sábado, 4 de octubre de 2008

CRÒNICAS BRUSELOSAS (junio de 2006 y noviembre de 2007)

8-10 de junio

El miércoles aterricé hacia el mediodía en una Bruselas que, según me enteré después, acaba de estrenar el verano con toda furia. Un sol inmisericorde asestaba su calor madrileño a la variopinta multitud; la ciudad esplendía como pocas veces, sudorosa y alborozada: mujeres de todos los colores, negras como el carbón o casi transparentes, escasas de trapos y abundantes de contoneos, varones seguramente igual de heterogéneos, que yo solo veía cuando se me interponían. Bruselas es una ciudad magnífica, que ya ha dejado de ser francesa y todavía no atina a ser flamenca, que mira al sur en sus bulevares y al norte en sus callejuelas, cosmopolita como pocas, y donde se come deputamadre. Es, también, una alegre bomba de tiempo, porque flamencos y valones se entreveran sin mixturarse y siempre andan a punto de irse a las manos… y, con estos tiempos que corren, quién sabe si no a las bombas. Pero dejemos que la historia haga su juego sucio a escondidas de las conciencias, las flores y las piedras venerables.

Me ha invitado a cenar Christian Balliu, que acaba de ser electo Director del Instituto Superior de Traducción e Interpretación de la U. de Bruselas, adonde, cuando era connotado jefe de intérpretes, me invitaban todos los años a bochar candidatos durante los exámenes de graduación. Christian me promete que se encargará de que vuelvan a hacerlo. Ver para creer!

Esta vez llego invitado a un simposio sobre “Desafíos de las sociedades multiculturales” organizado por las universidades Católica de Lovaina y Libre de Bruselas. Nos alojan en un hotelito sin pretensiones a metros de la majestuosa Avenue Luise (Luizastraat, previenen también los cartelitos). Estamos separados de la Universidad por cuarenta minutos de árboles y edificios señoriales, una mezcla de Alvear y Libertador, con tranvías fugaces y silenciosos por su sendero de sombras.

La Universidad tiene varios edificios. El nuestro se parece al Palacio de las Aguas antes de que el arquitecto se pusiera en pedo. Somos pocos, si acaso, una treintena, casi todos economistas. Los únicos del gremio somos el Director de los servicios de traducción de la UE (que no es, en realidad, traductor, sino administrador de sus 2.400 subordinados) y quien les habla con los dedos. La UE traduce millones de páginas anuales entre van para veinte idiomas a un costo astronómico, pero que, prorrateado, resulta 2.55 euros por europeo. El problema es que sigue siendo demasiado. De modo que ahora están mirando de cerca si tiene caso, por ídem, traducir al finlandés un informe sobre aceite de oliva o al griego una monografía sobre la caza de focas. Parece que no, porque no hay quién tenga interés en entender (que es, digo, la única razón para traducir). Otra posibilidad es la de encargar a los traductores que traduzcan resumidamente. En fin, que con el mejoramiento alarmante de la traducción automática, la creciente importancia de la traducción para la güeb, la necesidad cada vez mayor de “localizar” los textos destinados al público y ainda mais, parece que en el futuro los traductores unioeuropeos tendrán que ser comunicadores” más que traductores en el sentido tradicional. Ringsabel?

Lo triste es la escasa mella estadística del español: el 69% de los originales son en inglés, el 17% en francés, el 8% en alemán y el resto en el montón restante de idiomas. Por orden de hablantes, el castellano va a la zaga del inglés, alemán, francés, del polaco y del italiano (y va a quedar también detrás del turco). Pensándolo bien, el español es tan colado como el finlandés, un tercio del sueco y el danés (que son mutuamente comprensibles, parece), o del holandés (que suele hablar la mitad de los delegados belgas) y la mitad que el griego (que sale de boca de dos delegaciones: Grecia y Chipre). Y tampoco me explico qué hace de lengua oficial de la OSCE (donde, como explicaba desde Ljubljana, hay dos delegaciones con griego y tres con italiano), pues es la única de las seis (las otras son el inglés, el francés, el alemán, el ruso y el italiano) que solo es hablada –y eso, a veces- por una sola delegación. No me quejo, claro, que bastante plata me significa, casi siempre sin tener que abrir la boca.

Un español explica la diferencia entre la variación local y la global. Es variación local la mezcla cosmopolita, es global la circunscrita geográficamente. La paradoja es que a mayor variación local, menor variación global, ya que todas las regiones comienzan a parecerse, con restoranes vietnamitas en Buenos Aires y parrilladas argentinas en Hanoi. Explica los problemas que debe resolver la política educacional. Analiza las tendencias de la inmigración… Se debaten las ventajas e inconvenientes de tener una, dos o tres lenguas francas o ninguna. Y yo miro todo con los ojos empañados de Tercer Mundo, admirado y envidioso de los problemas de los ricos.

Esa noche nos llevan a cenar a La maison du cygne, cara a la Grand Place. Nos han reservado un ídem en el segundo piso: una mesa ovalada para los doce ponentes más los organizadores, un enjambre de camareros enguantados, mantel y servilletas de lino, servicio de plata o peligrosamente parecido… pero la comida tira a insulsa. Qué decepción!

El sábado, más de lo mismo. Si el tiempo y la fiaca lo permiten, voy a enviar un informe más pormenorizado. Ahora me limito a evocar que, de regreso a casa la víspera, me encontré con mi ex alumna de Cambridge Marie Laurence, que está trabajando de traductora para la Comisión y se apresta a pasar el examen para intérprete. ML es de cabina francesa, con inglés, español, alemán y griego, pero está al borde de incorporar el holandés y cerca de fagocitar el húngaro. Es que Europa es así. Me cuenta que de tanto en tanto la mandan a interpretar en reuniones de ONGs y otras cosas menos paquetas, y que ahí ha comprendido cuánta razón me asiste en eso de que nadie quiere que le digan más de lo que realmente quiere entender. ML viene a la U. a la hora del almuerzo y yantamos el bufé frío que nos ofrecen los organizadores.

A las 16:00 la cosa fenece y, tras los cócteles valedictorios, corro al aeropuerto, que el domingo me toca viajar a Madrid.

17 (?) de noviembre

Bruselas, en invierno -y el solsticio no llega todavía-, es una ciudad donde anochece desde el alba. Me despierto (me despiertan desde abajo) a las siete, desayuno mi croissant y algo de queso, y salgo a la noche que me aguarda y pongo pies Vleurgat arriba. Diez minutos después, al flanco de autos todavía soñolientos, de algún ómnibus que se lleva su luz en medio del silencio, entre edificios que van abandonando el negro por el gris del que regresarán en pocas horas, cruzando algún que otro peatón arrebujado, llego al centro comercial donde tomo mi primer café de veras.

Bruselas entre tanto se despereza, siempre gris y húmeda y fría, que dice el reloj que no es de noche, pero mi alma y yo sabemos que es mentira. Siempre es de noche, o está por serlo, estos cuatro o cinco meses.

En el ISTI (Instituto Superior de Traducción e Interpretación) las clases comienzan a las ocho. En la vereda se amontonan diez o quince fumadores que purgan su vicio al aire gélido. Los estudiantes remotos del Mediterráneo son exasperantemente puntuales. Menos mal que no son teutones todavía. Es más, de diez orsóu que me han tocado, seis son italianos, tres francesas, una polaca y una, solo una, belga de walonia. Es que de un tiempo a esta parte, Europa está mezclada. Mezclada entre ella misma y con extraños. En el Instituto se revuelven otras razas.

Diciembre

Acabo de retornar a miBuenosaAiresquerido tras dos semanas por Bruselas y Viena durantelas cuales Xóchitl (Sóchil) aprendió a decir "ammmmo", que no es sucedáneo de "amo" sino de "vamos".

Les cuento dos historias que revelan que Dios tendrá sus problemas con los hutus, los tutsis, los bosnios, los serbios, los kurdos, los iraquíes, los afganos, los sudaneses y los myanmarcianos, pero comingo se ha portado siempre muy bien (algún mérito tendré a sus omnividentes ojos que tantos millones de millones de congéneres no logran emular).

La cosa es que el lunes a ver antepasado me tocaba ir de Viena a Bruselas a enseñar en el ISTI. Estábamos a punto de embarcar para el vuelo de Austrian Airlines de las 12:50 cuando nos dicen que minga, porque el personal esta en "reunión" (oséase que no "en" sino "de" y no "reunión" sino "huelga"). Nos arrean, junto con los frustrados pasajeros de otros cien vuelos al mostrador de venta de pasaje donde hay ya una silenciosa (estamos lejos del Mediterráneo que nos parió), prolija (ídem) y paciente (recontraídem) turbamulta. Como soy cliente de pro (cosas siempre de este Dios que se distrae conmigo mientras pasan los tsunamis), hago la cola de los bips y cuando me atiende, la señorita me dice que me puede enfundar en el vuelo de Brussels Airlines (ex Sabena, fundida junto con Swissair mientras Dios, ocupado en menesteres más tiernos, me arrullaba) de las 17:00. Son ya las 14:00 y tres horas nunca han matado a nadie que no estuviera sin oxígeno bajo el agua, de modo que nou problen. Solo que cuando ya me doy vuelta y ya me voy ya me estoy yendo, me dice, Espere, que tiene derecho a indemnización!, y me da un báucher por 375 euros.

Esa es la historia uno. La dos es esta: El lunes me tocó apersonarme en el aeropuerto de Viena a las cinco en punto pero de la mañana. A las 10:30 despegaba de Francoforte sul Meno, arrebujado en un asiento de bísnes porque me salen millas de las orejas y el vuelo es diurno y tengo que acabar una traducción. Poco antes de aterrizar, viene una azafata de lo más mona que me dice, Sr. Viaggio, nos acaban de informar de que sus maletas están en la pista del aeeropuerto de Francfurt, de modo que ni sueñe con que cambiarse los calzoncillos y cuando lleguemos vaya al mostrador de Lost (claro) and Found (las pelotas!), cosa que hice con el siguiente resultado: La sñorita me dice, Ah sí, hubo un error, pero no se preocupe, porque vienen en le próximo vuelo y se las llevamos a su casa, pero como mañana no hay vuelo y el del miércoles llega como éste a las 20:30 no las va a tener hasta el jueves por la mañana. Yo, entonces, pongo mendaz cara de cariacontecido y exclamo, Pero es que estos calzoncillos ya son de la semana pasada!, y ella, No se aflija, que le tengo que dar su indeminización, y me pasa 600 pesos.

Con lo que en dos semanas, nomás por poner cara de pelotudo, que ni siquiera tengo que ponerla porque ya está puesta, me gané lo que un maestro argentino cobra más o menos en seis meses si y cuando le pagan.

Y luego hay gente que no cree en Dios o, peor, duda de su bondad infinita!

CRÓNICAS LONDINOFORLÍRICAS (febrero de 2008)

Va a ser –está siendo- el viaje más movido de estos últimos años: Viena del 19 al 25 enero; Londres del 26 al 29; Viena otra vez hasta el 3 de febrero; Forlì vía Boloña del 4 al 8; de Forlì vía Boloña a Viena otra vez 9; a Madrid el 16; a Monterrey vía México DF el 17; el DF de 22 al 24; de Madrid derechito a Salamanca el 25; a Barcelona en la madrugada del 27 y de ahí derechito a Vic; a Barcelona el 29; el 1º de marzo a Viena y a las 06:00 del 2 a Francfort y de ahí a Buenos Aires. Me estoy cansando de solo evocarlo.

Bueno. Incipit crónica.

El viernes 18 a las 23:00 decolé de Buenos Aires, y de paso el hemisferio sur. Trasbordo, como siempre, en Francfort –ah, la delicia de un pasaporte presentable, que me sustrae a la lenta y vocinglera multitud envuelta en turbantes y chadores, cargada de críos desaliñados y arrastrando toneladas de bultos informes! Es que no hay nada que hacer: qué molestos y fuera de lugar estos extracomunitarios flagelados por la pobreza y el desempleo, policías hirsutos e imanes desaforados. El cana tudesco apenas si coteja mi semblante lagañoso con la foto hipersuperultradigital. Así es. Soy ahora uno de ellos. Pero ellos no son todavía nosotros. Tal vez esté ya demasiado viejo para admitir más primeras personas en mi plural.

Luego viene Viena con su domingo de Mozart en la Jesuitenkirche y caffè con cornetto en Zanoni y el crucigrama del New York Herald Tribune. El invierno se hace desear (aunque no por este fiolo de vocación más bien tropical): sahúman el aire impoluto catorce inverosímiles grados caídos de un sol de admirable perseverancia.

El lunes a las 10:00, reunión del Comité Militar de la OSCE (Organización para la Cooperación y Seguridad en Europa). No dura ni veinte minutos. Las habrá la mañana del martes (una hora), todo el día el miércoles, y un poquito más la mañana del jueves. Entretanto, la ONU me ha confiado una traducción de 25 páginas a la que dedico las tardes libres y el viernes vacuo.

El sábado parto para Londres (se me han caído mis clases de Bath, pero como me queda la semana hueca, viajo igual a visitar a mi sobrino). Esa noche cenamos en el imprescindible restorán tailandés adscrito al no menos imprescindible The Churchill, a pocos metros de Notting Hill, donde se celebra –es, en realidad, un decir- el célebre Carnaval de ídem, que es al de Río –o al de Gualeguaychú- lo que una clase de teología a una orgía en Sodoma. El Churchill es mi pub favorito. Nos tomamos, mi sobrino Gastón, su novia Mara y este fiolo nuestras paints de Guíness y luego cenamos ella como argentina y nosotros picante como la puta que lo parió.

El domingo hay un sol radiante que debe (de) ser tan robado como los mármoles de Elgin que ornaron otrora el Partenón. Recorremos a rigurosa pata media rive gauche del Támesis. GyM viven en Pimilco, a metros del Vauxhall bridge, del otro lado del cual y a la derecha se yergue el para qué decir una cosa por otra hermoso edifico del MI6, oséase, de la CIA de ellos. La rive gauche es, pese a los ingentes esfuerzos de los últimos lustros por darle un poco de lustre, lo que se dice una cagada, sembrada de plastas de la Revolución Industrial: ex fábricas, ex depósitos, viaductos ferroviarios en ejercicio y demás construcciones que en Puerto Madero quedan piponas, pero en Londres… La gran ventaja de la rive gauche es que, desde ella, no se ve y sí, en cambio, la rive droite, en la que señorea el Parlamento con su copia original del Big Ben, cuyo prototipo puede admirarse en la Plaza de los Ingleses que ahora es de la Fuerza Aérea Argentina las pelotas. Los ingleses han limpiado el Támesis y ya hay bateaux mouches (oséase, botes de esos de turismo con el techo de vidrio y coso que chamuya a la gilada). Pasamos junto a la gigantesca vuelta al mundo, almorzamos unas pizzas genuinamente envidiables… al aire libre, a pleno sol, en pleno enero! Mara se va a encontrar con una amiga, y con Gastón enfilamos pa'l Impirialguormiusíum, donde, como contaba, la pérfida Albión se ufana de sus glorias del siglo pasado y lo que va de este, oséase de la Primera Guerra Mundial (de la anglobóer ni mu, porque esa fue en el sXIX y sus trofeos están en el relicario de las Roialarmdsforsis), pasando por la Segunda, pasando por la de Corea, sin detenerse –por discreta discreción, supongo- en la de la Independencia del Raj, ni en Suez, ni en Adén, y pasando –y bien bien rapidito, que para ellos fue una escaramuza- por la gesta de las Malvinas (lo cual no obsta a que, amén de las gallardas ginetas de mi Capitán Ángel de la Muerte Astiz, entre un Spitfire y un Messerschmitt 109 colgara hasta hace poco un Pucará), pero sin desembocar de lleno –discretion oblige!- en los poco populares marasmos del Irak y del Afganistán. El lunes visito a mi amigo Guido Casale, a quien conocí haciendo dedo (yo) con una noviecita de entonces cerca de Ledbury, allá por julio o agosto de 1981. Guido –inglés, a pesar del nombre y apellido argentinos- vivía a la sazón en Hereford, rodeado de vacas, adonde nos llevó para presentarnos a su novia Valerie. De mi noviecita de entonces guardo un recuerdo que no siempre logro encontrar, pero Valerie tiene de Guido dos hijas adolescentes. Viven en Isleworth, al sur y extramuros de Londres, en una casita de esas, con jardín de esos, que da a un canal siempre de esos… Una postal la casa y la familia, le digo! Y mantenemos una amistad férrea que va para los treinta años!!!! Hace un par de años, por cierto, Guido publicó una novela simplemente sensacional, The First Stone, que recomiendo eufóricamente. Valerie enseñaba literatura en Brunel U., prácticamente enfrente, del otro lado de Margaret Rd., pero ahora lo hace en Brighton y están pensando en mudarse. El martes regresé a Viena.

Me dediqué al dolce far niente cuatro días, y ayer por la tarde tomé el avión para Boloña, donde llovía, y luego el tren a Forlì, donde seguía lloviendo. Pero eso es harina de otra crónica.

Salgo de la parte Schengen del aeropuerto y soslayo la llegada al sector Non Schengen, donde se agolpan los familiares de color que aguardan a los coloridos parientes que llegan de sus polícromas tierras arrasadas, tantas, por guerras civiles o monsones. El taxi me deja en quince minutos al pie de la Termine, donde no dejan de entrar o salir trenes. Mi interurbano Milán a Ancona sale a las 21.29 en punto. Me llama la atención un cuarteto de jóvenes que pendulean en torno de los veinte abriles. No llegan a ser punk pero han emprendido el sartorial rumbo. Se parecen a los lamentables remedos de la decadencia de Occidente que desparraman su indolente melancolía por el rincón sur de la plaza Rodríguez Peña. Pero hay una cosa que, me percato y confieso, me perturba: son increíblemente bellos. Sobre todo uno, de tez tersa, facciones dulcemente geométricas y ojos avellanados insondablemente negros bajo su melenita Ringo Starr de carbón. Menos mal que estoy jugado!

Llego a Forlì poco después de las 22:00 y el taxi me deposita en Pisacane (vaya con el nombrecito!) 11, oséase en la Foresteria Universitaria, oséase, en el hostal de la universidad, adonde concurre con la llave (porque doppo le dieci non c’è nessuno) mi ex estudiante y hoy colega Claudio. Más tarde me terminaré de enterar de que soy casi el único morador (hay, dicen, otro). Desensillo y salgo, para mi gran sorpresa y alivio, inapetente, a dar mi primera vuelta por este lugar que conocí hace varios años y en el que pasé casi una semana con Alguienita y Valeria en octubre de 2005, poco después de Viena e inmediatamente antes de Buenos Aires.

Forlì es la ciudad natal del Duce, pero, por suerte, muchas otras cosas más. Aunque no tantas. Es, más bien, una aldea con pretensiones, con su centro que debió haber sido medieval (subsiste la abadía originalmente de 1170 pero nadie que la mire se lo puede creer), medio petiza, con una torre casi veneciana ancha y alta que la hacen semejar una obispo enano colgado de un báculo monstruoso. La Abadía, como corresponde, campea en la plaza central, de la cual emigran los tentáculos serpeantes de las que debieron haber sido callejas medievales. Pero no parece haber quedado una piedra anterior al sXVIII. Circundan el resto de la plaza vetustos edificios de alta recova (abundan, parece, por esta parte de Italia: también Boloña las prodiga). Los edificios de antaño han sido todos ahuyentados vaya a saber cómo y por qué. Pero queda el trazado primigenio relleno ahora por una urbe amable, no particularmente bella ni llamativa, pero que se deja caminar. Me paseo, pues, entre la llovizna guiado por la entrañable humareda de mi pipa. Es noche (casi las 23:00) de domingo, de pueblo, de invierno, de lluvia… pocos viandantes o ninguno. Nada abierto. El músculo duerme. La ambición descansa.

Detrás de la plaza, medio perdida entre edificios de poca monta, una placita donde crece, imponente, una torre de estilo veneciano, decididamente la construcción más alta de la comarca. Tiene una placa:

Sule ruderi dell’antica
Dai nazista abbattuta
I forlinesi
Vollero reconstruita
La torre civile
Dov’era e com’era
MMXLIV-MCMLVII

Traduzco con toda la solemnidad tan poco mediterránea con que los italianos pretenden poner levita a sus solemnes dichos:

Sobre las ruinas de la antigua
por los nazis abatida
los forlineses
quisieron reconstruida
la Torre Cívica
donde estaba y como era

Porque Forlì, ciudad natal del Duce, queda a la sombra (ni 30 km) de Boloña la roja, en medio de una de las comarcas donde la resistencia fue más heroica.

Y tiene otra: "A los caídos en el Irak".

Ah, la cruel ironía de la Historia! Quién mandó mandar al Irak a esos caídos? Los invasores de hoy, descendientes de los invadidos de ayer.

Doy vuelta sobre mis pasos y quinientos metros peatonal abajo doy con la Piazza del Duomo. A mi vera, la iglesia de la Madonna del Fuoco (ya averiguaré qué fuego es ese), frente a la cual hay una columna en la que no pierde su equilibrio la Madonna epónima rodeada de una reja invisible tras los cientos de dibujos infantiles que le expresan su amor… Es la faz ultracatólica de la Italia que nos parió. Y todo en medio de la bruma, la llovizna, la oscuridad y el silencio. Italia es un fantasma. Un fantasma que me recorre las venas.

Pero hoy, lunes, el pueblo está literalmente de fiesta. No sé muy bien a qué debo el feriado, pero feriado es y feria hay. Toda la Via delle Torri (la peatonal en la que desembocan los dos metros de ancho de mi Pisacane y que, a su vez, une la Piazza della Repubblica y la Piazza del Duomo) bordeada de quiosquitos. Y de quiosquitos circundadas las dos Piazzas, y la paralela a delle Torri. Quiosquitos de abrigos, zapatos, quincalla para la cocina, juguetes, dulces, panes, quesos, salames, linternas, tijeras, marcos para fotografías, tejidos diz que orientales, estatuillas de la Madonna o de Buda, según, aspiradoras, artículos de tocador y/o limpieza para el hogar… en fin, que un suk todo lo del Primer Mundo que el Primer Mundo consiente que un suk en el Primer Mundo sea. Con sus vendedores de spiel edulcorado, campechano, perspicuo, mendaz e interminable. Como si todos los parientes itálicos de todos los vendedores argentinos del ferrocarril ex Roca hubieran bajado de sus trenes para apoderarse de los andenes de la ciudad. Este explica que su procesadora de mano es mejor que las eléctricas porque la suya cierra herméticamente mientras que las de enchufe dejan pasar el aire cosa que como usted sabe signora le cambia el gusto a la pulpa de tomate y luego la salsa no sabe igual. Aquel no encuentra adjetivos (bueno, en realidad los encuentra a montones) para ensalzar las virtudes de esta sartén que vea signora se le echa grasa de jabalí herido y se limpia con un centímetro cuadrado de papel y de un solo lado. Fíjese signora cómo este trapo queda seco seco seco a pesar de que le vierto ante sus propios ojos seis litros de agua. Este pelapapas implacable signora es terciopelo para sus deditos fíjese que no hay papa que lo sobreviva pero que por más que procuro rasguñar siquiera mi delicada piel el muy pacato se niega. Este limpiavidrios magnético signora lava las ventanas de ambos lados a la vez embadurna para la izquierda y seca para la derecha igual que en la TV pero a mitad de precio. Multiplicado por cien o doscientos. Pruebe este queso signore (por fin!) qué me cuenta de este salame signore (vamos todavía!). Todo el Mediterráneo que nos parió derramado en este villorrio venido apenas a más en medio de la Emilia Romagna y todo lo lejos del mar que se puede estar entre el Tirreno y el Adriático.

Todo el mundo chocando con todo el mundo envuelto en rollos y rollos de trapos. Los chiquilines parecen robots y los más parvulitos bolas de lana. Por todas partes lo que tanto falta Alpes arriba: ruido de gente. Dos amigos se saludan a los gritos a veinte metros de distancia para fusionarse luego en un abrazo monosobretódico. Tres señoras se cuentan sus vidas, critican las de las vecinas y regañan a seis mocosos todo a la vez. Dos chicos corren con unos aerosoles a tres chicas haciendo un delirio de eses entre el compacto muro de lana y acrílico. Se cruzan dos familias con sendos cochecitos y hay toda una negociación por el derecho de paso: como los dos padres insisten en que primero pase la otra madre, nadie se mueve: ni ellos ni la masa cada vez más espesa que se apelmaza a sus respectivas espaldas.

Al cabo de una pipa, salgo del suk en busca de una cámara para la compu. Me han enviado del otro lado de la Piazza della Repubblica al fondo del Corso ídem, cuyas paredes anodinas están forradas de obituarios. Parece mentira la cantidad de muertos de reciencito nomás. Y qué nombres! Assunta Tibaldi, Renata Sciascia, Amilcare Giudice. El neorrealismo italiano llevado al paroxismo. En la Piazza della Repubblica discuten entre sí y no se sabe bien con quién más diez o doce muchachones recortados de I vitelloni o de Rocco e i suoi fratelli: camperas de cuero gastado, zapatillas otrora limpias, melenas que parecen pergeño de la mente de un peluquero diabólico o demente, vozarrones roncos y broncos, detonaciones de Eh! y Uh!, ordinariez al cubo, pero todo sin maldad, sin agresión, con una sonrisa –no del todo dentada, las más de las veces, pero sonrisa al fin.

Me he detenido a tomarme un espresso lungo con un cornetto, ceremonia infaltable, desde luego. En el hotel pierdo dos horas instalando la cámara nueva, desinstalando el programa de la vieja y volviendo a instalar el de la nueva hasta que por fin todo parece en orden. Se me han hecho pasadas las 14:00 y es tarde para almorzar comme il faut. Mi manducación se limita a un par de panini, uno de prosciutto, otro de tonno.

Compro varias chucherías, de cuya categoría solo logran salvarse una muñeca de porcelana (o similar) vestida que ni para festejar la noche del 12 de abril en la primera del Titánic, para Valeria, y otra toda de goma, pero enorme, que será la primera de Xóchitl (Sóchil). Si no, un cuchuflito a pilas para sellar bolsitas de nylon al vacío, la procesadora a pedal que no deja entrar aire en la pulpa de tomate, un par de tijeras para podarme la barba, dos rejillas grandes para las piletas de la cocina que en Buenos Aires las que se consiguen son demasiado chicas, una crema de afeitar y cinco rasuradoritas de plástico que me olvidé de traer, un encendedor de llama de dos metros para la pipa, ah, un peine de bolsillo, y alguna zoncera más. Me siento que ni sheik del Golfo en Harrods!

Regreso con el botín a la Foresteria y, albricias!, todo funciona y puedo oír y ver y que me oigan y me vean Alguienita y Xóchitl que está (Xóchitl) inmensa y saliendo las dos de un virus que las tuvo a maltraer durante estos días. Valeria había salido con el otro papá, el que puso el polvo y como que nunca más se supo.

Como a las 19:00 salí a cenar. Me había prometido una padania (or guërdtodatifect) de salsiccia, cipolle, pepperoni e zucchini que adquirí en un quisquito cercano a la Piazza del Duomo. Imagináose el colorido: pimientos verdes, rojos y amarillos, la cebolla de casi caramelizada a apenas cocida, los zucchini de verde intenso por los bordes a verde cremoso en el interior, a negro chamusquina por el contacto con la sartén, la salchicha oscura abierta en dos, el pan casi panqueque enrollado como en sánguche turco. Bien, como les digo, la padaniaorguërdstodatifect de color – bien, pero con gusto a nada. Qué atroz desencanto! Con la sangre en el ojo decidí vengarme con un buen postre y, Dios sea loado por apretar pero no siempre ahogar, tras un supliciante periplo hasta la otra Piazza a cuyo largo del periplo no oteé nada digno de mi ultrajado paladar, me zampé un genuino canolo siciliano que daba gloria. Así separados en el tiempo y en el espacio plato fuerte y postre, decidí completar el caleidoscopio con un bicchiere di rosso que obtuve en un café protegido bajo la recova más próxima. Di una vuelta postrera entre los quiosquitos que iban desapareciendo dentro de un malón de camionetas surgidas de la nada. A diferencia de Viena, las calles quedaron cubiertas de papeles, botellas, vasos de plástico y demás detritos. A diferencia de Buenos Aires, mañana ya no van a estar.

Doppodichè me vine a la Foresteria, a escribir esta primera andana de crónicas del año. Mañana empiezo las clases y, si Dios es servido, les seguiré contando.

CRÓNICAS MEDIORIENTALES (mayo de 2007)

CRÓNICAS ESTAMBULÍMICAS

Trepado en esta vida, soy lo que soy y veo las cosas como las veo.

Sábado 19

E ben, vuelta a Estambul, tercera de la ciudad, cuarta de Turquía. Ah mis pies alados de Mercurio, qué gitana habría previsto tanto andar por tantos años! Me he despertado en Varsovia (nada digno de agregar a las crónicas dell'anno scorso) y debido pasar cuatro horas en el aeropuerto de Viena. Aterrizo en un aeropuerto moderno. Las cola para inmigración parecen interminable, pero avanza al trote. Del otro lado del viaje un taxi me porta autopistas abajo y arriba. No reconozco la ciudad de hace diez años. Escudriño los cuatro horizontes de cemento sin calidad ni gracia en busca de la miseria que tanto me impactó, mas no la veo. De pronto, amarcord cuando la vi por vez primera, la terca muralla, con los aujeros que los cruzados, los turcos, el tiempo y la desidia han perforado. Persiste aún, ya desbordada por la ciudad, con sus almenas y torreones semiderruidos, con sus aires de dentadura de viejo descalcificado. La muralla se cruza sin gloria. Del otro lado se atisba el mismo paisaje de suburbio de Arizona. Pero, de pronto, al cabo de una de tantas subidas, el Bósforo se inaugura como una cicatriz de vida, con las garzas de los minaretes de la Mezquita Azul y Santa Sofía montando guardia sobre la última colina.

El taxi acaricia la muralla y cruza el Cuerno de Oro por el periférico. Rato después encara su última pendiente hacia Sisli, sale de la autopista y se mete en el laberinto bizantino de calles en pugna. Ahora sí, invadiendo cada resquicio entre las cajas de cemento, chabolas como las nuestras, destartaladas y miserables. El Grand Cevahir Hotel es de los lujientos. En el vestíbulo, tras el mostrador de la Cruz Roja, enjambres de voluntarios de entre 20 y 25 años. La muchachita que me atiende es rusa. A su lado, un pibe turco que está estudiando en Ekaterinenburgo… Oh témpora, oh mores! La habitación es espaciosa y confortable, pero el paisaje al que se abre es una pesadilla de cemento barato. Como no he pegado un ojo la noche previa, me pego una siesta imperial. Cuando despierto, el sol hace rato que a empezado a despedirse. Regreso a tierra y me tomo un taxi. Quiero comer pulpo frente al Mediterráneo que nos parió.

El taxista no habla (y se hace el que no entiende) una palabra de inglés y aprovecha para llevarme camino no sé bien si de Grecia o de Bulgaria. Ya ha caído la noche. Los rascacielos, plantados como estacas en medio del campo, proyectan toda la luz que les sobra hacia la nada. Pasamos por un conjunto de cuatro rascacielos iluminados desde fuera en cuya bruma de luz flotan, como polillas lentas y gigantescas, docenas de gaviotas. Veinte minutos más tarde tropezamos por fin con el mar. Estamos en un suburbio llamado Seriyer. Escojo un restorán al azar, donde como pasablemente mal (el pulpo viene frito y seco), con un excelente chardonnay local. El lugar solo se reivindica con el melón celestial. Descubro que los precios están más al borde de la Unión Europea que el país. Pago y salgo a pasearme al borde del Mediterráneo que nos parió. El médico me ha desaconsejado fumar y en Buenos Aires le he hecho caso, pero Estambul bien vale una pipa. Por el malecón, parejas apretadas (gracias, Mustafá Kemal!), familias de prole abundante y vendedores de roscas. Frente a mí, el mármol prieto del mar y las luciérnagas esporádicas de los ferries. Ahí estamos, pues, después de tantos años, solos por fin, mi pipa, el mar y yo. Cómo andarán aquellos años? Agua del recuerdo voy a navegar.

Amarcord el viaje que hice en autostop con Susy que luego fue mi novia y Cristina que luego fue uno de los 30.000 desaparecidos. Amarcord que en la estación de servicio de Edirna se ofreció a llevarnos un señor de aire distinguido y Mercedes Benz azul, con quien dialogábamos a través de mi francés incipiente. En cierto momento preguntó, Habláis español?, Somos argentinos, y usted?, Español, Hace mucho que está en Turquía?, Quinientos años. Así me enteré del éxodo de los sefarditas que emigraron a Constantinopla una vez que sus Católicas Majestades, tras haber liberado la Península de los moros infieles y aplicados a evangelizar mayas e incas, resolvieron, de paso, liberarla de marranos. Supe que muchas de las familias conservaban las llaves de sus casas, que el viejo idioma precervantino se preserva casi exclusivamente en forma oral, de padres a hijos, endurecido por la historia y el destierro. Amarcord que la primera noche la pasamos en una especie de albergue más o menos inmundo, lleno misteriosamente de paquistaníes, pero que nos costaba íntegros los cincuenta centavos de dólar que llevábamos por todo presupuesto diario. Amarcord que decidimos dormir en la estación de trenes. Amarcord que, bajo nuestras mochilas atestadas echamos a andar por la ciudad y que nos encontramos ante una bomba de agua hacia la que convergían cuatro cinco callejuelas casi verticales bordeadas de conventillos de madera. Que llenaban de agua tres bidones de aceite lubricante una anciana que, luego dedujimos, no debería tener más de cuarenta años y una muchachita como de doce, envueltas en trapos mugrientos. Que me ofrecí a cargar los dos bidones de la mujer, que no terminaba de creérselo. Que trepamos tres o cuatro cuadras que se hicieron leguas sobre la pendiente y bajo el sol. Que entramos en un edifico hediondo y casi en ruinas. Que montamos endebles escaleras arriba hasta el segundo piso. Que de todas las habitaciones asomaban mujeres y purretes a quienes la vieja explicaba el milagro de un hombre que cargaba el agua. Que nos despidió el inquilinato entero. Que descendiendo nuevamente liviano como una paloma comprendí que esos bidones eran para beber y, si quedaba, para lavar ropas y trastos y seguro que no para lavarse, y que la vieja y la muchacha deberían volver a la bomba dos o tres veces más, ese día y todos los que les quedaran por vivir, a con sus bidones oxidados y que no volverían jamás a tener la fortuna de encontrarse con un mochilero servicial. Amarcord que nos abrimos unas latas de sardinas cargadas desde Moscú. Que luego echamos a seguir andando. Que de improviso nos vimos frente a los jardines de la Universidad. Que detuve al primer estudiante que se me cruzó y le pregunté si no tenía idea de dónde podíamos pernoctar. Que dijo llamarse Mete Arsoy y que nos explicó que iba camino de dar un examen y que uno de sus compañeros, rezagado por motivos académicos de la familia que estaba veraneando en Alemania, había quedado solo en su departamento y que seguramente nos alojaría. Que quedamos en encontrarnos allí mismo a las cinco en punto de la tarde. Que andando al tuntún para hacer tiempo entramos en el Gran Bazar defraudando comerciantes a diestra y siniestra que nos salían al encuentro como tiburones tratando de vendernos alfombras, alhajas, perfumes y especias en veinte idiomas. Que a las cinco en punto de la tarde reapareció Mete con la noticia de que su compañero no se había presentado, pero que había hablado de nosotros con otros amigos que nos esperaban para llevarnos de paseo. Que rodeados de unos diez pibes de nuestra edad (corría el año de Nuestro Señor de 1969 y yo andaba por cumplir mis primeros veinticuatro abriles que no volverían) bajamos al Bósforo, donde probé el inolvidable te casi negro e infinitamente dulzón. Que por esos tiempos Turquía, como su Grecia vecina, marchaba al ritmo de una feroz dictadura militar. Que estos estudiantes de derecho nunca habían oído el nombre de Nazim Hikmet, acaso el más grande de sus poetas, algunos de cuyos versos vertí de defectuosa memoria a mi inglés insuficiente. Que hacia las ocho de la tarde amenazó con llover y el grupo amagó desbandarse. Que nos preguntaron dónde íbamos a dormir y dijimos que en la estación. Que se alarmaron. Y que Mete dijo, nada de eso, vamos todos a mi casa. Amarcord que, para evitar sospechas e incidentes desagradables como habíamos vivido en Grecia y otro países fornicadores de ovejas (con el perdón de Dimitri), habíamos inventado que Cristina, que tenía mi tipo mediterráneo, era mi hermana y Susy (con una cara de polaca que volteaba) mi esposa. Que la familia de Mete, madre viuda de un oficial del ejército, hermana y tía vivían en un departamentito de tres ambientes, las tres mujeres en un cuarto y Mete en el otro. Que nos dieron el cuarto de las mujeres, que las mujeres se apelmazaron en el de Mete y que Mete durmió en el sofá del living. Que nos albergaron así cuatro días completos. Que Mete y sus amigos nos llevaron a todas partes. Que la señora nos daba de desayunar un revuelto de cebolla, tomate y ajo que era una gloria. Que la última noche, con la obvia connivencia y hasta entusiasmo de las tres mujeres me pidió solemnemente la mano de Cristina. Que no supimos qué decir y balbuceamos que en la Argentina las cosas se hacían de otro modo, que era preciso un noviazgo previo y el consentimiento de mis padres. Que Mete preguntó y entonces cómo hacemos. Y que replicamos que la cosa había de continuar epistolarmente y que, llegado el caso, Cristina volvería a Estambul. Amarcord que la última mañana, tras el último revuelto, los cuatro nos llevaron a la Terminal de camiones donde enganchamos un viaje a la frontera con Bulgaria. Que a la hora de despedirnos nos cargaron de comida y alhajas de fantasía. Que las mujeres lloraban como degolladas y que Mete se atrevió, emocionado, a besar la mejilla de su prometida. Amarcord que hubo dos o tres cartas cruzadas y que hasta hace poco daba cada tanto con una foto de Mete entre mis papeles de antaño (es la única imagen que me quedó del viaje; las demás las confiscó el ejército cuando allanó la casa de mis viejos en 1976 y, como tantas otras cosas, desaparecieron). Que cuando regresé a Estambul veinticinco años después busqué inútilmente a Mete en la guía de teléfonos y que ahí por fin termina la historia que ahora no puedo más que evocar, cada vez más imperfecta y adornada.

CRÓNICAS RETROFARAÓNICAS

Amarcord que en 1981, tras mi primera misión en Nairobi (Conferencia sobre fuentes nuevas y renovables de energía) había decidido recorrer Egicto. Hete aquí que en el avión de Ethiopian Airways (amarcord los gigantescos retratos de Marx, Engels y Lenin que forraban la torre del aeropuerto de Addis Abeba!) me encontré con una traductora de la Sección Españóla, Mariel, peruana, tres dactilógrafas, Margarita, cubana, Antonia y Amira, y la hermana de esta última, Eunice, colombianas ambas tres, que también viajaban a El Cairo. Hice yunta con ellas (amarcord el lujientérrimo Meridien con mi habitación interminable mirando el nilo desde aquella península en medio del río). Cada día nos encontrábamos para ir a dar vueltas juntos. O sea, un servidor y cinco (5) mujeres cinco (5), cifra un 25% superior a lo que prescribe, aconseja o tolera (no recuerdo bien, por no haberlo empezado a leer del todo) el sagrado Corán.

Amarcord que tomamos el vaporetto Nilo arriba y que todo el mundo nos miraba azarado (unos envidiándome a mí y otras a ellas, que andaban con un blanco tan pulido). Nos bajamos en un barrio bien barrio, con charcos inmemoriales en las calles (en Egicto!!!), viandantes mezclados con cabras, profuso olor a las mismas, hombres de rostros espinosos de barba de anteayer, mujeres esféricas y revueltos enjambres de purretes en diversos grados de deterioro higiénico. Entramos a caminar, ellas, siguiendo la tradición por aquello de que donde fueres haz lo que hubieres creído que vieres, en fila india detrás de mí. Y salimos de caminar para entrar en un café en el que no había, claro (hasta ese momento, claro), una sola mujer. No bien entré (perdonarán y comprenderán, dilectos y sobre todo dilectas colegas, mi paso natural a la primera persona singular) seguido de mi harén no hubo ojo que no se me clavara. Como por arte de magia se liberó la mejor (es un decir) mesa, y corrieron a correrme la silla, primero a mí, claro, y tras cierto titubeo, también a mis dos y media yuntas de féminas. Mientras sin que atinara a pedir nada en ningún idioma se materializaba sobre la mesa un verdadero banquete y entraban a entrar cuantos me habían visto a la cabeza del hembreril desfile, un escuadrón de parroquianos corrió a dar la voz a los desavisados. A los pocos minutos no cabía en el lugar un alma (ni que hablar de un cuerpo). Los de atrás se abrían paso a codazos para llegar hasta el ruedo, fisgonear y ser empujados a nuevos codazos por una nueva ronda de espectadores. Como no teníamos idioma común, nadie pudo enterarse del tipo de relación conyugal y otra que nos unía, pero dieron por de contado que seríamos todo menos colegas. No bien dimos cuenta de las viandas, aparecieron los humeantes narguiles. Primero para mí, por supuesto, y luego, tras corroborar que no me oponía, las minas. Luego vino el té y más tarde el café. Cuando, al cabo de una hora larga, decidimos partir, no me quisieron cobrar, abrieron paso respetuosamente y no sin cierta intimidación, y me fui en medio de merecidos vítores.

Amarcord que las convencí de piantarnos en tren Nilo pa' arriba. En la estación (oh mi ferroviaria obsesión) se peleaban por acarrear el equipaje y terminé subiendo al vagón en medio de una abigarrada multitud.

El truco así aprendido por azar nos dio resultados similarmente espectaculares en Luxor, Aswán y Abu Símbel, donde los guías se disputaban el privilegio de embaucarme a mí y mirarlas (sin tocar, pero con qué ganas, por las seguramente piojosas barbas del Profeta!) a ellas.

De regreso a Nueva York (yo seguí camino de Israel en la recientemente inaugurada Nefertiti Airways, pero eso es otra historia), nos juntamos todos los años a recordar en torno de un pastel que invariablemente ostentaba la leyenda "Club el Cairo".

Entonces comprendí el asalto a mi "hermana" doce años antes: nada habría acontecido, tal vez, si las hubiese hecho pasar a ambas por cónyuges (al menos en Turquía), pero como había un electrón libre, todo el mundo creyó que si él no la quiere, entonces pa' mí.

CRÓNICAS VIENEREOMÚSICAS (junio de 2005)

Lunes 20

Ayer fue un domingo excepcionalmente musical: De pura serendipidad conseguí uno de las últimas entradas de parado para escuchar nuestra benemérita Filarmónica dirigida por el tano Seiji Ozawa en un programa sensacional: La sinfonía 60 “Il distratto” de mi favoriIíssimo Haydn, el estreno del Largo para vionlonchelo y gran orquesta del gallego Crzystof Penderecki y el sublime concierto para celo de Dvorak

Pese a que llegué más de media hora antes, me tocó el final de una larga cola de japonesitos y, sobre todo –o, mejor dicho, bajo todo- japonesitas jóvenes que cargaban sus programas como las hormigas sus hojitas, entre las cuales sobresalíamos cada tanto como árboles plantados al azar de la planicie los europeos de este y del otro lado de la mar océana. La cola serpeó ordenadamente escaleras arriba y pasillo abajo para penetrar en rigurosa fila india japonesa en el como palco pa’ los de a pie e ir organizándose en oleadas paralelas que se iban alejando más y más de la baranda (“y no bien me había sentáu / principió a tocar la banda / que detrás de una baranda / la habían acomodáu” le decía Atanasio el Pollo en el Fausto Criollo)

A mí, el tano Ozawa nunca me terminó de convencer (menos, incluso, que ese polaco engreído de Zubin Mehta), y la última que vez que me había tocado me había tocado la Segunda de Mahler que parecía una serie más o menos continua de módulos de a diez compases, un poco como si hubiera estado dirigiendo cierto tipo de traductor. Pero ayer, el tano se portó. Es un chino ínfimo que compensa su magra presencia física sobre el planeta con una melena semiesférica que empieza, como con todos los orientales, apuntando derechito a la estratosfera perpendicularmente a cada folículo, pero que a lo largo de su vida el chino ha dejado crecer confiado en que la eventual –y perdón por el galicismo- vigencia de la ley de gravedad que, en efecto, en determinado momento dice “basta” y manda todos los pelos otra vez para abajo, pero a distancia considerable de su plataforma de lanzamiento. Con lo que el tano parece una brocha de afeitar demasiado usada. Eso sí, las cosas como son, el Haydn le salió que deputamadre: chispeante, con el humor transparente y sin exagerar al pedo, con los oboes y los cornos bien audibles en los momentos clave y los tempos impecablemente elegidos.

Endijpuej, trajeron una sillita y un atril y salió el Estisla, que es como le decimos en Carhué al turco Mstíslav Rostropóvich, que era el que vino a serrar el estradibarius y que no parecía que anduviera por los arrabales de los ochenta. Idéntico, salvo las pocas canas en que se han transformando los pocos pelos que portaba cuando lo conocí, hace van para cuarenta pirulos qué lo parió. La edad se le nota sobre todo en que ha dejado de dirigir desde el banquito en los momentos en que el compositor le da franco en franca valga la redundancia competencia con el director propiamente dicho, como solía hacer de gurí.

El Largo del Cristos... como su nombre lo indica, aunque con momentos de vera magia. Supongo que hay que escucharlo varias veces sin la distracción del postre por venir.

Y entonces vino el recreo. Los japonesitos y, sobre todo, o mejor dicho, bajo todo, las japonesitas emigraron como una unánime bandada de minúsculas golondrinas a hacer pis y tomar algo (en ese orden, claculo, pero nunca se sabe). Yo me dije, ahura se va a armar la de San Quintín, porque los zorros como uno que nos hemos quedado cuidando el gallinero no vamos a vacilar en adueñarnos de la baranda y que los japonesitos y, sobre todo, aunque mejor dicho, bajo todo, las japonesitas se queden admirándonos el culo. Pero olvidé un hecho crucial a la hora de entender porqué Austria es Austria pero la Argentina no: la avivada no existe y el derecho del otro es sagrado. Poco a poco entraron a retornar las oscuras golondrinitas y cada uno ocupó el lugar exacto que había dejado, salvo, menester es consignarlo, una gallega ancestral que estaba donde debía estar yo y a l a que saqué inceremoniosamente del medio, que si a mí no me dejan avivarame yo tampoco dejo que se me aviven a ver qué se creen.

Y entonces volvió a salir la banda, y el Estisla y el Seiyi, y este fiolo de etílica y farandulera prosapia se quedó como un bobalicón con la boca abierta los cuarenta minutos siguientes. El tano volvió a mostrar que desde aquella infausta Resurrección había aprendido a hacer música dendeveras: la introducción fue una clase de musicalidad, con el primer corno con perdón cubriéndose de gloria en uno de los solos más hermosos de la literatura. Y entonces entró a serruchar el Estisla y ahí sí que para qué les voy a contar aunque ya sé para que envidien. Pero lo más cul fue el finale, así con e de yapa: como si el sueco Antonín se hubiera dicho No doy más muchachos, se me acaba la cuerda... y la orquesta se fue callando y el chelo legüero casi también, hasta que no quedó más que una nota, interminable, llorona, que se le iba enroscando a uno en el esófago que ni un grave de bandoneón... y cuando uno entraba a pedir Basta, la nota entró a crecer y crecer y hasta despertar a la orquesta que, recuperada del descanso, mandó a las trompetas a gritar la sol fa mi re re, la sol fa mi re re y tras un último entrevero jugó las últimas tres notas y el Musiksverein se vino abajo.

Afuera esplendía el sol de verano. Encendí la pipa y me fui a tomar una merecido verlängeter (o sea, espresso lungo) con una igualmente merecida Imperial Torte en el hotel epónimo. Ahora, solo tenía que aguantarme hasta las seis, porque entonces me tocaba el Don Carlo (para comenzar la e que le sobra a finale) del insigne maestro Joseph von Verdi. Pero esa crónica sale mañana.

CRÓNICAS RETROMAMBISAS (junio de 2005)

Es cierto que van para cuatro años que falto. Aun así, entre mi primera visita, en agosto de 1985 y la última más de quince años después hubo unas doce o trece o más, casi siempre por períodos de varias semanas y siempre conociendo cosas y gente nueva. En estos periplos recorrí desde Pinar del Río hasta Santiago y de La Habana a Trinidad. El viaje de La Habana a Santiago lo hice en tren lechero (en vagones argentinos fabricados por Fiat Materfer cuando existía), los demás en coche, levantando invariablemente autostopistas e invariablemente invitado a comer o a tomar una cerveza o un café en decenas de casas de toda laya, sobre todo de gente humilde, incluida una familia campesina cerca de Cienfuegos. En La Habana anduve por los solares (o sea nuestros conventillos) colado en un rito de santería, y en la fiesta de quince de la hermana de un pescador, en plena Habana vieja, y también fui de voluntario a recoger tabaco. Mi amigo de hace añares, Raúl Roa Kouri, es el hijo del primer Ministro de Relaciones Exteriores de la Revolución, el legendario Raul Roa. En su casa he estado, y en la del pescador, y en la de los campesinos, y, claro, en la de tantos colegas, estudiantes y amigos de mi propia condición. Es extraño: en la Argentina no he estado nunca en casa de pescadores ni de campesinos. Casi puede decirse que conozco mejor el pueblo cubano que el mío.

Cuba es un país pobre, que produce tres cosas que, todas, son malas para la salud: azúcar, tabaco y café, que no tiene petróleo ni recursos minerales de monta, sin tradición industrial y, hasta antes de la Revolución, prácticamente sin infraestructura. Era, como es archisabido, el prostíbulo y abortero de los Estados Unidos. Y de pronto se acabó la diversión, llego el Comandante y mandó parar, como cantaba Carlos Puebla. Al principio y hasta 1990 contó con la ayuda invalorable de la entonces Unión Soviética, que le vendía petróleo barato, le compraba azúcar cara y le regalaba todo lo demás. Otros países de Centroamérica recibían ayuda más o menos simétrica de la USA. Con una diferencia: mientras los Somoza y demás turiferarios del Tío Sam se dedicaban a enriquecerse y explotar, hambrear y asesinar a sus pueblos, la ayuda que recibió Cuba se fue, básicamente, en terminar de un plumazo con el analfabetismo (no lo ha logrado la Argentina), instituir un sistema de salud que es envidia de muchos países mucho más desarrollados, genuinamente gratuito (no hay que llevar vendas o placas al hospital), genuinamente accesible (nadie vive a más de unos pocos kilómetros del hospital o centro de salud más cercano, y si no, el médico de la región viene de visita periódicamente), y, al principio, claro, porque después se acabó, solucionar en lo posible el problema de la vivienda. La pregunta es por qué en Cuba sí y en la Argentina o México o Brasil, o Bolivia o Guatemala o El Salvador no?

Pero en 1990 (y estando yo de misión, justamente) empezó el llamado Período Especial, o sea de escasez o falta de casi todo lo que daba o vendía barato la URSS. La cosa tocó fondo hacia 1995, pero a partir de ahí comenzó a mejorar, aunque sin alcanzar (al menos para 2001) el nivel de 1989. Una de las primeras víctimas fue el transporte público. Desaparecieron aquellos simpáticos ómnibus húngaros Ikarus que parecía que los había de a millares (muchos articulados), hubo que improvisar, como tantas veces, y se improvisó: a la cubana: con ingenio indudable y PARA TODOS IGUAL.

Porque, como dice il Enrico Fiori, en Cuba ricos no hay, y hasta los Jueces de la Corte Suprema viven modestamente... no exactamente como en la Argentina, vero? Claro, ese sistema educacional formidable (muchísimo más avanzado y masivo que el nuestro y que el de cualquier país del tercer mundo –acaso con la excepción de Costa Rica- y que el de muchos del primero) y ese formidable sistema de salud cuestan un huevo, que Cuba no tiene. Y por eso falta casi todo lo demás, y por eso lo que hay se vende en dólares (el peso nacional es papel mal pintado) y todo la caro que se puede. De donde las pequeñas y cotidianas estafas al turista de que con razón se queja il Giorgio.

Pero hay más, o, bien mirado, menos: no hay escuadrones de la muerte, cartoneros, policía de gatillo fácil, males endémicos como el de Chagas (y es un país tropical!), malnutrición (y no hay, como en la Argentina, dos vacas por habitante), y sí, en cambio, una de las tasas de mortalidad infantil más bajas del mundo, incluidos los EEUU. Por qué? Mayor higiene individual de todo un pueblo? Suerte? O un sistema muchísimo más humano (o hay algo más humano que garantizar la vida)? Con todos los disparates, los errores, y, cómo no, hasta las injusticias y la represión (pero sin desaparecidos) del pensamiento independiente.

Il Giorgio no viviría en Cuba. Yo, con mi casita en Salta y ahora un estudio en Viena, con mis conciertos y mis óperas y mis viajes y mi Mazda... tampoco. El socialismo no tiene nada que darnos a los que ya vivimos bien. Peor, termina quitándonos parte de ese bienestar: un cacho de la pizza que me como tiene que ser para dar de comer a otro, no hay más remedio, si no, la ecuación no cierra. Pero es que el socialismo no tiene por fin darnos de comer o vivir mejor a los que ya comemos y vivimos bastante bien, sino a los que se mueren de hambre. Y eso Cuba lo ha logrado y sigue manteniendo mucho, muchísimo mejor de lo que ha logrado jamás la Argentina (que no es, ni por asomo, el país más pobre o injusto del mundo). Y lo ha logrado y sigue manteniendo bloqueada a cal y canto por unos EEUU que no tienen empacho en negociar con la China de Tien An Men o la Rusia de Grozny y Beslán o el Sudán de Darfur.

Cuánto más va a durar? Poco, sospecho, porque la Historia no conoce la razón ética sino la económica, y la ecuación económica no cierra. Ya vendrán, me temo, los buitres de Miami a privatizar hospitales y derribar casas para hacer canchas de golf. Mientras tanto queda la prueba de que, en determinadas condiciones y con todas las limitaciones que se quiera, SE PUEDE. Y si se puede, no hay excusa para no tratar de que se vuelva a poder: mejor, sin represión, sin escasez (en la Argentina, por ejemplo, creo que se podría).

Por cierto, casi todas mis visitas han sido a enseñar, durante mis vacaciones, en forma totalmente voluntaria. Las primeras veces los cubanos me pagaron pasaje y hotel. Y la primera, incluso, pusieron un auto a mi disposición, que cuando vi que del hotel al lugar donde laburaba había poco más de un kilómetro, devolví. Pero a partir del 28 ya no pudieron gastar en mí un dólar, de modo que los pasajes me los pagué yo. Es todo lo que he podido dar a ese pueblo ejemplarmente digno: mi tiempo, mi trabajo y los mil dólares de cada pasaje. Ha sido el mejor negocio de mi vida, porque he salido ganando inconmesurablemente.

Termino con lo que me dijo un taxista: “Cuando se fueron, de aquí se llevaron todo: las placas de los aparatos de rayos X, los teléfonos, los bombillos de la luz, hasta los cerillos. Y lo que no pudieron llevarse lo rompieron. Todo se lo llevaron, todo. Lo único que no se pudieron llevar fueron los principios.”

Y con un par de poesías que reescribo al azar de la memoria.

Esta, admirado por el ingenio cubano, que ha llegado a hacer antenas parabólicas con bidones de petróleo desechados.

Cuba, donde no hay nada y falta todo,
Y donde todo se hace con nada y una sonrisa...
Y a veces con la sonrisa sola.

Esta, cuando vi a un grupo de chiquilines jugando descalzos a la pelota: los zapatitos estaban todos en prolija hilera a un costado, porque están enseñados que hay que cuidarlos como oro, que no son tan fáciles de sustituir.

Esos zapatitos de niño
Que no conocen otro mundo que el camino de la escuela
Ni otro afán que correr durante el recreo.
Esos zapatitos de niño
Míralos bien:
En ellos juegan a la pelota todos los héroes caídos.

CRÓNICAS PRAGÓTICAS (Noviembre de 2004)

Martes 15

Al cabo de las que nos llevaron a atravesar Znojmo y Jihlava (¡tomad diligente nota, no sea que por error se os ocurra visitarlas!) y ver desfilar a nuestras veras un paisaje mohíno de lluvia y de otoño, de casas y pueblos que no terminan de reponerse de cuarenta y cinco años de socialismo “real”, llegamos alguien y yo por fin a Praga. Yo digo que la ciudad más linda del mundo (claro que me falta conocer Ulán Bator, que cuentan que es una pinturita) y a quien asevere lo contrario lo espero afuera. La autopista desemboca inexplicable (¡y fenomenalmente!) en el Museo Nacional, al tope de la Vaclavske Namesti (la cual, como su nombre lo revela tan traslúcidamente, pese a que no me salen los innumerables diacríticos, es la Plaza de Wenceslao). Es martes, son las 13 y abunda la gente por la anchurosa explanada peatonal que desciende hacia la ciudad vieja. Por todas partes se esparcen las famosas cien torres, unas áureas, mortecinas otras, otras de piedra oscura, algunas como agujas, algunas en forma de cebolla, algunas con afilado techo a cuatro aguas. Las hay seglares y eclesiásticas, almenadas y con ventanas, cubiertas de pizarra de diferentes tonos o de diversos tintes de metal. Algunas se yerguen singulares, pero muchas dejan al pie de sus espiras un entorno de torrecitas de imitación, de modo que semejan una pata en medio de sus patitos. A Praga, como a todas las demás ciudades, le fueron quedando estrechas las murallas, que vinieron siendo derribadas anillo a anillo hasta que ya no tuvo sentido militar insistir; pero muchas de las torres han quedado en pie y aparecen, entonces, de la nada y sin razón, al cabo de una calle o en medio o a horcajadas, vetustas, oscuras, imponentes, con sus ojivas malhumoradas y sus molduras severas, hermosas de tan serias y tan torvas. El hotel Harmony -es un decir- linda con la cagada, pero poco importa. Queda al expirar Na Porici (cubierta, como todo, de diacríticos), en el confín del centro y a quince minutos del más presentable (y oneroso) Hilton en que se realizará la conferencia y pa’ donde me pianto ipso pucho no sin haberme cerciorado de que alguien estuviese bien abrigadita en la camita, que ha llegado medio enfermita (vide infrita).


Se trata de una serie de reuniones de las partes del Protocolo de Montreal sobre las sustancias que agotan la capa de ozono, responsabilidad (las reuniones) de la Oficina de la ONU en Nairobi. Ocurre que mi homólogo de la susodicha me ha pedido que le saque las castañas del fuego hasta el domingo, que él se ha tenido que quedar por la reunión del Consejo de Seguridad -trasladado en pleno no sin cierto coste a la soleada capital de Kenia- en la que por fin y por suerte se pudo convenir en tratar de hacer lo posible a ver si en una de esas quién sabe se logre poner más o menos y mal que bien aunque solo sea un poco de fin a la matanza de Darfur, que ya va siendo hora después de todo. Me muestran la sala y veo que las cabinas están puestas como el orto. En vista de que ya están instaladas y no se pueden mover, hago que modifiquen la disposición del resto, de modo que los intérpretes podamos ver participantes, podio y pantalla. Ocurre, además, que los idiomas (y, por ende, las cabinas) son árabe, inglés y castellano, pero que dos de los tres intérpretes turcos tienen el retour hacia el francés, de manera que hay que agregar un canal para que los escuchemos solo los de las cabinas cristianas. ¡Menos mal que se me ocurrió llegar un día antes!


Como a las cinco regreso al hotel, despierto a alguien y me la llevo a conocer Europa (es que alguien llegó apenas el domingo, aplastada por siete horas de yetlag y en angustiantes ciernes de “gripa”, de modo que hasta el día de autos no la saqué ni a hacer pis). Enfilo derechito a la ciudad vieja, por la Ulica Dlouha (la calle larga, como es tan sencillo deducir), camino de la plaza Jan Hus (quemado que fue en el sXV por protestante y, ya que estábamos, por encabezar una revuelta campesina), junto con la Grand Place de Bruselas (o acaso sola) la más hermosa del mundo y sus alrededores, con la torre supérstite del desaparecido edificio del ayuntamiento (una de las poquísimas bombas que cayeron durante la Guerra) en la que sigue maravillando a las generaciones el excelso reloj astronómico. Hacia el sur, la iglesia de Nuestra Señora de Tyn (sXIV-XIV) se esconde, nunca sabré bien por qué, tras unos edificios que le impiden hacer acto de presencia en la plaza. Hacia el oeste, se amontona y retuerce la ciudad vieja, casi toda gótica barroquizada (que estamos, al cabo, en el Imperio Austrohúngaro, ¡qué joder!). De improviso, una plazoleta sin mayor justificación y, al fondo, metido como con calzador entre dos hileras de edificios que apenas si lo dejan respirar, los pasteles verde y blanco del Stavovoske Divadlo (o, como sin duda habréis adivinado, el Teatro de los Estados), donde, sin parar mientes en el nombre, Mozart estrenó su DonGiovanni allá por 1787. Hacia el norte, el barrio judío, con la venerable y diminuta sinagoga del sXIII, custodio del viejo cementerio, en cuyo predio se amontonan, literalmente, unas sobre otras, 200.000 tumbas (la primera de 1436, la última de 1787), la más célebre de las cuales es la del rabino Jehuda Liwa ben Bezallet, el creador del Golem, que Borges inmortaliza en una de sus mejores poesías. El Moldava acaricia el ángulo noroeste de la ciudad vieja y se marcha en línea casi recta hacia el sur. Del otro lado, tras una nutrida legión de sauces llorones, ahora esqueléticos, pero que en verano parecen estarse arrojando perpetuamente al agua, la ciudad se va colina arriba a sostener el Castillo de Praga (cuyo nombre vernáculo, Hradcany -diacrítico más, diacrítico menos-, resultará inmediatamente comprensible al lector más desavisado), inverosímil testigo de casi mil años de arquitectura: Hay las ruinas de una basílica prerrománica del sX y hay los salones del sXIX. En el medio, la incongrua Catedral de San Vito (patrono del mal homónimo), que se quedó con un muñón en el sXV y a la que le completaron la torre en el sXVIII, con lo que el edificio es gótico, pero la mitad superior de la torre es barroca... Aunque todavía no he llevado a alguien ultrarrío y es prematuro dar rienda suelta a la memoria. Mejor me espero a la visita. Cabe consignar que, subiendo Dlouha street, pasamos por un restorán de nombre “The Mad Cow”, al que, pese lo cual y a mi argentino linaje, honré con mi famélica presencia. Debo admitir que la carne (¡400 gramos de lomo, señores!) resultó de primera e impecable en su punto, amablemente acompañada por un Río de Plata de Etchart sumamente ameno. Ah, la mozzarella caprese con que fue precedida (con pesto en vez de albahaca sola)… ¡deputamadre!

Miércoles 16

Nos toma todo el día descubrir que la hondureña no ha venido y que la argentina no escucha, de modo que nos pasamos seis horas hablando al pedo. Al mediodía, me llevo a alguien a probar su primera salchicha a la Vaclavaske Namesti de Wenceslao. Luego la dejo al pie de la estatua de Carlos IV que vigila, epónimo, la entrada al puente, y regreso a laburar. Por la noche, me la conduzco a “U Fleku” (o, como es obvio, “En casa de/donde/lo de Flek sin la u”), taberna desde el sXVI pero antes convento, donde se come como el culo, pero que tiene la mejor cerveza del planeta y sus arrabales. Llego a fuer de pura nariz retrospectiva, porque la calle se supo llamar Gottwaldowa, en homenaje al primer Presidente comunista de Checoslovaquia, y parece que le cambiaron el nombre y nadie me supo decir dónde quedaba.


Joives 17


Ya enterados de que nadie escucha, hacemos lo que yo digo que a veces le toca hacer al mediador intercunilingüe, o sea, no traducir, sino que otra cosa, en la especie, las palabras cruzadas del Internacional Herald Tribune. Al mediodía alguien se quiere comer otra salchicha, de forma que otra vez pa’ la Vaclavske Namesti de Wenceslao. Aprovechamos para sacar entradas a la ópera (sábado por la mañana, El diablo y Katja, de Dvorak; jueves entrante por la noche, La novia vendida, de Smetana) y a la Linterna Mágica (mañana). Ángel de la Guarda por medio, consigo para ambas funciones de la ópera sendos pares de plateas inmejorables a razón de 18 euros cada una (que de algo tiene que servir, como en la propia Alemania oriental, un pasado en que, Gulag y demás errores marginales aparte, la cultura era casi gratis y para todos). Después, alguien se va a pasear solita y yo me regreso al Jilton. Por la noche invitamos a Eva, antigua alumna mía de mis cursos en La Habana meses antes de que a un checo no volviese a ocurrírsele nunca más visitar Cuba, a cenar a “The Mad Cow”.


La temperatura decae sensiblemente, por lo que he comprado a alguien primero un gorrito tipo pasamontañas que la hace parecerse, según el ángulo, a un gnomo o a la prima de uno de los enanitos de Blanca Nieves, unas medias de lana con dibujitos del Pato Donald porque en su medida para grandes no hay, unos guantes más abrigados tamaño casi normal para que le calcen encima de los que ya tiene y una bufanda que debe enroscarse cual si se tratara de una boa constrictor para no irla pisando a cada paso (es que alguien es, más bien, alguienita).Viernes 18
¡Y se armó la discusión!, como narra el célebre chamamé. Acontece que hoy hay dos reuniones paralelas, la de siempre y otra con cabinas inglesa y española. El jueves, con toda diligencia y comedimiento, me fui a inspeccionar la segunda sala para velar por la idónea ubicación de las cabinas. Tranquilizado, me fui a la mierda sin advertir un detalle que se hizo palmario esta mañana pocos instantes previos al inicio de la sesión: no había micrófonos. Es que, me explicaron, la sala es pequeña y se oye bien. En fin, que no sé cómo ni de dónde mierda a los quince minutos aparecieron como diez micrófonos inalámbricos y durante la pausa para manducar instalaron los dendeveras. En el ínterin dio comienzo la otra sesión, a la que asistían los representantes de diez países que tenían cuentas que rendir, entre ellos Cabo Verde, Azerbaiyán y Tadjikistán. Heles explicádoles que teníamos tres cabinas (árabe, inglesa y española) con cuatro canales (porque dos de las turcas interpretan al francés, que no al inglés), ¿se acordáis? Bueno, hete aquí que el caboverdiano entiende español pero no lo habla, ni tampoco inglés, con lo que resuelve probar suerte -es un decir- con el francés, que aunque no está previsto, todos lo sabemos. Solo que no ese francés que es un decir, así que yo me acerco y le digo que hable nomás portugués y que sea lo que Dios quiera. Por suerte habló poco, claro, lento y fácil. ¡Uf!, suspiramos y suspiraron. Pero entonces le dieron de prepo (porque no la pensaba pedir ni por putas) la palabra al azerí, que manifestó algo así como “I sorry but English no good so Russian”, a lo que le dijeron alarmados que ni lo pensara. Un ruso dendeveras que había por ahí ofreció muy amablemente: “If please I can translate for the English”, ante cuya perspectiva hube de peregrinar una vez más a la sala a decirle al ruso que se callara y al azerí que hablara nomás ruso, cosa que, hasta cierto punto, hizo. Pero luego le preguntaron, y él me miró desconcertado porque no oía la interpretación al ruso (claro, como no la había, no era de extrañar). De manera que hube de volver a volver para decirle que ruso podía hablar cuanto quisiera, pero oírlo ni en pedo, con lo que pudo contestar a las preguntas aunque no escucharlas, pero la vida es así. La cosa habría pasado de castaño oscuro cuando habló entonces ruso -es otro decir- el tadjiko, que, para colmo de males, exhumó y rompió a leer entusiasmado a toda velocidad, entre dientes postizos y en lengua prestada, un largo texto lleno de cifras, acrónimos, abreviaturas, siglas y nombres de sustancias químicas. Por fortuna, me di cuenta de que estaba repitiendo exactamente lo que decía el informe que acababan de discutir ayer, así que lo reduje a la mínima expresión, sabedor de que el caboverdiano que tenía por único cliente jamás podría haber entendido la versión española que yo, por otra parte, no estaba en condiciones de ofrecerle. O sea, que, como dice Gila, el tadjiko llegó a mi banco con un discurso y salió con un refrán. ¿Se mosqueó el caboverdiano? ¡Ni por putas! Porque a) el no había venido a escuchar al tadjiko sino a presentar su informe, b) su español apenas si le servía para entender lo que le interesaba y c) todos los datos los tenía, si quería, bajo su nariz en el informe. ¿Y yo cómo lo supe? Bueno, como los traductores nunca lo pueden saber, supongo que de puro brujo, ¿vio? En todo caso, cuando el tadjiko por fin se calló la boquita, el presidente le dio las envenenadas gracias “por esta intervención un tanto larga en la que nos volvió a citar la información que aparece en el informe” (¿me habría estado escuchando? No creo, porque solamente hablaba árabe. Bueno, a lo mejor leyó mi libro). El hecho es que estaban previstos árabe, inglés y castellano y terminaron hablando, además, francés, ruso y portugués (que ni siquiera es idioma de la ONU). ¡Ah!, por cierto, eso que hice de peregrinar y decirles que hablaran portugués o ruso y que no es traducir sigue siendo mediar, ¿eh?
Por la noche, Linterna Mágica. Alguno tal vez la haya visto en Baires. Es un teatro (más bien un ballet) que combina cine con actuaciones en vivo. Nos tocó Casanova. La música espléndida (original de un checo cuyo nombre me deje olvidado dentro del programa), los bailarines muy buenos, la coreografía interesante pero monótona. Me desilusionó. Alguienita que ha sido bailarinita dice que no era ni clásico ni contemporáneo, sino neoclásico pero sobre la base de la técnica del clásico, solo que no usan las puntas. En fin, que no sabe muy bien qué técnica “estén” usando, pero que pueden hacer un “relevé” (o sea, ponerse en puntas de pie como para llamar: “¡Luis!”), pese a tener las huangas muy pompis, que, en el metalenguaje terpsicoreano de los aztecas quiere decir nalgas aguadas. A alguienita la coreografía, en cambio, le gustó mucho como tal, aunque como narración a pataditas y saltitos, de no haber contado con el beneficio del programa, ella habría entendido que el joto (término con el que los profesionales regiomontanos de la danza se refieren a los putos) es tan joto que ni hace empeño en cojerse a unas pinches viejas que van apareciendo, lo miman y se van a cambiarse.


Sábado 19

Ayer, sábado, nos despertamos a una Praga que estrenaba el invierno. La nieve caía en lentos copos que el espejo húmedo del pavimento absorbía sin dejar rastros. Decidimos tomar el subte. Tomar el subte en Praga es como tomarlo en París, casi un crimen de lesa sensatez: Enefectivamente, perderse siquiera un metro cuadrado de esta ciudad maravillosa raya en el dislate. Pero son las diez, la función comienza a las once, el trayecto lo conocemos de memoria y alguienita se ha pasado más de una hora peinándose y poniéndose pintura de guerra y se ha perdido con ello la poco entrañable oportunidad del desayuno del hotel. El metro es de inconfundible fábrica soviética; vagones desangelados de lata mortecina y colores cenicientos. Pero, como el de Moscú, es frecuente, veloz y confortable. De Florenz a Narodni Priden (con un montón de diacríticos, eso sí, y que quiere decir no sé qué cosa pero “nacional”) son tres estaciones fugaces. Luego, de pura fiaca y porque tenemos un pase semanal, una parada de tranvía hasta el Teatro Nacional, que, en obvia coincidencia indoeuropea, en checo se nomina “Narodni Divadlo” (de donde los aficionados a la etimología podemos concluir casi con certeza que “divadlo” no es “os ordeno que lo divéis” sino “teatro”, ya que el otro también era no me acuerdo qué mierda “divadlo” y la “priden” era nomás “narodni”). El edificio duerme de este lado del Moldava (Vltava, que le dicen los checos para que la cosa quede bien clarita y, sobre todo, más confortable de pronunciar), al pie del puente Legii (así, con dos íes, para compensar la inusitada ausencia de diacríticos que a estas alturas, se me ocurre, se les deben haber acabado). El omnipresente Hradcany lo ignora en diagonal desde la margen opuesta, concentrado como siempre en descender hacia “su” puente, el de Carlos, que separa dos magníficas y severas torres con un largo peine de estatuas. El teatro se incendió al día siguiente de su estreno, en 1881, pero fue reconstruido casi de inmediato. Es un una construcción bellísima, cubierta de una cúpula arrepentida que resuelve conformarse con un cerco dorado que lanza al cielo en cada ángulo un fulgente pararrayos. Por dentro, el decorado es sobrio y elegante. El baño para caballeros (al que, sin embrago, acudo) es una joyita: sanitarios de loza, cañerías y grifos de bronce, lámparas casi art decó. El vestíbulo es pequeño pero confortable. Abunda la madera noble que se mete luego en la señorial sala. Los palcos son poco profundos, casi balcones, las butacas dichosamente remotas de la supliciante que me desbarató nalgas y espalda en el Marynski de Pietroburgo. El programa (85 coronas, o sea, dos euros y medio) parece una edición de Rayuela, eso sí, en papel de ínfima estopa. No cabe casi un alma. Alguien se estremece ante el insoportable olor a chivo rancio que emana de la atildada -ya veremos que es un decir- concurrencia. Es que los checos (centroeuropeos recalcitrantes al fin, y vanguardia del aluvión eslavo que fagocitó sin digerirla a Rumania, disculpó a Hungría y se olvidó inexplicablemente de Grecia) desconocen las bondades del desodorante y, por más que hayan adquirido recientemente el foráneo hábito de la ducha, la ropa les guarda intacta la memoria de un torrente de pretéritas y profusas secreciones. A mí, en cambio, me vuelve a fascinar la inventiva incansable del mal gusto para vestir. No se salva ni uno. Hay un señor de traje gris tipo colchón de los de antes, al cual compensa con una camisa anaranjada que le deja un centímetro de aire entre la glotis y el nudo de una corbata azul o verde o las dos cosas. Una muchacha, de culo homérico y dos epopeyas pugnando por reventarle el corpiño, deja asomar bajo el vestido largo y de algo parecido a un mosquitero granate un recio par de botas marrones de taco como para aguantar tamaños tafanario y tetas. Un pareja acaramelada da la impresión de haberse encontrado huyendo del incendio de una sastrería con todo lo que se estaban probando encima. Los hombres parecen haberse puesto todos la chaqueta de otro y no hay un par de pantalones que tenga la medida de la cintura ni el largo de las piernas de su orgulloso portador. Alguienita sale del baño antinómico con el desconcierto propio de quien ha visto a dos muchachas cambiarse las ropas humildes que traían por otras mucho peores. La una, me explica, ha cambiado las zapatillas desteñidas por unos zapatones “tipo perestroika” (alguienita dixit) y se ha calzado unos pantalones misericordiosamente largos pero no lo suficiente porque dejaban asomar las puntas de los susodichos. La otra, en cambio, ha optado por unos zapatos con tiritas más monos, pero que dejan a la intemperie la gloria de unas medias de esas para abrigar mastodontes. Ambas dos coinciden en la apoteosis de unas blusitas azules de volados y botones prácticamente al tono. Casi la mitad de los espectadores son purretes de menos de diez años, silenciosos, disciplinados y enceguecedoramente rubios. Ellos son -¡ay!- también víctimas de la inanidad sartorial de sus mayores: un mocosito de seis años lleva un como overol marrón, debajo del cual campea una camisita digamos que verde calypso que florece en un moñito rojo. Y tengo ante mí al selecto estrato social aficionado a la lírica, ¡se podréis imaginar las pintorescas pilchas de los que han optado por quedarse fuera! Eso sí, las naifas tirando a feúchas, las cosas como son.


Pero entonces se apagan las luces, sale el legendario Bohumil Gregor, alza la batuta y… ¡Dvorak! La orquesta (estamos, al cabo, en Chequia) es de primera. Ya al segundo compás los violinistas tienen que meter el meñique casi debajo de la mandíbula para mantener los agudos. Plañen a una, con una afinación impecable. Los clarinetes suenan inconfundiblemente bohemios y azulados. Los cornos no tardan en decir “aquí estamos para quedarnos”. Y finalmente las trompetas irrumpen con la fanfarria que irá hilvanando la partitura hasta el último acorde: DO - - sol dó - re - MI sol - -. El argumento es sumamente original y, en la hilarante puesta en escena -con perritos y gatos mecánicos que corretean por todas partes- ideal para escuincles. Fiesta en la taberna de la aldea de Mokhra Lota. El pastor y tenor -bastante bueno, pero necesitaría más volumen- Jirka se lamenta de la crueldad del capataz de la princesa dueña del castillo y de las tierras y de la aldea. Katja -por fin una mezzo que tiene que ser gorda, solo que la mezzo propiamente dicha es un minón que, eso sí, canta muy bien… en fin, que en estas cosas no se puede ganar ni una- se queja de que nadie quiere bailar con ella y llega a jurar que sería capaz de salirle al mismísimo diablo. Of course, no termina de decirlo que la saca a bailar Mandinga disfrazado de barítono -muy pero muy bueno-, quien ha andado averiguando entre los aldeanos qué opinión les merecen la princesa y el capataz (a lo que los interfectos le han narrado que detestan a una y a otro, sobre todo por la cruel servidumbre -literalmente, la feudal- que les imponen. Es que la ópera es boba pero no tanto). Entretanto, Jirka, que se ha tenido que ir a laburar porque el capataz no le ha dado asueto, vuelve amargadísimo porque el quídam lo ha despedido. Mandinga, que le ha prometido a Katja el loro y el mono y la otra ha caído como una forra, en vez de llevársela al castillo se la porta (ya veremos que literalmente) al infierno. Los aldeanos incitan a Jirka para que vaya a salvarla, cosa que parece dispuesto a hacer, aunque no se entiende bien por qué, ya que la Katja es una vera hinchapelotas y Jirka afirma tenerla aquí. Fin del acto primero.


El infierno es pura joda. Los diablos se la pasan haciendo piruetas y monerías para deleite de los gurisitos, que suman sus risas a la rica filigrana de la orquesta. En eso cae el pobre Mandinga con Katja a cuestas, enojadísima por el curro, que se niega a bajársele de las espaldas. Ocurre que Lucifer -bajo de los mejorcitos- había mandado a Mandinga (que, ha llegado la hora de consignarlo, es un demonio de cuarta llamado Marbuel) a ver si el capataz y la princesa estaban maduros para la caldera; y el pajarón de Marbuel, para hacer un chiste, se ha traído a Katja, que arma tal quilombo que el Maligno no sabe cómo sacársela metafóricamente -ni Marbuel literalmente- de encima. Llega Jirka que ha venido a rescatar aKatja sigue sin saberse muy bien por qué porque en la taberna ha dicho que es gorda, fea, pobre y deslenguada. El Maligno le promete una caudalosa recompensa si se la lleva a la mierda. Para ello Jirka aconseja que le muestren algo de oro, que con tal de chaparlo, seguro que Katja se desmonta de o se monta a cualquiera, y en efecto. Solo que ella ignora que el oro que le dan se va a convertir en hojas secas no bien pise el mundo de arriba. Katja insiste ahora en seguir bailando, y Jirka se la lleva al ritmo de una polka hacia la puerta por la cual hace mutis, pero no así la orquesta, que sigue unos compases hasta la fanfarria final. Fin del acto segundo.


La princesa -soprano pero más o menos- está triste, qué tendrá la princesa. Es que le han anunciado que esa noche va a venir a buscarla Satanás y no tiene tiempo de expiar sus muchos pecados -entre los cuales destaca el haber tratado como el culo a sus siervos- y no sabe cómo hacer para salvar el pellejo. Se ha enterado de que Jirka logró salvar al capataz (no se sabe muy bien cómo ni por qué, pero no olvidemos que es una ópera) y lo ha mandado llamar. Llega el susodicho (o sea, Jirka) y le dice que la salva si abroga la servidumbre feudal (surprise!, la ópera es mucho menos boba de lo que parece). La princesa está triste pero no es boluda y no quiere ni por las tapas. Solo que la princesa no es boluda pero tampoco tonta y termina aceptando. mas ¿cómo se las va a arreglar Jirka para espantar a Belcebú? ¡Sencillo! Mandando traer a Katja, que está deseando vengarse de Marbuel por haberla currado. Llega, en efecto, el abnegado Marbuel en tren de llevarse a la princesa cuando Jirka le dice que ahí está la Katja que se quiere volver con él al infierno a reclamar por lo del oro trucho. Marbuel se va, naturalmente, al demonio y la princesa ofrece a Katja lo que quiera. Katja le replica que su casa se cae a pedazos y que no tiene un centavo. La princesa le ofrece entonces que escoja la mejor casa de la aldea (poco importa, parece, quién viva en ella, total son todas de la princesa, ¿vio?) y le regala un toco de guita. Katja, alborozada, exclama “¡Ahora que tengo la mejor casa y soy rica no solo que no me va a costar trabajo conseguir novio, sino que hasta lo voy a poder elegir!”. Fin del acto tercero.
¿Qué tal, la ópera para infantes del Antonín? A la salida, subimos en metro a Mala Strana (que, como habréis inferido sin mayor esfuerzo, quiere decir “Barrio Pequeño”) a comprar regalos para la familia de alguienita y volvemos en tranvía a través del río. A nuestra izquierda el Hradcany a la vez enhiesto y desparramado sobre la colina, el puente de Carlos con sus obcecados arcos de piedra oscura coronados de esculturas, y las multiplicadas torres de la margen derecha estampan sus pasteles en un cielo plomizo por cuyo revés se adivinan, postreras y tenues, las amarillentas pinceladas del sol, que a las cuatro de la tarde comienza a darse por vencido. Decidimos amalgamar almuerzo y cena (o sea comer y comer, según se crea a alguienita o a este fiolo) y mi infalible nariz me lleva a un restorán italiano de, ya que estamos, lírica prosapia: “Don Giovanni”. Es temporada de trufas, señores, y alguienita y yo nos compartimos para empezar unos papardelle al tartuffo nero y para culminar un risotto al tartuffo bianco, rociados que fueron con un noble Vino Nobile di Montepulciano. De postre, una panna cotta al limone y una como plasta de chocolate y chocolate. Poi doppo sendos espressi con sus respectivos limoncelli y al telo, que hace frío y ya es de noche y alguienita me mira que, como al Hétor de la Chona, me hace que se me represente. (La glosa de este rotundo final, advenedizos, merodeadores y quintacolumnistas que pretenden imponernos ideas foráneas ajenas a nuestra idiosincracia, sobrevendrá en la siguiente crónica. Próximamente en su pantalla, señora.) Ah, no, el punto fuera del paréntesis, perdón: ).

Excurso teórico: Dvorak y la mediación interlingüe (que el no especialista bien puede saltearse)

La opera era con supertítulos en ingles. La pantalla era para dos renglones y jamás se llenaba con más de diez palabras. Era evidente que los cantantes “decían”mucho más de lo que el “traductor”había “traducido”. O sea, que el original era muuuuuucho más largo (y, presumiblemente, informativo) que la tradux. Vale la pena señalar que El diablo.. es la primera de las tres ultimas operas de Dvorak (van a sucederle Rusalka y Armida), quien, ya en 1899, comienza a “wagnerisarse”, es decir, que renuncia a las arias y opta por un texto continuo y sin repeticiones. Vale decir, entonces, que el “original” es más “informativo” que uno de los libretos que Verdi utilizaba antes de su providencial encuentro con Boito (del que nacerían Otello y Falstaff).


El tenor canta largo. El supertítulo dice “The steward has fired me”. No tengo como comprobarlo (pero lo voy a hacer en Viena, porque tengo la grabación con el libreto integro en ingles), aunque sospecho que el “traductor”me dice estrictamente lo que necesito saber para enterarme de que va la cosa, sin necesidad de pasármela leyendo texto encima del escenario y distrayéndome parasíticamente de lo que pasa en la escena y en el foso (después de todo, he ido a “ver”y a “escuchar”, no a “leer”). No me interesa saber en que términos habla de su suerte, solo quiero saber por que se queja: no, no son hemorroides, sino que lo han despedido. Pero... ¿como sabe el traductor que a Sergio Viaggio le interesa solo eso? ¿Y a los demás?


¿Quién le “ordenó” al traductor que tradujera lo mínimo pertinente (es decir, lo mínimo para que Sergio Viaggio -y acaso los demás extranjeros entre el publico- supiese “de que va la cosa”)? Seguramente nadie. El traductor, sospecho (pero no me consta, claro) sabe a) que no hay espacio para más y, sobre todo, b) que aunque lo hubiera me estaría haciendo un flaco favor si me hiciera leer que “el capataz, Don Frantisek Vojvoda, que vive en la aldea de Krasna Gora y tiene una mujer con pecas, ha sido tan pero tan malvado que no ha tenido mejor idea que despedirme. Tan luego a mi, pobre pastor, que soy hijo viudo de madre única”. Ignoro si eso es lo que dice el tenor y confieso que no “me pone nervioso”. Claro, yo voy a la opera con mi teoría. Pero... ¿y los demás? No se quejo nadie, así que supongo que o no había más extranjeros o también les importaba un bledo.


Bien, ¿pero como sabía el traductor que, puesto a meter tijera, me tenia que decir que al pastor lo habían despedido en vez de que la mujer del capataz tenía pecas? ¿Seria brujo? O, digo yo, obraba según la pertinencia (correctamente) presumida para este fiolo lirómano (claro, me pregunto contrito, pero... ¿y los demás?). ¡Y eso que seguramente no tiene ni idea de que existo! ¿Será que lo que yo digo que hay que hacer es lo que, en efecto, hacen los (buenos) traductores? ¿Será mi teoría descriptiva?


Espero que la “traducción” de este “traductor” que deja como el 80% del “original” sin “traducir” no haya sido jurada (porque más bien que era “pública”), no vaya a ser que lo metan en cana o lo echen del gremio o, por ultimo, se le vayan a la carótida los partidarios de decir “todo”, caiga quien caiga, que el traductor, al cabo, no es quién para decidir en nombre del libretista que sí y que no omitir, que no le pagan para eso, sino para “traducir” ¡y que el espectador, una vez que ha leído todo, decida si no hubiera sido mejor haberse dedicado a escuchar!


Claro, me olvido de que la “traducción” de libretos de opera para supertitular es “otra cosa”... Como quien dice la mediación interlingüe, digo, ¿no?, que es más, menos u otra cosa que “traducir”. Aunque también es posible que el traductor haya sido un pelafustán que ha entendido (o sabido volver a decir) solamente lo que tradujo... En fin, que nunca lo sabré. ¡Qué terrible incógnita!

El museo del juguete


!Parece embuste! Diez o quince veces que me dejo acariciar por Praga, diez o quince veces de deambular por el Hradcany y de asombrarme ante lo diminuto de las casas de los alquimistas, y nunca me había percatado de la existencia de este museo, ahí nomás, no bien se sale o entra, según, por la puerta que da al río. Lo descubrió alguienita, llevada, sin duda, por el magneto infalible de su talla. De modo que ayer me llevó. Son dos pisos y, en total, siete salas. Muñecas, trenes Märklin todavía propulsados con vapor, los primeros eléctricos, juguetes mecánicos de todos los tamaños y funciones, soldaditos de plomo impregnados de belicosidad (heridos, muertos, edificios en ruinas) y racismo (hay una figurita compuesta de un piel roja a punto de asestarle el tomahawk a una postrada y blonda cautiva). Hay un inmenso trasatlántico de latón con doble hélice. Hay acróbatas. Hay un zoológico completo. Hay muñecas de porcelana vestidas de princesa. Hay estaciones de tren con señales y guardagujas y puente peatonal y pasajeros y maletas. Hay autos de latón a los que se les abren todas las puertas y el capó y el baúl. Hay dirigibles con portentosas hélices que los harán girar colgados de un piolín. Hay biplanos con bombas colgadas de las alas. Hay varios baños con agua corriente de veras y cadenas de veras y grifos de veras. Hay cocinas con toda la quincalla. Hay casas de muñecas de quince cuartos y amuebladas como palacios. Y hay, en el segundo piso, que ocupa en exclusiva, ¡oh sorpresa interminable!, la colección de Barbies. Empezando por Lilly, el original alemán, copiado de una historieta de ocasión, que por demasiado mujer no cundió entre los padres tudescos cuando salió allá por 1952, y pasando por las primeras gringas (1959, 60 y 61) que deben su nombre al de la hija de la empresaria que compra los derechos, y que perdían el color al cabo de unos meses (son Barbies macilentas, cerúleas, fantasmales). Está la serie que nunca llegó a comercializarse en Austria, con un guardarropa digno -¡cómo no!- de Sisí. Cientos y cientos de Barbies. Y de Ken, nacido en 1962. Barbies de peinados de entonces y faldas acampanadas. Y Barbies y Kenes más modernos, en uniforme de infantes de marina, como si se aprestaran a un desfile de modas entre los rescoldos de Fallujah.


El Barrio Judío


Al sur de la Plaza del Ayuntamiento comienza el Barrio Judío. Hay cuatro sinagogas, de las cuales la que vale la pena es la vieja, la sinagoga gótica más antigua de Europa (¿pero donde sino en Europa hay sinagogas góticas?), construida en 1275. Es un edificio pequeño, de agudo techo a dos aguas, medio hundido, de tanto que le pesan los años. Llegamos justo cuando está por empezar el servicio. Hay dos muchachos de kippá que están preparando el recinto y nos dicen que no podemos entrar. Pero les explico que alguienita no conoce Praga y les pido si no le permiten aunque más no sea pispear. Nos dejan pasar para la alborotada furia de los miembros de una excursión que se quedan agolpados fuera. La sala está ya preparada. Sobre algunos de los curules que circunscriben la mesa con la vetustérrima Torah algún chiquilín ha dejado ya su mochilita. Las aguas del techo le roban a uno la mirada y se la llevan al cielo. No soy creyente ni soy hebreo, pero me imagino lo que debe sentir un judío en este lugar. Me lo imagino antes de rememorar lo que, ya en el viejo cementerio, volverá a fustigarme las neuronas. Para cuando comienza el rastrillado de la “solución final”, en Praga se han congregado 110.000 judíos, la mayoría oriundos de la ciudad, pero a los que se les han agregado los refugiados de los Sudetes y del “Protectorado de Moravia”. En 1941 comienzan las deportaciones. Inicialmente al ghetto de Tereznin, a pocos kilómetros de distancia. No son muchos los que tienen la presciencia -ni los medios- para emigrar. Poco después, pero sobre todo a partir de 1943, comienzan los traslados sin retorno a Auschwitz. De los 80.000 que van, vuelven 10.000. En la sinagoga del cementerio están los nombres de los asesinados. Y una exposición de dibujos de los niños de Tereznin, coleccionados por su profesora, alumna que había sido de Walter Gropius en el Bauhaus de Weimar. Consigue a fuer de tesón, coraje, astucia y suerte papel, lápices, pinturas… Todo trozo sirve: formularios, recetas viejas… Los dibujos son de una inocencia espeluznante: la barrera con los guardias, una visita del medico, una boda, la clase con el maestro y los alumnos en el living de una casa, un pelotón de soldados alemanes, una comida familiar, las mujeres cultivando hortalizas en la plaza, el entierro del abuelo… Dos, obviamente más grandes, han copiado (¿de donde?) un Vermeer y un Cranach. La profesora, de apellido Brandeis, es de las que no retornarán de Auschwitz. Deja detrás dos maletas con unos cuatro mil dibujos. Tras su partida, no se sabe que los niños de Tereznin, los niños de Tereznin que aun quedaban en Tereznin, hayan vuelto a dibujar. Es probable que sí (los niños son, al cabo, niños, incluso los niños de los ghettos y de los campos de concentración), pero seguro que nadie les enseñaba y ciertamente que nadie se preocupó de guardar sus ilustraciones. Yo miro esos dibujos en papel de desecho y a lápiz mocho, y miro ese hormiguear infinito de letras que son nombres que fueron personas que fueron asesinadas, miro a alguienita, tan ajena a esa terrible pesadilla, que pregunta incrédula, que anota fechas, que mira sin comprender y desde luego que sin recordar. La miro desde arriba y desde lejos (nos separan como medio metro vertical y más de treinta años) y me pregunto cómo es ser tan joven y sentir que Auschwitz está más cerca de las cruzadas y de Waterloo que de la invasión del Irak. Me lo pregunto como cuando veo a nuestros purretes ya no tanto que han leído de la ESMA y las desapariciones y las torturas y los secuestros y los bebes robados sin atinar a comprender que eso les pasó a sus padres y a sus tíos, o a amigos o a colegas o a condiscípulos o a compañeros o a conocidos o a vecinos o a empleados o (quién sabe!) a jefes de sus padres y sus tíos. Y me pregunto también cómo fue posible que en Praga y en Berlín y en Paris y en Viena y en Roma tanta gente de bien (lo digo sin sorna más con atónita tristeza) “no se haya dado cuenta”, “no haya sabido”. Aunque, por ultimo, ¿no abundan en mi Buenos Aires querido los de bien que no se dieron cuenta ni supieron? Y de lo más profundo de mis entrañas me brota el grito: ¡NUNCA, NUNCA MAS! Nunca más sitio de Leningrado, nunca más GULAG, nunca más Auschwitz, nunca más ESMA y nunca más Fallujah. ¿Habra escondido en las alturas, allá donde el sol juega a la escondida con las nubes, alquien que lo escuche, o, al menos, que lo oiga? ¡Dichosos los que, pese a tantas y tantas pruebas circunstanciales tan poco auspiciosas, logran creerlo!

Presencia azteca en Europa Central


Anoche me tocome reunión noturna, osease que de 19:30 a 22:30 que se hicieron, claro, las 23:00. Cuando llegué al hotel, muerto, en este orden, de ganas de, de hambre y de aburrimiento, me topé con la sorpresa de que a alguienita, que siempre piensa en todo, justo se le había aflojado una neurona y no se le había ocurrido comprar algo sólido que llevarme a la boca (yo, por supuesto, le había dicho que ella cenara lo que quisiera, que yo igual no tenia hambre e iba a aprovechar para soslayar la cena e iniciar el prolongado retorno a mi tradicional silueta de traductológico Adonis, pero eso no es excusa para que me haya tomado en serio ni, mucho menos, no comprarme ni una galletita que aquí son tan pero tan ricas, vio?). Bien, que penetro entonces en nuestra palaciega chambre, ella se me abalanza y pega el saltito que, cuando estoy de pie, le permite alcanzar fugazmente mis labios antes de que la ley de gravedad intervenga para hacerla desaparecer de mi campo visual, y ya vuela hacia mí con los labiitos extendidos y las comisuritas fruncidas, y yo la detengo en plena trayectoria oscular con un, Me compraste algo de comer? Ella se quedo inmóvil en el espacio intercamerístico, como el coyote cuando, persiguiendo al correcaminos, se pasa del borde del precipicio y, antes de desplomarse sobre la moquette -es un decir- aprovecho la posición de la boquita para empezar un ¡¡¡Nooooooo!!! que se perdió camino del suelo. Yo me plegué en seis, le di un besito en la coronilla y le dije que iba a comer algo y volvía. Y eso, nomás, hice, o casi. Porque tras varias e infructuosas incursiones en pizzerías que cerraban o acababan de cerrar y bistrós cuya cocina cerraba o acababa de cerrar, fui deponiendo mi orgullo de porteño habituado al buen manducar para aventurarme en un sitio de aspecto psicodélico que ostentaba el poco auspicioso nombre de “Hacienda Mexicana”. Respiré hondo, hice de tripas corazón (lo cual es mucho más difícil si uno ha respirado hondo) y me adentré en el recinto para encontrarme, tras unas lianas de plástico de las que pendían vistosos papagayos de peluche, un trío Mariachi, de renegridos trajes, botones de plata (o similar), pistolas de cachas de nácar (o semejante) y sombreros tipo paracaídas, uno soplando furiosamente la trompeta, otro trenzado en desigual combate con un contrabajo que tocaba ídem y un tercero persiguiendo el violín con la mandíbula, que, al relativo unísono, tocaban lo que la SuFís o il Bosco, entre tantos uacinos de paisana prosapia, no habrían (o tal vez un poquito) tardado en reconocer como Hava Naguila o como mierda se escriba (que seguro que de izquierda a derecha). Yo ya les iba a preguntar si no estaban en uacinos o, en el peor de los casos, si no conocían a su colega el Charro, pero el llamado del intestino pudo más. Un camarero blondo, albo y lampiño a quien seguramente llamarían el cuate Frantisek y que no hablaba ni puta palabra de español me llevó a mi mesa y me dio el menú. Voy a hacerles la economía de aquella ecléctica selección de platos típicos veracruzanos, como las tortillas Hawaii con ananá (piña para los espías) o de la mariscada con arroz negro y tres (3) mejillones (de creer a la ilustrativa ilustración que acompañaba cada entrada gastronómica de modo que el parroquiano desavisado viese lo que, si se descuidaba, iba a comer), la brochette de pollo o las que finalmente pedí en un ataque de delirium tremens estomacal tortillas de pescado. Las mismas (a menos que me hayan dado otras, claro) consistían “en”o “de”, según, y a ver si ahora se arma, lo siguiente: dos como cartapacios de cartón vagamente comestible que encuadernaban un menjunje así compuesto: trozos de pescado (o similar) impregnados de una como salsa blanca solo que medio gris en la que convivían trocitos de zanahoria, brócoli, una cosa creo que vegetal porque me parece que verde y otra que no llegué a discernir ópticamente mas que mis dientes reconocieron al punto como durísima. Pero lo importante, desde luego, es el sabor... por desgracia. Del mismo (o uno parecido) no tuve demasiada impresión gracias a los generosos buches de cerveza en que disolví la cosa. Entretanto, los Mariachis habían pasado, más o menos que de costado, por La Cumparsita, Bésame Mucho y una cosa casi en tres por cuatro cuya identidad, como seguramente a ellos mismos, se me escapó. A la media hora de haber salido (y quince minutos de haber entrado en la Meksikanske Haciendova o como se diga en este traslúcido idioma) regresé al hotel repuesto y repostado, ya olvidado del hambre, distante del aburrimiento y pletórico de ganas de. Pero, como sabiamente precave el Bardo, hell hath no fury like a woman scorned, y a woman scorned knows when to go to sleep, con lo que hete aquí que abro la puerta con alevoso sigilo, entro en puntitas de pie como para quedarle todavía más lejos, y ya voy a abalanzarme sobre el lecho cuando veo que no está (que es la impresión primera que me ocasiona el no ver que sí está). Comienzo a hurgar desesperadamente entre los dos edredones y, para mi eterno alivio, encuentro un pie. Ya solazado, seguí palpando hasta que pude identificar prácticamente todas las extremidades, el cuerpito y la cabecita envuelta en una madeja de rulos. Y como a mí las criaturas dormidas me despiertan una tremenda ternura, me quedé sin pero seráficamente dormido alrededor de mi alguienita.

Epílogo vienés

Bueno, ya de regreso en Viena tropical, me siento a terminar estas crónicas. El miércoles 24 hubo cena oficial en “U Fleku”, salvo que con comida más deglutible y con los músicos pasando por los arrabales de La Comparsita (que en Europa es el único tango que creen saber) y Cucurrucú Paloma, pero sin decidirse a entrar. A la salida, Praga nos aguardaba algodonosa de humedad y ciernes de lluvia. Del otro lado del Moldava, el castillo dormía su largo sueño de dinosaurio amarillento. Puente de Carlos traviesa, las torres de este lado también brillaban con espumosa ictericia. Traslucían cierta bondad esas luces mojadas que se habían quedado sin gente que alumbrar pero persistían como para que uno pudiese admirar un rato más la ciudad asomada entre la bruma. De vez en cuando, diríase que inútiles, sibilaban de largo, como una banda de fotogramas suspendidos en el aire, las ventanillas de un tranvía. Me gusta esta ciudad. Alguna vez, van ya para cuarenta abriles, un poeta medio malo recitaba en un baile de estudiantes “Si me toca morir, que muera en Praga”. Yo me aprestaba entonces a mi primer viaje (creyendo ingenuamente que sería el único o uno de muy pero muy pocos) y sentí curiosidad por esa ciudad que mi padre tanto evocaba y en la que aquel poeta medio malo decía preferir estirar la pata. Y sí, es una ciudad para morir, sin duda. Pero yo, por el momento, no tengo apuro.


El hotel queda al borde del centro: cien metros a la derecha pasa el primer viaducto y detrás Praga se aleja. La del jueves fue la última noche. ¿Qué mejor colofón que La novia vendida en el Teatro Nacional? Enefectivamente, me ha tocado la increíble fortuna de poder ver esta joyita en Praga, como tantas veces ahora la de castigarme con El caballero de la Rosa en Viena. (¿Será esta una merecida recompensa por buena conducta en previos avatares? ¡Porque si es un crédito, no quiero ni pensar en los intereses!).


Ya he hablado del Teatro Nacional. Bueno, esta vez nos tocó función nocturna, o sea, que básicamente para adultos básicamente emperifollados básicamente con pésimo gusto. El director era para mí desconocido, de menos fuste que Gregor pero muy bueno, y, además (y Dios me perdone el lugar común), los checos llevan esta música en la sangre. Muchos conocerán la chispeante obertura, fresca como un vinito de verano. Mientras sonaba, salió a escena una veintena de comparsas de overol y entraron a pintar el decorado (una típica aldea bohemia). Demasiado tiempo para tan pocas nueces (la obertura dura unos diez o doce minutos), sobre todo porque luego de ese decorado no quedaron rastros. Mal comienzo, me dije y, en efecto, la puesta dejó montones que lamentar (según el programa, director y escenógrafo se responsabilizaron de La astuta zorrita de Janacek hace dos años en el Colón), sobre todo un octeto de bailarines que acompañaban la acción con toda la pericia de los Keystone Kops... y con nada de la gracia. Alguienita (y ya puedo llamarla por su verdadero apelativo: Chapulina), sin embargo, me notificó que aunque la coreografía era más chota que la de Casanova, los bailarines eran má’ mejores, de modo que retiro lo dicho. ¡En cambio los cantantes...! ¡No hubo uno que no pareciera nacido para el papel que le tocó!

El argumento no podría ser más trillado: una pareja de aldeanos ha prometido su hija en matrimonio al hijo de Micha, el rico del pueblo, que es un pobre patán, buena gente, pero de pocas luces. La muchacha, por supuesto, está enamorada de un soldado pajuerano y menesteroso. Llega el celestino a arreglar las cosas y la muchacha lo manda a freír espárragos para consternación de los papases. Fin del acto primero.


Marenka (es hora de llamarla por su nombre) le dice a Vaska (el tonto de su protomarido, que no la conoce) que su prometida es una bruja y que, en cambio, hay una bellísima chica como que loca por él. Por su parte, Jenik (de más está decirlo, tenor) acepta una fuerte suma del celestino para firmar un papel en el que acepta renunciar a Marenka a condición de que esta se case con el hijo de Micha y solo con el hijo de Micha. A todo esto, caen por la aldea unos saltimbanquis (y ella, la mezzo, es tan linda que dijérase que no ha cantado una sola nota en su vida pero no, es magnífica) cuya principal atracción es un feroz osos de “América”. Fin del acto segundo.


Día de boda. Marenka está furiosa de enterarse que Jenik la ha, literalmente, vendido y decide que se va a casar no más con Vaska. Este, por su parte, ha aceptado sustituir al que tenía que aparecer vestido de oso, que está borracho como una cuba. Hete aquí que -¡oh sorpresa!- Jenik es, en realidad, hijo de Micha, solo que este se ha olvidado, con lo que se queda con la guita, la novia y la herencia. A todo esto gran revuelo porque se ha escapado el oso, que, como se imaginaréis, no es otro que Vaska. Fin de la ópera.


La música es una maravilla. El dúo del primer acto es una delicia, el aria del basso buffo digna de Rossini, el Furiant que corona el primer acto como para salir bailando al foyer. El resto tampoco tiene desperdicio. En fin, que una velada inolvidable, con la Chapulina estirándose heroicamente para ver por encima de la petiza que tenía sentada delante y los zapatitos de Cenicienta marcando el ritmo en el aire, porque -¡y por una vez no exagero!- normalmente no le llegan al planeta, como que le cuelgan indolentes en el tranvía y hasta en sitios menos públicos (y cuando se niega a sentarse sola en el metro, tiene que colgarse por mi intermedio, porque ni por putas alcanza la barra horizontal, con lo que me endilga la no poca responsabilidad de ser el único obstáculo entre la frenada y la puerta del conductor). El espectáculo amerita -como diría, ahora que la he deschavado, la propia Chapulina- una cena de pro, y me la llevo a “The Mad Cow” a bajarnos nuestros excelsos bifes bien a punto, precedidos de una sopa de cebolla digna del invierno efectivo que cundía por fuera y regados con el mentado Río de Plata.


El viernes fue la mi última sesión, que merece, como ven, párrafo aparte. Preside desde siempre un polaco (quien, para el segmento “de alto -es un decir- nivel” cede la batuta al costarricense, el que da la palabra al orador “precedente”) medio pajarón, que se hace unos líos terribles y encarece cada vez durante diez minutos a que los oradores sean breves. En fin, que lo dice todo tres veces, siempre mal, y que, al cabo, pide perdón y se desdice. Yo trato de ponerme en los zapatos de mis pobres clientes y no necesito transmutarme en Mandrake para inferir que tienen las bolas por el piso, de modo que todo lo que cuelga entre “gracias” y “tiene ahora la palabra” se va en un vistoso remolino por el fondo del inodoro. Mi colega -muy buena en los dos sentidos pertinentes del término- se espeluzna: “¿Pero y si se quejan?”. “Llevan una semana sufriendo con este imbécil y llevo una semana quedándome callado cada vez que dice una zoncera, aquí delante tenemos a la delegación de Venezuela, que nos está escuchando con toda atención. ¿Los has visto siquiera voltearse para ver por qué no estoy diciendo nada? ¡Si saben de sobra que si no les digo nada es porque no tengo nada que decir que a ellos pueda interesarles!”. En efecto, una vez me he olvidado de encender el micrófono cuando ha comenzado un discurso. Los venezolanos se han vuelto hacia la cabina, visto que hablaba como loco y hecho señas de que no oían. En ese instante, porque en ese instante sí les interesaba: si no, ni se inmutaban. La colega me dice “Claro, tú puedes permitírtelo porque eres Jefe, pero yo...”. “¿Pero tú crees que ellos saben que soy jefe? ¿Y crees que, de saberlo, les importaría tres pitos?”. “Es que en la escuela nos han enseñado que hay que decirlo todo... Bueno, algunos. Otros que había que resumir, así que según a quien le dabas el examen lo hacías de una manera o de otra...”. ¡Pensar que la escuela de marras es la más conocida! ¡Imagínense, uaxini, que en la Facultad de Medicina un profesor dijera que hay que operar siempre y otro que nunca! Así estamos: Con honrosas excepciones, cada uno enseña “lo que le parece”, y “lo que le parece” no está basado más que en la experiencia práctica necesariamente estrecha de cada uno. Como si el profesor de cirugía enseñase “lo que le parece” y “lo que le parece” fuera producto exclusivo de los pacientes que le ha tocado operar... Jodido, ¿no?


Bueno, pero finito el excurso teórico-práctico.


Hacia las dos de la tarde poníamos proa húmeda al sureste, entre copos que no querían y lluvia que no osaba y niebla que tal vez, por la autopista que une Praga, Brno y Bratislava y que, entonces, unía un país que ahora son dos y nadie ha sabido explicarme por qué carajo. La noche nos va cayendo como un vino espeso. He puesto a sonar los seis poemas sinfónicos en que se desgrana Ma Vlast, que, como habréis inferido raudos, quiere decir “mi patria”. El mejor, de lejísimo(s) es El Moldava, perdón, Vltava. Y mientras una de las melodías más maravillosas del universo nos consuela aterciopeladamente de la penumbra y la partida, el Mazda surca la ruta toda silencio y negrura. A mi lado, la Chapulina se encoge hasta hacerse un bultito de lana sobre el asiento, un bultito muelle y adormilado, del que, no se sabe bien cómo ni exactamente de dónde, sale una manito diminuta que me acompaña a hacer los cambios.