Martes 15
Al cabo de las que nos llevaron a atravesar Znojmo y Jihlava (¡tomad diligente nota, no sea que por error se os ocurra visitarlas!) y ver desfilar a nuestras veras un paisaje mohíno de lluvia y de otoño, de casas y pueblos que no terminan de reponerse de cuarenta y cinco años de socialismo “real”, llegamos alguien y yo por fin a Praga. Yo digo que la ciudad más linda del mundo (claro que me falta conocer Ulán Bator, que cuentan que es una pinturita) y a quien asevere lo contrario lo espero afuera. La autopista desemboca inexplicable (¡y fenomenalmente!) en el Museo Nacional, al tope de la Vaclavske Namesti (la cual, como su nombre lo revela tan traslúcidamente, pese a que no me salen los innumerables diacríticos, es la Plaza de Wenceslao). Es martes, son las 13 y abunda la gente por la anchurosa explanada peatonal que desciende hacia la ciudad vieja. Por todas partes se esparcen las famosas cien torres, unas áureas, mortecinas otras, otras de piedra oscura, algunas como agujas, algunas en forma de cebolla, algunas con afilado techo a cuatro aguas. Las hay seglares y eclesiásticas, almenadas y con ventanas, cubiertas de pizarra de diferentes tonos o de diversos tintes de metal. Algunas se yerguen singulares, pero muchas dejan al pie de sus espiras un entorno de torrecitas de imitación, de modo que semejan una pata en medio de sus patitos. A Praga, como a todas las demás ciudades, le fueron quedando estrechas las murallas, que vinieron siendo derribadas anillo a anillo hasta que ya no tuvo sentido militar insistir; pero muchas de las torres han quedado en pie y aparecen, entonces, de la nada y sin razón, al cabo de una calle o en medio o a horcajadas, vetustas, oscuras, imponentes, con sus ojivas malhumoradas y sus molduras severas, hermosas de tan serias y tan torvas. El hotel Harmony -es un decir- linda con la cagada, pero poco importa. Queda al expirar Na Porici (cubierta, como todo, de diacríticos), en el confín del centro y a quince minutos del más presentable (y oneroso) Hilton en que se realizará la conferencia y pa’ donde me pianto ipso pucho no sin haberme cerciorado de que alguien estuviese bien abrigadita en la camita, que ha llegado medio enfermita (vide infrita).
Se trata de una serie de reuniones de las partes del Protocolo de Montreal sobre las sustancias que agotan la capa de ozono, responsabilidad (las reuniones) de la Oficina de la ONU en Nairobi. Ocurre que mi homólogo de la susodicha me ha pedido que le saque las castañas del fuego hasta el domingo, que él se ha tenido que quedar por la reunión del Consejo de Seguridad -trasladado en pleno no sin cierto coste a la soleada capital de Kenia- en la que por fin y por suerte se pudo convenir en tratar de hacer lo posible a ver si en una de esas quién sabe se logre poner más o menos y mal que bien aunque solo sea un poco de fin a la matanza de Darfur, que ya va siendo hora después de todo. Me muestran la sala y veo que las cabinas están puestas como el orto. En vista de que ya están instaladas y no se pueden mover, hago que modifiquen la disposición del resto, de modo que los intérpretes podamos ver participantes, podio y pantalla. Ocurre, además, que los idiomas (y, por ende, las cabinas) son árabe, inglés y castellano, pero que dos de los tres intérpretes turcos tienen el retour hacia el francés, de manera que hay que agregar un canal para que los escuchemos solo los de las cabinas cristianas. ¡Menos mal que se me ocurrió llegar un día antes!
Como a las cinco regreso al hotel, despierto a alguien y me la llevo a conocer Europa (es que alguien llegó apenas el domingo, aplastada por siete horas de yetlag y en angustiantes ciernes de “gripa”, de modo que hasta el día de autos no la saqué ni a hacer pis). Enfilo derechito a la ciudad vieja, por la Ulica Dlouha (la calle larga, como es tan sencillo deducir), camino de la plaza Jan Hus (quemado que fue en el sXV por protestante y, ya que estábamos, por encabezar una revuelta campesina), junto con la Grand Place de Bruselas (o acaso sola) la más hermosa del mundo y sus alrededores, con la torre supérstite del desaparecido edificio del ayuntamiento (una de las poquísimas bombas que cayeron durante la Guerra) en la que sigue maravillando a las generaciones el excelso reloj astronómico. Hacia el sur, la iglesia de Nuestra Señora de Tyn (sXIV-XIV) se esconde, nunca sabré bien por qué, tras unos edificios que le impiden hacer acto de presencia en la plaza. Hacia el oeste, se amontona y retuerce la ciudad vieja, casi toda gótica barroquizada (que estamos, al cabo, en el Imperio Austrohúngaro, ¡qué joder!). De improviso, una plazoleta sin mayor justificación y, al fondo, metido como con calzador entre dos hileras de edificios que apenas si lo dejan respirar, los pasteles verde y blanco del Stavovoske Divadlo (o, como sin duda habréis adivinado, el Teatro de los Estados), donde, sin parar mientes en el nombre, Mozart estrenó su DonGiovanni allá por 1787. Hacia el norte, el barrio judío, con la venerable y diminuta sinagoga del sXIII, custodio del viejo cementerio, en cuyo predio se amontonan, literalmente, unas sobre otras, 200.000 tumbas (la primera de 1436, la última de 1787), la más célebre de las cuales es la del rabino Jehuda Liwa ben Bezallet, el creador del Golem, que Borges inmortaliza en una de sus mejores poesías. El Moldava acaricia el ángulo noroeste de la ciudad vieja y se marcha en línea casi recta hacia el sur. Del otro lado, tras una nutrida legión de sauces llorones, ahora esqueléticos, pero que en verano parecen estarse arrojando perpetuamente al agua, la ciudad se va colina arriba a sostener el Castillo de Praga (cuyo nombre vernáculo, Hradcany -diacrítico más, diacrítico menos-, resultará inmediatamente comprensible al lector más desavisado), inverosímil testigo de casi mil años de arquitectura: Hay las ruinas de una basílica prerrománica del sX y hay los salones del sXIX. En el medio, la incongrua Catedral de San Vito (patrono del mal homónimo), que se quedó con un muñón en el sXV y a la que le completaron la torre en el sXVIII, con lo que el edificio es gótico, pero la mitad superior de la torre es barroca... Aunque todavía no he llevado a alguien ultrarrío y es prematuro dar rienda suelta a la memoria. Mejor me espero a la visita. Cabe consignar que, subiendo Dlouha street, pasamos por un restorán de nombre “The Mad Cow”, al que, pese lo cual y a mi argentino linaje, honré con mi famélica presencia. Debo admitir que la carne (¡400 gramos de lomo, señores!) resultó de primera e impecable en su punto, amablemente acompañada por un Río de Plata de Etchart sumamente ameno. Ah, la mozzarella caprese con que fue precedida (con pesto en vez de albahaca sola)… ¡deputamadre!
Miércoles 16
Nos toma todo el día descubrir que la hondureña no ha venido y que la argentina no escucha, de modo que nos pasamos seis horas hablando al pedo. Al mediodía, me llevo a alguien a probar su primera salchicha a la Vaclavaske Namesti de Wenceslao. Luego la dejo al pie de la estatua de Carlos IV que vigila, epónimo, la entrada al puente, y regreso a laburar. Por la noche, me la conduzco a “U Fleku” (o, como es obvio, “En casa de/donde/lo de Flek sin la u”), taberna desde el sXVI pero antes convento, donde se come como el culo, pero que tiene la mejor cerveza del planeta y sus arrabales. Llego a fuer de pura nariz retrospectiva, porque la calle se supo llamar Gottwaldowa, en homenaje al primer Presidente comunista de Checoslovaquia, y parece que le cambiaron el nombre y nadie me supo decir dónde quedaba.
Joives 17
Ya enterados de que nadie escucha, hacemos lo que yo digo que a veces le toca hacer al mediador intercunilingüe, o sea, no traducir, sino que otra cosa, en la especie, las palabras cruzadas del Internacional Herald Tribune. Al mediodía alguien se quiere comer otra salchicha, de forma que otra vez pa’ la Vaclavske Namesti de Wenceslao. Aprovechamos para sacar entradas a la ópera (sábado por la mañana, El diablo y Katja, de Dvorak; jueves entrante por la noche, La novia vendida, de Smetana) y a la Linterna Mágica (mañana). Ángel de la Guarda por medio, consigo para ambas funciones de la ópera sendos pares de plateas inmejorables a razón de 18 euros cada una (que de algo tiene que servir, como en la propia Alemania oriental, un pasado en que, Gulag y demás errores marginales aparte, la cultura era casi gratis y para todos). Después, alguien se va a pasear solita y yo me regreso al Jilton. Por la noche invitamos a Eva, antigua alumna mía de mis cursos en La Habana meses antes de que a un checo no volviese a ocurrírsele nunca más visitar Cuba, a cenar a “The Mad Cow”.
La temperatura decae sensiblemente, por lo que he comprado a alguien primero un gorrito tipo pasamontañas que la hace parecerse, según el ángulo, a un gnomo o a la prima de uno de los enanitos de Blanca Nieves, unas medias de lana con dibujitos del Pato Donald porque en su medida para grandes no hay, unos guantes más abrigados tamaño casi normal para que le calcen encima de los que ya tiene y una bufanda que debe enroscarse cual si se tratara de una boa constrictor para no irla pisando a cada paso (es que alguien es, más bien, alguienita).Viernes 18
¡Y se armó la discusión!, como narra el célebre chamamé. Acontece que hoy hay dos reuniones paralelas, la de siempre y otra con cabinas inglesa y española. El jueves, con toda diligencia y comedimiento, me fui a inspeccionar la segunda sala para velar por la idónea ubicación de las cabinas. Tranquilizado, me fui a la mierda sin advertir un detalle que se hizo palmario esta mañana pocos instantes previos al inicio de la sesión: no había micrófonos. Es que, me explicaron, la sala es pequeña y se oye bien. En fin, que no sé cómo ni de dónde mierda a los quince minutos aparecieron como diez micrófonos inalámbricos y durante la pausa para manducar instalaron los dendeveras. En el ínterin dio comienzo la otra sesión, a la que asistían los representantes de diez países que tenían cuentas que rendir, entre ellos Cabo Verde, Azerbaiyán y Tadjikistán. Heles explicádoles que teníamos tres cabinas (árabe, inglesa y española) con cuatro canales (porque dos de las turcas interpretan al francés, que no al inglés), ¿se acordáis? Bueno, hete aquí que el caboverdiano entiende español pero no lo habla, ni tampoco inglés, con lo que resuelve probar suerte -es un decir- con el francés, que aunque no está previsto, todos lo sabemos. Solo que no ese francés que es un decir, así que yo me acerco y le digo que hable nomás portugués y que sea lo que Dios quiera. Por suerte habló poco, claro, lento y fácil. ¡Uf!, suspiramos y suspiraron. Pero entonces le dieron de prepo (porque no la pensaba pedir ni por putas) la palabra al azerí, que manifestó algo así como “I sorry but English no good so Russian”, a lo que le dijeron alarmados que ni lo pensara. Un ruso dendeveras que había por ahí ofreció muy amablemente: “If please I can translate for the English”, ante cuya perspectiva hube de peregrinar una vez más a la sala a decirle al ruso que se callara y al azerí que hablara nomás ruso, cosa que, hasta cierto punto, hizo. Pero luego le preguntaron, y él me miró desconcertado porque no oía la interpretación al ruso (claro, como no la había, no era de extrañar). De manera que hube de volver a volver para decirle que ruso podía hablar cuanto quisiera, pero oírlo ni en pedo, con lo que pudo contestar a las preguntas aunque no escucharlas, pero la vida es así. La cosa habría pasado de castaño oscuro cuando habló entonces ruso -es otro decir- el tadjiko, que, para colmo de males, exhumó y rompió a leer entusiasmado a toda velocidad, entre dientes postizos y en lengua prestada, un largo texto lleno de cifras, acrónimos, abreviaturas, siglas y nombres de sustancias químicas. Por fortuna, me di cuenta de que estaba repitiendo exactamente lo que decía el informe que acababan de discutir ayer, así que lo reduje a la mínima expresión, sabedor de que el caboverdiano que tenía por único cliente jamás podría haber entendido la versión española que yo, por otra parte, no estaba en condiciones de ofrecerle. O sea, que, como dice Gila, el tadjiko llegó a mi banco con un discurso y salió con un refrán. ¿Se mosqueó el caboverdiano? ¡Ni por putas! Porque a) el no había venido a escuchar al tadjiko sino a presentar su informe, b) su español apenas si le servía para entender lo que le interesaba y c) todos los datos los tenía, si quería, bajo su nariz en el informe. ¿Y yo cómo lo supe? Bueno, como los traductores nunca lo pueden saber, supongo que de puro brujo, ¿vio? En todo caso, cuando el tadjiko por fin se calló la boquita, el presidente le dio las envenenadas gracias “por esta intervención un tanto larga en la que nos volvió a citar la información que aparece en el informe” (¿me habría estado escuchando? No creo, porque solamente hablaba árabe. Bueno, a lo mejor leyó mi libro). El hecho es que estaban previstos árabe, inglés y castellano y terminaron hablando, además, francés, ruso y portugués (que ni siquiera es idioma de la ONU). ¡Ah!, por cierto, eso que hice de peregrinar y decirles que hablaran portugués o ruso y que no es traducir sigue siendo mediar, ¿eh?
Por la noche, Linterna Mágica. Alguno tal vez la haya visto en Baires. Es un teatro (más bien un ballet) que combina cine con actuaciones en vivo. Nos tocó Casanova. La música espléndida (original de un checo cuyo nombre me deje olvidado dentro del programa), los bailarines muy buenos, la coreografía interesante pero monótona. Me desilusionó. Alguienita que ha sido bailarinita dice que no era ni clásico ni contemporáneo, sino neoclásico pero sobre la base de la técnica del clásico, solo que no usan las puntas. En fin, que no sabe muy bien qué técnica “estén” usando, pero que pueden hacer un “relevé” (o sea, ponerse en puntas de pie como para llamar: “¡Luis!”), pese a tener las huangas muy pompis, que, en el metalenguaje terpsicoreano de los aztecas quiere decir nalgas aguadas. A alguienita la coreografía, en cambio, le gustó mucho como tal, aunque como narración a pataditas y saltitos, de no haber contado con el beneficio del programa, ella habría entendido que el joto (término con el que los profesionales regiomontanos de la danza se refieren a los putos) es tan joto que ni hace empeño en cojerse a unas pinches viejas que van apareciendo, lo miman y se van a cambiarse.
Sábado 19
Ayer, sábado, nos despertamos a una Praga que estrenaba el invierno. La nieve caía en lentos copos que el espejo húmedo del pavimento absorbía sin dejar rastros. Decidimos tomar el subte. Tomar el subte en Praga es como tomarlo en París, casi un crimen de lesa sensatez: Enefectivamente, perderse siquiera un metro cuadrado de esta ciudad maravillosa raya en el dislate. Pero son las diez, la función comienza a las once, el trayecto lo conocemos de memoria y alguienita se ha pasado más de una hora peinándose y poniéndose pintura de guerra y se ha perdido con ello la poco entrañable oportunidad del desayuno del hotel. El metro es de inconfundible fábrica soviética; vagones desangelados de lata mortecina y colores cenicientos. Pero, como el de Moscú, es frecuente, veloz y confortable. De Florenz a Narodni Priden (con un montón de diacríticos, eso sí, y que quiere decir no sé qué cosa pero “nacional”) son tres estaciones fugaces. Luego, de pura fiaca y porque tenemos un pase semanal, una parada de tranvía hasta el Teatro Nacional, que, en obvia coincidencia indoeuropea, en checo se nomina “Narodni Divadlo” (de donde los aficionados a la etimología podemos concluir casi con certeza que “divadlo” no es “os ordeno que lo divéis” sino “teatro”, ya que el otro también era no me acuerdo qué mierda “divadlo” y la “priden” era nomás “narodni”). El edificio duerme de este lado del Moldava (Vltava, que le dicen los checos para que la cosa quede bien clarita y, sobre todo, más confortable de pronunciar), al pie del puente Legii (así, con dos íes, para compensar la inusitada ausencia de diacríticos que a estas alturas, se me ocurre, se les deben haber acabado). El omnipresente Hradcany lo ignora en diagonal desde la margen opuesta, concentrado como siempre en descender hacia “su” puente, el de Carlos, que separa dos magníficas y severas torres con un largo peine de estatuas. El teatro se incendió al día siguiente de su estreno, en 1881, pero fue reconstruido casi de inmediato. Es un una construcción bellísima, cubierta de una cúpula arrepentida que resuelve conformarse con un cerco dorado que lanza al cielo en cada ángulo un fulgente pararrayos. Por dentro, el decorado es sobrio y elegante. El baño para caballeros (al que, sin embrago, acudo) es una joyita: sanitarios de loza, cañerías y grifos de bronce, lámparas casi art decó. El vestíbulo es pequeño pero confortable. Abunda la madera noble que se mete luego en la señorial sala. Los palcos son poco profundos, casi balcones, las butacas dichosamente remotas de la supliciante que me desbarató nalgas y espalda en el Marynski de Pietroburgo. El programa (85 coronas, o sea, dos euros y medio) parece una edición de Rayuela, eso sí, en papel de ínfima estopa. No cabe casi un alma. Alguien se estremece ante el insoportable olor a chivo rancio que emana de la atildada -ya veremos que es un decir- concurrencia. Es que los checos (centroeuropeos recalcitrantes al fin, y vanguardia del aluvión eslavo que fagocitó sin digerirla a Rumania, disculpó a Hungría y se olvidó inexplicablemente de Grecia) desconocen las bondades del desodorante y, por más que hayan adquirido recientemente el foráneo hábito de la ducha, la ropa les guarda intacta la memoria de un torrente de pretéritas y profusas secreciones. A mí, en cambio, me vuelve a fascinar la inventiva incansable del mal gusto para vestir. No se salva ni uno. Hay un señor de traje gris tipo colchón de los de antes, al cual compensa con una camisa anaranjada que le deja un centímetro de aire entre la glotis y el nudo de una corbata azul o verde o las dos cosas. Una muchacha, de culo homérico y dos epopeyas pugnando por reventarle el corpiño, deja asomar bajo el vestido largo y de algo parecido a un mosquitero granate un recio par de botas marrones de taco como para aguantar tamaños tafanario y tetas. Un pareja acaramelada da la impresión de haberse encontrado huyendo del incendio de una sastrería con todo lo que se estaban probando encima. Los hombres parecen haberse puesto todos la chaqueta de otro y no hay un par de pantalones que tenga la medida de la cintura ni el largo de las piernas de su orgulloso portador. Alguienita sale del baño antinómico con el desconcierto propio de quien ha visto a dos muchachas cambiarse las ropas humildes que traían por otras mucho peores. La una, me explica, ha cambiado las zapatillas desteñidas por unos zapatones “tipo perestroika” (alguienita dixit) y se ha calzado unos pantalones misericordiosamente largos pero no lo suficiente porque dejaban asomar las puntas de los susodichos. La otra, en cambio, ha optado por unos zapatos con tiritas más monos, pero que dejan a la intemperie la gloria de unas medias de esas para abrigar mastodontes. Ambas dos coinciden en la apoteosis de unas blusitas azules de volados y botones prácticamente al tono. Casi la mitad de los espectadores son purretes de menos de diez años, silenciosos, disciplinados y enceguecedoramente rubios. Ellos son -¡ay!- también víctimas de la inanidad sartorial de sus mayores: un mocosito de seis años lleva un como overol marrón, debajo del cual campea una camisita digamos que verde calypso que florece en un moñito rojo. Y tengo ante mí al selecto estrato social aficionado a la lírica, ¡se podréis imaginar las pintorescas pilchas de los que han optado por quedarse fuera! Eso sí, las naifas tirando a feúchas, las cosas como son.
Pero entonces se apagan las luces, sale el legendario Bohumil Gregor, alza la batuta y… ¡Dvorak! La orquesta (estamos, al cabo, en Chequia) es de primera. Ya al segundo compás los violinistas tienen que meter el meñique casi debajo de la mandíbula para mantener los agudos. Plañen a una, con una afinación impecable. Los clarinetes suenan inconfundiblemente bohemios y azulados. Los cornos no tardan en decir “aquí estamos para quedarnos”. Y finalmente las trompetas irrumpen con la fanfarria que irá hilvanando la partitura hasta el último acorde: DO - - sol dó - re - MI sol - -. El argumento es sumamente original y, en la hilarante puesta en escena -con perritos y gatos mecánicos que corretean por todas partes- ideal para escuincles. Fiesta en la taberna de la aldea de Mokhra Lota. El pastor y tenor -bastante bueno, pero necesitaría más volumen- Jirka se lamenta de la crueldad del capataz de la princesa dueña del castillo y de las tierras y de la aldea. Katja -por fin una mezzo que tiene que ser gorda, solo que la mezzo propiamente dicha es un minón que, eso sí, canta muy bien… en fin, que en estas cosas no se puede ganar ni una- se queja de que nadie quiere bailar con ella y llega a jurar que sería capaz de salirle al mismísimo diablo. Of course, no termina de decirlo que la saca a bailar Mandinga disfrazado de barítono -muy pero muy bueno-, quien ha andado averiguando entre los aldeanos qué opinión les merecen la princesa y el capataz (a lo que los interfectos le han narrado que detestan a una y a otro, sobre todo por la cruel servidumbre -literalmente, la feudal- que les imponen. Es que la ópera es boba pero no tanto). Entretanto, Jirka, que se ha tenido que ir a laburar porque el capataz no le ha dado asueto, vuelve amargadísimo porque el quídam lo ha despedido. Mandinga, que le ha prometido a Katja el loro y el mono y la otra ha caído como una forra, en vez de llevársela al castillo se la porta (ya veremos que literalmente) al infierno. Los aldeanos incitan a Jirka para que vaya a salvarla, cosa que parece dispuesto a hacer, aunque no se entiende bien por qué, ya que la Katja es una vera hinchapelotas y Jirka afirma tenerla aquí. Fin del acto primero.
El infierno es pura joda. Los diablos se la pasan haciendo piruetas y monerías para deleite de los gurisitos, que suman sus risas a la rica filigrana de la orquesta. En eso cae el pobre Mandinga con Katja a cuestas, enojadísima por el curro, que se niega a bajársele de las espaldas. Ocurre que Lucifer -bajo de los mejorcitos- había mandado a Mandinga (que, ha llegado la hora de consignarlo, es un demonio de cuarta llamado Marbuel) a ver si el capataz y la princesa estaban maduros para la caldera; y el pajarón de Marbuel, para hacer un chiste, se ha traído a Katja, que arma tal quilombo que el Maligno no sabe cómo sacársela metafóricamente -ni Marbuel literalmente- de encima. Llega Jirka que ha venido a rescatar aKatja sigue sin saberse muy bien por qué porque en la taberna ha dicho que es gorda, fea, pobre y deslenguada. El Maligno le promete una caudalosa recompensa si se la lleva a la mierda. Para ello Jirka aconseja que le muestren algo de oro, que con tal de chaparlo, seguro que Katja se desmonta de o se monta a cualquiera, y en efecto. Solo que ella ignora que el oro que le dan se va a convertir en hojas secas no bien pise el mundo de arriba. Katja insiste ahora en seguir bailando, y Jirka se la lleva al ritmo de una polka hacia la puerta por la cual hace mutis, pero no así la orquesta, que sigue unos compases hasta la fanfarria final. Fin del acto segundo.
La princesa -soprano pero más o menos- está triste, qué tendrá la princesa. Es que le han anunciado que esa noche va a venir a buscarla Satanás y no tiene tiempo de expiar sus muchos pecados -entre los cuales destaca el haber tratado como el culo a sus siervos- y no sabe cómo hacer para salvar el pellejo. Se ha enterado de que Jirka logró salvar al capataz (no se sabe muy bien cómo ni por qué, pero no olvidemos que es una ópera) y lo ha mandado llamar. Llega el susodicho (o sea, Jirka) y le dice que la salva si abroga la servidumbre feudal (surprise!, la ópera es mucho menos boba de lo que parece). La princesa está triste pero no es boluda y no quiere ni por las tapas. Solo que la princesa no es boluda pero tampoco tonta y termina aceptando. mas ¿cómo se las va a arreglar Jirka para espantar a Belcebú? ¡Sencillo! Mandando traer a Katja, que está deseando vengarse de Marbuel por haberla currado. Llega, en efecto, el abnegado Marbuel en tren de llevarse a la princesa cuando Jirka le dice que ahí está la Katja que se quiere volver con él al infierno a reclamar por lo del oro trucho. Marbuel se va, naturalmente, al demonio y la princesa ofrece a Katja lo que quiera. Katja le replica que su casa se cae a pedazos y que no tiene un centavo. La princesa le ofrece entonces que escoja la mejor casa de la aldea (poco importa, parece, quién viva en ella, total son todas de la princesa, ¿vio?) y le regala un toco de guita. Katja, alborozada, exclama “¡Ahora que tengo la mejor casa y soy rica no solo que no me va a costar trabajo conseguir novio, sino que hasta lo voy a poder elegir!”. Fin del acto tercero.
¿Qué tal, la ópera para infantes del Antonín? A la salida, subimos en metro a Mala Strana (que, como habréis inferido sin mayor esfuerzo, quiere decir “Barrio Pequeño”) a comprar regalos para la familia de alguienita y volvemos en tranvía a través del río. A nuestra izquierda el Hradcany a la vez enhiesto y desparramado sobre la colina, el puente de Carlos con sus obcecados arcos de piedra oscura coronados de esculturas, y las multiplicadas torres de la margen derecha estampan sus pasteles en un cielo plomizo por cuyo revés se adivinan, postreras y tenues, las amarillentas pinceladas del sol, que a las cuatro de la tarde comienza a darse por vencido. Decidimos amalgamar almuerzo y cena (o sea comer y comer, según se crea a alguienita o a este fiolo) y mi infalible nariz me lleva a un restorán italiano de, ya que estamos, lírica prosapia: “Don Giovanni”. Es temporada de trufas, señores, y alguienita y yo nos compartimos para empezar unos papardelle al tartuffo nero y para culminar un risotto al tartuffo bianco, rociados que fueron con un noble Vino Nobile di Montepulciano. De postre, una panna cotta al limone y una como plasta de chocolate y chocolate. Poi doppo sendos espressi con sus respectivos limoncelli y al telo, que hace frío y ya es de noche y alguienita me mira que, como al Hétor de la Chona, me hace que se me represente. (La glosa de este rotundo final, advenedizos, merodeadores y quintacolumnistas que pretenden imponernos ideas foráneas ajenas a nuestra idiosincracia, sobrevendrá en la siguiente crónica. Próximamente en su pantalla, señora.) Ah, no, el punto fuera del paréntesis, perdón: ).
Excurso teórico: Dvorak y la mediación interlingüe (que el no especialista bien puede saltearse)
La opera era con supertítulos en ingles. La pantalla era para dos renglones y jamás se llenaba con más de diez palabras. Era evidente que los cantantes “decían”mucho más de lo que el “traductor”había “traducido”. O sea, que el original era muuuuuucho más largo (y, presumiblemente, informativo) que la tradux. Vale la pena señalar que El diablo.. es la primera de las tres ultimas operas de Dvorak (van a sucederle Rusalka y Armida), quien, ya en 1899, comienza a “wagnerisarse”, es decir, que renuncia a las arias y opta por un texto continuo y sin repeticiones. Vale decir, entonces, que el “original” es más “informativo” que uno de los libretos que Verdi utilizaba antes de su providencial encuentro con Boito (del que nacerían Otello y Falstaff).
El tenor canta largo. El supertítulo dice “The steward has fired me”. No tengo como comprobarlo (pero lo voy a hacer en Viena, porque tengo la grabación con el libreto integro en ingles), aunque sospecho que el “traductor”me dice estrictamente lo que necesito saber para enterarme de que va la cosa, sin necesidad de pasármela leyendo texto encima del escenario y distrayéndome parasíticamente de lo que pasa en la escena y en el foso (después de todo, he ido a “ver”y a “escuchar”, no a “leer”). No me interesa saber en que términos habla de su suerte, solo quiero saber por que se queja: no, no son hemorroides, sino que lo han despedido. Pero... ¿como sabe el traductor que a Sergio Viaggio le interesa solo eso? ¿Y a los demás?
¿Quién le “ordenó” al traductor que tradujera lo mínimo pertinente (es decir, lo mínimo para que Sergio Viaggio -y acaso los demás extranjeros entre el publico- supiese “de que va la cosa”)? Seguramente nadie. El traductor, sospecho (pero no me consta, claro) sabe a) que no hay espacio para más y, sobre todo, b) que aunque lo hubiera me estaría haciendo un flaco favor si me hiciera leer que “el capataz, Don Frantisek Vojvoda, que vive en la aldea de Krasna Gora y tiene una mujer con pecas, ha sido tan pero tan malvado que no ha tenido mejor idea que despedirme. Tan luego a mi, pobre pastor, que soy hijo viudo de madre única”. Ignoro si eso es lo que dice el tenor y confieso que no “me pone nervioso”. Claro, yo voy a la opera con mi teoría. Pero... ¿y los demás? No se quejo nadie, así que supongo que o no había más extranjeros o también les importaba un bledo.
Bien, ¿pero como sabía el traductor que, puesto a meter tijera, me tenia que decir que al pastor lo habían despedido en vez de que la mujer del capataz tenía pecas? ¿Seria brujo? O, digo yo, obraba según la pertinencia (correctamente) presumida para este fiolo lirómano (claro, me pregunto contrito, pero... ¿y los demás?). ¡Y eso que seguramente no tiene ni idea de que existo! ¿Será que lo que yo digo que hay que hacer es lo que, en efecto, hacen los (buenos) traductores? ¿Será mi teoría descriptiva?
Espero que la “traducción” de este “traductor” que deja como el 80% del “original” sin “traducir” no haya sido jurada (porque más bien que era “pública”), no vaya a ser que lo metan en cana o lo echen del gremio o, por ultimo, se le vayan a la carótida los partidarios de decir “todo”, caiga quien caiga, que el traductor, al cabo, no es quién para decidir en nombre del libretista que sí y que no omitir, que no le pagan para eso, sino para “traducir” ¡y que el espectador, una vez que ha leído todo, decida si no hubiera sido mejor haberse dedicado a escuchar!
Claro, me olvido de que la “traducción” de libretos de opera para supertitular es “otra cosa”... Como quien dice la mediación interlingüe, digo, ¿no?, que es más, menos u otra cosa que “traducir”. Aunque también es posible que el traductor haya sido un pelafustán que ha entendido (o sabido volver a decir) solamente lo que tradujo... En fin, que nunca lo sabré. ¡Qué terrible incógnita!
El museo del juguete
!Parece embuste! Diez o quince veces que me dejo acariciar por Praga, diez o quince veces de deambular por el Hradcany y de asombrarme ante lo diminuto de las casas de los alquimistas, y nunca me había percatado de la existencia de este museo, ahí nomás, no bien se sale o entra, según, por la puerta que da al río. Lo descubrió alguienita, llevada, sin duda, por el magneto infalible de su talla. De modo que ayer me llevó. Son dos pisos y, en total, siete salas. Muñecas, trenes Märklin todavía propulsados con vapor, los primeros eléctricos, juguetes mecánicos de todos los tamaños y funciones, soldaditos de plomo impregnados de belicosidad (heridos, muertos, edificios en ruinas) y racismo (hay una figurita compuesta de un piel roja a punto de asestarle el tomahawk a una postrada y blonda cautiva). Hay un inmenso trasatlántico de latón con doble hélice. Hay acróbatas. Hay un zoológico completo. Hay muñecas de porcelana vestidas de princesa. Hay estaciones de tren con señales y guardagujas y puente peatonal y pasajeros y maletas. Hay autos de latón a los que se les abren todas las puertas y el capó y el baúl. Hay dirigibles con portentosas hélices que los harán girar colgados de un piolín. Hay biplanos con bombas colgadas de las alas. Hay varios baños con agua corriente de veras y cadenas de veras y grifos de veras. Hay cocinas con toda la quincalla. Hay casas de muñecas de quince cuartos y amuebladas como palacios. Y hay, en el segundo piso, que ocupa en exclusiva, ¡oh sorpresa interminable!, la colección de Barbies. Empezando por Lilly, el original alemán, copiado de una historieta de ocasión, que por demasiado mujer no cundió entre los padres tudescos cuando salió allá por 1952, y pasando por las primeras gringas (1959, 60 y 61) que deben su nombre al de la hija de la empresaria que compra los derechos, y que perdían el color al cabo de unos meses (son Barbies macilentas, cerúleas, fantasmales). Está la serie que nunca llegó a comercializarse en Austria, con un guardarropa digno -¡cómo no!- de Sisí. Cientos y cientos de Barbies. Y de Ken, nacido en 1962. Barbies de peinados de entonces y faldas acampanadas. Y Barbies y Kenes más modernos, en uniforme de infantes de marina, como si se aprestaran a un desfile de modas entre los rescoldos de Fallujah.
El Barrio Judío
Al sur de la Plaza del Ayuntamiento comienza el Barrio Judío. Hay cuatro sinagogas, de las cuales la que vale la pena es la vieja, la sinagoga gótica más antigua de Europa (¿pero donde sino en Europa hay sinagogas góticas?), construida en 1275. Es un edificio pequeño, de agudo techo a dos aguas, medio hundido, de tanto que le pesan los años. Llegamos justo cuando está por empezar el servicio. Hay dos muchachos de kippá que están preparando el recinto y nos dicen que no podemos entrar. Pero les explico que alguienita no conoce Praga y les pido si no le permiten aunque más no sea pispear. Nos dejan pasar para la alborotada furia de los miembros de una excursión que se quedan agolpados fuera. La sala está ya preparada. Sobre algunos de los curules que circunscriben la mesa con la vetustérrima Torah algún chiquilín ha dejado ya su mochilita. Las aguas del techo le roban a uno la mirada y se la llevan al cielo. No soy creyente ni soy hebreo, pero me imagino lo que debe sentir un judío en este lugar. Me lo imagino antes de rememorar lo que, ya en el viejo cementerio, volverá a fustigarme las neuronas. Para cuando comienza el rastrillado de la “solución final”, en Praga se han congregado 110.000 judíos, la mayoría oriundos de la ciudad, pero a los que se les han agregado los refugiados de los Sudetes y del “Protectorado de Moravia”. En 1941 comienzan las deportaciones. Inicialmente al ghetto de Tereznin, a pocos kilómetros de distancia. No son muchos los que tienen la presciencia -ni los medios- para emigrar. Poco después, pero sobre todo a partir de 1943, comienzan los traslados sin retorno a Auschwitz. De los 80.000 que van, vuelven 10.000. En la sinagoga del cementerio están los nombres de los asesinados. Y una exposición de dibujos de los niños de Tereznin, coleccionados por su profesora, alumna que había sido de Walter Gropius en el Bauhaus de Weimar. Consigue a fuer de tesón, coraje, astucia y suerte papel, lápices, pinturas… Todo trozo sirve: formularios, recetas viejas… Los dibujos son de una inocencia espeluznante: la barrera con los guardias, una visita del medico, una boda, la clase con el maestro y los alumnos en el living de una casa, un pelotón de soldados alemanes, una comida familiar, las mujeres cultivando hortalizas en la plaza, el entierro del abuelo… Dos, obviamente más grandes, han copiado (¿de donde?) un Vermeer y un Cranach. La profesora, de apellido Brandeis, es de las que no retornarán de Auschwitz. Deja detrás dos maletas con unos cuatro mil dibujos. Tras su partida, no se sabe que los niños de Tereznin, los niños de Tereznin que aun quedaban en Tereznin, hayan vuelto a dibujar. Es probable que sí (los niños son, al cabo, niños, incluso los niños de los ghettos y de los campos de concentración), pero seguro que nadie les enseñaba y ciertamente que nadie se preocupó de guardar sus ilustraciones. Yo miro esos dibujos en papel de desecho y a lápiz mocho, y miro ese hormiguear infinito de letras que son nombres que fueron personas que fueron asesinadas, miro a alguienita, tan ajena a esa terrible pesadilla, que pregunta incrédula, que anota fechas, que mira sin comprender y desde luego que sin recordar. La miro desde arriba y desde lejos (nos separan como medio metro vertical y más de treinta años) y me pregunto cómo es ser tan joven y sentir que Auschwitz está más cerca de las cruzadas y de Waterloo que de la invasión del Irak. Me lo pregunto como cuando veo a nuestros purretes ya no tanto que han leído de la ESMA y las desapariciones y las torturas y los secuestros y los bebes robados sin atinar a comprender que eso les pasó a sus padres y a sus tíos, o a amigos o a colegas o a condiscípulos o a compañeros o a conocidos o a vecinos o a empleados o (quién sabe!) a jefes de sus padres y sus tíos. Y me pregunto también cómo fue posible que en Praga y en Berlín y en Paris y en Viena y en Roma tanta gente de bien (lo digo sin sorna más con atónita tristeza) “no se haya dado cuenta”, “no haya sabido”. Aunque, por ultimo, ¿no abundan en mi Buenos Aires querido los de bien que no se dieron cuenta ni supieron? Y de lo más profundo de mis entrañas me brota el grito: ¡NUNCA, NUNCA MAS! Nunca más sitio de Leningrado, nunca más GULAG, nunca más Auschwitz, nunca más ESMA y nunca más Fallujah. ¿Habra escondido en las alturas, allá donde el sol juega a la escondida con las nubes, alquien que lo escuche, o, al menos, que lo oiga? ¡Dichosos los que, pese a tantas y tantas pruebas circunstanciales tan poco auspiciosas, logran creerlo!
Presencia azteca en Europa Central
Anoche me tocome reunión noturna, osease que de 19:30 a 22:30 que se hicieron, claro, las 23:00. Cuando llegué al hotel, muerto, en este orden, de ganas de, de hambre y de aburrimiento, me topé con la sorpresa de que a alguienita, que siempre piensa en todo, justo se le había aflojado una neurona y no se le había ocurrido comprar algo sólido que llevarme a la boca (yo, por supuesto, le había dicho que ella cenara lo que quisiera, que yo igual no tenia hambre e iba a aprovechar para soslayar la cena e iniciar el prolongado retorno a mi tradicional silueta de traductológico Adonis, pero eso no es excusa para que me haya tomado en serio ni, mucho menos, no comprarme ni una galletita que aquí son tan pero tan ricas, vio?). Bien, que penetro entonces en nuestra palaciega chambre, ella se me abalanza y pega el saltito que, cuando estoy de pie, le permite alcanzar fugazmente mis labios antes de que la ley de gravedad intervenga para hacerla desaparecer de mi campo visual, y ya vuela hacia mí con los labiitos extendidos y las comisuritas fruncidas, y yo la detengo en plena trayectoria oscular con un, Me compraste algo de comer? Ella se quedo inmóvil en el espacio intercamerístico, como el coyote cuando, persiguiendo al correcaminos, se pasa del borde del precipicio y, antes de desplomarse sobre la moquette -es un decir- aprovecho la posición de la boquita para empezar un ¡¡¡Nooooooo!!! que se perdió camino del suelo. Yo me plegué en seis, le di un besito en la coronilla y le dije que iba a comer algo y volvía. Y eso, nomás, hice, o casi. Porque tras varias e infructuosas incursiones en pizzerías que cerraban o acababan de cerrar y bistrós cuya cocina cerraba o acababa de cerrar, fui deponiendo mi orgullo de porteño habituado al buen manducar para aventurarme en un sitio de aspecto psicodélico que ostentaba el poco auspicioso nombre de “Hacienda Mexicana”. Respiré hondo, hice de tripas corazón (lo cual es mucho más difícil si uno ha respirado hondo) y me adentré en el recinto para encontrarme, tras unas lianas de plástico de las que pendían vistosos papagayos de peluche, un trío Mariachi, de renegridos trajes, botones de plata (o similar), pistolas de cachas de nácar (o semejante) y sombreros tipo paracaídas, uno soplando furiosamente la trompeta, otro trenzado en desigual combate con un contrabajo que tocaba ídem y un tercero persiguiendo el violín con la mandíbula, que, al relativo unísono, tocaban lo que la SuFís o il Bosco, entre tantos uacinos de paisana prosapia, no habrían (o tal vez un poquito) tardado en reconocer como Hava Naguila o como mierda se escriba (que seguro que de izquierda a derecha). Yo ya les iba a preguntar si no estaban en uacinos o, en el peor de los casos, si no conocían a su colega el Charro, pero el llamado del intestino pudo más. Un camarero blondo, albo y lampiño a quien seguramente llamarían el cuate Frantisek y que no hablaba ni puta palabra de español me llevó a mi mesa y me dio el menú. Voy a hacerles la economía de aquella ecléctica selección de platos típicos veracruzanos, como las tortillas Hawaii con ananá (piña para los espías) o de la mariscada con arroz negro y tres (3) mejillones (de creer a la ilustrativa ilustración que acompañaba cada entrada gastronómica de modo que el parroquiano desavisado viese lo que, si se descuidaba, iba a comer), la brochette de pollo o las que finalmente pedí en un ataque de delirium tremens estomacal tortillas de pescado. Las mismas (a menos que me hayan dado otras, claro) consistían “en”o “de”, según, y a ver si ahora se arma, lo siguiente: dos como cartapacios de cartón vagamente comestible que encuadernaban un menjunje así compuesto: trozos de pescado (o similar) impregnados de una como salsa blanca solo que medio gris en la que convivían trocitos de zanahoria, brócoli, una cosa creo que vegetal porque me parece que verde y otra que no llegué a discernir ópticamente mas que mis dientes reconocieron al punto como durísima. Pero lo importante, desde luego, es el sabor... por desgracia. Del mismo (o uno parecido) no tuve demasiada impresión gracias a los generosos buches de cerveza en que disolví la cosa. Entretanto, los Mariachis habían pasado, más o menos que de costado, por La Cumparsita, Bésame Mucho y una cosa casi en tres por cuatro cuya identidad, como seguramente a ellos mismos, se me escapó. A la media hora de haber salido (y quince minutos de haber entrado en la Meksikanske Haciendova o como se diga en este traslúcido idioma) regresé al hotel repuesto y repostado, ya olvidado del hambre, distante del aburrimiento y pletórico de ganas de. Pero, como sabiamente precave el Bardo, hell hath no fury like a woman scorned, y a woman scorned knows when to go to sleep, con lo que hete aquí que abro la puerta con alevoso sigilo, entro en puntitas de pie como para quedarle todavía más lejos, y ya voy a abalanzarme sobre el lecho cuando veo que no está (que es la impresión primera que me ocasiona el no ver que sí está). Comienzo a hurgar desesperadamente entre los dos edredones y, para mi eterno alivio, encuentro un pie. Ya solazado, seguí palpando hasta que pude identificar prácticamente todas las extremidades, el cuerpito y la cabecita envuelta en una madeja de rulos. Y como a mí las criaturas dormidas me despiertan una tremenda ternura, me quedé sin pero seráficamente dormido alrededor de mi alguienita.
Epílogo vienés
Bueno, ya de regreso en Viena tropical, me siento a terminar estas crónicas. El miércoles 24 hubo cena oficial en “U Fleku”, salvo que con comida más deglutible y con los músicos pasando por los arrabales de La Comparsita (que en Europa es el único tango que creen saber) y Cucurrucú Paloma, pero sin decidirse a entrar. A la salida, Praga nos aguardaba algodonosa de humedad y ciernes de lluvia. Del otro lado del Moldava, el castillo dormía su largo sueño de dinosaurio amarillento. Puente de Carlos traviesa, las torres de este lado también brillaban con espumosa ictericia. Traslucían cierta bondad esas luces mojadas que se habían quedado sin gente que alumbrar pero persistían como para que uno pudiese admirar un rato más la ciudad asomada entre la bruma. De vez en cuando, diríase que inútiles, sibilaban de largo, como una banda de fotogramas suspendidos en el aire, las ventanillas de un tranvía. Me gusta esta ciudad. Alguna vez, van ya para cuarenta abriles, un poeta medio malo recitaba en un baile de estudiantes “Si me toca morir, que muera en Praga”. Yo me aprestaba entonces a mi primer viaje (creyendo ingenuamente que sería el único o uno de muy pero muy pocos) y sentí curiosidad por esa ciudad que mi padre tanto evocaba y en la que aquel poeta medio malo decía preferir estirar la pata. Y sí, es una ciudad para morir, sin duda. Pero yo, por el momento, no tengo apuro.
El hotel queda al borde del centro: cien metros a la derecha pasa el primer viaducto y detrás Praga se aleja. La del jueves fue la última noche. ¿Qué mejor colofón que La novia vendida en el Teatro Nacional? Enefectivamente, me ha tocado la increíble fortuna de poder ver esta joyita en Praga, como tantas veces ahora la de castigarme con El caballero de la Rosa en Viena. (¿Será esta una merecida recompensa por buena conducta en previos avatares? ¡Porque si es un crédito, no quiero ni pensar en los intereses!).
Ya he hablado del Teatro Nacional. Bueno, esta vez nos tocó función nocturna, o sea, que básicamente para adultos básicamente emperifollados básicamente con pésimo gusto. El director era para mí desconocido, de menos fuste que Gregor pero muy bueno, y, además (y Dios me perdone el lugar común), los checos llevan esta música en la sangre. Muchos conocerán la chispeante obertura, fresca como un vinito de verano. Mientras sonaba, salió a escena una veintena de comparsas de overol y entraron a pintar el decorado (una típica aldea bohemia). Demasiado tiempo para tan pocas nueces (la obertura dura unos diez o doce minutos), sobre todo porque luego de ese decorado no quedaron rastros. Mal comienzo, me dije y, en efecto, la puesta dejó montones que lamentar (según el programa, director y escenógrafo se responsabilizaron de La astuta zorrita de Janacek hace dos años en el Colón), sobre todo un octeto de bailarines que acompañaban la acción con toda la pericia de los Keystone Kops... y con nada de la gracia. Alguienita (y ya puedo llamarla por su verdadero apelativo: Chapulina), sin embargo, me notificó que aunque la coreografía era más chota que la de Casanova, los bailarines eran má’ mejores, de modo que retiro lo dicho. ¡En cambio los cantantes...! ¡No hubo uno que no pareciera nacido para el papel que le tocó!
El argumento no podría ser más trillado: una pareja de aldeanos ha prometido su hija en matrimonio al hijo de Micha, el rico del pueblo, que es un pobre patán, buena gente, pero de pocas luces. La muchacha, por supuesto, está enamorada de un soldado pajuerano y menesteroso. Llega el celestino a arreglar las cosas y la muchacha lo manda a freír espárragos para consternación de los papases. Fin del acto primero.
Marenka (es hora de llamarla por su nombre) le dice a Vaska (el tonto de su protomarido, que no la conoce) que su prometida es una bruja y que, en cambio, hay una bellísima chica como que loca por él. Por su parte, Jenik (de más está decirlo, tenor) acepta una fuerte suma del celestino para firmar un papel en el que acepta renunciar a Marenka a condición de que esta se case con el hijo de Micha y solo con el hijo de Micha. A todo esto, caen por la aldea unos saltimbanquis (y ella, la mezzo, es tan linda que dijérase que no ha cantado una sola nota en su vida pero no, es magnífica) cuya principal atracción es un feroz osos de “América”. Fin del acto segundo.
Día de boda. Marenka está furiosa de enterarse que Jenik la ha, literalmente, vendido y decide que se va a casar no más con Vaska. Este, por su parte, ha aceptado sustituir al que tenía que aparecer vestido de oso, que está borracho como una cuba. Hete aquí que -¡oh sorpresa!- Jenik es, en realidad, hijo de Micha, solo que este se ha olvidado, con lo que se queda con la guita, la novia y la herencia. A todo esto gran revuelo porque se ha escapado el oso, que, como se imaginaréis, no es otro que Vaska. Fin de la ópera.
La música es una maravilla. El dúo del primer acto es una delicia, el aria del basso buffo digna de Rossini, el Furiant que corona el primer acto como para salir bailando al foyer. El resto tampoco tiene desperdicio. En fin, que una velada inolvidable, con la Chapulina estirándose heroicamente para ver por encima de la petiza que tenía sentada delante y los zapatitos de Cenicienta marcando el ritmo en el aire, porque -¡y por una vez no exagero!- normalmente no le llegan al planeta, como que le cuelgan indolentes en el tranvía y hasta en sitios menos públicos (y cuando se niega a sentarse sola en el metro, tiene que colgarse por mi intermedio, porque ni por putas alcanza la barra horizontal, con lo que me endilga la no poca responsabilidad de ser el único obstáculo entre la frenada y la puerta del conductor). El espectáculo amerita -como diría, ahora que la he deschavado, la propia Chapulina- una cena de pro, y me la llevo a “The Mad Cow” a bajarnos nuestros excelsos bifes bien a punto, precedidos de una sopa de cebolla digna del invierno efectivo que cundía por fuera y regados con el mentado Río de Plata.
El viernes fue la mi última sesión, que merece, como ven, párrafo aparte. Preside desde siempre un polaco (quien, para el segmento “de alto -es un decir- nivel” cede la batuta al costarricense, el que da la palabra al orador “precedente”) medio pajarón, que se hace unos líos terribles y encarece cada vez durante diez minutos a que los oradores sean breves. En fin, que lo dice todo tres veces, siempre mal, y que, al cabo, pide perdón y se desdice. Yo trato de ponerme en los zapatos de mis pobres clientes y no necesito transmutarme en Mandrake para inferir que tienen las bolas por el piso, de modo que todo lo que cuelga entre “gracias” y “tiene ahora la palabra” se va en un vistoso remolino por el fondo del inodoro. Mi colega -muy buena en los dos sentidos pertinentes del término- se espeluzna: “¿Pero y si se quejan?”. “Llevan una semana sufriendo con este imbécil y llevo una semana quedándome callado cada vez que dice una zoncera, aquí delante tenemos a la delegación de Venezuela, que nos está escuchando con toda atención. ¿Los has visto siquiera voltearse para ver por qué no estoy diciendo nada? ¡Si saben de sobra que si no les digo nada es porque no tengo nada que decir que a ellos pueda interesarles!”. En efecto, una vez me he olvidado de encender el micrófono cuando ha comenzado un discurso. Los venezolanos se han vuelto hacia la cabina, visto que hablaba como loco y hecho señas de que no oían. En ese instante, porque en ese instante sí les interesaba: si no, ni se inmutaban. La colega me dice “Claro, tú puedes permitírtelo porque eres Jefe, pero yo...”. “¿Pero tú crees que ellos saben que soy jefe? ¿Y crees que, de saberlo, les importaría tres pitos?”. “Es que en la escuela nos han enseñado que hay que decirlo todo... Bueno, algunos. Otros que había que resumir, así que según a quien le dabas el examen lo hacías de una manera o de otra...”. ¡Pensar que la escuela de marras es la más conocida! ¡Imagínense, uaxini, que en la Facultad de Medicina un profesor dijera que hay que operar siempre y otro que nunca! Así estamos: Con honrosas excepciones, cada uno enseña “lo que le parece”, y “lo que le parece” no está basado más que en la experiencia práctica necesariamente estrecha de cada uno. Como si el profesor de cirugía enseñase “lo que le parece” y “lo que le parece” fuera producto exclusivo de los pacientes que le ha tocado operar... Jodido, ¿no?
Bueno, pero finito el excurso teórico-práctico.
Hacia las dos de la tarde poníamos proa húmeda al sureste, entre copos que no querían y lluvia que no osaba y niebla que tal vez, por la autopista que une Praga, Brno y Bratislava y que, entonces, unía un país que ahora son dos y nadie ha sabido explicarme por qué carajo. La noche nos va cayendo como un vino espeso. He puesto a sonar los seis poemas sinfónicos en que se desgrana Ma Vlast, que, como habréis inferido raudos, quiere decir “mi patria”. El mejor, de lejísimo(s) es El Moldava, perdón, Vltava. Y mientras una de las melodías más maravillosas del universo nos consuela aterciopeladamente de la penumbra y la partida, el Mazda surca la ruta toda silencio y negrura. A mi lado, la Chapulina se encoge hasta hacerse un bultito de lana sobre el asiento, un bultito muelle y adormilado, del que, no se sabe bien cómo ni exactamente de dónde, sale una manito diminuta que me acompaña a hacer los cambios.
sábado, 4 de octubre de 2008
viernes, 3 de octubre de 2008
CRÓNICAS LIBANÉMICAS (abril de 2006)
Sábado 20
El vuelo de Lufthansa a Francfort está repleto y me apgradean a bisnes. La cosa empieza bien, aunque todavía me espera la amansadora de dos horas hasta que salga el vuelo a Beirut, que, Dios sea loado, también está atiborrado y me vuelven a apgradiar, de modo que viajo como un rey.
Domingo 21
Aterrizo en Beirut a las 02:30, en un aeropuerto ultramoderno y, salvo por los náufragos de este seguramente último vuelo, desierto. Me espera un taxista que no habla una palabra de cristiano, pero que, por suerte, sabe adónde llevarme: el hotel Cavalier, modesto y cómodo. Entre una cosa y otra, me duermo alrededor de las 4:00. A las 9:00 me llaman para despertarme. Un error comprensible, que les cuesta una de las puteadas mentales más ensordecedoras de mi prolongada biografía… ellos, claro, no se enteran; pero que les cuesta, les cuesta. Aprovecho para bajar a desayunar y me topo con Jean-René Ladmiral, autor del emblemático “Traduire: Théorèmes pour la traduction”, uno de los libros más señeros de nuestra disciplina, publicado hace unos 40 años, tras lo cual JR se ha dedicado a su vera pasión: la filosofía. Es en calidad de profe de filo que lo han invitado. Lo conozco de un seminario en la Sorbona, donde vi por última vez a la temible Danica Seléskovitch, madre y madrina de la teoría interpretativa y gran precursora gran de la teoría con que os fustigo cotidianamente para instrucción de unos, hastío de otros y escarnio de unos poquitos (por suerte!), y lo he visto por última vez con ocasión del homenaje que le hizo la U. Católica de París hace un par de años y donde yo presenté mi “Me perdonarán, pero DEPENDE!”, subido a uacinos pa’l que quiera interesarse. JR me lo espeta a cada rato: DEPENDE! Es más: a raíz de eso y para eso me han invitado: para que vuelva a explicar lo de DEPENDE! Y así han titulado el seminario “La estrategia del DEPENDE”.
Al mediodía nos viene a buscar Pijon (léase “piyón”) decano de la Facu de Filo de la Universidad St Joseph cuya Facultad de Traducción e Interpretación me ha invitado a mí y con cuyo decano, Henri Awaiss, vamos a almorzar frente al Mediterráneo que nos parió. La U es -cosa únicamente posible dentro del mundo árabe- un instituto jesuita.
Desfila a mis lados una Beirut que, bien que más que recuperada, muestra las llagas todavía purulentas de la guerra civil. Edificios picados de metralla, carcasas abandonadas ennegrecidas por incendios que solo el tiempo se ocupó finalmente de apagar, baldíos inesperados en medio de los viaductos y los rascacielos recientes, donde no es difícil imaginar edificios finalmente demolidos o caídos por propia desidia. Pasamos frente a una especie de búnker. La sede de la Falange, explica Pigeon. Y a mí se me agitan las neuronas con la memoria de mi general Ayoun, ejecutor eficiente de las atroces matanzas de Sabra y Shatila planeadas hasta el último cadáver de niño por mi general Ariel Sharon (Q.E.P.D.). Pigeon explica: esa es una iglesia maronita católica, esa otra maronita ortodoxa, la de allá es una mezquita sunnita, la de enfrente chiita, a la izquierda una iglesia ortodoxa griega, detrás una católica, también griega, aquel un templo druso. Sobre la carretera, enormes pasacalles: "1915 GENOCIDIO ARMENDIO. QUE TURQUÍA LO ADMITA 2006". Y además, por supuesto, los palestinos, nacidos ya todos aquí, pero que sueñan con volver a la Palestina que les narran sus cada vez más desdentados ancestros, para lo cual, por supuesto, tienen que correr a los judíos que, por supuesto, no quieren ni tienen adónde.
No me explico cómo caben tantas diferencias en una ciudad de menos de dos millones de habitantes en un paisito ínfimo de menos de cuatro. Bueno, en rigor sí me lo explico: Que nos interese, todo empezó con los fenicios, que fueron corridos por los griegos, que fueron corridos por los romanos, que fueron corridos por los árabes, que fueron corridos por los turcos, que fueron corridos por los cruzados, que fueron vueltos a correr por los turcos, que fueron vueltos a correr por los árabes, que fueron corridos por los franceses, que fueron corridos por los norteamericanos, y, además, cayeron los refugiados armenios, y luego los refugiados palestinos… y de todos ellos solo no quedan ostensiblemente los fenicios primigenios, cuyos genes siguen, sin embargo, haciendo de las suyas y no en vano se dice desde entonces que la libanesa no es una nacionalidad, sino un oficio comercial. Estos cuatro millones que continúan afincados en este manchoncito de tierra encerrado por Turquía, Siria e Israel (temibles vecinos, si los hay) y abiertos providencialmente al Mediterráneo que nos parió, son el ancla distante de una vastísima diáspora cuyo extremo sur anda por la Patagonia. Pero he comido en restoranes libaneses en Yaoundé, en Sydney y en Montreal.
Miro el cielo diáfano del Mediterráneo que nos parió y de pronto siento que lo oscurece la sombra del ala de un cuervo. Porque la guerra civil, esa que estalló nadie sabe bien por qué y duró dieciséis años, no hace más que invernar. El futuro, que yo siempre creí que aguardaba, en cambio acecha.
Entretanto, grúas por todas partes. Túneles y puentes que no estaban hace tres años. Monstruos de cristal y acero apenas terminados. La vida, casi inexplicablemente, sigue.
JR es casi fascista y lo proclama. Se considera partidario de la derecha “nacional”, A diferencia de cuál otra?, pregunto, De la abiertamente fascista, aclara. Piensa votar a De Villiers, el del rostro de granito incapaz de una sonrisa. Su padre, en cambio, fue brigadista internacional en la Guerra Civil Española. Me cuesta explicarme la evolución del pensamiento de este hombre sin duda inteligentísimo y sapientísimo, pero es probable que Freud haya sabido hacerlo. En su discurso político, JR larga cosas siniestramente plausibles. Los EEUU ganaron la Primera Guerra Mundial y se establecieron como potencia. Luego ganaron la Segunda y se deshicieron de los dos rivales capitalistas: Alemania y Japón. Luego ganaron la Tercera y se desembarazaron de la URSS. La Cuarta los va a liberar de Europa, solo que esta van a dejar que la peleen los hambrientos del Tercer Mundo liderados por los musulmanes. Por lo pronto, Turquía acecha con sus pronto cien millones de, claro, turcos, a los que no tardarán en sumarse los millones de las ex repúblicas soviéticas más o menos turcófonas. Lo que está por ver, en cambio, es el resultado de la Quinta, más o menos inminente no bien acabada en unos años la Cuarta. La Quinta va a ser, claro, con China. Por las dudas, tienen un presupuesto militar superior a la suma de los presupuestos militares de todos los países.
Para prevenir la Cuarta, JR propicia medidas draconianas contra la inmigración. De otra suerte, vaticina, Europa se va a tercermundizar y entonces los negros decidirán volverse al África, donde se padecerá la misma hambre, pero con menos frío. Es que, clarifica, contra el bárbaro crecimiento demográfico de los impresentables no hay más que cuatro panaceas: el hambre, las enfermedades, la guerra o la conquista. Los africanos, por suerte, tienen el SIDA. Lo dice y admite, Claro, es siniestro, pero es verdad.
Yo digo que toda solución política es, ante todo, económica, y que la cosa se resuelve más bien ayudando a que en los países de origen, por ejemplo el nuestro, ya que estamos, se creen las condiciones mínimas que permitan que la gente no quiera abandonar su hogar, sus amigos, su calle, su escuela, su comida para ir a lavar copas a Nueva York, que lo escupan en París o hacerse matar en Brighton. Inútil, replica. Esos países no tienen cultura que les permita aprovechar la ayuda que de todas maneras no vendrá.
Y tiene en parte razón. La ayuda, en efecto, no vendrá. Y pensar la cantidad de escuelas, hospitales, viviendas, carreteras, vías férreas, fuentes de trabajo que podrían crearse con los billones de billones que se despilfarran en Irak. Marx lo decía con prístina claridad: con tal de ganarse unos pesos más, el capitalismo es capaz de vender la soga con que lo vayan a ahorcar… y es exactamente lo que está haciendo. Lástima que perdimos nosotros, porque la alternativa es aún más truculenta. Un fantasma recorre Europa, se corregiría mi gran cobarbudo, el fantasma del fundamentalismo.
Veo en JR la temida fascistización de Europa. Si gente inteligente y seguramente honesta como él se sume en tamañas barbaridades, qué no temer de tantos otros?
Tomamos café en casa de Henri. Su hija Taima, de catorce abriles, toca Chopin de espaldas al inmenso ventanal por el que se mete el mar. Radia nos sirve un café exquisito, con chocolates suculentos. Henri nos sirve un Armagnac casero de ensueño, Hace mucho que vivís aquí?, Unos veinte años, desde que cayó un obús en mi otro departamento y no se pudo reconstruir. Yo también tenía un departamento por el mismo barrio, tercia Pijon, y tuve que reconstruirlo dos veces. La primera bomba mató a 47 personas; yo me salvé porque no estaba en casa; pero al final decidimos mudarnos. Claro, uno siempre espera que las cosas se solucionen pronto. Pero nos cansamos de esperar.
De regreso me duermo una inevitable siesta y salgo a pasear. Voy calle Hamra hacia el oeste en busca de la célebre Cornisa, donde estaban (y vuelven a estar) los hoteles de lujo que aparecen en todos los afiches, y que fue la zona más castigada. Es una calle como principal de pueblo de provincia nuestro. Edificios sin demasiada gracia (muchos con el acné de los años duros), cafés, negocios de toda laya de donde salen los mercaderes a pescar clientes (como en nuestra calle Florida, oh profunda decadencia de Buenos Aires!), muchachas cimbreñas vestidas a la última moda, ombligos desafiantes, toda una burla a las barbas del Profeta, gracias a Dios. En una playa de estacionamiento sin inaugurar, veinte muchachotes juegan al fútbol. Me meto en un sitio de Internet: las computadoras ultramodernas, de pantalla chata. Salgo ya de noche y llego al mar. O mejor dicho al extremo del Asia, porque el mar no es más que una línea de espuma que inaugura la noche inmensa. En algún punto, más o menos a la altura de mi mirada inútil, comienza el cielo vertical. El mar, me digo, es una vasta noche que susurra. El tráfico es demoníaco. La óptica esporádica de los semáforos cede a la acústica omnipresente de los bocinazos porque sí o porque no o por las dudas. Motocicletas contramano. Giros de 180 o 270 ó 653 grados, todos simultáneos y sonoros, seseos vertiginosos, peatones temerarios. Pero no hay maldad. Nada de la cacoláctica agresividad porteña. Me meto por callejas empinadas y oscuras, donde las parejas se besan en los coches cómplices, burlándose de las barbas del Profeta, gracias a Dios. De pronto uno y luego dos y luego un coro de muaezines entran a propalar su milenario cante jondo teológico. Toda la ciudad se envuelve de música. Se posa sobre ella como una sutil bruma canora que aplaca todos los ruidos. Y entre versículo y versículo, el distante murmullo del Mediterráneo que nos parió. Me inunda una extraña y entrañable felicidad. Pero sé que tengo clavada en la nuca la mirada implacable del cuervo que espera.
Lunes 22
El taxi nos deposita con JR en la Universidad. Es un edificio ultramoderno, bello de mirar, con sus plantas colgantes que remedan los remotos jardines de Babilonia, cómodo y acogedor. Henri y Pijon nos llevan a la oficina del rector, el padre Selim Abou, un jesuita de los paradigmáticos, de profunda cultura y apabullante modestia, el único en mangas de camisa y sin corbata (Henri nos ha recomendado que nos vistiésemos de profesores para el encuentro), y que, por sobre todas las cosas, exuda una infinita y paciente sabiduría. Nos ponemos a hablar de la situación política en la Argentina y en el resto de nuestra América. Sabe un montón, y saluda el decidido giro antiimperialista que, con todas sus limitaciones, encarnan Kirchner, Morales, Lula, Chávez y Bachelet. Un jesuita rojo, pues, como Hélder Cámara, Romero, Novak, de Nevares, Haseyne, Mugica y tantos otros -no pocos asesinados, por cierto. Es que el padre Selim ha estado 40 (cuarenta!) veces en la Argentina, donde de purrete terminó su formación sacerdotal. Hoy debe de andar arañando los 80. Nos regala dos libros suyos: “Identidad cultural” y “Culturas y derechos humanos” (amalgamados en un volumen) y otro magníficamente ilustrado que ya me haré tiempo de leer: “La 'república' jesuita de los guaraníes (1609-1768) y su legado”, que ya me haré tiempo para leer.
Mientras aguardo que los demás hagan pis, curioseo por los afiches que hay en la oficina de Henri y doy con este poema:
En étant phénicienne, arabe ou routurière,
En étant levantine aux multiples vestiges,
Comme ces fleurs étranges, fragiles sur leurs tiges,
Beyrouth est en orient le dernier sanctuaire,
Où l’homme peut toujours s’habiller de lumière.
Cuya traducción «fiel » sería:
Fenicia, árabe o plebeya,
Levantina de múltiples vestigios,
Como esas flores extrañas, frágiles en sus tallos,
Beirut es en oriente el último santuario
Donde el hombre puede siempre vestirse de luz.
La poetisa es libanesa maronita, y víctima dilecta de la fatalidad: un hijo muerto en un accidente, el otro en la guerra fratricida, el marido de cáncer y ahora lo padece ella. Tras haberse ensañado con la autora, el cuervo aguarda paciente la hora de terminar con el poema.
Almorzamos nuevamente con Pijon y Henri en la cafetería de la Embajada de Francia, que es el edificio contiguo, lo que explica la presencia ominosa de sendas tanquetas a ambos extremos de la calle. Me cuesta reconocer el mismo edificio y la misma cafetería donde almorzaba cotidianamente hace unos pocos años, antes de Osama bin Laden. El periodista que va a entrevistar luego a JR llega con retraso: la manifestación de los armenios por el aniversario del genocidio ha ocasionado un caos. Es que los piqueteros de aquí tienen otro tipo de reivindicaciones. (No creo que El Líbano sea un país más rico que la Argentina, pero no he visto mendigos, ni villas miserias -y he viajado mucho por estos pagos- ni, por supuesto, cartoneros. Dicen que las condiciones en los campamentos de refugiados son atroces, pero no me ha tocado comprobarlo. Todo después y sin embargo de una guerra civil feroz que ha durado la friolera de dieciséis años. Quién sabrá explicármelo! Y todo, no olvidemos, bajo la mirada serena e implacable del cuervo que está solo y espera).
La clase va bien. Pero no voy a aburrirlos con lo que ya saben de sobra.
Durante el regreso al hotel, vuelvo a advertir los edificios desdentados, los ventanales transformados en boquetes, los muros perforados por los obuses. Quedan muchos picotazos del cuervo. Espero que suficientes para que la gente no se olvide. Pero no estoy seguro. Porque la gente tiende a olvidar. Es humano, supongo, y así nos va.
A las 20:00 nos viene a buscar Ahyaf Sinno, vicerrector de la U. Cenamos como deidades en un restorán paquetérrimo. Están también Henri y Pigeon con sus mujeres, Lena, la directora de la escuela de interpretación, y Carine, la de los cursos de extensión universitaria, mis patronas.
Me entero de que los libaneses rubios de ojos azules son, en su mayoría, descendientes cruzados de los cruzados. Lena narra que en su pueblo, en las montañas del sur, la mitad de los lugareños tienen ojos azabache y la otra mitad zarcos. JR explica que el de los ojos color del cielo es un gen recesivo y tiende a desaparecer. Es una de la cantidad de cosas que sabe. En el auto, no recuerdo a título de qué, explicó detalladamente la evolución de la mariposa. Creo que es de las personas más cultas que conozco.
Como ya noto que es habitual, JR saca gratuitamente las garras. No voy a hastiarlos con las barbaridades que dijo, como, por ejemplo, que encontraba honorables a los asesinos Massu y Salan y perfectamente aceptable el régimen de Vichy. Yo sospecho que hay detrás de la provocación gratuita algo más que una ideología acérrima y -ahí no tengo dónde esconderme- pormenorizadamente informada. JR, se me ocurre ahora que escribo, es el lúcido heraldo del cuervo que reposa. Lo evoco, pequeño, algo enjuto, de límpido mirar por gafas filosóficas, perspicuo, pausado, de humor sin aristas y voz sin estridencias, amable, delicado, todo afabilidad y bonhomía, masticando en su francés de lujo las profecías más siniestras… y no sé si me horripila más que un hombre -y sobre todo un hombre así- las profiera, que su tremenda plausibilidad. Porque, hasta ahora -y van para unos cinco mil años que nos consta- los profetas de la luz nunca han atinado del todo y jamás por mucho tiempo. Cualquier adivino agorero puede decirnos con una sonrisa, Se los advertí. A la esfinge, Casandra y el oráculo de Delfos la leyenda no les atribuye el consuelo de una sola profecía indulgente, y el reino de los cielos que el evangelio promete, pero solo después de la hecatombe, es para los que se obstinan en creer en él, y como yo no logro contarme entre ellos, no tengo siquiera el consuelo de que, tal vez, a lo mejor, en una de esas, puede ser, quién sabe, acaso, la vida deje de dolerle a la enorme mayoría de la doliente humanidad. Yo, vaya uno a saber en premio de qué virtudes o en perdón de qué pecados, me voy salvando. Tengo suerte, una suerte inmerecida o, en todo caso, que otros que la merecen igual o más no tienen. Soy el elegido de un demiurgo tremendamente injusto y cruel en el que, para colmo, no creo. Vaya Dios a entenderlo!
JR sigue y sigue, y, corteses milenarios, nuestros anfitriones lo dejan hablar. Vacilo entre pararle el carro y causar un incidente y dejar pasar la cascada fascistizante. Opto por intervenir, con mucha más suavidad de la que yo mismo hubiera esperado de mí. Es como la voz de “ahura”: nuestros huéspedes deponen su mutismo aquiescente y también le salen -siempre con toda oriental cortesía- al encuentro. El comentario que me da el impulso es acerca del peligro de la inmigración, Yo, como Casandra, no me canso de explicar que el caballo traerá la destrucción, pero los cretinos de izquierda (me ha insultado, sin saber, unas cincuenta veces) no lo quieren comprender, Hay una diferencia, digo, el caballo lo habían construido los aqueos que venían a conquistar Troya; el de la inmigración lo traen los ex súbditos del imperio; Troya no se buscó el caballo, Francia, en cambio, sí, y ahora que lo tiene encima, no tiene demasiado derecho de quejarse (calavera no chilla, habría dicho si mi francés me hubiera alcanzado, y, ya que estamos, andá a cantarle a Gardel), Sí, pero yo no tengo la culpa de que mi abuelo haya matado al tuyo, se defiende olvidando su catolicismo cerril. Y yo, artero, le recuerdo una frase de Hegel que él mismo había citado no hacía mucho para justificar la ineluctabilidad del pecado original: Solo la piedra es inocente; hasta el niño que acaba de nacer es culpable. Por supuesto que ni la leí ni lo creo, pero qué bien me sentí!
JR admite que las cosas que dice no se atreve, por lo general, a decirlas en público, pero que sabe que entre nosotros cuenta con cierto “capital afectivo” que le permite salirse con la suya. Tiene razón. Pero también un límite, y yo me alegro de haberlo marcado.
Recapacito y creo entender más y mejor. JR tiene otros dos sonsonetes dilectos: las mujeres que ha tenido (sus dos hijos lo son de sendas, y parece haber una tercera en ejercicio, pero no está claro) y la muerte (acaban de operarlo de la próstata y no es difícil adivinar por qué). Es un reaccionario cabal: Para él Juan XXIII marca el inicio de la debacle de la iglesia. Una de sus pasiones es preservar (cabe mejor resucitar) el pluscuamperfecto del subjuntivo… un poco como si algún hispanohablante hipernostálgico quisiese rescatar el “viérades”, En ese caso, lo espoleó Henri durante el almuerzo, estarás en contra de la reforma ortográfica, Yo estoy en contra de todas las reformas, fue la respuesta que ahora evoco y llena de luz las sombras que me ahorcaban. JR teme ferozmente a la muerte. O sea, al cambio; es decir, al futuro... Todo él es una vitriólica protesta contra el río de la vida. Él quisiera quedarse para siempre en un estanque en el que, sospecho, no llega a creer por mucho que se denuede y en el que acaso nunca ha estado, Quiero morir, ha repetido varias veces, en mi Francia. No en Francia, en “su” Francia, la que la topadora de la Historia le demuele segundo a segundo. Por eso no consigo que me repela: me da una profunda, una infinita pena. Inteligencia privilegiada, lucidez sin concesiones, negativa vesánica a admitir que las ideas y los hombres cambian… para nada; no, peor: para la desdicha. A quién más me hace acordar?
Descendemos en el hotel, le paso el brazo sobre el hombro y el comento, No sabía que fueras tan extremista (no quiero decir reaccionario, ni mucho menos fascista), No lo soy: soy un moderado. Lo más curioso es que debe de creerlo con toda sinceridad.
Mañana, a las 18:30, dicta la conferencia que ha venido a dar. No me la quiero perder. Porque sé que, aun con las tripas revueltas, tengo mucho que aprender de este hombre que no puedo dejar de admirar y que no llega a repelerme. Será porque tiene una abuela argentina…
Martes 23
Me he quedado leyendo como hasta las cuatro o cinco de la mañana un libro imprescindible: Los mitos de la historia argentina, de Felipe Pigna. Me despierto, entonces, casi al mediodía, justo a tiempo para encontrarme con JR para ir a la Universidad. Durante el trayecto tengo una larga conversación con mi amigo. Su padre, a quien recién conoció a los 25 años y luego volvió a ver apenas una vez, empezó de trotskista con las Brigadas Internacionales, después participó en la Resistencia durante la ocupación alemana, más tarde peleó en la guerra de Israel y por último acabó de cuadro de la OAS (la temible Organización del Ejército Secreto, culpable de la muerte de casi un millón de argelinos en la guerra del 60… Cosas que uno quisiera comprender!). JR me hace toda una serie de confidencias. Es un tipo tremendamente depresivo, Me da la sensación de que vivo un día sí y un día no. No está mal haber hecho todo lo que hace y haber llegado donde está viviendo día por medio, le digo sin mentir. Le cuento que soy uno de los cretinos de izquierda que tanto lo sulfuran, Te imaginas si me hubiera ofendido o, peor, respondido simétricamente a tus provocaciones? Me cuenta que no es consciente y le creo: está convencido de que no hace más que opinar en respuesta a las opiniones de los demás. Es un buen tipo, pero un buen tipo sumamente desdichado.
Termino mi clase un rato antes para poder asistir a la conferencia de JR acerca de la diferencia entre las ciencias exactas y las sociales. Creo que debió haber dicho las ciencias de la naturaleza y las del hombre (ojalá me acuerde de decírselo mañana). JR es un expositor claro y ameno. Qué placer escucharlo, con sus ideas tan claras bañadas en ese soberbio francés! Poi doppo nos llevan a cenar con el Estado Mayor en pleno a un restorán estupendo. Somos unos veinte, entre ellos el principal psicoanalista de El Líbano (que, por supuesto, ha estado varias veces en la Argentina y habla castellano… seguro que sefardí), amén -nunca mejor dicho!- del vicerrector y del decano de la Facu del Teología, ambos, por supuesto, jesuitas.
Regresamos con JR por avenidas magníficamente iluminadas. Beirut bulle. Pero, cada tanto, el esqueleto acribillado de un edifico de viviendas, una iglesia, un teatro, una mezquita me recuerda el desierto después de la sequía. La noche es noche, y aunque entonces no se ve, se siente el aleteo del cuervo paciente y ominoso.
Viernes 26
Dos jornadas más de almuerzos y cenas conviviales. No quiero ni pensar los estragos concomitantes. Cada día ha venido un taxi a recogernos hacia las doce. Y como el tráfico de Beirut es todo lo temible que pueda temerse, el trayecto no ha sido nunca exactamente el mismo. Con reflejos de felino, el chofer ha sabido girar desde el otro extremo de la calzada justo a tiempo para evitar el embotellamiento repentino. Las calles laterales suelen tener el ancho exacto -o casi- de tres automóviles: el de la fila estacionada a la derecha, el de la fila estacionada a la izquierda y el que va o el que viene; solo que van y vienen a la vez. Todo se regula con acuerdo a una primer principio: LA LEY DEL PPRIMER BOCINAZO, según la cual el primero que anuncia que va o viene es el que tiene el derecho de ir o venir el primero. Este principio no siempre se respeta o, en todo caso, resulta fácil de aplicar, en vista de que el que va y el que vienen tocan sus respectivos cláxones al unísono. En esos casos, la instancia reglamentaria inmediata es LA LEY DEL BOCINAZO MÁS FUERTE, que se dirime casi siempre de resultas de una guerra antifonal. El hecho es que tarde o temprano uno de los dos duelistas termina por recordar el principio de Lavoisier, según el cual dos cuerpos no pueden ocupar simultáneamente el mismo lugar en el espacio, y, tras un último bocinazo de protesta, retrocede o avanza hasta el primer hueco donde acurrucarse para que pase el vencedor.
Como la mayoría de los vehículos que se importan en el Líbano, nuestro taxi tiene una sola velocidad, a la cual avanza independientemente de las condiciones del tráfico o la amplitud de la calzada. Ello es particularmente notable en las calles estrechas -o sea, en casi todas, bah- por las que el espejo derecho acaricia los espejos izquierdos de los coches estacionados de un lado y el espejo izquierdo el derecho de lo estacionados del otro. De pronto puede suceder que al encarar la calle exista un camión más ancho que de todas maneras avanza como si cupiera. El automóvil en que va uno no por ello disminuye su velocidad, con lo que el camión parece aproximarse más y más marcha atrás. Pero el taxista sabe que el camión va a doblar seguramente antes de que llegue a embestirlo y, en efecto, es casi siempre así.
Por las calles laterales abundan más los esqueletos renegridos. De improviso, un edificio de ocho o diez o doce pisos totalmente desahuciado, excepto la mitad, pongamos, del sexto. Milagrosamente, lo que debe de ser el sexto “A” está pintadito, con los postigos relucientes, flores en el balcón perfectamente revocado y cortinados de colores tras los cristales impecables. La familia ha decidido retornar y reclamar su vivienda a las ruinas. Me pregunto si habrán restaurado también el vestíbulo, las escaleras y el ascensor -lo dudo-, o si para llegar a la puerta que imagino de impecable madera, con aldabón de bronce y timbre sin malicia, habrá que sortear escombros, trozos de los muebles de los vecinos, ruedas de triciclo, muñecas decapitadas …
Parece cuento, pero en ninguno de los cadáveres edilicios parece haber ocupantes de invasión. Me cuentan que en los arrabales es más frecuente, y que los invasores son por lo general palestinos que prefieren vivir en ruinas que en campamentos de refugiados. Tampoco he visto mendigos. Ni uno solo. Me dicen nuevamente que por los alrededores los hay, casi siempre palestinos también.
Yo no logro percibirlos. Pero el cuervo lo observa todo desde su vuelo sin prisa.
Anteanoche fue la última cena multitudinaria, porque JR partía ayer por la tarde (yo he sido más bien beneficiario de su sombra). De regreso, nos tomamos una cerveza valedictoria que nos hizo amigos más estrechos. Me contó de su terrible lucha por no morirse nomás de pena. Pobre JR! Qué terrible tiene que ser vivir al borde del propio vacío!
Por la mañana me llamó para despedirse. Yo di mi clase, como de costumbre, y después cené con Muriel y Nagy. Ella es siria de Aleppo, intérprete, una de las primeras recién venidas a la profesión que contraté en llegando a Viena. Desde entonces hemos sido amigos. Amarcord que un día nos contó a la Turca de entonces y a mí que había conocido a un muchacho y que quería presentárnoslo a ver qué nos parecía. Y fuimos a buscar a Nagy al aeropuerto de Ginebra y nos pareció macanudo. Ahora tienen tres hijos, el mayor de casi diez años. Ta’ que lo tiró con el tiempo que no cesa!
Hacia las once de la mañana, salgo a caminar por la calle Hamra, que supo ser, me cuentan, la Corrientes angosta del Beirut de otrora, el de antes de la demencia y de la muerte. Ya no lo es, pero sigue siendo una importante arterita comercial, flanqueada de cafés y restoranes y negocios, algunos de los cuales remiten, mirada arriba, a la furia insensata de obuses, granadas y demás pirotecnia de la muerte. Llego a la Corniche para ver, por fin, el Mediterráneo que nos parió. Escojo un restorán, y una vez dentro, un pescado. Pido que me lo asen a la parrilla y me siento a mirar el mar. A mis espaldas, las montañas que me separan de Siria, del Irak, de Persia, del Afganistán, de Mongolia, de la India, de la China y del Japón. A mis espaldas el otro mundo, el extraño, el exótico, el temible. Mi mundo empieza aquí, a estas orillas que el mar lame con placidez de perro cariñoso. Allá, detrás del agua que se torna cielo, Grecia, Italia, España. En frente Alejandría, Túnez, Argel y Casablanca. Más lejos aún y en diagonal, nosotros, distantes y plañideros huérfanos de este dócil mar que baña los pies de todas las culturas que nos convergen en los genes. Se me hace como si los romanos hubieran cerrado el enorme lazo con el que ceñían el mundo, hubieran revoleado el bulto y lo hubiesen arrojado a través del Atlántico y del Ecuador a ver hasta dónde llegaba. Y el bulto, como sabemos, toco tierra en Buenos Aires, se abrió y desparramó su carga hasta Ushuaia, Mendoza, La Quiaca y Posadas. Y nosotros, como sabemos, no nos reponemos aún del magnífico porrazo, y no terminamos de frotarnos de tango las magulladuras. Entonces llega el café turco (turco también aquí, pero no en Grecia) y vuelvo a encender la pipa y el humo se lleva en sus volutas mis últimas ensoñaciones. Es hora de pagar y de dar clase.
Con Henri hablamos largamente de JR. Nos tiene preocupados a todos los amigos. Llegan las 15:00 y comienza la última sesión. Henri habla una hora de la “Teoría del Depende”. Lo hace en algarabía y Bruno, uno de mis estudiantes, me susurra la interpretación. Bruno, le he dicho, me conocés, sabés lo que pienso y lo que sé; susurrar te va a cansar, hablá lo menos que puedas; no me digas nada de más, no me expliques el problema de cómo traducir “Depende” al árabe, que no puede interesarme un ápice. No me expliques mi teoría, pero sí contáme cómo la explica Henri. Sentáme donde puedas escuchar y ver bien. Hace un trabajo excelente -en todo caso, es lo que creo, porque para mí el árabe es chino. Luego viene un piscolabis y por fin mi postrer clase. Los muchachos (hay dos que justifican el masculino genérico) han quedado contentos.
Salgo y coincido con el final de una mesa redonda sobre la guerra civil. Cómo lamento habérmela perdido! Subo a mi taxi y el chofer afronta el tráfico con temeridad de porteño enloquecido. Soslaya una doble fila metiéndose contramano. A último momento descubre los mojones de cemento que separan los dos sentidos metros antes de la esquina estratégica y calza la punta del Mercedes justito entre el culo de un Renault y la trompa de un Land Rover. La estrellita emblemática se me hace una mira que escoge vertiginosamente los huecos de la serpeante chatarra. El Mercedes se abre paso casi a codazos. En nuestro torno la infinita orquesta de bocinazos porque sí, porque no o por las dudas. Ya cerca del centro (de los enormes baldíos que hoy lo conmemoran), las calles se ensanchan y adviene, incongruo, un solitario semáforo. La mitad de los automovilistas le exigen ruidosamente que se ponga verde y la otra que los de adelante encuentren la manera de treparse a los que los preceden. Cuando lo hace, la otra mitad protesta por la traición y la primera enfurece porque los de delante no se han trepado todavía. Desde el “win” izquierdo pegamos un intrépido giro de noventa grados a través de tres filas de competidores y cortando el paso a cuatro más de adversarios en medio de la estridencia unánime de decenas de frenadas. Detrás, un avispado aprovecha para girar los 180 grados con un chirriar de neumáticos que apaga todos los ruidos. “He crazy”, explica malhumorado mi chofer, pensando en la opinión desfavorable que podría llegarme a formar de la urbanidad local.
Sábado 29
Ya estoy en el aeropuerto. Son las 2:45 locales y en media hora sale mi vuelo a Francfort (cuatro horas, más dos y media de amansadora más los últimos 90 minutos). Como siempre, no llego a determinar si regreso o me voy.
El vuelo de Lufthansa a Francfort está repleto y me apgradean a bisnes. La cosa empieza bien, aunque todavía me espera la amansadora de dos horas hasta que salga el vuelo a Beirut, que, Dios sea loado, también está atiborrado y me vuelven a apgradiar, de modo que viajo como un rey.
Domingo 21
Aterrizo en Beirut a las 02:30, en un aeropuerto ultramoderno y, salvo por los náufragos de este seguramente último vuelo, desierto. Me espera un taxista que no habla una palabra de cristiano, pero que, por suerte, sabe adónde llevarme: el hotel Cavalier, modesto y cómodo. Entre una cosa y otra, me duermo alrededor de las 4:00. A las 9:00 me llaman para despertarme. Un error comprensible, que les cuesta una de las puteadas mentales más ensordecedoras de mi prolongada biografía… ellos, claro, no se enteran; pero que les cuesta, les cuesta. Aprovecho para bajar a desayunar y me topo con Jean-René Ladmiral, autor del emblemático “Traduire: Théorèmes pour la traduction”, uno de los libros más señeros de nuestra disciplina, publicado hace unos 40 años, tras lo cual JR se ha dedicado a su vera pasión: la filosofía. Es en calidad de profe de filo que lo han invitado. Lo conozco de un seminario en la Sorbona, donde vi por última vez a la temible Danica Seléskovitch, madre y madrina de la teoría interpretativa y gran precursora gran de la teoría con que os fustigo cotidianamente para instrucción de unos, hastío de otros y escarnio de unos poquitos (por suerte!), y lo he visto por última vez con ocasión del homenaje que le hizo la U. Católica de París hace un par de años y donde yo presenté mi “Me perdonarán, pero DEPENDE!”, subido a uacinos pa’l que quiera interesarse. JR me lo espeta a cada rato: DEPENDE! Es más: a raíz de eso y para eso me han invitado: para que vuelva a explicar lo de DEPENDE! Y así han titulado el seminario “La estrategia del DEPENDE”.
Al mediodía nos viene a buscar Pijon (léase “piyón”) decano de la Facu de Filo de la Universidad St Joseph cuya Facultad de Traducción e Interpretación me ha invitado a mí y con cuyo decano, Henri Awaiss, vamos a almorzar frente al Mediterráneo que nos parió. La U es -cosa únicamente posible dentro del mundo árabe- un instituto jesuita.
Desfila a mis lados una Beirut que, bien que más que recuperada, muestra las llagas todavía purulentas de la guerra civil. Edificios picados de metralla, carcasas abandonadas ennegrecidas por incendios que solo el tiempo se ocupó finalmente de apagar, baldíos inesperados en medio de los viaductos y los rascacielos recientes, donde no es difícil imaginar edificios finalmente demolidos o caídos por propia desidia. Pasamos frente a una especie de búnker. La sede de la Falange, explica Pigeon. Y a mí se me agitan las neuronas con la memoria de mi general Ayoun, ejecutor eficiente de las atroces matanzas de Sabra y Shatila planeadas hasta el último cadáver de niño por mi general Ariel Sharon (Q.E.P.D.). Pigeon explica: esa es una iglesia maronita católica, esa otra maronita ortodoxa, la de allá es una mezquita sunnita, la de enfrente chiita, a la izquierda una iglesia ortodoxa griega, detrás una católica, también griega, aquel un templo druso. Sobre la carretera, enormes pasacalles: "1915 GENOCIDIO ARMENDIO. QUE TURQUÍA LO ADMITA 2006". Y además, por supuesto, los palestinos, nacidos ya todos aquí, pero que sueñan con volver a la Palestina que les narran sus cada vez más desdentados ancestros, para lo cual, por supuesto, tienen que correr a los judíos que, por supuesto, no quieren ni tienen adónde.
No me explico cómo caben tantas diferencias en una ciudad de menos de dos millones de habitantes en un paisito ínfimo de menos de cuatro. Bueno, en rigor sí me lo explico: Que nos interese, todo empezó con los fenicios, que fueron corridos por los griegos, que fueron corridos por los romanos, que fueron corridos por los árabes, que fueron corridos por los turcos, que fueron corridos por los cruzados, que fueron vueltos a correr por los turcos, que fueron vueltos a correr por los árabes, que fueron corridos por los franceses, que fueron corridos por los norteamericanos, y, además, cayeron los refugiados armenios, y luego los refugiados palestinos… y de todos ellos solo no quedan ostensiblemente los fenicios primigenios, cuyos genes siguen, sin embargo, haciendo de las suyas y no en vano se dice desde entonces que la libanesa no es una nacionalidad, sino un oficio comercial. Estos cuatro millones que continúan afincados en este manchoncito de tierra encerrado por Turquía, Siria e Israel (temibles vecinos, si los hay) y abiertos providencialmente al Mediterráneo que nos parió, son el ancla distante de una vastísima diáspora cuyo extremo sur anda por la Patagonia. Pero he comido en restoranes libaneses en Yaoundé, en Sydney y en Montreal.
Miro el cielo diáfano del Mediterráneo que nos parió y de pronto siento que lo oscurece la sombra del ala de un cuervo. Porque la guerra civil, esa que estalló nadie sabe bien por qué y duró dieciséis años, no hace más que invernar. El futuro, que yo siempre creí que aguardaba, en cambio acecha.
Entretanto, grúas por todas partes. Túneles y puentes que no estaban hace tres años. Monstruos de cristal y acero apenas terminados. La vida, casi inexplicablemente, sigue.
JR es casi fascista y lo proclama. Se considera partidario de la derecha “nacional”, A diferencia de cuál otra?, pregunto, De la abiertamente fascista, aclara. Piensa votar a De Villiers, el del rostro de granito incapaz de una sonrisa. Su padre, en cambio, fue brigadista internacional en la Guerra Civil Española. Me cuesta explicarme la evolución del pensamiento de este hombre sin duda inteligentísimo y sapientísimo, pero es probable que Freud haya sabido hacerlo. En su discurso político, JR larga cosas siniestramente plausibles. Los EEUU ganaron la Primera Guerra Mundial y se establecieron como potencia. Luego ganaron la Segunda y se deshicieron de los dos rivales capitalistas: Alemania y Japón. Luego ganaron la Tercera y se desembarazaron de la URSS. La Cuarta los va a liberar de Europa, solo que esta van a dejar que la peleen los hambrientos del Tercer Mundo liderados por los musulmanes. Por lo pronto, Turquía acecha con sus pronto cien millones de, claro, turcos, a los que no tardarán en sumarse los millones de las ex repúblicas soviéticas más o menos turcófonas. Lo que está por ver, en cambio, es el resultado de la Quinta, más o menos inminente no bien acabada en unos años la Cuarta. La Quinta va a ser, claro, con China. Por las dudas, tienen un presupuesto militar superior a la suma de los presupuestos militares de todos los países.
Para prevenir la Cuarta, JR propicia medidas draconianas contra la inmigración. De otra suerte, vaticina, Europa se va a tercermundizar y entonces los negros decidirán volverse al África, donde se padecerá la misma hambre, pero con menos frío. Es que, clarifica, contra el bárbaro crecimiento demográfico de los impresentables no hay más que cuatro panaceas: el hambre, las enfermedades, la guerra o la conquista. Los africanos, por suerte, tienen el SIDA. Lo dice y admite, Claro, es siniestro, pero es verdad.
Yo digo que toda solución política es, ante todo, económica, y que la cosa se resuelve más bien ayudando a que en los países de origen, por ejemplo el nuestro, ya que estamos, se creen las condiciones mínimas que permitan que la gente no quiera abandonar su hogar, sus amigos, su calle, su escuela, su comida para ir a lavar copas a Nueva York, que lo escupan en París o hacerse matar en Brighton. Inútil, replica. Esos países no tienen cultura que les permita aprovechar la ayuda que de todas maneras no vendrá.
Y tiene en parte razón. La ayuda, en efecto, no vendrá. Y pensar la cantidad de escuelas, hospitales, viviendas, carreteras, vías férreas, fuentes de trabajo que podrían crearse con los billones de billones que se despilfarran en Irak. Marx lo decía con prístina claridad: con tal de ganarse unos pesos más, el capitalismo es capaz de vender la soga con que lo vayan a ahorcar… y es exactamente lo que está haciendo. Lástima que perdimos nosotros, porque la alternativa es aún más truculenta. Un fantasma recorre Europa, se corregiría mi gran cobarbudo, el fantasma del fundamentalismo.
Veo en JR la temida fascistización de Europa. Si gente inteligente y seguramente honesta como él se sume en tamañas barbaridades, qué no temer de tantos otros?
Tomamos café en casa de Henri. Su hija Taima, de catorce abriles, toca Chopin de espaldas al inmenso ventanal por el que se mete el mar. Radia nos sirve un café exquisito, con chocolates suculentos. Henri nos sirve un Armagnac casero de ensueño, Hace mucho que vivís aquí?, Unos veinte años, desde que cayó un obús en mi otro departamento y no se pudo reconstruir. Yo también tenía un departamento por el mismo barrio, tercia Pijon, y tuve que reconstruirlo dos veces. La primera bomba mató a 47 personas; yo me salvé porque no estaba en casa; pero al final decidimos mudarnos. Claro, uno siempre espera que las cosas se solucionen pronto. Pero nos cansamos de esperar.
De regreso me duermo una inevitable siesta y salgo a pasear. Voy calle Hamra hacia el oeste en busca de la célebre Cornisa, donde estaban (y vuelven a estar) los hoteles de lujo que aparecen en todos los afiches, y que fue la zona más castigada. Es una calle como principal de pueblo de provincia nuestro. Edificios sin demasiada gracia (muchos con el acné de los años duros), cafés, negocios de toda laya de donde salen los mercaderes a pescar clientes (como en nuestra calle Florida, oh profunda decadencia de Buenos Aires!), muchachas cimbreñas vestidas a la última moda, ombligos desafiantes, toda una burla a las barbas del Profeta, gracias a Dios. En una playa de estacionamiento sin inaugurar, veinte muchachotes juegan al fútbol. Me meto en un sitio de Internet: las computadoras ultramodernas, de pantalla chata. Salgo ya de noche y llego al mar. O mejor dicho al extremo del Asia, porque el mar no es más que una línea de espuma que inaugura la noche inmensa. En algún punto, más o menos a la altura de mi mirada inútil, comienza el cielo vertical. El mar, me digo, es una vasta noche que susurra. El tráfico es demoníaco. La óptica esporádica de los semáforos cede a la acústica omnipresente de los bocinazos porque sí o porque no o por las dudas. Motocicletas contramano. Giros de 180 o 270 ó 653 grados, todos simultáneos y sonoros, seseos vertiginosos, peatones temerarios. Pero no hay maldad. Nada de la cacoláctica agresividad porteña. Me meto por callejas empinadas y oscuras, donde las parejas se besan en los coches cómplices, burlándose de las barbas del Profeta, gracias a Dios. De pronto uno y luego dos y luego un coro de muaezines entran a propalar su milenario cante jondo teológico. Toda la ciudad se envuelve de música. Se posa sobre ella como una sutil bruma canora que aplaca todos los ruidos. Y entre versículo y versículo, el distante murmullo del Mediterráneo que nos parió. Me inunda una extraña y entrañable felicidad. Pero sé que tengo clavada en la nuca la mirada implacable del cuervo que espera.
Lunes 22
El taxi nos deposita con JR en la Universidad. Es un edificio ultramoderno, bello de mirar, con sus plantas colgantes que remedan los remotos jardines de Babilonia, cómodo y acogedor. Henri y Pijon nos llevan a la oficina del rector, el padre Selim Abou, un jesuita de los paradigmáticos, de profunda cultura y apabullante modestia, el único en mangas de camisa y sin corbata (Henri nos ha recomendado que nos vistiésemos de profesores para el encuentro), y que, por sobre todas las cosas, exuda una infinita y paciente sabiduría. Nos ponemos a hablar de la situación política en la Argentina y en el resto de nuestra América. Sabe un montón, y saluda el decidido giro antiimperialista que, con todas sus limitaciones, encarnan Kirchner, Morales, Lula, Chávez y Bachelet. Un jesuita rojo, pues, como Hélder Cámara, Romero, Novak, de Nevares, Haseyne, Mugica y tantos otros -no pocos asesinados, por cierto. Es que el padre Selim ha estado 40 (cuarenta!) veces en la Argentina, donde de purrete terminó su formación sacerdotal. Hoy debe de andar arañando los 80. Nos regala dos libros suyos: “Identidad cultural” y “Culturas y derechos humanos” (amalgamados en un volumen) y otro magníficamente ilustrado que ya me haré tiempo de leer: “La 'república' jesuita de los guaraníes (1609-1768) y su legado”, que ya me haré tiempo para leer.
Mientras aguardo que los demás hagan pis, curioseo por los afiches que hay en la oficina de Henri y doy con este poema:
En étant phénicienne, arabe ou routurière,
En étant levantine aux multiples vestiges,
Comme ces fleurs étranges, fragiles sur leurs tiges,
Beyrouth est en orient le dernier sanctuaire,
Où l’homme peut toujours s’habiller de lumière.
Cuya traducción «fiel » sería:
Fenicia, árabe o plebeya,
Levantina de múltiples vestigios,
Como esas flores extrañas, frágiles en sus tallos,
Beirut es en oriente el último santuario
Donde el hombre puede siempre vestirse de luz.
La poetisa es libanesa maronita, y víctima dilecta de la fatalidad: un hijo muerto en un accidente, el otro en la guerra fratricida, el marido de cáncer y ahora lo padece ella. Tras haberse ensañado con la autora, el cuervo aguarda paciente la hora de terminar con el poema.
Almorzamos nuevamente con Pijon y Henri en la cafetería de la Embajada de Francia, que es el edificio contiguo, lo que explica la presencia ominosa de sendas tanquetas a ambos extremos de la calle. Me cuesta reconocer el mismo edificio y la misma cafetería donde almorzaba cotidianamente hace unos pocos años, antes de Osama bin Laden. El periodista que va a entrevistar luego a JR llega con retraso: la manifestación de los armenios por el aniversario del genocidio ha ocasionado un caos. Es que los piqueteros de aquí tienen otro tipo de reivindicaciones. (No creo que El Líbano sea un país más rico que la Argentina, pero no he visto mendigos, ni villas miserias -y he viajado mucho por estos pagos- ni, por supuesto, cartoneros. Dicen que las condiciones en los campamentos de refugiados son atroces, pero no me ha tocado comprobarlo. Todo después y sin embargo de una guerra civil feroz que ha durado la friolera de dieciséis años. Quién sabrá explicármelo! Y todo, no olvidemos, bajo la mirada serena e implacable del cuervo que está solo y espera).
La clase va bien. Pero no voy a aburrirlos con lo que ya saben de sobra.
Durante el regreso al hotel, vuelvo a advertir los edificios desdentados, los ventanales transformados en boquetes, los muros perforados por los obuses. Quedan muchos picotazos del cuervo. Espero que suficientes para que la gente no se olvide. Pero no estoy seguro. Porque la gente tiende a olvidar. Es humano, supongo, y así nos va.
A las 20:00 nos viene a buscar Ahyaf Sinno, vicerrector de la U. Cenamos como deidades en un restorán paquetérrimo. Están también Henri y Pigeon con sus mujeres, Lena, la directora de la escuela de interpretación, y Carine, la de los cursos de extensión universitaria, mis patronas.
Me entero de que los libaneses rubios de ojos azules son, en su mayoría, descendientes cruzados de los cruzados. Lena narra que en su pueblo, en las montañas del sur, la mitad de los lugareños tienen ojos azabache y la otra mitad zarcos. JR explica que el de los ojos color del cielo es un gen recesivo y tiende a desaparecer. Es una de la cantidad de cosas que sabe. En el auto, no recuerdo a título de qué, explicó detalladamente la evolución de la mariposa. Creo que es de las personas más cultas que conozco.
Como ya noto que es habitual, JR saca gratuitamente las garras. No voy a hastiarlos con las barbaridades que dijo, como, por ejemplo, que encontraba honorables a los asesinos Massu y Salan y perfectamente aceptable el régimen de Vichy. Yo sospecho que hay detrás de la provocación gratuita algo más que una ideología acérrima y -ahí no tengo dónde esconderme- pormenorizadamente informada. JR, se me ocurre ahora que escribo, es el lúcido heraldo del cuervo que reposa. Lo evoco, pequeño, algo enjuto, de límpido mirar por gafas filosóficas, perspicuo, pausado, de humor sin aristas y voz sin estridencias, amable, delicado, todo afabilidad y bonhomía, masticando en su francés de lujo las profecías más siniestras… y no sé si me horripila más que un hombre -y sobre todo un hombre así- las profiera, que su tremenda plausibilidad. Porque, hasta ahora -y van para unos cinco mil años que nos consta- los profetas de la luz nunca han atinado del todo y jamás por mucho tiempo. Cualquier adivino agorero puede decirnos con una sonrisa, Se los advertí. A la esfinge, Casandra y el oráculo de Delfos la leyenda no les atribuye el consuelo de una sola profecía indulgente, y el reino de los cielos que el evangelio promete, pero solo después de la hecatombe, es para los que se obstinan en creer en él, y como yo no logro contarme entre ellos, no tengo siquiera el consuelo de que, tal vez, a lo mejor, en una de esas, puede ser, quién sabe, acaso, la vida deje de dolerle a la enorme mayoría de la doliente humanidad. Yo, vaya uno a saber en premio de qué virtudes o en perdón de qué pecados, me voy salvando. Tengo suerte, una suerte inmerecida o, en todo caso, que otros que la merecen igual o más no tienen. Soy el elegido de un demiurgo tremendamente injusto y cruel en el que, para colmo, no creo. Vaya Dios a entenderlo!
JR sigue y sigue, y, corteses milenarios, nuestros anfitriones lo dejan hablar. Vacilo entre pararle el carro y causar un incidente y dejar pasar la cascada fascistizante. Opto por intervenir, con mucha más suavidad de la que yo mismo hubiera esperado de mí. Es como la voz de “ahura”: nuestros huéspedes deponen su mutismo aquiescente y también le salen -siempre con toda oriental cortesía- al encuentro. El comentario que me da el impulso es acerca del peligro de la inmigración, Yo, como Casandra, no me canso de explicar que el caballo traerá la destrucción, pero los cretinos de izquierda (me ha insultado, sin saber, unas cincuenta veces) no lo quieren comprender, Hay una diferencia, digo, el caballo lo habían construido los aqueos que venían a conquistar Troya; el de la inmigración lo traen los ex súbditos del imperio; Troya no se buscó el caballo, Francia, en cambio, sí, y ahora que lo tiene encima, no tiene demasiado derecho de quejarse (calavera no chilla, habría dicho si mi francés me hubiera alcanzado, y, ya que estamos, andá a cantarle a Gardel), Sí, pero yo no tengo la culpa de que mi abuelo haya matado al tuyo, se defiende olvidando su catolicismo cerril. Y yo, artero, le recuerdo una frase de Hegel que él mismo había citado no hacía mucho para justificar la ineluctabilidad del pecado original: Solo la piedra es inocente; hasta el niño que acaba de nacer es culpable. Por supuesto que ni la leí ni lo creo, pero qué bien me sentí!
JR admite que las cosas que dice no se atreve, por lo general, a decirlas en público, pero que sabe que entre nosotros cuenta con cierto “capital afectivo” que le permite salirse con la suya. Tiene razón. Pero también un límite, y yo me alegro de haberlo marcado.
Recapacito y creo entender más y mejor. JR tiene otros dos sonsonetes dilectos: las mujeres que ha tenido (sus dos hijos lo son de sendas, y parece haber una tercera en ejercicio, pero no está claro) y la muerte (acaban de operarlo de la próstata y no es difícil adivinar por qué). Es un reaccionario cabal: Para él Juan XXIII marca el inicio de la debacle de la iglesia. Una de sus pasiones es preservar (cabe mejor resucitar) el pluscuamperfecto del subjuntivo… un poco como si algún hispanohablante hipernostálgico quisiese rescatar el “viérades”, En ese caso, lo espoleó Henri durante el almuerzo, estarás en contra de la reforma ortográfica, Yo estoy en contra de todas las reformas, fue la respuesta que ahora evoco y llena de luz las sombras que me ahorcaban. JR teme ferozmente a la muerte. O sea, al cambio; es decir, al futuro... Todo él es una vitriólica protesta contra el río de la vida. Él quisiera quedarse para siempre en un estanque en el que, sospecho, no llega a creer por mucho que se denuede y en el que acaso nunca ha estado, Quiero morir, ha repetido varias veces, en mi Francia. No en Francia, en “su” Francia, la que la topadora de la Historia le demuele segundo a segundo. Por eso no consigo que me repela: me da una profunda, una infinita pena. Inteligencia privilegiada, lucidez sin concesiones, negativa vesánica a admitir que las ideas y los hombres cambian… para nada; no, peor: para la desdicha. A quién más me hace acordar?
Descendemos en el hotel, le paso el brazo sobre el hombro y el comento, No sabía que fueras tan extremista (no quiero decir reaccionario, ni mucho menos fascista), No lo soy: soy un moderado. Lo más curioso es que debe de creerlo con toda sinceridad.
Mañana, a las 18:30, dicta la conferencia que ha venido a dar. No me la quiero perder. Porque sé que, aun con las tripas revueltas, tengo mucho que aprender de este hombre que no puedo dejar de admirar y que no llega a repelerme. Será porque tiene una abuela argentina…
Martes 23
Me he quedado leyendo como hasta las cuatro o cinco de la mañana un libro imprescindible: Los mitos de la historia argentina, de Felipe Pigna. Me despierto, entonces, casi al mediodía, justo a tiempo para encontrarme con JR para ir a la Universidad. Durante el trayecto tengo una larga conversación con mi amigo. Su padre, a quien recién conoció a los 25 años y luego volvió a ver apenas una vez, empezó de trotskista con las Brigadas Internacionales, después participó en la Resistencia durante la ocupación alemana, más tarde peleó en la guerra de Israel y por último acabó de cuadro de la OAS (la temible Organización del Ejército Secreto, culpable de la muerte de casi un millón de argelinos en la guerra del 60… Cosas que uno quisiera comprender!). JR me hace toda una serie de confidencias. Es un tipo tremendamente depresivo, Me da la sensación de que vivo un día sí y un día no. No está mal haber hecho todo lo que hace y haber llegado donde está viviendo día por medio, le digo sin mentir. Le cuento que soy uno de los cretinos de izquierda que tanto lo sulfuran, Te imaginas si me hubiera ofendido o, peor, respondido simétricamente a tus provocaciones? Me cuenta que no es consciente y le creo: está convencido de que no hace más que opinar en respuesta a las opiniones de los demás. Es un buen tipo, pero un buen tipo sumamente desdichado.
Termino mi clase un rato antes para poder asistir a la conferencia de JR acerca de la diferencia entre las ciencias exactas y las sociales. Creo que debió haber dicho las ciencias de la naturaleza y las del hombre (ojalá me acuerde de decírselo mañana). JR es un expositor claro y ameno. Qué placer escucharlo, con sus ideas tan claras bañadas en ese soberbio francés! Poi doppo nos llevan a cenar con el Estado Mayor en pleno a un restorán estupendo. Somos unos veinte, entre ellos el principal psicoanalista de El Líbano (que, por supuesto, ha estado varias veces en la Argentina y habla castellano… seguro que sefardí), amén -nunca mejor dicho!- del vicerrector y del decano de la Facu del Teología, ambos, por supuesto, jesuitas.
Regresamos con JR por avenidas magníficamente iluminadas. Beirut bulle. Pero, cada tanto, el esqueleto acribillado de un edifico de viviendas, una iglesia, un teatro, una mezquita me recuerda el desierto después de la sequía. La noche es noche, y aunque entonces no se ve, se siente el aleteo del cuervo paciente y ominoso.
Viernes 26
Dos jornadas más de almuerzos y cenas conviviales. No quiero ni pensar los estragos concomitantes. Cada día ha venido un taxi a recogernos hacia las doce. Y como el tráfico de Beirut es todo lo temible que pueda temerse, el trayecto no ha sido nunca exactamente el mismo. Con reflejos de felino, el chofer ha sabido girar desde el otro extremo de la calzada justo a tiempo para evitar el embotellamiento repentino. Las calles laterales suelen tener el ancho exacto -o casi- de tres automóviles: el de la fila estacionada a la derecha, el de la fila estacionada a la izquierda y el que va o el que viene; solo que van y vienen a la vez. Todo se regula con acuerdo a una primer principio: LA LEY DEL PPRIMER BOCINAZO, según la cual el primero que anuncia que va o viene es el que tiene el derecho de ir o venir el primero. Este principio no siempre se respeta o, en todo caso, resulta fácil de aplicar, en vista de que el que va y el que vienen tocan sus respectivos cláxones al unísono. En esos casos, la instancia reglamentaria inmediata es LA LEY DEL BOCINAZO MÁS FUERTE, que se dirime casi siempre de resultas de una guerra antifonal. El hecho es que tarde o temprano uno de los dos duelistas termina por recordar el principio de Lavoisier, según el cual dos cuerpos no pueden ocupar simultáneamente el mismo lugar en el espacio, y, tras un último bocinazo de protesta, retrocede o avanza hasta el primer hueco donde acurrucarse para que pase el vencedor.
Como la mayoría de los vehículos que se importan en el Líbano, nuestro taxi tiene una sola velocidad, a la cual avanza independientemente de las condiciones del tráfico o la amplitud de la calzada. Ello es particularmente notable en las calles estrechas -o sea, en casi todas, bah- por las que el espejo derecho acaricia los espejos izquierdos de los coches estacionados de un lado y el espejo izquierdo el derecho de lo estacionados del otro. De pronto puede suceder que al encarar la calle exista un camión más ancho que de todas maneras avanza como si cupiera. El automóvil en que va uno no por ello disminuye su velocidad, con lo que el camión parece aproximarse más y más marcha atrás. Pero el taxista sabe que el camión va a doblar seguramente antes de que llegue a embestirlo y, en efecto, es casi siempre así.
Por las calles laterales abundan más los esqueletos renegridos. De improviso, un edificio de ocho o diez o doce pisos totalmente desahuciado, excepto la mitad, pongamos, del sexto. Milagrosamente, lo que debe de ser el sexto “A” está pintadito, con los postigos relucientes, flores en el balcón perfectamente revocado y cortinados de colores tras los cristales impecables. La familia ha decidido retornar y reclamar su vivienda a las ruinas. Me pregunto si habrán restaurado también el vestíbulo, las escaleras y el ascensor -lo dudo-, o si para llegar a la puerta que imagino de impecable madera, con aldabón de bronce y timbre sin malicia, habrá que sortear escombros, trozos de los muebles de los vecinos, ruedas de triciclo, muñecas decapitadas …
Parece cuento, pero en ninguno de los cadáveres edilicios parece haber ocupantes de invasión. Me cuentan que en los arrabales es más frecuente, y que los invasores son por lo general palestinos que prefieren vivir en ruinas que en campamentos de refugiados. Tampoco he visto mendigos. Ni uno solo. Me dicen nuevamente que por los alrededores los hay, casi siempre palestinos también.
Yo no logro percibirlos. Pero el cuervo lo observa todo desde su vuelo sin prisa.
Anteanoche fue la última cena multitudinaria, porque JR partía ayer por la tarde (yo he sido más bien beneficiario de su sombra). De regreso, nos tomamos una cerveza valedictoria que nos hizo amigos más estrechos. Me contó de su terrible lucha por no morirse nomás de pena. Pobre JR! Qué terrible tiene que ser vivir al borde del propio vacío!
Por la mañana me llamó para despedirse. Yo di mi clase, como de costumbre, y después cené con Muriel y Nagy. Ella es siria de Aleppo, intérprete, una de las primeras recién venidas a la profesión que contraté en llegando a Viena. Desde entonces hemos sido amigos. Amarcord que un día nos contó a la Turca de entonces y a mí que había conocido a un muchacho y que quería presentárnoslo a ver qué nos parecía. Y fuimos a buscar a Nagy al aeropuerto de Ginebra y nos pareció macanudo. Ahora tienen tres hijos, el mayor de casi diez años. Ta’ que lo tiró con el tiempo que no cesa!
Hacia las once de la mañana, salgo a caminar por la calle Hamra, que supo ser, me cuentan, la Corrientes angosta del Beirut de otrora, el de antes de la demencia y de la muerte. Ya no lo es, pero sigue siendo una importante arterita comercial, flanqueada de cafés y restoranes y negocios, algunos de los cuales remiten, mirada arriba, a la furia insensata de obuses, granadas y demás pirotecnia de la muerte. Llego a la Corniche para ver, por fin, el Mediterráneo que nos parió. Escojo un restorán, y una vez dentro, un pescado. Pido que me lo asen a la parrilla y me siento a mirar el mar. A mis espaldas, las montañas que me separan de Siria, del Irak, de Persia, del Afganistán, de Mongolia, de la India, de la China y del Japón. A mis espaldas el otro mundo, el extraño, el exótico, el temible. Mi mundo empieza aquí, a estas orillas que el mar lame con placidez de perro cariñoso. Allá, detrás del agua que se torna cielo, Grecia, Italia, España. En frente Alejandría, Túnez, Argel y Casablanca. Más lejos aún y en diagonal, nosotros, distantes y plañideros huérfanos de este dócil mar que baña los pies de todas las culturas que nos convergen en los genes. Se me hace como si los romanos hubieran cerrado el enorme lazo con el que ceñían el mundo, hubieran revoleado el bulto y lo hubiesen arrojado a través del Atlántico y del Ecuador a ver hasta dónde llegaba. Y el bulto, como sabemos, toco tierra en Buenos Aires, se abrió y desparramó su carga hasta Ushuaia, Mendoza, La Quiaca y Posadas. Y nosotros, como sabemos, no nos reponemos aún del magnífico porrazo, y no terminamos de frotarnos de tango las magulladuras. Entonces llega el café turco (turco también aquí, pero no en Grecia) y vuelvo a encender la pipa y el humo se lleva en sus volutas mis últimas ensoñaciones. Es hora de pagar y de dar clase.
Con Henri hablamos largamente de JR. Nos tiene preocupados a todos los amigos. Llegan las 15:00 y comienza la última sesión. Henri habla una hora de la “Teoría del Depende”. Lo hace en algarabía y Bruno, uno de mis estudiantes, me susurra la interpretación. Bruno, le he dicho, me conocés, sabés lo que pienso y lo que sé; susurrar te va a cansar, hablá lo menos que puedas; no me digas nada de más, no me expliques el problema de cómo traducir “Depende” al árabe, que no puede interesarme un ápice. No me expliques mi teoría, pero sí contáme cómo la explica Henri. Sentáme donde puedas escuchar y ver bien. Hace un trabajo excelente -en todo caso, es lo que creo, porque para mí el árabe es chino. Luego viene un piscolabis y por fin mi postrer clase. Los muchachos (hay dos que justifican el masculino genérico) han quedado contentos.
Salgo y coincido con el final de una mesa redonda sobre la guerra civil. Cómo lamento habérmela perdido! Subo a mi taxi y el chofer afronta el tráfico con temeridad de porteño enloquecido. Soslaya una doble fila metiéndose contramano. A último momento descubre los mojones de cemento que separan los dos sentidos metros antes de la esquina estratégica y calza la punta del Mercedes justito entre el culo de un Renault y la trompa de un Land Rover. La estrellita emblemática se me hace una mira que escoge vertiginosamente los huecos de la serpeante chatarra. El Mercedes se abre paso casi a codazos. En nuestro torno la infinita orquesta de bocinazos porque sí, porque no o por las dudas. Ya cerca del centro (de los enormes baldíos que hoy lo conmemoran), las calles se ensanchan y adviene, incongruo, un solitario semáforo. La mitad de los automovilistas le exigen ruidosamente que se ponga verde y la otra que los de adelante encuentren la manera de treparse a los que los preceden. Cuando lo hace, la otra mitad protesta por la traición y la primera enfurece porque los de delante no se han trepado todavía. Desde el “win” izquierdo pegamos un intrépido giro de noventa grados a través de tres filas de competidores y cortando el paso a cuatro más de adversarios en medio de la estridencia unánime de decenas de frenadas. Detrás, un avispado aprovecha para girar los 180 grados con un chirriar de neumáticos que apaga todos los ruidos. “He crazy”, explica malhumorado mi chofer, pensando en la opinión desfavorable que podría llegarme a formar de la urbanidad local.
Sábado 29
Ya estoy en el aeropuerto. Son las 2:45 locales y en media hora sale mi vuelo a Francfort (cuatro horas, más dos y media de amansadora más los últimos 90 minutos). Como siempre, no llego a determinar si regreso o me voy.
jueves, 2 de octubre de 2008
CRONICAS VIENEREOMORALÍSTICAS (mayo de 2006)
jueves 10
INTERPRETANDO PA' MANDAMASES
Han sido dos días movidillos. Ayer me tocó interpretar bisexualmente (inglés castellano y vuelta) en la hermosa Zeremoniensaal de la Hofburg para una reunión entre los países de América Central y la Unión Europea. No teníamos un solo documento, y cuando el presidente del grupo centroamericano se largó a leer su enrevesado discurso económico a toda velocidad, mi colega y yo nos vimos en serias dificultades. Uno puede disimular solo hasta cierto punto. Y ciertamente no hasta el necesario en las circunstancias, porque se nos apareció una turiferaria de la cancillería austriaca a preguntar si de veras era tan difícil. Le contamos que no teníamos los discursos y dijo, Pero si los tenemos desde ayer!, Pues no nosotros. Los trajeron inmediatamente y ya la cosa se encaminó un poco. Me doy cuenta de que mi límite hacia el inglés está mucho más vecino al suelo que el que tengo hacia el castellano. La próxima vez que acepte interpretar contra natura, he de cerciorarme de que esté a mi alcance. Nos dieron de almorzar muy pero muy bien, y por la tarde empezó el debate. Casi todos los europeos que intervinieron (Alemania, Dinamarca, etc.) lo hicieron en un español envidiable, mucho más rico y correcto que el estropicio que salía por los labios de los latinoamericanos. Qué vergüenza! Yo, para escarnio de alguno, hice lo que sostengo que corresponde hacer, y lo mismo mi colega, que quiso hacer su tesis sobre mi broli, pero no la dejaron porque "No es un paradigma aceptado". De modo que nos ceñimos a decir lo que a nuestro juicio profesional había que decir para que nuestros interlocutores entendieran lo que tenían que entender, lo cual significó fundamentalmente una implacable poda de la hojarasca retórica, ya que ambos éramos hispanoparlantes nativos y los dos necesitábamos mayor distancia y detenimiento para hablar un inglés suficientemente digerible. Logramos establecer un excelente rapport con los dos grupos de usuarios. Cuando alguno se disparaba, hacíamos señas desde la cabina y quienes lo advertían pedían al orador que tuviera piedad. En determinado momento se planteó el problema de decir "cooperantes" en inglés. Yo opté por "donors", que es lo que, en efecto son. Expliqué que la alternativa, "cooperating parties" me parecía poco clara y los anglooyentes estuvieron totalmente de acuerdo. Como la traducción de la declaración (que terminó rebajada a "iniciativa") al inglés (hecha, obviamente, por nibelungos de las delegaciones latinoamericanas) era un desastre, la fuimos corrigiendo en lo que podíamos. Al final, la reunión se pasó más de una hora de la prevista y como mi colega tenía que irse a atender a su presidente Fox y a mí me habían llamado de la Embajada de Venezuela, dijimos que nos teníamos que marchar. Por suerte, tuvimos tiempo de terminar con la aprobación de la iniciativa.
Mi desplazamiento a la Embajada de Venezuela fue inútil, porque quería intérprete al alemán. La Embajada del Uruguay también me llamó, pero cuando les dije cuánto cobraba se asustaron y terminaron contratando a otro (a mí quisieron venderme el buzón de que iba a interpretar un diplomático de la delegación muy ducho en los temas de debate, pero claro que no me lo creí). De modo que pude comprometer mis servicios a la Embajada de Bolivia, que me quiso para la conferencia de prensa de Evo Morales antes del inicio de la Cumbre.
Evo forever!
En la oficinita que han asignado a Bolivia (cada país tiene la suya) me encontré con una ex estudiante mía de Vic, a quienes ofrecieron fungir de intérprete de enlace estos días y que, con tino, rehusó interpretar para la conferencia de prensa. Trabaja prácticamente gratis (no va a sacar ni lo que le costó el pasaje), pero está entusiasmada con este primer contrato de su vida. Le aconsejé que, por mucho que hiciera concesiones económicas, no transigiera en las condiciones de trabajo. Por mi parte, decidí no cobrarles nada, porque andan sin un mango: salvo Evo, los demás están en hoteles de cuarta con viáticos miserables. Estaba previsto que primero nos reuniéramos el Presidente, su jefe de prensa y yo para sincronizar relojes, cosa que yo iba a aprovechar para explicarle cómo funciona la interpretación en estos lances. Pero Evo llegó tarde y hubo que lanzarse al agua sin mirar. La sala estaba repleta. Llegaron el jefe de prensa y dos o tres más de la delegación, todos sin corbata, sencillos, entusiasmados. Les dije que yo me sentaba al lado de Evo. Me dijeron que no podía ser, porque iba a haber muchas fotos, y que ellos lo querían flanqueado por el embajador y el ministro de RREE. Repliqué que los sentía mucho, pero de ningún modo, Si quieren, para las fotos cambiamos la coreografía, pero para la conferencia tengo que estar al lado del Presidente y poder comunicarme con él directamente. No tuvieron más remedio que aceptarlo. La conferencia fue apasionante. Evo es un tipo de increíble carisma y claridad. Pero se conoce que no está acostumbrado a ser interpretado y se lo veía nervioso. En varias oportunidades me musitó al oído cosas como, No mencionó al Japón, o, No habló de la dignidad. Yo procuraba tranquilizarlo, Sí, presidente, lo dije, no se preocupe. Aun así, en determinado momento dijo, Creo que el compañero está traduciendo mal. Yo, por supuesto, lo interpreté, pero también le dije que estaba diciendo exactamente lo que decía él. El edecán militar, que estaba parado detrás como un portero con sus colgajos y arreos se inclinó medio lívido y me dijo, Es un chiste! Mientras uno de la delegación se le acercó a Evo por el otro lado le dijo que la interpretación había sido perfectamente fiel. Entonces fue Evo el que me palmeó el hombro y me dijo, No, lo digo en broma. Todo esto en medio segundo. Y yo aproveché, entonces, para interpretar, No, it's just a joke, poniendo una expresión de total alivio y haciendo como que me secaba el sudor. Todo el mundo se rio y la cosa siguió entre sonrisas. Fue, admito, un momento tenso: me estaban haciendo quedar como el culo ante las cámaras de TV y haberla dejado pasar así nomás habría sido, estoy seguro, un golpe a la profesión entera, porque estoy convencido de que cuando interpreta públicamente, el profesional encarna a la profesión misma. Por suerte, me parece que salí bien del trance. Como estaba totalmente de acuerdo en todo lo que el orador decía, lo hice con tremendo gusto y empatía, interpretando lo más rápido que me salía para que hubiera tiempo para más preguntas. Evo las tomaba en tandas como de a diez, tomaba unas pocas notas, y luego las contestaba punto por punto. IMPRESIONANTE!
Momentos memorables
Periodista español: Ha mencionado a varios países que ayudan incondicionalmente a Bolivia, pero entre ellos no a España; ha sido una omisión voluntaria? Evo: Cuando estaba en campaña Zapatero me dijo, Si ganas te doblamos la ayuda y te condonamos la deuda. Pues bien, todavía ni lo uno ni lo otro… Y gané!
Periodista gusano: No cree que su amistad con Cuba puede ser peligrosa? Evo: Cuba nos manda ejércitos de médicos para salvar vidas. Peligrosas son las amistades que envían ejércitos de los otros para destruirlas. Los oftalmólogos cubanos ya han operado a 7.000 campesinos pobres de cataratas y otros males. En las clínicas privadas esas operaciones cuestan hasta 700 dólares. Ellos operan gratis. Cuba es un país que padece un tremendo bloqueo económico, pero que no se detiene a la hora de ayudar a levantar el bloqueo social.
Periodista austriaca: Hace unos días se descubrió que un famoso músico austriaco era cocainómano desde hace diez años. Qué va a hacer para erradicar el cultivo de coca? Evo: Nuestros campesinos cultivan coca desde hace siglos. La hoja de coca no es lo mismo que la cocaína. La cocaína la produjeron los europeos y los norteamericanos, que mientras se trataba de que la mascaran los mineros bolivianos para sacar más estaño para la industria norteamericana, fomentaban su cultivo. Si ese músico no comprara cocaína, no habría necesidad de erradicar los cultivos. De todos modos, nosotros estamos contra e narcotráfico, que es otra cosa. Y somos partidarios de la erradicación voluntaria, sin muertos, sin represión al pueblo.
Periodista español: Usted habla constantemente de los quinientos años. Evo: Y lo seguiré haciendo. Hace dos años llegué invitado por un ayuntamiento a participar en un seminario. En Barajas me pararon y me pidieron que mostrara 500 dólares. Yo venía invitado, con todos los gastos pagos, de modo que no los tenía, Pues entonces te vuelves, me dijeron, y yo, Tras 500 años de saqueo, no nos han dejado ni 500 dólares, de dónde quieren que los saque; uno de los policía se enojó y me quiso expulsar, pero el otro dijo, Está bien, negro, pasa. (Y aquí, por cierto, para consternación de alguno, no dije "black" ni mucho menos "negro" o "nigger", porque no se iba a entender como tenía que entenderse y lo que menos quería Evo era un incidente debido a un problema de traducción).
Periodistas brasileños más o menos a coro y a cada rato: Por qué no ha hablado con el Presidente Lula para negociar el problema de Petrobrás? Evo: Apenas resulté electo quise ponerme en contacto con Lula, pero fue imposible. Sospecho que algunos de sus colaboradores me estaban bloqueando. Por eso me sorprendió que apenas anuncié la nacionalización de los hidrocarburos Lula se mostrara tan ansioso por hablar conmigo. Los hidrocarburos de Bolivia son bolivianos, pertenecen a nuestro pueblo, y un país soberano no tiene por qué negociar a la hora de disponer de ellos. Periodistas brasileños: Pero había contratos. Evo: Eran contratos ilegales, porque no fueron aprobados jamás por el parlamento. Cuando ha habido contratos legítimos, nosotros los hemos respetado y lo seguiremos haciendo.
Periodista inglés: Qué medidas piensa tomar en defensa de las mujeres indígenas? Evo: Por primera vez en la historia hay cuatro mujeres ministros, todas ellas indígenas. Y la de Justicia fue la fundadora del sindicato de trabajadoras domésticas, sirvientas que se les dice. Podría seguir con la lata, pero se dan una idea. En fin, que uno de los días más apasionantes de mi carrera.
viernes 12
INTERPRETANDO PARA MANDAMENOS
Ayer, tras la aventura con Evo, caí en la cuenta que había una cumbre paralela en la que seguramente necesitarían intérpretes voluntarios, de modo que esta mañana me fui para el Stadthalle. Qué diferencia! Jóvenes de todo el mundo (especialmente latinoamericanos, la mayoría residentes en Europa), teutonas rubicundas, latinas de bronce o de caoba, vestuarios inverosímiles, peinados extraterrestres, barbas hirsutas o casi invisibles e impalpables, anteojos de todas las formas y aumentos, bebés incongruos, viejas de cabello como de adolescentes, gerontes de boina y colita, mochilas de todos los tamaños y en todos los estados posibles de descomposición, quioscos atestados de panfletos, folletos y volantes, corrillos multicolores, carteles pintados a mano, y, al fondo, la oficina de intérpretes, o sea, un cuarto con una mesa cubierta de viandas en diferente estado de consumo o deterioro, bolsas de pretéritas papafritas, envoltorios de sándwiches ya idos, una jovencita durmiendo a pata suelta sobre una especie de colchón, dos tomando café frío, y, factótum y hada madrina del pintoresco aquelarre, Gemma, una catalana capaz de amamantar ella sola a sendos regimientos, guapa de facciones y de pelo teñido en diferentes épocas de dos o tres colores peleados entre sí. Yo estoy de saco azul cruzado, pantalón gris, corbata con unos dibujitos maricones, camisa blanca y mocasines fulgurantes (es que me he dicho que si me sacan carpiendo, me voy al foro de los encorbatados). Parezco un disfrazau sin carnaval o, mejor dicho, el único sin disfrazar en medio del corso.
Gemma me pregunta si tengo alguna experiencia, me toma la tarjeta de Gaspar y Octorino, viste?, y me dice que por el momento son todos los que están, pero que nunca se sabe y hasta mañana si Dios quiere y la Virgen lo permite. Me voy con el rabo entre las piernas del pantalón gris, llego a la estación Burggasse del U6 y ya estoy por subirme al vagón cuando suena mi telefonino. Es Gemma, que si no puedo ir a dar una mano. Regreso y me meten en cabina inglesa con Germán, un español que es el que ha organizado el equipo. Por supuesto que, salvo una francesa, todos los ponentes y moderadores hablan castellano, incluso los europeos transpirenaicos. Los colegas son todos estudiantes o recién recibidos, aunque me encuentro con Emilio Soto, un veterano de treintayunoscuantos, que acaba de pasar el examen de la ONU y anda en tratativas con miras a un contrato. Una de las muchachitas me saluda efusivamente: ha sido estudiante mía en la Universidad Autónoma de Barcelona hace tres o cuatro años.
Las condiciones son siniestras: el sonido indecente, los equipos destartalados, las cabinas estrechas, endebles, mal aisladas y sin puerta, hay de fondo un batifondo, no hay documentos, algunos hablan con acentos que ni el Inspector Cluzeau metido a luchar contra la globalización, las horas son inhumanas (me tocará de 13 a 20 con una hora de descanso), no pagan un centavo… y nunca he interpretado con más gusto, entusiasmo y orgullo.
Me toca un panel sobre Guatemala: dirige un brasileño y participan un dirigente campesino, una femenina, una de una ONG belga y el Obispo de San Marcos, Monseñor Ferrín, que explica en un castellano tan exquisito como transparente la Doctrina Social de la Iglesia (los bienes materiales tienen un destino universal, que es satisfacer las necesidades humanas). En el panel anterior, dirigido por un francés con la participación de un economista cubano, una uruguaya y la francesa que no hablaba español, se ha hablado de la Asociación Bolivariana que integran Venezuela, Cuba y Bolivia. Y en el siguiente, dirigido por un alemán, un holandés y un escocés hablan de la política securitaria y militar de la Unión Europea. En una sala vecina, una campesina boliviana o peruana o ecuatoriana, con chambergo coya y poncho de colores trata de explicar el problema de los productores de coca a través del tamiz implacable de un español desacostumbrado.
Sacerdotes, economistas, campesinos, estudiantes; europeos y latinoamericanos; algunos viejos, y jóvenes… cientos de jóvenes, todos buscando la manera de cambiar este mundo de mierda. Y yo entre ellos, poniendo mi granito de arena. Qué plenitud!
Salvo el panel sobre seguridad, todo el trabajo es al inglés (y, por primera vez, me toca interpretar también al inglés del francés). Siento que me sale magníficamente. Estoy que toco el cielo con las manos. Sé que mi ex estudiante ha hecho correr la voz y que los jovencitos andan con la oreja pegada a ver cómo me sale, y que apenas se haga una pausa se me van a venir al humo a que les dé una clase improvisada. Tal cual. Les explico que no nos pagan ni para entender ni para decir, sino para que nos entiendan. Miguel, un español que estudia en Leipzig comenta que allá, la regla número uno que les inculcan es no dejar de hablar jamás, y la segunda, no decir tonterías… EN ESE ORDEN!!!!! Le digo que eso es lo que en el Río de la Plata llamamos pelotudez, que solo se puede comprender en los intersticios de la propia habla y que cuanto más se habla, menos se entiende, y que entonces qué carajo se puede decir que no sea una tontería. Alba es graduada de La Laguna (después de la ESIT parisina, la escuela de mayor prestigio) y me confiesa que ha aprendido más en esta media hora que en un semestre de universidad. No es la primera vez que me lo dicen. Es que nadie les había dicho que lo esencial es que el interlocutor entienda lo que tiene que entender de la forma como tiene que entenderlo, que la alternativa a una buena interpretación no es nunca una interpretación mala, sino el silencio, que no se puede comprender si no se comprende críticamente, que para ello hay que comprender con el mismo interés con el que está comprendiendo nuestro interlocutor, que no se puede hablar bien si no se habla como si interesara realmente que el que escucha entienda, que el que escucha suele no querer ni necesitar que le digan absolutamente todo, sino que se lo digan claro, y todas las cosas que no me canso de decir aquí y que los jóvenes, ávidos de aprender y mejorar, suelen aceptar sin el recelo que a veces consterna o amilana a los mayores. Para estos pibes que no tienen ninguna experiencia, o que apenas si se están abriendo camino a codazos, la oportunidad de laburar con un anciano de mi experiencia es realmente singular y yo voy a hacer lo posible por dejarles todo lo que pueda. Pocas veces me he sentido tan útil y tan feliz. Ha sido uno de los mejores días de mi vida.
Mañana me toca empezar a las 9:00 hasta las 13:00 y por la tarde hasta la hora que sea, que vienen Evo y Chávez y no he vacilado en meterme en cabina inglesa, que es donde más falta hago.
Por cierto, en medio del tole tole me llamó mi sucesor para ofrecerme la entrevista entre Evo y Kofi Annan. Lástima que no pude hacerla también (y por un montón de euros!), pero no me arrepiento. La verdadera interpretación está aquí. Ya estoy harto de ser un intérprete de burbuja.
sábado 13
INTERPRETANDO PARA TUTTI QUANTI
Hoy fue el gran día gran. Viena amaneció decididamente primaveral. Cuando llegué al Stadthalle vi que habían sacado los paneles que demarcaban las salas más pequeñas para formar un gigantesco espacio rectangular, con un gran estrado en uno de los lados mayores, varias centenas de butacas en el centro y las cabinas en el ángulo trasero izquierdo. La plenaria final, prevista para las 9:00 terminó empezando a las 10:20. Hay un europarlamentario italiano de izquierda unida, l’onorevole Agnolloni, que pregunta si puede hablar italiano y, claro, lo dejamos. Entre los demás hay un diputado verde francés, una socióloga gringa y cuatro o cinco ponentes más. A mí me han puesto en cabina inglesa, pero advierto que al tano lo interpreto al español. La experiencia me reconforta tras los traspiés del miércoles. Me sale una buena cabina inglesa B y quedo encantado de la vida. Soy el único vejestorio entre los intérpretes, que me llaman Jefe. Me gusta mucho. Siento que agradecen y valoran los consejos que les doy. Los dos que están en cabina española estudian en la escuela de Leipzig (la que prescribe, primero, hablar todo el tiempo y, segundo, no decir tonterías… en ese orden). Sudan la gota gorda, afanados por no perder una sílaba. No les sale mal, pero se atarantan, retroceden, calzan pasivas contra natura e incurren en toda la típica suerte de torpezas típicas del que no acaba de tener claro en la cabeza lo que va a decir… antes de abrir la boca. Me piden que les muestre cómo digo yo que hay que hacerlo. Hablo con toda parsimonia, dejando los que para ellos hubieran sido silencios espeluznantes mientras el orador se repite, vacila, escupe muletillas, da algún rodeo y finalmente arranca con lo que verdaderamente quiere decir. Espero a tener clara en la testa la cláusula que conviene para expresar el retazo de idea y, como hablo mucho menos y, por ende, más despacio que el orador, tengo tiempo de sobra para articular con claridad y escupir un castellano decente. Los chicos ven palmariamente cómo el silencio tan temido es, en realidad, el mejor aliado de la claridad y todo lo que se pueda de elegancia. Me cuentan que es una revelación. De ahí en adelante tratan de aplicar la metodología. No les sale, por supuesto, porque requiere práctica, pero ya están bien encaminados. Me siento casi como el padre del equipo o, menos patéticamente, el tío canchero.
La cosa se prolonga hasta las 13:00, cuando los de seguridad nos sacan carpiendo para preparar la festiva sesión de clausura programada para las 15:00.
Almuerzo unos olvidables penne all’arrabbiata en un fondín cercano mientras crece la turbamulta que espera que vuelvan a abrir las puertas. Cuando me acerco, me encuentro con Kate (inglesa) y Sofía (española), que forman parte del equipo. Les digo que me den la mano y formemos un trencito, enarbolo la credencial de trujamán, vocifero que nos dejen pasar, que somos intérpretes y que tenemos que estar en las cabinas antes de que empiece el baile porque si no el baile no empieza, y, un codazo aquí, otro más allá, nos abrimos camino hasta la primera barrera, luego hasta la segunda, y por fin nos metemos por la puerta apenas entreabierta en nuestro honor. A las 15:00 y poquito principia la bailanta: cinco bolivianitas ínfimas, arropadas en mil trapos de colores y apenas visibles bajo sus chambergos de paja bailan un carnavalito y un huayno. Luego salen unos cubanos a tocar salsa. El salón entero se pone a bailar. Mulatas como de goma, austriacos de madera, periodistas tintineantes de cámaras, estudiantes agobiados de mochilas, técnicos todavía aferrados a sus cables, decenas de purretes de todas las edades, una madre con un chiquilín colgado de la espalda y otro en brazos, viejos de coyunturas oxidadas, una gorda descomunalmente esférica, un estudiante autóctono casi transparente, delgado como una soga y coronado de un arbusto de rulos prácticamente blancos, una monjita de anteojos blindados que no encuentra muy bien qué hacer con las piernas… Después salen otros conjuntos, y, finalmente, un septeto vocal cubano que canta salsa a capella. Insólito, dijérase que imposible… y maravilloso.
La fiesta dura hasta las 17:00. A esa hora se hace una breve pausa y, rodeados de camarógrafos, admiradores, turiferarios y adustos gorilas de la seguridad, entran Carlos Lage Dávila, Vicepresidente de Cuba, Evo Morales y Hugo Chávez. Se sientan a la mesa del estrado flanqueados de, entre otros, el dirigente brasileño de “Campesinos sin Tierra”, una dirigente campesina india ecuatoriana y el bigotudísimo José Bové, el jefe de la “Vía Campesina”. Kate y Luke, los ingleses asignados a la cabina ídem, nos piden a Germán y a mí que hagamos por favor a Evo, porque se mueren de pánico de su acento. Como salvo un discurso en inglés y el de Bové todo va a ser en castellano, con Germán decidimos entonces reforzar la cabina rival, mientras Sofía y Emilio (que ha llegado por si) se encargan de que no quede vacía la nuestra.
Hablan todos por orden ascendiente de ídem. Bové hace una defensa apasionada y sensata del cultivo de hoja de coca (leit motif de Evo) con fines medicinales y termina ofreciendo hojas a sus compañeros de estrado. Tras lo cual le toca a Evo. Es un discurso denso, al grano, altamente político. Da genuino gusto interpretarlo. Pero la piesderesistáns es la alocución de Chávez. Empieza bien, saludando a los jóvenes, rememorando la conferencia de ayer a la luz de la luna llena, Una luna para enamorarse, solo que tú, Evo, y yo no tenemos tiempo para esas cosas. Y dirigiéndose a los jóvenes, Nosotros los envidiamos a ustedes! Es un tipo entrador, campechano sin ser vulgar, que maneja un buen español y se expresa con claridad y precisión… pero que habla y habla y habla… Habla de todo, hasta de las huellas de la presencia de agua que se han detectado en Marte. Menciona a Mao Tse Tung, Walt Whitman, García Márquez, Chomski, Fukuyama, Nostradamus, Victor Hugo, Marx, Neruda, Túpac Amaru, Túpac Catari, Lincoln, Martin Luther King, Muhammad Alí, Bolívar, San Martín, Artigas, O’Higgins y unos cuantos más. Habla y habla y habla. Habla una hora y cuarto hasta que por fin enuncia, Y para terminar, quiero hacer una propuesta concreta… Pero sigue hablando una hora más, sin llegar a decir la propuesta. Habla dos horas y cuarto, pero se dispersa en anécdotas que, las más de las veces, no vienen al caso, emigra por las ramas, salta, retrocede, se repite. Sí, menciona conquistas concretas de la Revolución Bolivariana (una campaña de alfabetización sin concesiones que en dos años hace que la UNESCO pueda declarar a Venezuela país libre del analfabetismo… pavada de resultado que los argentinos bien podríamos tratar de conseguir también), y cita datos estadísticos de toda laya que demuestran que está minuciosamente al tanto de más o menos todo, pero el discurso no es tal, sino una rapsodia sin rumbo fijo. Evo, Lage y los demás no pueden moverse de sus asientos, y se les ve el esfuerzo que hacen para no evidenciar su irritación y aburrimiento. No me lo puedo creer. Pero no tengo más remedio que creérmelo.
La concurrencia ha comenzado a ausentarse, pero los muchos que quedan no amainan. Cuando por fin se calla (la propuesta, por cierto, era seguir luchando), la ovación es cerrada. Un conjunto de origen impreciso (hay un austriaco, y una mulata angloparlante) pide licencia para cantar una música que ha compuesto sobre versos de Neruda. La mulata tiene una voz aterciopelada y cavernosa. Entretanto los periodistas han tomado por asalto la tarima por la que los presidentes van deslizándose a duras penas.
Doy por concluida la velada y me vengo a escribir estas líneas feliz de haber aportado mi granito de arena a la nobilísima causa de la unión de nuestros pueblos contra la explotación y la miseria, por la igualdad, la salud, la educación y el trabajo. Mañana será otro día y en la Jesuitenkirche dan la Misa de Dvorak. Ojalá que no me quede dormido.
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