ropa tendida, mujeres lavando criaturas con cubos que han conocido la preguerra, patios llenos de chatarra, alguna gallina, un perro sin ángel… Cada tanto un cartel de cartón pintado anuncia, Alquilo cuarto por día o por semana. Uno, pensado con criterio comercial más moderno, cuelga perpendicular y reza, Baño (baño para bañarse, claro). De pronto, una bomba manual con la que carga sus cubos una Lolita quinceañera. Una villa miseria. Pero muchas de las casas tienen montados en los patios, porque no cabrían sobre el techo, descomunales (y oxidadas) antenas parabólicas como de dos metros de diámetro. Y los que en la 31 o Vierreyes serían prehistóricos Di Tella o Fiat 1100 aquí son Hondas o Toyotas de los años 90. Hay, incluso, un Mercedes 190 que no puede tener más de quince pirulos. Villa pobreza, entonces, que no miseria. Saco fotos sabedor de que no molesto a nadie. Todos me sonríen. Dos muchachotes sacados de un Accatone asiático me hacen monerías. The Soviet Union lives on!
El bazar está atestado. La gigantesca cruz de los pasillos centrales homogeneizada por los vendedores de frutas y hortalizas. Sandías como zeppelines, melones como sandías, pomelos como melones, naranjas como pomelos, duraznos como naranjas, damascos como duraznos… todo corrido un talle. Los tomates parecen esculpidos de a uno, perfectos y delirantemente rojos. Las uvas de todos los tamaños y tintes. Cebollas gigantes y enanas… Un cuadrante está reservado a los carniceros. Por fin algo que no envidiar! Los otros tres están dedicados a los boliches de ramos generales: linternas y peines, juguetes y ropa interior, chucherías de todas las formas y colores. Pruebe este melón, vea qué dulce!, A mis hermosos puerros!, No se pierda esta sandía! Todo como en un Suk de los de Marrakech o el Cairo, pero limpio a lo bestia. Los gritos, además, resuenan a los decibeles justos para no molestar ni molestarse. Las mujeres regatean sin alzar la voz… En fin, que me aburro como una ostra. Me cargo de duraznos, uvas y el melón más portátil que encuentro y vuelvo a desafiar a Febo, que me aguarda como para darme una lección. Estoy demasiado cargado para viajar en lata de sardinas, y, además, se me va ajustando demasiado el tiempo. Cruzo al hotel y penetro en el lenitivo espacio del aire acondicionado. Me llaman un taxi que tardará diez minutos. Entretanto, me sugieren, tómese algo, y me pido un espresso en el bar. El muchacho tendrá veinte años. Usted es de aquí?, pregunto. No, llegué hace dos años del campo (de la aldea, como dicen en ruso). Entonces vuelvo al mostrador y pregunto a una de las muchachas de uniforme rojo, Perdón, pero en este barrio de aquí enfrente, quiénes viven?, Gente sencilla, creen que me aclaran, pero acaba de llegar el taxi.
El taxi no es o no parece tal. Un Honda relativamente nuevo y al volante, un ruso. Tendrá cuarenta años cortos. Está bien vestido, con el pelo bien cortado, anteojos de sol de los bastante buenos (cuánto querrá cobrarme!, me preparo). Me siento, a la usanza de entonces, en el asiento delantero. Usted es ruso?, Sí, pero nacido aquí, Y dígame, para usted su patria cuál es, Rusia o Kazajstán?, Era Kazajstán, pero ahora no sé; seguramente Rusia… Es que cuando yo nací, esto era casi un pueblo y éramos todos rusos. Para ver kazajos había que salir al campo. Ahora ya somos comparativamente pocos. No que me moleste, pero es otra mentalidad. Además, ahora no es como antes. Antes la gente era otra. Ahora hay demasiado dinero, demasiados ricachones improvisados, demasiada corrupción. La gente ya no es como antes, solidaria. Yo prefería aquel pueblo a esta ciudad. Pero en Rusia debe ser peor. Así que no sé. Mientras tanto me quedo aquí. Tuve, ahora sí, la sensación del paraíso perdido. Un paraíso con campos de concentración y decenas de millones de muertos, desde luego, pero donde quienes no se detenían demasiado a pensar o a decir lo que pensaban vivían en una pobreza digna y, sobre todo, uniforme, de modo que todo era genuinamente de todos: el que se quedaba sin plata la pedía al que tenía todavía un poco, la memoria del hambre y de la guerra hacia valorar como oro cualquier cosa buena. Lo primero que le preguntaban a un extranjero (si me lo habrán preguntado a mí!) era, Y su país quiere la paz? Amarcord un cuento que me contó un colombiano, Sabes en qué se parecen Adán y Eva a los rusos? En que viven semidesnudos, se alimentan de una manzana y creen que están en el Paraíso. Y yo miro a este ruso que añora un pasado en el que no podría haber tenido más de veinte o veinticinco años y caigo en lo que le falta al acertijo: Estaban en el paraíso. Como los chicos que no saben del desastre que los grandes hacen en su torno, del hambre de otros chicos, de la cárcel de los padres de otros chicos. Aquel país de Gulags y manicomios para disidentes, era, lo he vivido, lo he creído, una suerte de paraíso. No es que lamente haberme despertado, pero qué hermoso sueño mientras lo soñaba: escuelas, hospitales, asilos de ancianos, clubes, centros de pioneros, bibliotecas, todo de todos para todos… Algún día. Algún día tiene que ser posible sin tanta sangre inocente.
Por la ventana ha entrado el último día. El reloj me dice que son las seis. Yo me he quedado sin nada que contar, salvo repetir lo que mi viejo, comunista de toda la vida, me dijo cuando la estantería se le vino estrepitosamente abajo: Yo creía tener en mis manos la pala con la que se iba a enterrar la explotación del hombre por el hombre. Me equivoqué. Pero esa pala existe. Y tarde o temprano, alguien la va a empuñar. Murió de a poco, pasados los 95 años, ya retirado del mundo, ciego, sin más luz que la de adentro. La última vez que lo vi, después de una crisis, se despertó lleno de vida y habló como hacía años que no hablaba. Dónde estoy?, me preguntó, En el Hospital de Clínicas, viejo, Y vos quién sos?, Sergio, Sergio! Cuándo llegaste?, Ayer, Y cómo estás? Vení, dame un beso. Y yo bese la barba de tres o cuatro días sabiendo que era una de las últimas veces. Seguimos charlando como en los viejos tiempos. Me preguntó por Nadia y Valeria (Xóchitl ni soñaba con nacer), quiso saber qué médico lo atendía, y, cosa inusitada, ni rasgó el tema de la política. Cuando se le acabó la cuerda, antes de volverse a dormir, más que decirme se preguntó, La puta que lo parió, cómo podíamos nosotros estar tan equivocados! Fue lo último que le oí decir.
CRÓNICAS VIENEREOMAYOPRÍMICAS (mayo de 2005)
3o de abril
Hoy, víspera del Primero de Mayo -alicaída fiesta internacional de los trabajadores devenida inocua festividad del trabajo-, es la Fiesta de la Ciudad de Viena, y la Ciudad de Viena está genuinamente de ídem. Hace un día peronista, de sol espléndido y lenitivos 22 grados. Gente por todo el centro, chuiquilines colgando de globos, parejas recientes, familias en pleno, multitudes apiñadas en torno de los artistas callejeros o frente a los escenarios de música y teatro, saltimbanquis, payasos, malabaristas, cuartetos de cuerdas, bailarines flamencos, hieráticas estatuas humanas sudando bajo sus tinturas color plata o bronce. Los cafés atestados, las heladerías sin daIr abasto... Cunde la más despreocupada despreocupación: todo el mundo parece feliz. Qué lejos Bagdad y Jerusalén, qué distantes Darfur y Lomé, qué invisibles los cartoneros o los millones de seropositivos sudafricanos... La vita e bella! Y, en efecto, lo es, al menos para un puñado estadísticamente insignificante de congéneres, este teórico gruñón incluido. ¿Qué puedo yo reprocharle al demiurgo que me ha dado una existencia desahogada, una carrera espléndida, una salud de hierro y a Alguienita? Nada, ni siquiera la inmerecida injusticia, el favoritismo inexplicable. Como dice el madrigal de Juan del Encina que Dimitri habrá cantado: “¡Hoy comamos y bebamos y cantemos y holguemos que mañana ayunaremos!”, o como podía darse el lujo de propiciar desde sus fastos ahítos don Lorenzo dei Medici: “Quant’è bella giovinezza que si fugge tuttavia! Chi vuol esser lieto, sia: Di doman non c’è certezza… Donne e giovinetti amanti, viva Bacco e viva Amore ! Ciascun suoni, balli e canti! Arda di dolcezza il core! Non fatica, non dolore ! Ciò c’ha esser, convien sia. Chi vuol esser lieto, sia: di doman non c’`e certezza!” O como decía ese prócer del periodismo argentino, Leo Vanés, al pie de sus crónicas del patrio yetset en Clarín: “Y el carrousel de la farándula sigue andando!”.
Perdón por el mal humor, pero me ha dado una planetitis aguda.
CRÓNICA MAYOPRÍMICA
Acariciado por la cálida mansedumbre de un día excepcionalmente peronista, decidí cumplir con un deber al que le había perdido el rastro treinta y un pirulos ha (que en la USA el Primero de Mayo, día que conmemora una matanza de obreros en Chicago, no se celebra): concurrir a la manifestación del Día Internacional de los Trabajadores devenido más inocuamente del Trabajo. La policía había cortado el Ring entre la Schwarzenberger Platz (ande vivo) y el Rathaus (oséase, la municipalidad). La manifestación debía partir de la Ópera a eso de las once para culminar ante el Parlamento. Llegué cuando la columna ya había culebreado para tomar el Ring y me incorporé a las filas de la mitad sur del Partido Comunista Austríaco, cuya mitad norte (otros cien o acaso ciento ciencuenta militantes) avanzaba separada por unos dos metros de tierra de nadie. Me enteré de que están divididos, pero no supe bien por qué, aunque la izquierda nunca ha requerido mayores razones para dividirse exponencialmente como las amebas. Mi huésped fue Hans, asesor financiero (labor poco comunista, como él mismo admitió sonriendo), que luego me presentó a su madre, una vieja militante de, diría yo, camino de los ochenta. Delante de los austrorrojos manifestaban los turcocarmines y los kurdopunzó. Los PC turco y kurdo parecen tener una fuerza sorprendente. Detrás venían Die Goyim, un conjunto de gentiles cuya especialidad es cantar canciones revolucionarias y antirracistas en yiddish. La izquierda habrá perdido casi todo su arrastre, pero nada de su pintoresquismo!
Hans se quejaba de la falta de disciplina: había que avanzar en prolijas hileras a lo ancho de la calzada y nadie le hacía caso más de cinco o seis metros.
Había -dentro de lo que eran los números- un asombroso porcentaje de jóvenes, muchos adolescentes. Parejas con niños, una hermosa muchacha de acaso veinte años en silla de ruedas, dos o tres Hell’s Angels, con sus motos azabache lustroso, sus camperas de cuero acribilladas de tachuelas y su barba de dos o tres meses, y hasta una parejita de punks cuyo aspecto habría causado un infarto a cualquier accionista de Palmolive. Y también muchos viejos. Algunos, por la edad, han debido ser resistentes al fascismo, (en Austria!!!!, que el núcleo fundamental de la resistencia en las entrañas del monstruo fueron desde siempre y hasta el final los comunistas, y también en Francia y en Italia y en Yugoslavia y en Grecia y en Albania, y en otros países más olividadizos, las cosas como son).
Entre los goyim y mi sección del PCA un furgón desparramaba por sus altavoces un granel de canciones en todos los idiomas: El himno de la Decimoquinta Brigada internacional (donde pelearon los angloparlantes en la Guerra Civil Española), otras en alemán, incluida La Internacional. Otras en italiano:, que yo canté con el viejo fervor. Llegados al Parlamento nos detuvimos ante una tribuna. Los turcos habían formado una ronda en cuyo centro se divertía a lo loco un chiquito que apenas había aprendido a caminar. Sobre el pavimento, alguien que seguramente andaba -es un decir- sentado por ahí, había dejado en depósito un par de muletas.
En un quisquito improvisado, compré un clavel rojo que no me saqué del bolsillo superior de la camisa en todo el día ni pienso tirar.
No me quedé a no comprender los discursos. No me hizo falta. Me bastó con saber que, pese a los crímenes horrendos y a los innúmeros y descomunales disparates que se han cometido en su nombre, todavía quedamos unos pocos, divididos, contradictorios custodios del sueño sublime y la gran esperanza. Algún día, lejano, pero seguramente seguro, no habrá fronteras, ni menesterosos, ni desamparados, ni niños sin escuela, ni adultos sin trabajo, ni enfermos sin hospitales, ni ancianos sin residencias, ni orates sin hospicios, ni cartoneros, ni linyeras, ni, como dice Guillén desde el violoncelo de su voz, “hombres ya de proyectos animales”, ni policías secretas de tenebroso instinto y poder siniestro, ni ejércitos invasores, ni bombas inteligentes o tontas, ni países en venta o vendidos. Algún día... Y mientras tanto, luchar para que venga, que cuanto más lejos la meta, más hay que caminar!
EPÍLOGO ARISTOCRÁTICO
Dejé detrás a mis flamantes compañeros y desanduve camino hacia la ópera, donde me aguardaban para almorzar juntos mi colega (ahora jubilada y ex jefa de la cabina española en NY), Natalia Teleki, y su marido, Gábor, ambos húngaros: ella criada en la Argentina y él conde, pero en serio. Nos conocemos desde hace más de treinta años y ellos me aguantan el bocho rojo y yo no protesto por su sangre azul. A Gábor le han devuelto hace relativamente poco todas las propiedades confiscadas por mis ancestros de ideología, o, en todo caso, parte. El palacio parece que lo habían transformado en jardín de infantes o guardería o escuela o algo igual de subversivo y creo que Gábor no inisitió, que será conde pero es un gran tipo.
Y esas fueron las mitades de mi primer Primero de Mayo carmesí.
“There are more things in Heaven and Earth, Horatio, that are dreamt of in your philosophy” vaticinaba sabiamente el Bardo en la flaca esperanza de que le hicieran caso.
Hoy, víspera del Primero de Mayo -alicaída fiesta internacional de los trabajadores devenida inocua festividad del trabajo-, es la Fiesta de la Ciudad de Viena, y la Ciudad de Viena está genuinamente de ídem. Hace un día peronista, de sol espléndido y lenitivos 22 grados. Gente por todo el centro, chuiquilines colgando de globos, parejas recientes, familias en pleno, multitudes apiñadas en torno de los artistas callejeros o frente a los escenarios de música y teatro, saltimbanquis, payasos, malabaristas, cuartetos de cuerdas, bailarines flamencos, hieráticas estatuas humanas sudando bajo sus tinturas color plata o bronce. Los cafés atestados, las heladerías sin daIr abasto... Cunde la más despreocupada despreocupación: todo el mundo parece feliz. Qué lejos Bagdad y Jerusalén, qué distantes Darfur y Lomé, qué invisibles los cartoneros o los millones de seropositivos sudafricanos... La vita e bella! Y, en efecto, lo es, al menos para un puñado estadísticamente insignificante de congéneres, este teórico gruñón incluido. ¿Qué puedo yo reprocharle al demiurgo que me ha dado una existencia desahogada, una carrera espléndida, una salud de hierro y a Alguienita? Nada, ni siquiera la inmerecida injusticia, el favoritismo inexplicable. Como dice el madrigal de Juan del Encina que Dimitri habrá cantado: “¡Hoy comamos y bebamos y cantemos y holguemos que mañana ayunaremos!”, o como podía darse el lujo de propiciar desde sus fastos ahítos don Lorenzo dei Medici: “Quant’è bella giovinezza que si fugge tuttavia! Chi vuol esser lieto, sia: Di doman non c’è certezza… Donne e giovinetti amanti, viva Bacco e viva Amore ! Ciascun suoni, balli e canti! Arda di dolcezza il core! Non fatica, non dolore ! Ciò c’ha esser, convien sia. Chi vuol esser lieto, sia: di doman non c’`e certezza!” O como decía ese prócer del periodismo argentino, Leo Vanés, al pie de sus crónicas del patrio yetset en Clarín: “Y el carrousel de la farándula sigue andando!”.
Perdón por el mal humor, pero me ha dado una planetitis aguda.
CRÓNICA MAYOPRÍMICA
Acariciado por la cálida mansedumbre de un día excepcionalmente peronista, decidí cumplir con un deber al que le había perdido el rastro treinta y un pirulos ha (que en la USA el Primero de Mayo, día que conmemora una matanza de obreros en Chicago, no se celebra): concurrir a la manifestación del Día Internacional de los Trabajadores devenido más inocuamente del Trabajo. La policía había cortado el Ring entre la Schwarzenberger Platz (ande vivo) y el Rathaus (oséase, la municipalidad). La manifestación debía partir de la Ópera a eso de las once para culminar ante el Parlamento. Llegué cuando la columna ya había culebreado para tomar el Ring y me incorporé a las filas de la mitad sur del Partido Comunista Austríaco, cuya mitad norte (otros cien o acaso ciento ciencuenta militantes) avanzaba separada por unos dos metros de tierra de nadie. Me enteré de que están divididos, pero no supe bien por qué, aunque la izquierda nunca ha requerido mayores razones para dividirse exponencialmente como las amebas. Mi huésped fue Hans, asesor financiero (labor poco comunista, como él mismo admitió sonriendo), que luego me presentó a su madre, una vieja militante de, diría yo, camino de los ochenta. Delante de los austrorrojos manifestaban los turcocarmines y los kurdopunzó. Los PC turco y kurdo parecen tener una fuerza sorprendente. Detrás venían Die Goyim, un conjunto de gentiles cuya especialidad es cantar canciones revolucionarias y antirracistas en yiddish. La izquierda habrá perdido casi todo su arrastre, pero nada de su pintoresquismo!
Hans se quejaba de la falta de disciplina: había que avanzar en prolijas hileras a lo ancho de la calzada y nadie le hacía caso más de cinco o seis metros.
Había -dentro de lo que eran los números- un asombroso porcentaje de jóvenes, muchos adolescentes. Parejas con niños, una hermosa muchacha de acaso veinte años en silla de ruedas, dos o tres Hell’s Angels, con sus motos azabache lustroso, sus camperas de cuero acribilladas de tachuelas y su barba de dos o tres meses, y hasta una parejita de punks cuyo aspecto habría causado un infarto a cualquier accionista de Palmolive. Y también muchos viejos. Algunos, por la edad, han debido ser resistentes al fascismo, (en Austria!!!!, que el núcleo fundamental de la resistencia en las entrañas del monstruo fueron desde siempre y hasta el final los comunistas, y también en Francia y en Italia y en Yugoslavia y en Grecia y en Albania, y en otros países más olividadizos, las cosas como son).
Entre los goyim y mi sección del PCA un furgón desparramaba por sus altavoces un granel de canciones en todos los idiomas: El himno de la Decimoquinta Brigada internacional (donde pelearon los angloparlantes en la Guerra Civil Española), otras en alemán, incluida La Internacional. Otras en italiano:, que yo canté con el viejo fervor. Llegados al Parlamento nos detuvimos ante una tribuna. Los turcos habían formado una ronda en cuyo centro se divertía a lo loco un chiquito que apenas había aprendido a caminar. Sobre el pavimento, alguien que seguramente andaba -es un decir- sentado por ahí, había dejado en depósito un par de muletas.
En un quisquito improvisado, compré un clavel rojo que no me saqué del bolsillo superior de la camisa en todo el día ni pienso tirar.
No me quedé a no comprender los discursos. No me hizo falta. Me bastó con saber que, pese a los crímenes horrendos y a los innúmeros y descomunales disparates que se han cometido en su nombre, todavía quedamos unos pocos, divididos, contradictorios custodios del sueño sublime y la gran esperanza. Algún día, lejano, pero seguramente seguro, no habrá fronteras, ni menesterosos, ni desamparados, ni niños sin escuela, ni adultos sin trabajo, ni enfermos sin hospitales, ni ancianos sin residencias, ni orates sin hospicios, ni cartoneros, ni linyeras, ni, como dice Guillén desde el violoncelo de su voz, “hombres ya de proyectos animales”, ni policías secretas de tenebroso instinto y poder siniestro, ni ejércitos invasores, ni bombas inteligentes o tontas, ni países en venta o vendidos. Algún día... Y mientras tanto, luchar para que venga, que cuanto más lejos la meta, más hay que caminar!
EPÍLOGO ARISTOCRÁTICO
Dejé detrás a mis flamantes compañeros y desanduve camino hacia la ópera, donde me aguardaban para almorzar juntos mi colega (ahora jubilada y ex jefa de la cabina española en NY), Natalia Teleki, y su marido, Gábor, ambos húngaros: ella criada en la Argentina y él conde, pero en serio. Nos conocemos desde hace más de treinta años y ellos me aguantan el bocho rojo y yo no protesto por su sangre azul. A Gábor le han devuelto hace relativamente poco todas las propiedades confiscadas por mis ancestros de ideología, o, en todo caso, parte. El palacio parece que lo habían transformado en jardín de infantes o guardería o escuela o algo igual de subversivo y creo que Gábor no inisitió, que será conde pero es un gran tipo.
Y esas fueron las mitades de mi primer Primero de Mayo carmesí.
“There are more things in Heaven and Earth, Horatio, that are dreamt of in your philosophy” vaticinaba sabiamente el Bardo en la flaca esperanza de que le hicieran caso.
CRÓNICAS VEINERE0INVERNARIAS (febrero de 2005)
14 de febrero
Corterplo la nieve que cae blardamerte...
como entonaría el Zorzal. Uaxini, está cayendo -aunque no del todo-una nevisca tupida que el viento zarandea para todos lados. Nunca había visto tanta nieve dar tantos y tan contradictorios bandazos. Los copos se me hacen insectos, como si tuvieran vida propia y anduvieran dando vueltas en blancos y arbitrarios enjambres. Muchos se me vienen encima, rebotan contra los enormes cristales que me separan del mundo y vuelven a las andadas por el éter, sin decidirse a tocar tierra. Tanto, que el suelo no termina de ponerse blanco. Un espectáculo realmente insólito. Ha de ser, calculo, una de las últimas bravuconadas del invierno, pero pareciera que ya no le da el cuero.
15 de febrero
Última bravata del invierno (¡espero!)
Ya ayer hacia las noive, regresando del club adonde acudo cada tanto a ver si me puedo mantener joven y hermoso, se me fue cubriendo Viena de una leve pátina como de azúcar impalpable. Para cuando llegué a casa, los autos que llevaban rato reposando iban pareciéndose a descomunales merengues de crema chantilly.
Esta mattina, desperté cara a un espeso cortinado de copos que me aislaba de mis vecinos de enfrente. Cuando salí, tuve que adivinar cuál de esos mamuts albinos era mi coche. Con la nieve hasta los tobillos fui abriéndome camino hacia la puerta y luego hube de hurgar en busca de la traba. Al abrirse, la portezuela dejó desplomarse un minialud sobre mis pantalones. Encendí el motor y seguí camino del baúl. La tapa, que parecía pesar una tonelada, se abrió entre gemidos de nieve apretujada y bisagras ateridas. Saqué el limpiador y me apliqué a la ímproba tarea de sacarle toda esa crema a la carrocería. Empecé por el techo. El limpiador desapareció en unos diez o doce centímetros de tierno espesor. Poco a poco el Mazda fue recuperando su ontología azul. El motor ronroneaba regocijándose en el calorcito. Después del techo, les tocó a las lunas y los parabrisas, y, de postre, al capó y los faros. Antes de montar, a sacudirme, que si no después uno termina empapado, y a limpiar bien los zapatos. Por fin el cinturón y la marcha atrás.
El noble corcel mecánico se encocora apenas aplastando o corriendo la nieve que lo acordona contra la acera, y por fin las ruedas delanteras muerden -nívea pelusa por medio- el pavimento por la trocha que otros vehículos -seguro que de pajueranos como uno- han venido renovando desde más temprano (son las ocho de la madrugada y la mayoría de los vieneses, duchos en estos menesteres, ha optado sensatamente por dejar el auto tranquilo).Las calles están impolutamente blancas. Toda Viena parece una delirante torta de bodas o una gigantesca máscara Kabuki. Los pocos audaces que la surcamos vamos dejando huellas efímeras, levantando un fino polvo de harina y desparramando un levísimo susurro. Manejamos con cautela: hay demasiadas interferencias entre el imaginario betún del pavimento y el volante peligrosamente inútil. Algunos no han tenido tiempo o ganas de desencumbrar sus Volkswágenes o Audis y van arrojando cascotes malhumorados. Los tranvías parecen suspendidos, guiados milagrosamente por la memoria de losinvisibles rieles. El cielo se confunde con el aire en una sutil masa de algodón grisáceo. Los semáforos insisten heroicamente en su juego de luces que nadie logra percibir sino a último momento. Los pocos viandantes semejan bultos de sal y pimienta que se desplazan con torpeza y sin innecesario apuro: hoy es dado llegar tarde a cualquier lado o, incluso, no llegar. Por la radio anuncian diversas catástrofes en miniatura, precaven del retraso de trenes y tranvías y exhortan a dejarse de joder y no aventurarse a sacar los automóviles (pero uno es argentino, y el auto es el tercer zapato, y no es cuestión de salir parcialmente descalzo con este tiempo, ¿vio?).
Es, tal vez, mi última nevisca de funcionario internacional, y eso me la torna entrañable. Aquí, desde el uterino calor de mi oficina, en medio de todo el silencio que consiente la sinfonía 45 de Haydn, distante de Alguienita que ya viene, en ciernes indulgentes de la sesentena, con el regusto amigo del café desocupando poco a poco mipaladar agradecido, sereno de corazón, de seso, de riñón y de bolsillo (¡oh, receta sencilla de la leticia!), miro nevar y nevar sobre una Viena que ya no puede ser más alba. Algún día recordaré este instante con nostalgia infinita: mi melancolía de entonces es parte de mi felicidad de ahora.
17 de febrero
Morning-after blues
Si ayer Viena semejaba un dilatado pastel de merengue, hoy luce como las sobras. Las calzadas han recuperado su negro húmedo, que guarda aquí y allá rastros de la trocha dejada por el tenedor del tránsito. A los costados, como abandonada por un comensal ahíto, la crema se amontona endurecida y resquebrajada, dejando ver el relleno de dulce de leche y chocolate mezclados con ceniza. Sobre las aceras, un millón de pasos ha apisonado la nieve hasta convertirla en una irregular cobertura de hielo traicionero. Sobre los techos, todavía blanca de a ratos, va raleando la capa de chantilly, como si, raspando ya el fondo del frasco, al cocinero celestial hubiese pasado una espátula descuidada que no ha logrado cubrir bien todo el pastel.
La novia de ayer acaba de despertarse desgreñada, con el velo corrido y el vestido manchado. ¡Lástima!
Corterplo la nieve que cae blardamerte...
como entonaría el Zorzal. Uaxini, está cayendo -aunque no del todo-una nevisca tupida que el viento zarandea para todos lados. Nunca había visto tanta nieve dar tantos y tan contradictorios bandazos. Los copos se me hacen insectos, como si tuvieran vida propia y anduvieran dando vueltas en blancos y arbitrarios enjambres. Muchos se me vienen encima, rebotan contra los enormes cristales que me separan del mundo y vuelven a las andadas por el éter, sin decidirse a tocar tierra. Tanto, que el suelo no termina de ponerse blanco. Un espectáculo realmente insólito. Ha de ser, calculo, una de las últimas bravuconadas del invierno, pero pareciera que ya no le da el cuero.
15 de febrero
Última bravata del invierno (¡espero!)
Ya ayer hacia las noive, regresando del club adonde acudo cada tanto a ver si me puedo mantener joven y hermoso, se me fue cubriendo Viena de una leve pátina como de azúcar impalpable. Para cuando llegué a casa, los autos que llevaban rato reposando iban pareciéndose a descomunales merengues de crema chantilly.
Esta mattina, desperté cara a un espeso cortinado de copos que me aislaba de mis vecinos de enfrente. Cuando salí, tuve que adivinar cuál de esos mamuts albinos era mi coche. Con la nieve hasta los tobillos fui abriéndome camino hacia la puerta y luego hube de hurgar en busca de la traba. Al abrirse, la portezuela dejó desplomarse un minialud sobre mis pantalones. Encendí el motor y seguí camino del baúl. La tapa, que parecía pesar una tonelada, se abrió entre gemidos de nieve apretujada y bisagras ateridas. Saqué el limpiador y me apliqué a la ímproba tarea de sacarle toda esa crema a la carrocería. Empecé por el techo. El limpiador desapareció en unos diez o doce centímetros de tierno espesor. Poco a poco el Mazda fue recuperando su ontología azul. El motor ronroneaba regocijándose en el calorcito. Después del techo, les tocó a las lunas y los parabrisas, y, de postre, al capó y los faros. Antes de montar, a sacudirme, que si no después uno termina empapado, y a limpiar bien los zapatos. Por fin el cinturón y la marcha atrás.
El noble corcel mecánico se encocora apenas aplastando o corriendo la nieve que lo acordona contra la acera, y por fin las ruedas delanteras muerden -nívea pelusa por medio- el pavimento por la trocha que otros vehículos -seguro que de pajueranos como uno- han venido renovando desde más temprano (son las ocho de la madrugada y la mayoría de los vieneses, duchos en estos menesteres, ha optado sensatamente por dejar el auto tranquilo).Las calles están impolutamente blancas. Toda Viena parece una delirante torta de bodas o una gigantesca máscara Kabuki. Los pocos audaces que la surcamos vamos dejando huellas efímeras, levantando un fino polvo de harina y desparramando un levísimo susurro. Manejamos con cautela: hay demasiadas interferencias entre el imaginario betún del pavimento y el volante peligrosamente inútil. Algunos no han tenido tiempo o ganas de desencumbrar sus Volkswágenes o Audis y van arrojando cascotes malhumorados. Los tranvías parecen suspendidos, guiados milagrosamente por la memoria de losinvisibles rieles. El cielo se confunde con el aire en una sutil masa de algodón grisáceo. Los semáforos insisten heroicamente en su juego de luces que nadie logra percibir sino a último momento. Los pocos viandantes semejan bultos de sal y pimienta que se desplazan con torpeza y sin innecesario apuro: hoy es dado llegar tarde a cualquier lado o, incluso, no llegar. Por la radio anuncian diversas catástrofes en miniatura, precaven del retraso de trenes y tranvías y exhortan a dejarse de joder y no aventurarse a sacar los automóviles (pero uno es argentino, y el auto es el tercer zapato, y no es cuestión de salir parcialmente descalzo con este tiempo, ¿vio?).
Es, tal vez, mi última nevisca de funcionario internacional, y eso me la torna entrañable. Aquí, desde el uterino calor de mi oficina, en medio de todo el silencio que consiente la sinfonía 45 de Haydn, distante de Alguienita que ya viene, en ciernes indulgentes de la sesentena, con el regusto amigo del café desocupando poco a poco mipaladar agradecido, sereno de corazón, de seso, de riñón y de bolsillo (¡oh, receta sencilla de la leticia!), miro nevar y nevar sobre una Viena que ya no puede ser más alba. Algún día recordaré este instante con nostalgia infinita: mi melancolía de entonces es parte de mi felicidad de ahora.
17 de febrero
Morning-after blues
Si ayer Viena semejaba un dilatado pastel de merengue, hoy luce como las sobras. Las calzadas han recuperado su negro húmedo, que guarda aquí y allá rastros de la trocha dejada por el tenedor del tránsito. A los costados, como abandonada por un comensal ahíto, la crema se amontona endurecida y resquebrajada, dejando ver el relleno de dulce de leche y chocolate mezclados con ceniza. Sobre las aceras, un millón de pasos ha apisonado la nieve hasta convertirla en una irregular cobertura de hielo traicionero. Sobre los techos, todavía blanca de a ratos, va raleando la capa de chantilly, como si, raspando ya el fondo del frasco, al cocinero celestial hubiese pasado una espátula descuidada que no ha logrado cubrir bien todo el pastel.
La novia de ayer acaba de despertarse desgreñada, con el velo corrido y el vestido manchado. ¡Lástima!
CRÓNICAS VIENEREOPLÁSTICAS (abril de 2008)
ARCIMBOLDO Y LA FLAMANTE SENECTUD
El miércoles decidí que no iba a perderme la exposición de Arcimboldo en el Kunsthistorisches Museum local. De modo que, en un esfuerzo titánico, me levanté pese a las pocas horas de sueño a las que se sumaba un portentoso yetlag de 300 minutos y enfilé pa’l centro de rompedor, como dice el tango. Porsuertemente, me tocó un día peronista de 22 grados Celso y un sol de lo más amable. El KHH es enorme, un edificio realmente espléndido que, monumento a María Teresa interpósito, rebota contra el espejo de su gemelo, el Museo de Historial Natural en una de las plazas más hermosas del mundo. La colección permanente es de las buenas y genuinamente eclécticas, aunque no puede competir con el Louvre. Los demás museos de pro son tirando a localistas, un busquéis Rembrandts en El Prado, ni Velásquez en Gli Uffizi, ni Leonardos en el Rijk, Aquí hay una sala entera (e inmensa) dedicada exclusivamente al Tiziano, forinstans, y uno de los treintaypoquísimos Vermeers (en el que el susodicho da la espalda al amable público mientras pinta a una señorita vestida –iuguésdit- con los colores de Boca.
Pero yo andaba con la concentración gastada y no iba a malgastar neuronas en los conocidos de siempre, así que enfilé derechito a verlo al Arci. Quienes no tengáis nilamaspu del susodicho, bien podéis meteros en gúguel a ver, porque es el antepasado directo de Dalí, solo que coetáneo de Miguel Ángel, Rafael, Leonardo y todos los demás tanos que se quedaron en Italia, en tanto que Arci, por razones que se desconocen, vino a hacerse la flamante América a Viena, donde retrató a medio mundo, pero con tanto descuido que de esos cuadros no queda casi ni uno. Es que Arci andaba decididamente en otra: lo suyo eran retratos hechos de frutas, hortalizas, utensilios de cocina o aparejos campestres, cuando no rollos u hojas de papel. De suerte que los cuatro retratos alegóricos que representan las estaciones del año están compuestos de frutas y legumbres de estación, el de no sé que tinterillo… de rollos y hojas de papel. Metido en estas cosas, terminó inventando la naturaleza muerta, aunque no tanto, porque las cinco natiurmor, como diría la SuFís, exhibidas lo son a medias o, mejor dicho, patas para arriba: si se las invierte, pasan a ser retratos (cual puede corroborar el viandante más escéptico merced a que las han colocado sobre un inmenso espejo. Lo más extraordinario es que, amén del grotesco (aunque no todos estos protocollages lo son), el parecido con las víctimas es extraordinario. Meteos, sin más, carissimi, a verificar esta maravilla.
Ah, pero, y la flamante senectud, qué? Pues resulta que cuando voy a comprar la entrada el tipo me demanda, Are you a sinior citizen?, a lo que replico, Well, I guess; I’m sixty-two, Then you are! Y me dio un billete con descuento. Todavía no he logrado decidir si alegrarme por los dos euros cincuenta que me ahorré o mandarlo retrospectivamente a la reputísima madre que lo remil parió.
BRUCKNER Y LOS PÁRVULOS
Hoy, gentileza de mi ex secretaria Heide que debió satisfacer compromisos contraídos con posterioridad, fui –de parado, eso sí- al Musiksverein a escuchar a la Filarmónica local dirigida por Riccardo Muti. El concierto era a las once de la madrugada, de modo que hube de alzarme a las nueve de la ídem para dir de Heide a recoger la entrada y llegar al MV antes de que dejaran entrar a la gilada, así me conseguía un buen puesto apoyadito en la baranda y con plena visión de la orquesta. Lo logré a medias. Llegué con tiempo, pero como estoy acostumbrado a apoltronarme en la platea, me equivoqué de puerta y cuando finalmente me apersoné en el recinto posterior donde se hacinan los menesterosos, la baranda estaba copada. Así y todo, logré ponerme en segunda fila, detrás de una peticita providencial. Mientras aguardaba que nos abrieran la jaula, me sorprendió que, en medio de la melómana turbamulta, se apelmazaran unos veinte críos poco mayores que Xóchitl los menos grandecitos y algo menores que Valeria los más, acompañados de, calculo, un profe. No bien nos dejaron entrar, los pendejitos subieron las escaleras como propulsados por sendos cohetes en el orto y, como dice el tango, no los vi más. No es la primera vez que me veo rodeado de infantes en conciertos, pero este tenía un programa decididamente poco infantil: la Segunda Sinfonía de mi compatriota Bruckner (toda la hora que dura ella), precedida, como para entrar en calor, por el Concierto para Viola de Bartok. Un poco como si quisiera yo darle de almorzar a Valeria foie gras trufado al aceto balsámico y después patas de rana a la provenzal. Es que este país es así. Es otra la organización social, otro el respeto por el otro, otra la conciencia de que el espacio es, por consiguiente, también mío, y no voy a hacer en la plaza, o el andén, o la calle, o la vereda lo que no haría en mi living o en mi dormitorio. Yo querría que Valeria y Xóchitl crecieran, viviesen y me dieran nietos en un país así, solo que no quiero cambiar de país sino cambiar mi país.
La especie de explanada donde la gilada escucha todo el concierto de pie como si el programa estuviera íntegramente dedicado al Himno Nacional tiene puertas laterales, unos tres o cuatro metros de fondo por el ancho de la sala y termina en la pared del fondo y, como adelantaba, en una baranda que separa a los pobres de la gente como uno, bien que uno haya debido misturarse con la gente como ellos. La gente llega, cuelga cualquier cosa del lugar de la baranda que quiere ocupar (un saco, un pañuelo, un programa abierto en la mitad, una cinta) y se va a tomar un feca. A nadie se le va a ocurrir colarse (ni mucho menos afanarse hasta la cinta). Otra tanda (los que han llegado tarde y dormido poco) reservan de igual modo su sitial contra la pared, donde, tras el feca, vuelven a sentarse y dormitar. A nadie se le ocurre colarse. Entre la multitud, gran cantidad de orientales no uruguayos, todos con partitura al frente y estuche de violín o flauta a la espalda. Es que estos países son así: los mejores instrumentistas jóvenes salen, en gran medida, de Corea, Japón y, ahora, China. Extraña –y, por una vez, bienvenida consecuencia de la globalización. Porque nosotros descendemos, al cabo, de los primos y cuñados y vecinos y acreedores o deudores de Bruckner y de Bartok, pero ellos?
A las 10:45 se acomodan las maderas y los contrabajos (incluidos sus ejecutantes), a las 11:55 salen las cuerdas y los cuerdistas y, a la voz de aura! Dentramos todos a aplaudir. A las 11:00 en punto el violista y el Ric. A Muti lo quieren mucho (es, con Abbado y Maazel, el director seguramente más popular aquí) y resuena la ovación. Cortita. Porque el Ric hace una reverencia con gesto como de, Sí, ya sé, muchas gracias, alza la batuta y el violista se pone a tocar solo un rato hasta que la orquesta se apiola que la cosa es también con ella y empieza a acompañarlo. El Concierto para Viola es póstumo. Bartok lo fue escribiendo al mismo tiempo que el Tercero para Piano, pero se murió antes de terminarlos. Yo no soy gran bartokiano. Me gustó. Pero eso es todo. Endijpuej vino el antrac, como volvería a terciar la SuFís, y entonces salieron un montón de músicos que se ve que habían llegado tarde para la primera parte y el proscenio se llenó de contrabajos y cornos y trombones y eso. A mí Bruckner me gusta más que Bartok, pero menos que casi todos sus contemporáneos: muuuuuuuuuucho ruido y pocas nueces, aunque tiene momentos gloriosos (con el adagio de la Séptima entre las obras más grandiosas de toda la música). Pero la Segunda es una obra demasiado quiero y no puedo. Aun así fue bueno recordarla (quién sabe cuántos años que no ponía el disco) y en una versión tan favorecedora.
La ovación final fue frenética, pero a mí me doblegaba Morfeo, así que aplaudí pro forma y me las piqué, sol arriba y Ring abajo, para casa. Me pregunto qué habrá sido del parvulario.
sergio
El miércoles decidí que no iba a perderme la exposición de Arcimboldo en el Kunsthistorisches Museum local. De modo que, en un esfuerzo titánico, me levanté pese a las pocas horas de sueño a las que se sumaba un portentoso yetlag de 300 minutos y enfilé pa’l centro de rompedor, como dice el tango. Porsuertemente, me tocó un día peronista de 22 grados Celso y un sol de lo más amable. El KHH es enorme, un edificio realmente espléndido que, monumento a María Teresa interpósito, rebota contra el espejo de su gemelo, el Museo de Historial Natural en una de las plazas más hermosas del mundo. La colección permanente es de las buenas y genuinamente eclécticas, aunque no puede competir con el Louvre. Los demás museos de pro son tirando a localistas, un busquéis Rembrandts en El Prado, ni Velásquez en Gli Uffizi, ni Leonardos en el Rijk, Aquí hay una sala entera (e inmensa) dedicada exclusivamente al Tiziano, forinstans, y uno de los treintaypoquísimos Vermeers (en el que el susodicho da la espalda al amable público mientras pinta a una señorita vestida –iuguésdit- con los colores de Boca.
Pero yo andaba con la concentración gastada y no iba a malgastar neuronas en los conocidos de siempre, así que enfilé derechito a verlo al Arci. Quienes no tengáis nilamaspu del susodicho, bien podéis meteros en gúguel a ver, porque es el antepasado directo de Dalí, solo que coetáneo de Miguel Ángel, Rafael, Leonardo y todos los demás tanos que se quedaron en Italia, en tanto que Arci, por razones que se desconocen, vino a hacerse la flamante América a Viena, donde retrató a medio mundo, pero con tanto descuido que de esos cuadros no queda casi ni uno. Es que Arci andaba decididamente en otra: lo suyo eran retratos hechos de frutas, hortalizas, utensilios de cocina o aparejos campestres, cuando no rollos u hojas de papel. De suerte que los cuatro retratos alegóricos que representan las estaciones del año están compuestos de frutas y legumbres de estación, el de no sé que tinterillo… de rollos y hojas de papel. Metido en estas cosas, terminó inventando la naturaleza muerta, aunque no tanto, porque las cinco natiurmor, como diría la SuFís, exhibidas lo son a medias o, mejor dicho, patas para arriba: si se las invierte, pasan a ser retratos (cual puede corroborar el viandante más escéptico merced a que las han colocado sobre un inmenso espejo. Lo más extraordinario es que, amén del grotesco (aunque no todos estos protocollages lo son), el parecido con las víctimas es extraordinario. Meteos, sin más, carissimi, a verificar esta maravilla.
Ah, pero, y la flamante senectud, qué? Pues resulta que cuando voy a comprar la entrada el tipo me demanda, Are you a sinior citizen?, a lo que replico, Well, I guess; I’m sixty-two, Then you are! Y me dio un billete con descuento. Todavía no he logrado decidir si alegrarme por los dos euros cincuenta que me ahorré o mandarlo retrospectivamente a la reputísima madre que lo remil parió.
BRUCKNER Y LOS PÁRVULOS
Hoy, gentileza de mi ex secretaria Heide que debió satisfacer compromisos contraídos con posterioridad, fui –de parado, eso sí- al Musiksverein a escuchar a la Filarmónica local dirigida por Riccardo Muti. El concierto era a las once de la madrugada, de modo que hube de alzarme a las nueve de la ídem para dir de Heide a recoger la entrada y llegar al MV antes de que dejaran entrar a la gilada, así me conseguía un buen puesto apoyadito en la baranda y con plena visión de la orquesta. Lo logré a medias. Llegué con tiempo, pero como estoy acostumbrado a apoltronarme en la platea, me equivoqué de puerta y cuando finalmente me apersoné en el recinto posterior donde se hacinan los menesterosos, la baranda estaba copada. Así y todo, logré ponerme en segunda fila, detrás de una peticita providencial. Mientras aguardaba que nos abrieran la jaula, me sorprendió que, en medio de la melómana turbamulta, se apelmazaran unos veinte críos poco mayores que Xóchitl los menos grandecitos y algo menores que Valeria los más, acompañados de, calculo, un profe. No bien nos dejaron entrar, los pendejitos subieron las escaleras como propulsados por sendos cohetes en el orto y, como dice el tango, no los vi más. No es la primera vez que me veo rodeado de infantes en conciertos, pero este tenía un programa decididamente poco infantil: la Segunda Sinfonía de mi compatriota Bruckner (toda la hora que dura ella), precedida, como para entrar en calor, por el Concierto para Viola de Bartok. Un poco como si quisiera yo darle de almorzar a Valeria foie gras trufado al aceto balsámico y después patas de rana a la provenzal. Es que este país es así. Es otra la organización social, otro el respeto por el otro, otra la conciencia de que el espacio es, por consiguiente, también mío, y no voy a hacer en la plaza, o el andén, o la calle, o la vereda lo que no haría en mi living o en mi dormitorio. Yo querría que Valeria y Xóchitl crecieran, viviesen y me dieran nietos en un país así, solo que no quiero cambiar de país sino cambiar mi país.
La especie de explanada donde la gilada escucha todo el concierto de pie como si el programa estuviera íntegramente dedicado al Himno Nacional tiene puertas laterales, unos tres o cuatro metros de fondo por el ancho de la sala y termina en la pared del fondo y, como adelantaba, en una baranda que separa a los pobres de la gente como uno, bien que uno haya debido misturarse con la gente como ellos. La gente llega, cuelga cualquier cosa del lugar de la baranda que quiere ocupar (un saco, un pañuelo, un programa abierto en la mitad, una cinta) y se va a tomar un feca. A nadie se le va a ocurrir colarse (ni mucho menos afanarse hasta la cinta). Otra tanda (los que han llegado tarde y dormido poco) reservan de igual modo su sitial contra la pared, donde, tras el feca, vuelven a sentarse y dormitar. A nadie se le ocurre colarse. Entre la multitud, gran cantidad de orientales no uruguayos, todos con partitura al frente y estuche de violín o flauta a la espalda. Es que estos países son así: los mejores instrumentistas jóvenes salen, en gran medida, de Corea, Japón y, ahora, China. Extraña –y, por una vez, bienvenida consecuencia de la globalización. Porque nosotros descendemos, al cabo, de los primos y cuñados y vecinos y acreedores o deudores de Bruckner y de Bartok, pero ellos?
A las 10:45 se acomodan las maderas y los contrabajos (incluidos sus ejecutantes), a las 11:55 salen las cuerdas y los cuerdistas y, a la voz de aura! Dentramos todos a aplaudir. A las 11:00 en punto el violista y el Ric. A Muti lo quieren mucho (es, con Abbado y Maazel, el director seguramente más popular aquí) y resuena la ovación. Cortita. Porque el Ric hace una reverencia con gesto como de, Sí, ya sé, muchas gracias, alza la batuta y el violista se pone a tocar solo un rato hasta que la orquesta se apiola que la cosa es también con ella y empieza a acompañarlo. El Concierto para Viola es póstumo. Bartok lo fue escribiendo al mismo tiempo que el Tercero para Piano, pero se murió antes de terminarlos. Yo no soy gran bartokiano. Me gustó. Pero eso es todo. Endijpuej vino el antrac, como volvería a terciar la SuFís, y entonces salieron un montón de músicos que se ve que habían llegado tarde para la primera parte y el proscenio se llenó de contrabajos y cornos y trombones y eso. A mí Bruckner me gusta más que Bartok, pero menos que casi todos sus contemporáneos: muuuuuuuuuucho ruido y pocas nueces, aunque tiene momentos gloriosos (con el adagio de la Séptima entre las obras más grandiosas de toda la música). Pero la Segunda es una obra demasiado quiero y no puedo. Aun así fue bueno recordarla (quién sabe cuántos años que no ponía el disco) y en una versión tan favorecedora.
La ovación final fue frenética, pero a mí me doblegaba Morfeo, así que aplaudí pro forma y me las piqué, sol arriba y Ring abajo, para casa. Me pregunto qué habrá sido del parvulario.
sergio
CRÓNICAS TIROLÍTICAS (junio de 2008)
27 de junio
El avión va renunciando a su altura entre montañas que semejan un rebaño de inmensos búfalos dormidos al calor de un sol que impera absoluto desde el cielo sin mácula. Alguno tiene la testuz apenas blanca. Los lomos grises van verdeciendo hasta confundirse con el valle de perfectas cuadrículas surcadas de izquierda a derecha por la azul serpentina del río. Allí se desliza la prolija lombriz de un tren. Más acá se escabulle la rauda relumbre de un coche. Las casas parecen porotos sobre un gigantesco tablero de lotería. No puede ser sino domingo y lo es. Los búfalos se agigantan, las cuadrículas cobran inesperado relieve. Aparecen nuevos colores. El paisaje hasta hace instantes casi inmóvil nos va dejando atrás cada vez más vertiginosamente. Ahora son árboles los que parecen escapar a nuestro paso. Un golpe casi imperceptible y la película va tornándose más y más lenta. Ahora es una postal de chalets de madera prohijados por la montaña omnipresente, interminable, silenciosa. Hemos llegado a Innsbruck.
Paro en el Leipziger Hoff, del otro lado del puente que lleva o trae trenes que apenas susurran, límpidos, puntuales, perfectos. El hotel da sobre un parque. El hotel es de mendaz fábrica barroca y todo madera por dentro. Rescato una pipa y el tabaco, dejo mi valijita y la computadora, y pongo rumbo al centro. Hasta el puente no hay mucho que mirar. La zona aledaña a la estación, se conoce, ha sido devastada por las bombas. Son todos edificios modernosos, que la montaña humaniza de lejos. Pero a los cien o doscientos metros estalla el barroco imperial tan de este Imperio. La ciudad ha sido medieval, claro, pero salvo el trazado caprichoso y la estrechez de las calles, los únicos resabios preimperiales son las ojivas góticas de las recovas. Ahora caigo que de Berna a Innsbruck (acaso también Linz, pero no lo recuerdo) las ciudades vienen con recova obligatoria. Hacia el Atlántico y hacia los Urales van haciéndose optativas: Viena no tiene, Varsovia tampoco, tampoco Ginebra. Las casas son completamente verticales, casi como en Ámsterdam. En Viena, en cambio, no. Y muchas se me hacen de juguete. Hay una, sobre todo, frente a la torre del Ayuntamiento, que parece la de la bruja de Hansel y Gretel. Cunden los colores vivos, nunca demasiado distantes del pastel, pero. El Inn sesga las cosas y relega a la otra orilla un flojo remedo de ciudad que sube por la cuesta como impaciente por desaparecer.
La ciudad vieja esta atiborrada de turistas y de las banderas de los contendientes para la copa de fútbol. Abundan, no termino de decidir si por suerte o por desdicha los ruidosos cardúmenes de hinchas disfrazados. Ceno a la deliciosa intemperie:
Un plato de pasta y un vaso de vino…
Todo lo demás lo elija el Destino.
Mi vaso de vino, mi plato de pasta…
Es verano en Innsbruck. Con esto me basta.
Alguienita, Valeria y Xóchitl son mis montañas. Ellas me vigilan, circundan y protegen de lejos. Y aquí estoy, entonces, en Innsbruck, con sus montañas y las mías.
Yo he pasado por esta ciudad dos veces al año cada año durante casi quince años, de ida o de vuelta de Ginebra. No había venido desde agosto de 2005 y es un poco como volver a vivir.
La región es la Conferencia Regional Europea de la FAO. Un bodrio. Pero la gente es simpática y las oficiales de sala hermosas. Ah, señores, cómo habría yo procurado hacer méritos entonces para merecer una deferencia horizontal! Y ahora me entretengo mostrando fotos de mis tres hembritas… Quién me ha visto y quién me ve!
El martes hemos tenido recepción en el castillo de Ambrass, donde el Archiduque Ferdinando fundó el diz que primer museo de Europa, con los chiches que se hacía mandar por sus parientes, que el hombre era primo y sobrino y cuñado y tío de los reyes de Portugal, Inglaterra, España, Polonia, Suecia y Paraguay. Salimos de la ciudad, atravesamos la carretera que tantas veces he transitado, entramos a trepar Alpes arriba y desembocamos en el espléndido complejo. Nos aguarda una guardia de cazadores tiroleses, con sus pantaloncitos y sus sombreros con pluma. Los que no tienen escopeta tienen, en cambio, trompetas o cornos. Los preside un viejo (bueno, acaso un par de pirulos más antiguo que yo), que luce una barba que avergonzaría al propio Valle Inclán. Alguien me dice, Shhhh! Es que, sin darme cuenta, me he puesto a canturrear a viva voz el coro del Cazador Furtivo de Weber. No es para menos, desde luego; pero en fin. Tras la barbacana, unas muchachas todas de tirolesa nos sirven sekt. Luego pasamos al salón español. Un recinto enorme, de techo artesonado que es un primor, donde –surprise!- hay una plataforma con atriles donde –surprise!- se sienta un trío de cuerdas y una oboísta que –surprise!- entran a tocar el cuarteto K 370 de Mozart. Después habla el Gobernador del Tirol. Explica que la oboísta es la fundadora y directora del conjunto de música antigua del Castillo, que su marido es un actor muy conocido, de apellido Moretti , allí presente, que ambos son hijos de agricultores de la zona, que sus familias siguen trabajando la tierra con sus propias manos, sin empleados… Luego nos invita a volver al jardín, donde las tirolesas nos van a hacer probar montañas de especialidades regionales: quesos, embutidos, tartas, tortas, pasteles, vinos... pero antes –surprise!- vuelve el trío de cuerdas y –surprise!- toca un trío de –surprise!- Haydn. Nunca me he sentido más en Austria! Nunca me he sentido más en Europa! Me ufano de ser argentino hasta la médula y porteño hasta el caracú, que viene a ser lo mismo, pero siento un orgullo inmenso de que este pueblo me haya aceptado como conciudadano. Es que los austríacos somos así, qué se le va a hacer! Lástima que entonces rompió a llover y no paró hasta el jueves.
A mediados de la semana, la reunión se pone interesante. Hay preocupación generalizada por el dislate de distraer recursos alimentarios para producir biocombustibles. Todos están de acuerdo. Pero me temo que de cualquier forma iremos a cantarle a Gardel.
Ayer, aprovechando que las nubes habían dejado de piquetear, volví a subir, como diez años después, a la torre del Ayuntamiento. Y hoy, cuando el sol levantó finalmente su lockout lo hice otra vez. Qué maravilla! Es como ver Praga desde su torre, solo que en miniatura, y sitiado por la montaña. Otra cosa que hice, ahora que soy miembro de un foro de ferromodelistas, fue ir a sacar fotos a la estación. Qué vergüenza y qué pena, cumpas, ver los andenes impolutos, con macetones de flores cada veinte metros, la abundancia de trenes de corta, media y larga distancia relucientes… Ah nuestro pobre país y sus pobres trenes derruidos y malbaratados! En fin…
La reunión terminó a las seis de la tarde. Besé no sin cierta nostalgia a todas las chicas y me fui con los colegas a tomar una cerveza. Estaba entre ir a la ópera a ver Tosca, o a una iglesia donde daban un concierto de música medieval francesa o a una iglesia donde tocaban el Elías de Mendelssohn (y esta ciudad no ha de ser mucho más grande que Tandil!), pero me dio fiaca. Ellos se fueron a cenar juntos. Yo preferí, como tantas veces en estos trances, la sosegada compañía de mis cavilaciones. Volví al hotel, me di una ducha, me puse –por fin!- los shorts, y me fui por última vez (quién sabe si no por vez postrera!) al centro. Elegí un restorancito al que le había echado el ojo hace un par de días, único en su breve cuadra, mesas sobre los adoquines, camareras rubias y serviciales, y me mandé un risotto ai fingí genuinamente épico. Así se me hicieron las once de la noche. Mañana a las cinco de la madrugada pasa el taxi a llevarme al aeropuerto. Supe desde que llegué que hoy no podría ni querría dormir. Llamé a Alguienita, hablé con Valeria y le hablé a Xóchtil. Revisé mi correo. Y entonces, como siempre, me puse a escribir estas pamplinas.
El avión va renunciando a su altura entre montañas que semejan un rebaño de inmensos búfalos dormidos al calor de un sol que impera absoluto desde el cielo sin mácula. Alguno tiene la testuz apenas blanca. Los lomos grises van verdeciendo hasta confundirse con el valle de perfectas cuadrículas surcadas de izquierda a derecha por la azul serpentina del río. Allí se desliza la prolija lombriz de un tren. Más acá se escabulle la rauda relumbre de un coche. Las casas parecen porotos sobre un gigantesco tablero de lotería. No puede ser sino domingo y lo es. Los búfalos se agigantan, las cuadrículas cobran inesperado relieve. Aparecen nuevos colores. El paisaje hasta hace instantes casi inmóvil nos va dejando atrás cada vez más vertiginosamente. Ahora son árboles los que parecen escapar a nuestro paso. Un golpe casi imperceptible y la película va tornándose más y más lenta. Ahora es una postal de chalets de madera prohijados por la montaña omnipresente, interminable, silenciosa. Hemos llegado a Innsbruck.
Paro en el Leipziger Hoff, del otro lado del puente que lleva o trae trenes que apenas susurran, límpidos, puntuales, perfectos. El hotel da sobre un parque. El hotel es de mendaz fábrica barroca y todo madera por dentro. Rescato una pipa y el tabaco, dejo mi valijita y la computadora, y pongo rumbo al centro. Hasta el puente no hay mucho que mirar. La zona aledaña a la estación, se conoce, ha sido devastada por las bombas. Son todos edificios modernosos, que la montaña humaniza de lejos. Pero a los cien o doscientos metros estalla el barroco imperial tan de este Imperio. La ciudad ha sido medieval, claro, pero salvo el trazado caprichoso y la estrechez de las calles, los únicos resabios preimperiales son las ojivas góticas de las recovas. Ahora caigo que de Berna a Innsbruck (acaso también Linz, pero no lo recuerdo) las ciudades vienen con recova obligatoria. Hacia el Atlántico y hacia los Urales van haciéndose optativas: Viena no tiene, Varsovia tampoco, tampoco Ginebra. Las casas son completamente verticales, casi como en Ámsterdam. En Viena, en cambio, no. Y muchas se me hacen de juguete. Hay una, sobre todo, frente a la torre del Ayuntamiento, que parece la de la bruja de Hansel y Gretel. Cunden los colores vivos, nunca demasiado distantes del pastel, pero. El Inn sesga las cosas y relega a la otra orilla un flojo remedo de ciudad que sube por la cuesta como impaciente por desaparecer.
La ciudad vieja esta atiborrada de turistas y de las banderas de los contendientes para la copa de fútbol. Abundan, no termino de decidir si por suerte o por desdicha los ruidosos cardúmenes de hinchas disfrazados. Ceno a la deliciosa intemperie:
Un plato de pasta y un vaso de vino…
Todo lo demás lo elija el Destino.
Mi vaso de vino, mi plato de pasta…
Es verano en Innsbruck. Con esto me basta.
Alguienita, Valeria y Xóchitl son mis montañas. Ellas me vigilan, circundan y protegen de lejos. Y aquí estoy, entonces, en Innsbruck, con sus montañas y las mías.
Yo he pasado por esta ciudad dos veces al año cada año durante casi quince años, de ida o de vuelta de Ginebra. No había venido desde agosto de 2005 y es un poco como volver a vivir.
La región es la Conferencia Regional Europea de la FAO. Un bodrio. Pero la gente es simpática y las oficiales de sala hermosas. Ah, señores, cómo habría yo procurado hacer méritos entonces para merecer una deferencia horizontal! Y ahora me entretengo mostrando fotos de mis tres hembritas… Quién me ha visto y quién me ve!
El martes hemos tenido recepción en el castillo de Ambrass, donde el Archiduque Ferdinando fundó el diz que primer museo de Europa, con los chiches que se hacía mandar por sus parientes, que el hombre era primo y sobrino y cuñado y tío de los reyes de Portugal, Inglaterra, España, Polonia, Suecia y Paraguay. Salimos de la ciudad, atravesamos la carretera que tantas veces he transitado, entramos a trepar Alpes arriba y desembocamos en el espléndido complejo. Nos aguarda una guardia de cazadores tiroleses, con sus pantaloncitos y sus sombreros con pluma. Los que no tienen escopeta tienen, en cambio, trompetas o cornos. Los preside un viejo (bueno, acaso un par de pirulos más antiguo que yo), que luce una barba que avergonzaría al propio Valle Inclán. Alguien me dice, Shhhh! Es que, sin darme cuenta, me he puesto a canturrear a viva voz el coro del Cazador Furtivo de Weber. No es para menos, desde luego; pero en fin. Tras la barbacana, unas muchachas todas de tirolesa nos sirven sekt. Luego pasamos al salón español. Un recinto enorme, de techo artesonado que es un primor, donde –surprise!- hay una plataforma con atriles donde –surprise!- se sienta un trío de cuerdas y una oboísta que –surprise!- entran a tocar el cuarteto K 370 de Mozart. Después habla el Gobernador del Tirol. Explica que la oboísta es la fundadora y directora del conjunto de música antigua del Castillo, que su marido es un actor muy conocido, de apellido Moretti , allí presente, que ambos son hijos de agricultores de la zona, que sus familias siguen trabajando la tierra con sus propias manos, sin empleados… Luego nos invita a volver al jardín, donde las tirolesas nos van a hacer probar montañas de especialidades regionales: quesos, embutidos, tartas, tortas, pasteles, vinos... pero antes –surprise!- vuelve el trío de cuerdas y –surprise!- toca un trío de –surprise!- Haydn. Nunca me he sentido más en Austria! Nunca me he sentido más en Europa! Me ufano de ser argentino hasta la médula y porteño hasta el caracú, que viene a ser lo mismo, pero siento un orgullo inmenso de que este pueblo me haya aceptado como conciudadano. Es que los austríacos somos así, qué se le va a hacer! Lástima que entonces rompió a llover y no paró hasta el jueves.
A mediados de la semana, la reunión se pone interesante. Hay preocupación generalizada por el dislate de distraer recursos alimentarios para producir biocombustibles. Todos están de acuerdo. Pero me temo que de cualquier forma iremos a cantarle a Gardel.
Ayer, aprovechando que las nubes habían dejado de piquetear, volví a subir, como diez años después, a la torre del Ayuntamiento. Y hoy, cuando el sol levantó finalmente su lockout lo hice otra vez. Qué maravilla! Es como ver Praga desde su torre, solo que en miniatura, y sitiado por la montaña. Otra cosa que hice, ahora que soy miembro de un foro de ferromodelistas, fue ir a sacar fotos a la estación. Qué vergüenza y qué pena, cumpas, ver los andenes impolutos, con macetones de flores cada veinte metros, la abundancia de trenes de corta, media y larga distancia relucientes… Ah nuestro pobre país y sus pobres trenes derruidos y malbaratados! En fin…
La reunión terminó a las seis de la tarde. Besé no sin cierta nostalgia a todas las chicas y me fui con los colegas a tomar una cerveza. Estaba entre ir a la ópera a ver Tosca, o a una iglesia donde daban un concierto de música medieval francesa o a una iglesia donde tocaban el Elías de Mendelssohn (y esta ciudad no ha de ser mucho más grande que Tandil!), pero me dio fiaca. Ellos se fueron a cenar juntos. Yo preferí, como tantas veces en estos trances, la sosegada compañía de mis cavilaciones. Volví al hotel, me di una ducha, me puse –por fin!- los shorts, y me fui por última vez (quién sabe si no por vez postrera!) al centro. Elegí un restorancito al que le había echado el ojo hace un par de días, único en su breve cuadra, mesas sobre los adoquines, camareras rubias y serviciales, y me mandé un risotto ai fingí genuinamente épico. Así se me hicieron las once de la noche. Mañana a las cinco de la madrugada pasa el taxi a llevarme al aeropuerto. Supe desde que llegué que hoy no podría ni querría dormir. Llamé a Alguienita, hablé con Valeria y le hablé a Xóchtil. Revisé mi correo. Y entonces, como siempre, me puse a escribir estas pamplinas.
CRÓNICAS CRACOVIÉTICAS (OCTUBRE DE 2006)
Como el año pasado a estas alturas, ando por Varsovia, trabajando por cuenta de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa. Para cuando salí de Viena, el verano se había dado definitivamente por vencido, y tras una resistencia heroica periclitaba su calidez y abandonaba el cielo. Llegué a Varsovia el domingo 2, escoltado por una llovizna gris que apagaba todo conato de color. Así fue hasta el viernes. Por la tarde el cielo y el sol habían vuelto a amigarse y los colores agradecían variopintos la nueva oportunidad de lucirse.
Aprovechando que el otoño parecía dispuesto a deponer su adustez al menos por un par de días, decidí que este fin de semana iba a intentar suerte existencial en Cracovia. A las ocho de la madrugada me ponía en marcha, justo al mismo momento que el tren. El paisaje es agradable, pero monótono: casitas impecables en medio de impecable verde, arbolitos de juguete, alguna carretera que seguramente viene de alguna parte y a alguna parte va, cielo sin maldad, pero ni una colina que haga ondular la mirada. Dos horas más tarde sí el relieve comienza a desencajarse apenas, con curvas suaves de niña en los arrabales de la pubertad. Aquí lo que pronto será un seno. Allá el proyecto del otro. Más cerca, el vientre que se desaplana casi imperceptiblemente.
Y llego a Cracovia. He reservado por Internet un hotel por menos de cincuenta euros, pero queda in culo mundis. O sea, como a lo que después resultan seis dilatados kilómetros del centro. He decidido ver Cracovia hoy, porque mañana no sé si podré mirarla con los ojos tan diáfanos. No bien arribo, arreglo, entonces, la excursión para mañana y averiguo como ir pa’l centro de rompedor, al decir del tango, pero sin pagar taxi. Me tocan cuatro o cinco paradas de autobús hasta la terminal del tranvía y de ahí otros quince minutos sobre rieles. Así atravieso el Vístula que, como el Ebro en Soria, describe su amplio arco de ballesta (salud, viejo Antonio Machado!) y llego al Wabel (con la “l” atravesada por un diacrítico artero), que es la plaza del castillo de varios reyes de Polonia, que Cracovia fue capital durante unos cuantos siglos. Al llegar, veo al partir el double-decker turístico y me lo tomo.
Cracovia es una típica ciudad austrohúngara. El muro de otrora ha sido, como en Viena, sustituido por una barbacana de jardines y una avenida que describe su aguda elipsis de Vístula a Vístula en torno de la ciudad vieja… como en Viena. Caigo en la cuenta de que hay en Europa dos ejes que se intersectan mas o menos en Zurich. De los Alpes arriba, Europa abandona la cada vez mas remota romanidad. Y al oriente del del cuadrante meridiano que une Helsinki con Milán se va telarañando de tranvías. Estamos a inicios del cuadrante eslavo. Acaso dos horas sinuosas de tren Tatras traviesa llegaría nuevamente a Zvolen.
Cracovia se parece mucho a Praga que se parece a Ljubljana que se parece a Buda que se parece a Zagreb que se parece a Linz que se parece a Viena. Empieza en el Castillo Real, una mole mucho más amable de lo que sus orígenes góticos permitirían esperar. Subo para mirarla por fuera y para mirar de arriba la placida ceja del Vístula. Por la explanada que me lleva y me va a traer luego, tocan sus violines, sus citaras y sus clarinetes unos viejitos disfrazados de gauchos jaguelonicos.
Al pie del castillo, dos callejuelas se sueltan momentáneamente la mano y se apartan si acaso cien metros para desembocar, amigadas nuevamente, en la plaza central, de las mayores de su tipo en Europa, con 4.000 metros cuadrados donde se vendían y compraban las cosas de vivir en torno del vetusto edificio del mercado de paños. Quien haya estado en la Plaza Jan Hus de Praga no tiene más que barajar los edificios y poner uno, alargado, en el medio. En un ángulo, eso si, hay una iglesita románica que lleva así mil años ahí, sin hacer nada. Y, al lado, la torre huérfana del que fue el ayuntamiento. A la redonda, claro, cafés, bares, restoranes y negocios de baratijas turísticas. Cada hora, como desde hace tres o cinco o siete siglos, una trompeta perfora el aire.
Hace, por fin, un día peronista y hacia el mediodía me saco la ultima epidermis de mi cebolla sartorial. Va a durar poco. A partir de las tres tendré que volvérmela a poner capa a capa.
Me subo a una especie de carrito de golfista eléctrico –eléctrico el carrito, que no el golfista- en el que coincido con una gallega de Galicia, poeta, escritora, periodista y presentadora de TV que anda de gira con un grupo de hermanos de musa. Se llama Yolanda Castaño y parece que es muy conocida en Vigo, Pontevedra y su zona de influencia. Damos vuelas a la ciudad vieja y bajamos Vístula por medio, a Kazimierz, el barrio de Casimiro, que, no obstante laburar de rey, se enamoro de una judía y se caso con ella. Kazimierz es lo que fue el barrio judío, cuando tres y medio de los once millones de judíos desparramados por Europa se concentraban en Polonia. El barrio tiene casi una decena de sinagogas, una de ellas inusitadamente renacentista. Todas menos una destruidas por los nazis (la que se salvó, lo hizo disfrazada de almacén de no se qué tipo de mercancías). El barrio concurre por diferentes callejas a un placita central, remedo modesto de la de más arriba, típica, como siempre, del Imperio, durante mucho tiempo desatendida y hoy, Lista de Schindler gratias, devuelta a la vida, sobre todo gastronomita. Kazmierz se va sacando perezosamente las lagañas de seis lustros de abandono de sus habitantes originales, impecunio de sus sucesores y grisáceo desden de las autoridades municipales del socialismo “real”. Las escenas más conmovedoras de las redadas nazis fueron filmadas, precisamente, en las callejas y en la plaza de Kzimierz.
En 1940, el barrio fue minuciosamente evacuado y su población desplazada calles abajo a lo que se transformo en el gueto, en cuyo medio funcionaba la celebre fábrica de Schindler.. La fabrica puede visitarse, pero es una carcasa vacía con algunas placas. Diz que la van a convertir en museo. La zona se parece a una Avellaneda sin Riachuelo, pero el turismo ya se está encargando de hacer ver su potencial crematístico.
La gente es amable, las muchachas increíblemente bellas, casi todas rubias sin concesiones, de ojos menos avellanados que las rusas (que aquí los tártaros apenas pasaron en 1241 de ida triunfal a Olomouc, de donde regresaron con el rabo entre las piernas, a quedarse en Rusia y perpetuarse en los ojos de sus mujeres).
De regreso del paseo –qué bueno que lo he hecho hoy, en vez de mañana- me doy una vuelta por la parte exterior de la ciudad vieja. Busco el tramo que subsiste de la muralla coronada de tejas a dos aguas protegiendo a los arqueros, con la Puerta de San Florián supérstite y las tres atalayas que han escapado a los Hausmann del lugar. Me imagino la ciudad ceñía por su corsé de almenas y de torres. Tal vez por el resto de muralla tan perfecto, me es tan fácil imaginarme la Cracovia medieval que su contemporánea Viena. A mí se me hace cuento que el Ring es heredero del foso y del muro. He visto fotos, por no les creo.
Como a las 21:00 desciendo hacia Wabel, seguro de que el Demiurgo se habrá encargado de sembrar al menos un restaurante italiano antes del Vístula. Doy, claro, con uno que queda sumido al fondo de un patio, con mesas al aire libre protegidas de la ahora casi lluvia por unos inmensos toldos. Sin que me percatara, el cielo se ha venido encapotando. Se me ocurre que es porque mañana es mañana. Me devoro una mozzarela caprese y unos spaghetti al pomodoro e basílico sabrosos, pero algo pasaditos, y, sin saber, tomo a las 22:15 el penúltimo tranvía que me arroja a los brazos del penúltimo ómnibus.
Desde la habitación llamo a Alguienita para que me ponga al día con el desarrollo de la panza y me voy a dormir pensando cómo va a ser mañana.
Mañana fue ayer. El cielo amaneció otra vez indulgente. La camioneta viene a recogerme puntualmente a las nueve. Pasamos por dos hoteles mas a buscar a cuatro ingleses y dos belgas, damos media vuelta por la placita de la Kazimirska, cruzamos el Vístula, y encaramos una carretera de dos manos, tan parecida a las que se desgranan de Buenos Aires, que serpea entre chalets cada vez mas espaciados. El relieve se casi tan imperceptible como la respiración de un niño dormido. Al cabo de cómo una hora llegamos a un rió bordeado de sauces y alerces. A la izquierda, aparece un muro gris que cede la testuz a cinco o seis hileras de alambre de púa. Detrás, una serie de edificios de belleza espartana: ladrillo rojizo, techo de tejas, ventanas con cuadriculadas… Parece un collage inglés, o acaso un gigantesco monasterio. De pronto, una torre de madera, perfecta, cuadrangular, de techo de tejas a cuatro aguas y ventanas también cuadriculadas.
Llegamos a la esquina, damos la vuelta y estacionamos en medio de una cuantiosa chatarra: portentosos autocares para turistas, camionetas como la nuestra, coches de todos los tamaños. Ahí se nos presenta Katja, que nos explica que todavía no tiene el certificado oficial de guía y que por eso nos acompaña una colega suya, que no habla inglés, pero que viene de refuerzo enciclopédico. Katia nos cuenta como una gallina a sus polluelos, nos pregunta de dónde venimos y nos pide que la sigamos. Pasamos por un portón de rejas sin pretensiones. Encima, forjadas en el hierro, tres palabras “Arbeit macht frei” (El trabajo nos hace libres”, traduzco yo). Estamos en Oswiecim o, como lo bautizaron los alemanes, Asuchwitz.
Este es el campo original, que aprovechaba una base militar polaca. Salvo tres, las barracas eran de un piso. Los senderos interiores están bordeados de alerces enhiestos y generosamente verdes. Un college espartano, como les digo. Pulcro, simétrico, de austera belleza. El campo se crea en abril de 1940 para descongestionar las cárceles que se iban atiborrando de prisioneros de la ocupación. Los primeros son 728 soldados polacos traídos de Tarnow. Llegan a un recinto en el que hay 20 edificios, 14 de ellos de una planta. La primera tarea de los primeros prisioneros es agregarles el piso superior. Pronto se les sumaran unos 12.000 prisioneros de guerra soviéticos. Los prisioneros construyen otras veinte barracas igual de pulcras y dignas de ver. Hacia 1942, los reclusos son ya 20.000. Los judíos, los gitanos, los antisociales, los homosexuales no llegaran hasta bastante después. En 1941 Himmler visita el lugar y decide que es perfecto para la solución final: sito cerca de la zona industrial de Silesia, en plena encrucijada ferroviaria de norte a sur y de este a oeste. Y entonces empiezan a llegar los convoyes de Oslo, de Lyon, de Roma, de Atenas, de Kiev o de Riga. Fijarse en el mapa, cumpas: un círculo casi perfecto. Los polacos han llegado en vagones de pasajeros. Serán los últimos. Los demás, ya sabemos. De Oslo o de Atenas el viaje de entre 2.000 y 2.400 kilómetros duraba hasta diez días. A los griegos les cobraron el pasaje. Ah, y a ellos y a los húngaros también les vendieron parcelas para que luego les fuera más sencillo instalarse en la tierra prometida. Porque eso les prometieron: tierra y la oportunidad de iniciar una nueva vida. Con ese cuento (parcial, si lo pensamos bien) engañaron a muchos, lo que explica que las familias se esmeraran en traer consigo los objetos de más valor. Ingenioso, vero?
Al poco tiempo quedó claro que el campo original no daba abasto, de modo que seis kilómetros rió arriba se construyo la ampliación de Birkenau (Auschwitz II) y luego la de Monowice (Auschwitz III), de la cual no quedan ni las ruinas.
Los datos –hasta donde se han podido establecer, porque la mayor parte de los judíos no llegaba a ser registrada, pues pasaba directamente a las cámaras de gas- hablan de un millón y medio de muertos, la mayoría gasificados, pero muchos ajusticiados o asesinados a golpes o simplemente victimas de la inanición, las enfermedades y el trabajo feroz. De ellos, un millón cien mil judíos. Detrás, muy detrás, en orden descendiente, soviéticos, gitanos y polacos. Entre estos, unos cuantos criminales comunes, que fueron utilizados fundamentalmente como Kapos, o sea, como policía interna. Cuentan los sobrevivientes que los Kapos –algunos de ellos judíos- eran mucho más crueles que los propios verdugos.
Un médico de la SS plantado entre las vías, iba indicando con el pulgar hacia la izquierda o la derecha. Los que se veía que no iban a poder trabajar, directamente a las cámaras, los otros a ver cuanto duraban. Todos los ancianos y la enorme mayoría de los niños fueron asesinados el mismo día que llegaron. Se estima que entre el 75% y el 80% de los que bajaban vivos de los trenes (los más débiles no sobrevivían el vía crucis) era gasificado en el acto. Solo eran inscritos los que podían trabajar… apenas 400.000.
No les voy a contar del trabajo tremendo en los eriales o en la mina de carbón o en la IG Farben situada, causalmente, en medio de Auschwitz III (bueno, no tan casualmente: en realidad construyeron el campo alrededor de la fábrica). Pero parece que aun así, como en la Argentina ahora, no había trabajo para todos. De modo que los desocupados se la pasaban cavando hoyos para volverlos a tapar luego, o pasando interminablemente piedras de un sitio a otro y viceversa. Por la mañana salían marchando a paso vivo, animados por una orquesta de músicos profesionales o semiprofesionales, prisioneros también, que los despedían con marchitas alegres. Doce horas después, volvían a desfilar, ya deshechos de cansancio, llevando, además, los muertos del día, porque el recuento era estricto, y, como fuera, tenía que volver a pasare el mismo número que había salido. Si no, los faltantes se daban por fugados y por cada fuga eran ajusticiados diez reclusos. Era un medio eficaz de impedir travesuras: quienquiera creyese que podría salirse con la suya, sabia que diez de sus camaradas lo pagarían con sus vidas. Aun así hubo varios intentos fructuosos. Cuatro que trabajaban en la intendencia y tenían acceso a uniformes se disfrazaron de oficiales alemanes y partieron tan campantes en un cómodo Mercedes, que abandonaron a los 60 kilómetros con una nota: “Gracias por habernos facilitado este coche. Ya no lo necesitamos.” Claro, el ingenio costó cuarenta vidas. En otra ocasión, un polaco que también trabajaba en la intendencia, se hizo pasar por oficial y se llevó a la judía de la cual se había enamorado so pretexto de interrogarla. Al salir, se separaron y se dieron cita en cierto lugar a cierta hora. Uno u otra no llegó y ambos se creyeron muertos. Volvieron a encontrarse cuarenta años después.
Tampoco les voy a contar de las celdas de castigo donde o hacinaban a los prisioneros de modo tal que murieran de asfixia o los dejaban morir de hambre. Eso yo lo sabia. Pero me entere de esta novedad: celdas de 90 centímetros por 90 centímetros y un metro ochenta de alto, en las que se penetraba por una apertura a nivel del suelo que yo, con mis 80 kilos no podría salvar, y donde cuatro prisioneros no tenían mas remedio que permanecer de pie DESPUES de la jornada de doce horas de trabajo, para pasar la noche y volver a trabajar al día siguiente. Muchos morían así, de pie, como los árboles (salud, viejo Alejandro Casona) entre sus compañeros.
Para los que tenemos problemas de obesidad, la dieta cotidiana era de entre 1.300 y 1.700 calorías (más o menos como la del Dr. Ravenna, de modo que no sé de qué se quejarían… claro que si, además, había que trabajar doce horas…). Medio litro de “café” bebido por la mañana, otro tanto de una sopa de verduras y, con suerte, carne podridas al mediodía, y 25 gramos de margarina y 300 de pan negro para cenar. El ingrediente más abundante del pan, dicho sea de paso, era aserrín.
En Birkenau queda una de las dos barracas que servían de letrina. Una larga lápida de cemento con cincuenta hoyos por lado. No eran pocos los prisioneros que se ofrecían a integrar el Scheisskommando, o escuadrón de la mierda. Se explica: terminaban hediendo tanto que los SS ni se les acercaban.
Las barracas de Birkenau, decía, eran de madera. Originalmente, se trataba de establos para 52 caballos. Llegaron a “abrigar” hasta 700 y mil personas por vez.
Tampoco voy a detenerme en los experimentos del Dr. Joseph Mengele, el “Ángel de la muerte”, que luego no tuvo más remedio que venirse para estos pagos. Aunque vale tal vez la pena apuntar sus dos cometidos principales: ver de mejorar genéticamente la raza aria y de liquidar, también genéticamente, a los judíos y a los eslavos.
Hay, como es de imaginar, cantidad de fotos. Casi todas sacadas por los alemanes, pero varias por los prisioneros que trabajaban en el laboratorio. Hay asimismo cantidad de dibujos, hechos por los propios reclusos, con la intención consciente de que sirvieran para la posteridad: azotainas, interrogatorios, cadáveres amontonados, torturas, ejecuciones. Katia nos muestra un enorme panel con las fotos oficiales -sacadas rigurosamente de frente y de ambos perfiles para debida constancia administrativa- de cien o doscientos prisioneros (recordemos que fueron fotografiados tres veces unos 400.000… lo que habrá costado tanta prolijidad!). Casi todos miran con ojos vacíos, no les queda ni el asombro. Son pocos, muy pocos, los que conservan un mínimo de dignidad. Entre ellas una muchacha de unos veinte años. “Es la hermana de mi abuelo, narra Katia. La Gestapo la aprendió cuando regresaba de distribuir panfletos de la resistencia. Como ya no los tenía encima, no le pudieron probar nada y, en vez de fusilarla, la mandaron aquí. Menos mal, porque entonces también habrían asesinado a toda la familia y yo no estaría entre ustedes. Mi abuelo quiso sobornar a un oficial alemán para obtener su libertad. El oficial, tras meterse el dinero en el bolsillo, le dijo que si seguía importunándolo, lo mandaba a Auschwitz con toda su familia”. (No, si nuestros milicos no inventaron nada… hasta la picana la heredaron del hijo de Leopoldo Lugones, que se entretenía electrocutando gatos para perfeccionarla). Entre las demás fotografías, hay una que muestra un grupo de unas quince niñas detrás de la alambrada. Entre ellas, una única mujer como de cuarenta o cuarenta y cinco años… tiene doce!
Cuando los soviéticos liberan el campo, encuentran a unos 350 purretes de menos de quince años. Les preguntan sus nombres. Los chicos, desconcertados, se limitan a mostrar los números que llevan tatuados. Esa es la única identidad que les queda.
Ah! Detrás de los últimos barracones del Auschwitz I, en lo que vendría a ser la casa del Rector del college, vivía Rudolf Hoss, el director del campo, con su mujer y sus cinco hijos. El jardín lo cuidaban, como es natural, los reclusos. En Nuremberg, doña Hoss afirmó que no tenia ni idea de lo que ocurría detrás de la cerca. Es que los alemanes eran así, querían a su Alemania, y Ud.? Y, desde luego, eran derechos y humanos. Quién puede culparlos, vero?
Aparte de las celdas de castigo y de un barracón vivienda, visitamos otro donde hay parte de lo que los soviéticos, que liberaron el campo en enero de 1945, encontraron entre los escombros humeantes de Birkenau y Monowice (los alemanes quisieron borrar todos los rastros y trataron de quemar los almacenes con todo lo que no podían llevarse). Un cuarto lleno de quincalla, sobre todo latón: bacinicas, fuentes, teteras, jarros, jofainas… montañas y montañas. Otro de lentes. Otro de zapatos (45.000 pares que no llegaron a calzar a la población civil alemana, que era la beneficiaria de todo lo que dejaban los muertos que no fuera de valor). Otro de ropa. Mucha ropita de bebe, por cierto. Otro de prótesis. Y una enorme vitrina como de lana: dos toneladas y media de cabello humano, muy usado por la industria textil y por los fabricantes de colchones al oeste del Oder.
Luego pasamos por la primera de las cinco cámaras de gas (la única que queda y que está, además, reconstruida). Y las latas de Zyklon B. Con unos cinco kilos y medio se podía dar cuenta de 1,500 personas. En Auschwitz se consumieron 25 toneladas en pocos meses. Interrumpo estas líneas para buscar en Google. “Bienvenidos a Degesch Chile”, me sonríe la segunda entrada (la primera me acoge amablemente en Degesch America, Inc.), “Cerca del 20% de las cosechas se pierden por culpa de las plagas. Nuestro principal negocio es el control de plagas agroindustriales para la protección de los alimentos y salud de las personas”. La firma, se conoce, no ha cambiado de ramo. Es la que producía el Zyklon B. Katia nos cuenta que el comercio con Auschwitz le rindió la pingüe suma de 300.000 marcos de entonces: una verdadera fortuna. Dense una vuelta por esa pagina, cumpas, pero no escupan la pantalla que no sirve de nada.
Por cierto, la administrativa costumbre de tatuar el número en el brazo (a los judíos), la pierna (a los menores) o el pecho (a los políticos) se introduce en 1943 y solo en Auschwitz (todos los días se aprende algo nuevo!
Pasamos dos horas visitando ese Louvre de la muerte. Le pregunté a Katja si los árboles habían sido plantados después. No. El campo está tal cual de bello. Solo la miseria humana desdecía de la arquitectura y el paisaje.
Después nos llevaron a Birkenau. Entramos por la parte de atrás, donde está el monumento con sus enormes placas en 23 idiomas. La primera está en castellano torcido:
“En este lugar los nazis exsterminaron a un miyon i medio de ombres, mujeres i kriaturas la mayoria dellos djudios”. De las barracas, estas de madera, solo quedan las chimeneas. Cerca de la entrada se han salvado algunas. Son las que todos hemos visto, con los camastros de tres niveles.
No me da el cuero para seguir, cumpas. A la salida, Katia nos dice: “Ahora ustedes van a volver a su casa, a su trabajo, a su familia. Pero piensen en los cientos de miles que tuvieron que pasar aquí los últimos días, o meses, o años de su vida”. Y yo pensé, por mi cuenta, en la indiferente mansedumbre de los árboles, en el rió que fluía con toda placidez sin detenerse frente al horror. En los chalets que ahora bordean Birkenau (quién puede cómo despertarse cada día y ver esa memoria del horror?). Pensé en los que lo niegan o hacen como si el pasado ya estuviera pisado: la Guerras Púnicas, las Cruzadas, la Guerra Civil Española, los procesos de Moscú, el nazismo, el GULAG, la ESMA, en fin… todo eso que alguna vez pasó y que está en los libros que nuestros hijos leerán por obligación. Pensé en los Aliados que –explicó Katia a los que no estaban enterados- sabían perfectamente lo que pasaba y lo permitieron sin mosquearse. Pienso en esos millones de inocentes asesinados de manera tan salvaje. Pero pensé, sobre todo, en los que no fueron inocentes, en los que, contra toda desesperanza, comprendieron que ese mundo de mierda tenia que cambiar y que era más digno morir tratando que resignarse. Y pensé en lo que me dijo mi viejo, que visitó este sitio allá por 1956, en compañía de otros catorce médicos argentinos, entre ellos dos comunistas más, Rulo Dratman, que se quedó en la Argentina y sigue siendo bolche a los sobrados noventa años (mi viejo murió de 95 sin haber aflojado jamás el puño), y José Itzigsohn, que supo ver las cosas con mayor lucidez y ahora vive en Israel, y a quien van dedicadas, con todo cariño y admiración, estas crónicas: “Yo pude salir de ahí con la conciencia tranquila, porque yo he luchado toda mi vida contra eso”.
Donde esté cada uno, cumpas, pongámonos todos de pie diez segundos en homenaje a los que murieron sin saber y a los que murieron a sabiendas, con la frente en alto y el puño cerrado. NUNCA MAS!
Aprovechando que el otoño parecía dispuesto a deponer su adustez al menos por un par de días, decidí que este fin de semana iba a intentar suerte existencial en Cracovia. A las ocho de la madrugada me ponía en marcha, justo al mismo momento que el tren. El paisaje es agradable, pero monótono: casitas impecables en medio de impecable verde, arbolitos de juguete, alguna carretera que seguramente viene de alguna parte y a alguna parte va, cielo sin maldad, pero ni una colina que haga ondular la mirada. Dos horas más tarde sí el relieve comienza a desencajarse apenas, con curvas suaves de niña en los arrabales de la pubertad. Aquí lo que pronto será un seno. Allá el proyecto del otro. Más cerca, el vientre que se desaplana casi imperceptiblemente.
Y llego a Cracovia. He reservado por Internet un hotel por menos de cincuenta euros, pero queda in culo mundis. O sea, como a lo que después resultan seis dilatados kilómetros del centro. He decidido ver Cracovia hoy, porque mañana no sé si podré mirarla con los ojos tan diáfanos. No bien arribo, arreglo, entonces, la excursión para mañana y averiguo como ir pa’l centro de rompedor, al decir del tango, pero sin pagar taxi. Me tocan cuatro o cinco paradas de autobús hasta la terminal del tranvía y de ahí otros quince minutos sobre rieles. Así atravieso el Vístula que, como el Ebro en Soria, describe su amplio arco de ballesta (salud, viejo Antonio Machado!) y llego al Wabel (con la “l” atravesada por un diacrítico artero), que es la plaza del castillo de varios reyes de Polonia, que Cracovia fue capital durante unos cuantos siglos. Al llegar, veo al partir el double-decker turístico y me lo tomo.
Cracovia es una típica ciudad austrohúngara. El muro de otrora ha sido, como en Viena, sustituido por una barbacana de jardines y una avenida que describe su aguda elipsis de Vístula a Vístula en torno de la ciudad vieja… como en Viena. Caigo en la cuenta de que hay en Europa dos ejes que se intersectan mas o menos en Zurich. De los Alpes arriba, Europa abandona la cada vez mas remota romanidad. Y al oriente del del cuadrante meridiano que une Helsinki con Milán se va telarañando de tranvías. Estamos a inicios del cuadrante eslavo. Acaso dos horas sinuosas de tren Tatras traviesa llegaría nuevamente a Zvolen.
Cracovia se parece mucho a Praga que se parece a Ljubljana que se parece a Buda que se parece a Zagreb que se parece a Linz que se parece a Viena. Empieza en el Castillo Real, una mole mucho más amable de lo que sus orígenes góticos permitirían esperar. Subo para mirarla por fuera y para mirar de arriba la placida ceja del Vístula. Por la explanada que me lleva y me va a traer luego, tocan sus violines, sus citaras y sus clarinetes unos viejitos disfrazados de gauchos jaguelonicos.
Al pie del castillo, dos callejuelas se sueltan momentáneamente la mano y se apartan si acaso cien metros para desembocar, amigadas nuevamente, en la plaza central, de las mayores de su tipo en Europa, con 4.000 metros cuadrados donde se vendían y compraban las cosas de vivir en torno del vetusto edificio del mercado de paños. Quien haya estado en la Plaza Jan Hus de Praga no tiene más que barajar los edificios y poner uno, alargado, en el medio. En un ángulo, eso si, hay una iglesita románica que lleva así mil años ahí, sin hacer nada. Y, al lado, la torre huérfana del que fue el ayuntamiento. A la redonda, claro, cafés, bares, restoranes y negocios de baratijas turísticas. Cada hora, como desde hace tres o cinco o siete siglos, una trompeta perfora el aire.
Hace, por fin, un día peronista y hacia el mediodía me saco la ultima epidermis de mi cebolla sartorial. Va a durar poco. A partir de las tres tendré que volvérmela a poner capa a capa.
Me subo a una especie de carrito de golfista eléctrico –eléctrico el carrito, que no el golfista- en el que coincido con una gallega de Galicia, poeta, escritora, periodista y presentadora de TV que anda de gira con un grupo de hermanos de musa. Se llama Yolanda Castaño y parece que es muy conocida en Vigo, Pontevedra y su zona de influencia. Damos vuelas a la ciudad vieja y bajamos Vístula por medio, a Kazimierz, el barrio de Casimiro, que, no obstante laburar de rey, se enamoro de una judía y se caso con ella. Kazimierz es lo que fue el barrio judío, cuando tres y medio de los once millones de judíos desparramados por Europa se concentraban en Polonia. El barrio tiene casi una decena de sinagogas, una de ellas inusitadamente renacentista. Todas menos una destruidas por los nazis (la que se salvó, lo hizo disfrazada de almacén de no se qué tipo de mercancías). El barrio concurre por diferentes callejas a un placita central, remedo modesto de la de más arriba, típica, como siempre, del Imperio, durante mucho tiempo desatendida y hoy, Lista de Schindler gratias, devuelta a la vida, sobre todo gastronomita. Kazmierz se va sacando perezosamente las lagañas de seis lustros de abandono de sus habitantes originales, impecunio de sus sucesores y grisáceo desden de las autoridades municipales del socialismo “real”. Las escenas más conmovedoras de las redadas nazis fueron filmadas, precisamente, en las callejas y en la plaza de Kzimierz.
En 1940, el barrio fue minuciosamente evacuado y su población desplazada calles abajo a lo que se transformo en el gueto, en cuyo medio funcionaba la celebre fábrica de Schindler.. La fabrica puede visitarse, pero es una carcasa vacía con algunas placas. Diz que la van a convertir en museo. La zona se parece a una Avellaneda sin Riachuelo, pero el turismo ya se está encargando de hacer ver su potencial crematístico.
La gente es amable, las muchachas increíblemente bellas, casi todas rubias sin concesiones, de ojos menos avellanados que las rusas (que aquí los tártaros apenas pasaron en 1241 de ida triunfal a Olomouc, de donde regresaron con el rabo entre las piernas, a quedarse en Rusia y perpetuarse en los ojos de sus mujeres).
De regreso del paseo –qué bueno que lo he hecho hoy, en vez de mañana- me doy una vuelta por la parte exterior de la ciudad vieja. Busco el tramo que subsiste de la muralla coronada de tejas a dos aguas protegiendo a los arqueros, con la Puerta de San Florián supérstite y las tres atalayas que han escapado a los Hausmann del lugar. Me imagino la ciudad ceñía por su corsé de almenas y de torres. Tal vez por el resto de muralla tan perfecto, me es tan fácil imaginarme la Cracovia medieval que su contemporánea Viena. A mí se me hace cuento que el Ring es heredero del foso y del muro. He visto fotos, por no les creo.
Como a las 21:00 desciendo hacia Wabel, seguro de que el Demiurgo se habrá encargado de sembrar al menos un restaurante italiano antes del Vístula. Doy, claro, con uno que queda sumido al fondo de un patio, con mesas al aire libre protegidas de la ahora casi lluvia por unos inmensos toldos. Sin que me percatara, el cielo se ha venido encapotando. Se me ocurre que es porque mañana es mañana. Me devoro una mozzarela caprese y unos spaghetti al pomodoro e basílico sabrosos, pero algo pasaditos, y, sin saber, tomo a las 22:15 el penúltimo tranvía que me arroja a los brazos del penúltimo ómnibus.
Desde la habitación llamo a Alguienita para que me ponga al día con el desarrollo de la panza y me voy a dormir pensando cómo va a ser mañana.
Mañana fue ayer. El cielo amaneció otra vez indulgente. La camioneta viene a recogerme puntualmente a las nueve. Pasamos por dos hoteles mas a buscar a cuatro ingleses y dos belgas, damos media vuelta por la placita de la Kazimirska, cruzamos el Vístula, y encaramos una carretera de dos manos, tan parecida a las que se desgranan de Buenos Aires, que serpea entre chalets cada vez mas espaciados. El relieve se casi tan imperceptible como la respiración de un niño dormido. Al cabo de cómo una hora llegamos a un rió bordeado de sauces y alerces. A la izquierda, aparece un muro gris que cede la testuz a cinco o seis hileras de alambre de púa. Detrás, una serie de edificios de belleza espartana: ladrillo rojizo, techo de tejas, ventanas con cuadriculadas… Parece un collage inglés, o acaso un gigantesco monasterio. De pronto, una torre de madera, perfecta, cuadrangular, de techo de tejas a cuatro aguas y ventanas también cuadriculadas.
Llegamos a la esquina, damos la vuelta y estacionamos en medio de una cuantiosa chatarra: portentosos autocares para turistas, camionetas como la nuestra, coches de todos los tamaños. Ahí se nos presenta Katja, que nos explica que todavía no tiene el certificado oficial de guía y que por eso nos acompaña una colega suya, que no habla inglés, pero que viene de refuerzo enciclopédico. Katia nos cuenta como una gallina a sus polluelos, nos pregunta de dónde venimos y nos pide que la sigamos. Pasamos por un portón de rejas sin pretensiones. Encima, forjadas en el hierro, tres palabras “Arbeit macht frei” (El trabajo nos hace libres”, traduzco yo). Estamos en Oswiecim o, como lo bautizaron los alemanes, Asuchwitz.
Este es el campo original, que aprovechaba una base militar polaca. Salvo tres, las barracas eran de un piso. Los senderos interiores están bordeados de alerces enhiestos y generosamente verdes. Un college espartano, como les digo. Pulcro, simétrico, de austera belleza. El campo se crea en abril de 1940 para descongestionar las cárceles que se iban atiborrando de prisioneros de la ocupación. Los primeros son 728 soldados polacos traídos de Tarnow. Llegan a un recinto en el que hay 20 edificios, 14 de ellos de una planta. La primera tarea de los primeros prisioneros es agregarles el piso superior. Pronto se les sumaran unos 12.000 prisioneros de guerra soviéticos. Los prisioneros construyen otras veinte barracas igual de pulcras y dignas de ver. Hacia 1942, los reclusos son ya 20.000. Los judíos, los gitanos, los antisociales, los homosexuales no llegaran hasta bastante después. En 1941 Himmler visita el lugar y decide que es perfecto para la solución final: sito cerca de la zona industrial de Silesia, en plena encrucijada ferroviaria de norte a sur y de este a oeste. Y entonces empiezan a llegar los convoyes de Oslo, de Lyon, de Roma, de Atenas, de Kiev o de Riga. Fijarse en el mapa, cumpas: un círculo casi perfecto. Los polacos han llegado en vagones de pasajeros. Serán los últimos. Los demás, ya sabemos. De Oslo o de Atenas el viaje de entre 2.000 y 2.400 kilómetros duraba hasta diez días. A los griegos les cobraron el pasaje. Ah, y a ellos y a los húngaros también les vendieron parcelas para que luego les fuera más sencillo instalarse en la tierra prometida. Porque eso les prometieron: tierra y la oportunidad de iniciar una nueva vida. Con ese cuento (parcial, si lo pensamos bien) engañaron a muchos, lo que explica que las familias se esmeraran en traer consigo los objetos de más valor. Ingenioso, vero?
Al poco tiempo quedó claro que el campo original no daba abasto, de modo que seis kilómetros rió arriba se construyo la ampliación de Birkenau (Auschwitz II) y luego la de Monowice (Auschwitz III), de la cual no quedan ni las ruinas.
Los datos –hasta donde se han podido establecer, porque la mayor parte de los judíos no llegaba a ser registrada, pues pasaba directamente a las cámaras de gas- hablan de un millón y medio de muertos, la mayoría gasificados, pero muchos ajusticiados o asesinados a golpes o simplemente victimas de la inanición, las enfermedades y el trabajo feroz. De ellos, un millón cien mil judíos. Detrás, muy detrás, en orden descendiente, soviéticos, gitanos y polacos. Entre estos, unos cuantos criminales comunes, que fueron utilizados fundamentalmente como Kapos, o sea, como policía interna. Cuentan los sobrevivientes que los Kapos –algunos de ellos judíos- eran mucho más crueles que los propios verdugos.
Un médico de la SS plantado entre las vías, iba indicando con el pulgar hacia la izquierda o la derecha. Los que se veía que no iban a poder trabajar, directamente a las cámaras, los otros a ver cuanto duraban. Todos los ancianos y la enorme mayoría de los niños fueron asesinados el mismo día que llegaron. Se estima que entre el 75% y el 80% de los que bajaban vivos de los trenes (los más débiles no sobrevivían el vía crucis) era gasificado en el acto. Solo eran inscritos los que podían trabajar… apenas 400.000.
No les voy a contar del trabajo tremendo en los eriales o en la mina de carbón o en la IG Farben situada, causalmente, en medio de Auschwitz III (bueno, no tan casualmente: en realidad construyeron el campo alrededor de la fábrica). Pero parece que aun así, como en la Argentina ahora, no había trabajo para todos. De modo que los desocupados se la pasaban cavando hoyos para volverlos a tapar luego, o pasando interminablemente piedras de un sitio a otro y viceversa. Por la mañana salían marchando a paso vivo, animados por una orquesta de músicos profesionales o semiprofesionales, prisioneros también, que los despedían con marchitas alegres. Doce horas después, volvían a desfilar, ya deshechos de cansancio, llevando, además, los muertos del día, porque el recuento era estricto, y, como fuera, tenía que volver a pasare el mismo número que había salido. Si no, los faltantes se daban por fugados y por cada fuga eran ajusticiados diez reclusos. Era un medio eficaz de impedir travesuras: quienquiera creyese que podría salirse con la suya, sabia que diez de sus camaradas lo pagarían con sus vidas. Aun así hubo varios intentos fructuosos. Cuatro que trabajaban en la intendencia y tenían acceso a uniformes se disfrazaron de oficiales alemanes y partieron tan campantes en un cómodo Mercedes, que abandonaron a los 60 kilómetros con una nota: “Gracias por habernos facilitado este coche. Ya no lo necesitamos.” Claro, el ingenio costó cuarenta vidas. En otra ocasión, un polaco que también trabajaba en la intendencia, se hizo pasar por oficial y se llevó a la judía de la cual se había enamorado so pretexto de interrogarla. Al salir, se separaron y se dieron cita en cierto lugar a cierta hora. Uno u otra no llegó y ambos se creyeron muertos. Volvieron a encontrarse cuarenta años después.
Tampoco les voy a contar de las celdas de castigo donde o hacinaban a los prisioneros de modo tal que murieran de asfixia o los dejaban morir de hambre. Eso yo lo sabia. Pero me entere de esta novedad: celdas de 90 centímetros por 90 centímetros y un metro ochenta de alto, en las que se penetraba por una apertura a nivel del suelo que yo, con mis 80 kilos no podría salvar, y donde cuatro prisioneros no tenían mas remedio que permanecer de pie DESPUES de la jornada de doce horas de trabajo, para pasar la noche y volver a trabajar al día siguiente. Muchos morían así, de pie, como los árboles (salud, viejo Alejandro Casona) entre sus compañeros.
Para los que tenemos problemas de obesidad, la dieta cotidiana era de entre 1.300 y 1.700 calorías (más o menos como la del Dr. Ravenna, de modo que no sé de qué se quejarían… claro que si, además, había que trabajar doce horas…). Medio litro de “café” bebido por la mañana, otro tanto de una sopa de verduras y, con suerte, carne podridas al mediodía, y 25 gramos de margarina y 300 de pan negro para cenar. El ingrediente más abundante del pan, dicho sea de paso, era aserrín.
En Birkenau queda una de las dos barracas que servían de letrina. Una larga lápida de cemento con cincuenta hoyos por lado. No eran pocos los prisioneros que se ofrecían a integrar el Scheisskommando, o escuadrón de la mierda. Se explica: terminaban hediendo tanto que los SS ni se les acercaban.
Las barracas de Birkenau, decía, eran de madera. Originalmente, se trataba de establos para 52 caballos. Llegaron a “abrigar” hasta 700 y mil personas por vez.
Tampoco voy a detenerme en los experimentos del Dr. Joseph Mengele, el “Ángel de la muerte”, que luego no tuvo más remedio que venirse para estos pagos. Aunque vale tal vez la pena apuntar sus dos cometidos principales: ver de mejorar genéticamente la raza aria y de liquidar, también genéticamente, a los judíos y a los eslavos.
Hay, como es de imaginar, cantidad de fotos. Casi todas sacadas por los alemanes, pero varias por los prisioneros que trabajaban en el laboratorio. Hay asimismo cantidad de dibujos, hechos por los propios reclusos, con la intención consciente de que sirvieran para la posteridad: azotainas, interrogatorios, cadáveres amontonados, torturas, ejecuciones. Katia nos muestra un enorme panel con las fotos oficiales -sacadas rigurosamente de frente y de ambos perfiles para debida constancia administrativa- de cien o doscientos prisioneros (recordemos que fueron fotografiados tres veces unos 400.000… lo que habrá costado tanta prolijidad!). Casi todos miran con ojos vacíos, no les queda ni el asombro. Son pocos, muy pocos, los que conservan un mínimo de dignidad. Entre ellas una muchacha de unos veinte años. “Es la hermana de mi abuelo, narra Katia. La Gestapo la aprendió cuando regresaba de distribuir panfletos de la resistencia. Como ya no los tenía encima, no le pudieron probar nada y, en vez de fusilarla, la mandaron aquí. Menos mal, porque entonces también habrían asesinado a toda la familia y yo no estaría entre ustedes. Mi abuelo quiso sobornar a un oficial alemán para obtener su libertad. El oficial, tras meterse el dinero en el bolsillo, le dijo que si seguía importunándolo, lo mandaba a Auschwitz con toda su familia”. (No, si nuestros milicos no inventaron nada… hasta la picana la heredaron del hijo de Leopoldo Lugones, que se entretenía electrocutando gatos para perfeccionarla). Entre las demás fotografías, hay una que muestra un grupo de unas quince niñas detrás de la alambrada. Entre ellas, una única mujer como de cuarenta o cuarenta y cinco años… tiene doce!
Cuando los soviéticos liberan el campo, encuentran a unos 350 purretes de menos de quince años. Les preguntan sus nombres. Los chicos, desconcertados, se limitan a mostrar los números que llevan tatuados. Esa es la única identidad que les queda.
Ah! Detrás de los últimos barracones del Auschwitz I, en lo que vendría a ser la casa del Rector del college, vivía Rudolf Hoss, el director del campo, con su mujer y sus cinco hijos. El jardín lo cuidaban, como es natural, los reclusos. En Nuremberg, doña Hoss afirmó que no tenia ni idea de lo que ocurría detrás de la cerca. Es que los alemanes eran así, querían a su Alemania, y Ud.? Y, desde luego, eran derechos y humanos. Quién puede culparlos, vero?
Aparte de las celdas de castigo y de un barracón vivienda, visitamos otro donde hay parte de lo que los soviéticos, que liberaron el campo en enero de 1945, encontraron entre los escombros humeantes de Birkenau y Monowice (los alemanes quisieron borrar todos los rastros y trataron de quemar los almacenes con todo lo que no podían llevarse). Un cuarto lleno de quincalla, sobre todo latón: bacinicas, fuentes, teteras, jarros, jofainas… montañas y montañas. Otro de lentes. Otro de zapatos (45.000 pares que no llegaron a calzar a la población civil alemana, que era la beneficiaria de todo lo que dejaban los muertos que no fuera de valor). Otro de ropa. Mucha ropita de bebe, por cierto. Otro de prótesis. Y una enorme vitrina como de lana: dos toneladas y media de cabello humano, muy usado por la industria textil y por los fabricantes de colchones al oeste del Oder.
Luego pasamos por la primera de las cinco cámaras de gas (la única que queda y que está, además, reconstruida). Y las latas de Zyklon B. Con unos cinco kilos y medio se podía dar cuenta de 1,500 personas. En Auschwitz se consumieron 25 toneladas en pocos meses. Interrumpo estas líneas para buscar en Google. “Bienvenidos a Degesch Chile”, me sonríe la segunda entrada (la primera me acoge amablemente en Degesch America, Inc.), “Cerca del 20% de las cosechas se pierden por culpa de las plagas. Nuestro principal negocio es el control de plagas agroindustriales para la protección de los alimentos y salud de las personas”. La firma, se conoce, no ha cambiado de ramo. Es la que producía el Zyklon B. Katia nos cuenta que el comercio con Auschwitz le rindió la pingüe suma de 300.000 marcos de entonces: una verdadera fortuna. Dense una vuelta por esa pagina, cumpas, pero no escupan la pantalla que no sirve de nada.
Por cierto, la administrativa costumbre de tatuar el número en el brazo (a los judíos), la pierna (a los menores) o el pecho (a los políticos) se introduce en 1943 y solo en Auschwitz (todos los días se aprende algo nuevo!
Pasamos dos horas visitando ese Louvre de la muerte. Le pregunté a Katja si los árboles habían sido plantados después. No. El campo está tal cual de bello. Solo la miseria humana desdecía de la arquitectura y el paisaje.
Después nos llevaron a Birkenau. Entramos por la parte de atrás, donde está el monumento con sus enormes placas en 23 idiomas. La primera está en castellano torcido:
“En este lugar los nazis exsterminaron a un miyon i medio de ombres, mujeres i kriaturas la mayoria dellos djudios”. De las barracas, estas de madera, solo quedan las chimeneas. Cerca de la entrada se han salvado algunas. Son las que todos hemos visto, con los camastros de tres niveles.
No me da el cuero para seguir, cumpas. A la salida, Katia nos dice: “Ahora ustedes van a volver a su casa, a su trabajo, a su familia. Pero piensen en los cientos de miles que tuvieron que pasar aquí los últimos días, o meses, o años de su vida”. Y yo pensé, por mi cuenta, en la indiferente mansedumbre de los árboles, en el rió que fluía con toda placidez sin detenerse frente al horror. En los chalets que ahora bordean Birkenau (quién puede cómo despertarse cada día y ver esa memoria del horror?). Pensé en los que lo niegan o hacen como si el pasado ya estuviera pisado: la Guerras Púnicas, las Cruzadas, la Guerra Civil Española, los procesos de Moscú, el nazismo, el GULAG, la ESMA, en fin… todo eso que alguna vez pasó y que está en los libros que nuestros hijos leerán por obligación. Pensé en los Aliados que –explicó Katia a los que no estaban enterados- sabían perfectamente lo que pasaba y lo permitieron sin mosquearse. Pienso en esos millones de inocentes asesinados de manera tan salvaje. Pero pensé, sobre todo, en los que no fueron inocentes, en los que, contra toda desesperanza, comprendieron que ese mundo de mierda tenia que cambiar y que era más digno morir tratando que resignarse. Y pensé en lo que me dijo mi viejo, que visitó este sitio allá por 1956, en compañía de otros catorce médicos argentinos, entre ellos dos comunistas más, Rulo Dratman, que se quedó en la Argentina y sigue siendo bolche a los sobrados noventa años (mi viejo murió de 95 sin haber aflojado jamás el puño), y José Itzigsohn, que supo ver las cosas con mayor lucidez y ahora vive en Israel, y a quien van dedicadas, con todo cariño y admiración, estas crónicas: “Yo pude salir de ahí con la conciencia tranquila, porque yo he luchado toda mi vida contra eso”.
Donde esté cada uno, cumpas, pongámonos todos de pie diez segundos en homenaje a los que murieron sin saber y a los que murieron a sabiendas, con la frente en alto y el puño cerrado. NUNCA MAS!
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